jueves, 16 de octubre de 2014

LA FATIGA Y LA DESMORALIZACIÓN EN LA CONFIGURACIÓN DEL ANTI-SUJETO: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

La mayor parte de nuestras comunicaciones, sean éstas personales, organizacionales, comunitarias o empresariales, se rigen por valores, principios y opiniones sociales. De allí que muchas conversaciones —familiares o comerciales— estén atascadas en medio de pantanos sociales. Ya que se enfocan, generalmente, en construir una imagen o en dar una impresión correcta de acuerdo a aquellos valores y opiniones sociales.

En vez de reunir a la gente adecuada en el momento oportuno, en aceptar los volubles disposiciones de ánimos que conforman a las personas, las iniciativas comunicacionales se centran, a menudo, en cómo perfeccionar tales procesos de comunicación, o en capacitar a la gente en la técnica de escuchar y explicar claramente su punto de vista.  Otros se enfocan en las mecánicas para resolver problemas y en cómo desarrollar equipos de trabajo eficaces. Estos esfuerzos de capacitación fundados en buenas intenciones intentan crear un espíritu eficiencia.

No obstante, nuestra cultura individual y social está tan centrada en defender posiciones alcanzadas y en el poder coercitivo de la “mano dura” que nos resistimos a esas iniciativas. Somos escépticos a tales esfuerzos de capacitación. De allí que muchas iniciativas se perciban como algo dramático y desesperado, o como un frenético esfuerzo para lograr que sucedan cosas buenas.

Este modo de cultura nos fatiga y desmoraliza gradualmente. Las cuestiones de supervivencia, de salario y seguridad dominan sobre las otras actividades del individuo, y éstas nos van desgastando poco a poco. Muchos se adaptan a esta cultura y buscan satisfacer sus necesidades humanas fuera del trabajo, puesto que en éste ya no hallan una satisfacción placentera e intrínseca. Mantenemos el trabajo para financiar otras actividades que consideramos más satisfactorias, el trabajo es un mal que tengo que soportar. Pero ¿podemos encontrar satisfacción real en otras actividades cuando el fantasma del trabajo nos acecha? O ¿solo estas evadiendo una realidad momentáneamente? Es un hacer grotesco.

Cuando cultivamos nuestro pensar-hacer en principios construimos nuestros cimientos dentro de las personas y de las relaciones que establecemos con éstas. Los esfuerzos por mejorar las comunicaciones tendrán un valor permanente, éstas se construirán sobre el fundamento de la confianza. Y ésta se funda en la confiabilidad personal y social. No en culturas de posiciones alcanzadas ni en el poder coercitivo.

En nuestra vida personal y laboral, todos queremos ejercer una influencia favorable sobre otras personas. ¿Cómo podemos influir éticamente en otras personas? Aspectos a considerar podrían ser: Enseñar con el ejemplo, ya que los demás ven lo que hacemos. Construir relaciones en las que uno cuide del otro, los demás sienten que son tratados como personas. Ejercer de enseñante por medio de instrucciones, los otros oyen si le dices cosas de interés.

Tomemos el caso de enseñar con el ejemplo, puesto que los demás ven lo que nosotros hacemos. ¿Quién soy yo y como actúo? Si voy a enseñar con el ejemplo debo abstenerme de ser displicente conmigo mismo y con los otros. Por otra parte, debo dejar de decir solo cosas desfavorables o negativas. No decir solo cosas negativas o no ser displicente hacia los otros es una forma de dar ejemplo.

La paciencia, ese ser escurridizo, es necesaria practicarla con nosotros y  los demás. Cuando vivimos momentos de tensión, que es a diario, nuestra impaciencia aflora, y en ese momento podemos decir cosas que en realidad no pensamos ni intentamos decir, cosas completamente desproporcionadas respecto a la realidad. Se cuenta que Mark Twain era famoso por su temperamento colérico, por lo que costaba poco provocarle; y cuando se molestaba con alguien su opción de réplica era escribir una carta mordaz, la que guardaba en el abrigo durante tres días. Si pasados estos tres días seguía enojado, la echaba al correo. No obstante, por lo general transcurridos estos tres días su enfado se había disipado y quemaba la carta.

Las acciones cometidas bajo el impulso de la impaciencia nos puede dejar, a nosotros y a los demás, resentimientos. La paciencia es diligencia emocional a través de la emoción y la actitud. La paciencia acepta la realidad de los procesos y de los ciclos sociales.

Es necesario distinguir entre la persona y su labor. Pues podemos desaprobar la tarea mediocre de alguien; pero debemos tener en cuenta que es una persona. Ya que tenemos que comunicarnos con él para apoyarlo a que cree una idea de su propio valor y de su estima, las cuales están al margen de nuestros prejuicios. Poder comunicarse con alguien para hacerle ver su valor intrínseco, nos da el sentido de nuestro valor intrínseco.

Debemos escoger respuestas asertivas y proactiva. Debemos estar atentos al vínculo que conecta lo que sabemos con lo que hacemos. Al escoger nuestras respuestas de manera asertiva actuamos en perspectiva, para decidir nuestras acciones. Esto significa que asumimos la responsabilidad por nuestras actitudes y acciones, es decir, que somos los agentes de nuestro hacer.



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jueves, 9 de octubre de 2014

EL VÉRTIGO DE NUESTRAS PASIONES: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

La contradicción es incita al sujeto. Ésta existe y es irremediable en nuestro pensar-hacer cotidiano. Por una parte, nos morimos de amor, de pena, de ganas, de miedo, de aburrimiento, incluso nos morimos de morirnos. Sin embargo, pese a esta eficacia de nuestras emociones la «anestesia afectiva», no sentir nada, nos da pavor. Nos gusta y disfrutamos el vértigo de nuestras pasiones. Por ello, en parte, vivimos en nuestro propio laberinto pasional.

En esta contradicción en que nos movemos y existimos alumbra y, a la vez, oscurece nuestras vidas. Aunque decimos que aspiramos a una paz, a una serenidad esto no parece ser  verdad. Ya que no aspiramos a ninguna tranquilidad beatífica. Queremos estar, a la vez, satisfechos e insatisfechos, ensimismados y alterados, en calma y en tensión. No nos quedamos quietos aunque deseamos reposar. He allí lo humano.

Por ello, no somos capaces de soportar la ausencia de estímulos y emociones por tiempo prolongado. Somos consumidores permanentes de emociones. No obstante, aunque entregados al estremecimiento nos da pánico estar siempre en ese estremecimiento. La rutina nos aburre incansablemente, pero la novedad constante nos asusta en su permanencia. Miramos constantemente a nuestro derredor para ver que nos llama la atención.

Estas contradicciones de nuestra vida afectiva nos llenan de perplejidad. No sabemos qué hacer con ellas. Nos encontramos tristes, alegres, deprimidos, furiosos, como si algo nos hubiese extraviado previamente. A veces, no sentimos lo que queremos sentir, y otras sentimos lo que no queremos. Queremos y no queremos.  

Somos recelosos cuando queremos ser confiados, deprimidos cuando alegres, asustados cuando valerosos. Ay de este pobre mono desnudo que somos. Nos angustian, por ejemplo, necios miedos que no tienen ni razón ni remedio, o padecemos dolores verdaderos por la ausencia de bienes falsos. Vivimos una vida verdadera en medio de falsedades, o una vida falsa en medio de verdades. A un lado la razón, al otro la emoción.

Nos quejamos de esta normal enajenación. No terminamos de saber ni de entender en cuál lado de la vida queremos vivir, si es en algún lado. Y siempre acabamos volviendo a nuestro laberinto pasional. No hace falta una comprensión afectiva de lo que nos pasa. Pero ¿para qué empeñarse en conocer los sentimientos? ¿Cuál es la meta y qué lo justifica?

Tal vez, porque parece que es lo único que nos interesa, si atendemos al discurso emotivista. Pero lo cierto es que parece una falsedad. Ya que la cuestión parece ir en dirección opuesta. No nos interesen nuestros sentimientos. Lo que sucede es nuestros sentimientos son lo que nos hace percibir lo interesante, eso que nos afecta. Son un medio para nuestras contradicciones, nos inducen al placer, al disfrute.

Todo lo demás nos resulta indiferente. De allí que a veces nuestro interés se revierte sobre nuestro propio sentir, sobre nuestro propio padecer; y se detiene en éste de manera perezosa. Entonces observamos nuestras palpitaciones afectivas con interés desmesurado, como si allí nos fuese la vida.

¿Qué hacemos con nuestros sentimientos? La ciencia de las enfermedades, esto es la patología, significa «ciencia de los afectos», ya que esto es lo que significa pathos en griego, de la cual derivamos la palabra afectos. Esto quiere decir que padecemos nuestros sentimientos. Éstos son fuerzas, bestias, demonios que desde todos lados nos atacan.

Nuestras emociones nos zarandean, nos hunden e inflaman. Hasta un sentimiento tan pacífico como la calma nos invade, y no nos damos cuenta. No elegimos nuestros amores, ni nuestros odios, ni las envidias. No obstante, nos identificamos con ellos como algo propio; las hacemos algo íntimo y espontáneo. Algo que nos pertenece y no queremos abandonar. Porque en ello nos va la vida. 

Tropezamos con la paradoja que es nuestra vida. En el centro de mi propia vida, de mi personalidad, en la pasión de mi pasión, habita un inventor de ocurrencias que me tiraniza como si fuera algo que me posee y es extraño a mí.

Lo que veo en mi entorno es una larga tarea teórica y práctica, para aprender a desaprender mis miedos, para aprender a amar y para no tomarme demasiado en serio, como dice Calamaro para tomarme hasta el pelo. Para reivindicarme como propiedad y crearme toda la belleza y la nobleza de la que no he prestado atención a las cosas; para arrepentirme de la miseria y del horror que es mi herencia nuestra. Entonces, ¿qué quedará de mí?

Tal vez, algo que no soy y que no me interesa defender. Si me quedo sin mis contradicciones, entonces ¿qué seré? O ¿qué llegaré a ser? Tal vez algún otro, un desconocido. Sin las contradicciones que me constituyen no soy nada. ¿Por qué tengo que renunciar a ellas? ¿En nombre de qué armonía beatífica? ¿En nombre de qué bienestar insípido y añejo?    


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martes, 7 de octubre de 2014

DE NUESTRAS RELACIONES HUMANAS O INHUMANAS: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

Cuando no establecemos bien una relación, no son suficiente el mayor número de palabras posibles para comunicar lo que queremos decir, porque los significados e intenciones  no se encuentran en las palabras, sino en las personas. La persona antecede a la palabra. Por esto, la relación persona a persona es fundamental para establecer una comunicación eficaz. No una teoría de comunicación. 

Cuando ponemos por delante el respeto y la consideración hacia la persona, empezamos a establecer relaciones eficaces con otras personas. Por tanto, comenzamos a cambiar el carácter y la disposición de nuestra comunicación con ellas. Empezamos a construir confianza recíproca.

Llevar a cabo relaciones armoniosas y comprensión mutua es tarea difícil. Pues todos vivimos en dos mundos, por una parte, vivimos un mundo privado, subjetivo, dentro de nuestras cabezas, a éste lo  llamamos nuestra personalidad. Por otra, vivimos un mundo exterior, intersubjetivo, de convenciones, este es nuestro mundo social.

Entre estos dos mundos tenemos, por lo general, experiencias que cambian nuestro marco de referencia, sea éste el subjetivo o intersubjetivo. Experiencias que nos hacen cambiar nuestra visualizamos del mundo. Cuando así sucede nuestro comportamiento cambia, y a través de éste reflejamos un nuevo marco referencial. Un marco donde se interrelaciona lo subjetivo y lo intersubjetivo.  Cambiamos nuestro comportamiento cuando cambiamos nuestro marco de referencia. De este modo asumimos nuevos roles o responsabilidades, o emplazamos nuevas situaciones.

Ahora bien, en este cambio de comportamiento, que debe de estar signado por un proceso de reflexión emotiva, se ha de plantear la habilidad de la comunicación desde dos niveles. En primer término, desde la parte visible, la cual equivale a la habilidad de comunicarse, de entablar conversaciones, de interactuar con los otros. En segundo lugar, la parte que representa el nivel de nuestra actitud motivacional, en la cual radica la base de nuestro pensar-hacer.

Para alcanzar mejoras significativas y de largo plazo en nuestra capacidad de comunicación es necesario que trabajemos en ambos niveles, el de nuestra habilidad y el de nuestra actitud motivacional fundada en nuestro pensar-hacer. En este proceso de aprendizaje, el camino para poder avanzar de lo que hoy somos a lo que querremos ser, es aceptar reflexivamente lo que hoy somos. Ya que esto nos permite visualizar si no queremos o no podemos emprender este proceso de aprendizaje, o no queremos asumir una actitud para mejorar nuestras maneras de relacionarnos con los demás. Se basa en la sinceridad con nosotros mismos.

Puesto que, la comunicación eficaz y mutua exige que aprehendamos tanto el contenido como la intención de ésta; debemos tratar de comprender la intención de la comunicación sin prejuzgar ni rechazar el contenido de ésta. Además, debemos aprender a hablar en los lenguajes de la reflexión y la emoción, ya que éstos están implícitos en toda relación entre las personas.

Construimos conversaciones eficaces si prestamos total atención al otro, esto es, estamos presentes por completo a los requerimientos de la persona que nos habla. Por otra parte, suspender la posible opinión que uno tenga, para tratar de ver las cosas desde el punto de vista del otro exige valentía, paciencia y seguridad en nuestra personalidad.

Esto significa estar abierto a nuevas enseñanzas y a cambios posibles, introducirnos en el pensar-hacer de los demás para ver el mundo como intenta el otro que lo veamos. Esto conlleva a que uno entiende cómo se sienten o ven el mundo los demás, es decir, establecemos empatía con el otro. Proceso que puede abrir las puertas para llegar a sentir simpatía por el pensar-hacer del otro.

Desarrollar una actitud de empatía nos permite abrirnos a la receptividad, los demás sienten que uno está aprendiendo de ellos, que está abierto a un mundo de posibilidades. En esta relación empática la relación de influencia es mutua, asunto que es clave para lograr influencia sobre los demás; ya que los otros perciben que también ejercen influencia sobre nosotros. En última instancia es una relación ganar-ganar.

Cuando aprendemos a escuchar, aprendemos que la comunicación es un asunto entre dos o más. Aprendemos que la comunicación es una cuestión de confianza, no de inteligencia.  Por tanto, aprendemos a confiar en los demás y los demás aprender a confiar en nosotros; aceptamos sus ideas y sentimientos, y ellos aceptan nuestras ideas y nuestros sentimientos.  Admitimos que somos diferentes, y que ambos por igual podemos tener razón.


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jueves, 2 de octubre de 2014

TRAS LA BÚSQUEDA DE LA FELICIDAD: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

En la búsqueda de la felicidad, no importa cual, allanamos el camino hacia el objeto, el cual va de la apetencia al acto de la satisfacción. Afirmamos, además, que todos podemos o tenemos el derecho a tenerla, e incluso que estamos obligados a ello. Sencillamente porque lo valemos. Entonces nos preguntamos ¿somos un valor?

De este modo, establecemos una distinción masificada, por ejemplo, ser original. Ahora todos queremos ser originales. No queremos pertenecer a esa masa de seres cotidianos y normales, intentamos ser lo que más destacamos, pero los otros también son originales y destacados. Pertenecemos a una masa de seres originales, que compramos en lugares originales, y nuestra felicidad es original.  

 En esta búsqueda, aparentemente, todo se coloca al alcance de la mano; se pasa del deseo sin mediación a la acción de poseer. La felicidad se vuelve instrumental. Se feliz, no pienses como, solo lo tienes que disfrutar. Acción, acción, posesión, posesión. Ese es el mecanismo.  Que es, en última instancia, lo importante.

¿Qué pasa cuando esa mecánica de la felicidad falla o no da los resultados anhelados?  Cuándo esa búsqueda se trastoca. Todo esto produce una frustración inevitable y perdurable, ya que ni todas las cosas que han sido ofrecidas van a ser alcanzadas, ni van a producir, en muchos casos, la felicidad que se ha deseado. Siempre quedará el deseo insatisfecho. Esta insatisfacción trae aparejada consigo frustración y violencia. Muy común en la actitud de las personas.

Por otra parte, como señala Marinas, se considera que los deseos, mis deseos, son fuente de derechos. Desde mis deseos yo establezco un supuesto estado de derecho, el cual debe ser cumplido para mi satisfacción. Esto ha dado como resultado una cultura de la queja, una queja personal y social. Ya que mis deseos no son satisfechos a mi conveniencia.   

Ante la continua insatisfacción, que se vuelve un círculo sobre sí mismo, el mercado de la felicidad desarrolla una proliferación de deseos, imperiosos y efímeros para mantener su dinamismo. Y captar más adeptos. Nuestras apetencias personales y sociales se hacen fugaces, relativas a individuos cuyo status, sea cual sea, envidiamos o nos hacen envidiar. El mercado de la felicidad nos saca de nosotros mismos en este andar tras la felicidad.  

La publicidad contribuye de gran manera. Los avisos que ofrecen felicidad son en abundancia, y los hay para todos los deseos y gustos. Tal publicidad recurre a modelos que producen envidia. Modelos idílicos. Tales avisos son productores de apetencias y establecen un mimetismo antojadizo de estereotipos, los cuales hay que poseer para identificarse con esa felicidad publicitaria, por ejemplo, las citas de personas famosas o los lugares bucólicos según el propósito de la publicidad. Lo que Umberto Eco denomina un acercamiento mágico por participación. 

La constante apetencia sin medida es una pasión que nos puede conducir al resentimiento. Pues cuando hay siempre algo que apetecer ésta engendra frustración, ya que el deseo nunca es satisfecho, permanecemos permanentemente en una apetencia. Es el deseo vano puesto en el deseo. Entramos en la desmesura del deseo. Este es la astucia de lo publicitario, que se basa sólo en apetencias. Y cultiva la maquinaria de los apetitos.  

El mercado de la felicidad desarrolla un culto a la apetencia, al deseo. No obstante, lo importante de la apetencia y el capricho es que éstos se presentan como una urgencia, que ha de ser resuelta inmediatamente. De allí su inestabilidad, ya que nos conduce por abismos superficiales y nos permite sumergirnos emocional en un charquito. Esto se emparenta con la compra compulsiva. Asimismo buscamos compulsivamente la felicidad.

Si la felicidad está de moda la deseamos, si es la paz la buscamos compulsivamente. Esta manera de actuar es la cristalización de deseos esbozados, y su éxito radica en solo conforma anhelos embrionarios. Muchos abortados. De ahí que en esta mercadería de la felicidad, los cazadores de tendencias andan al acecho. Por su parte, las tendencias en tanto tendencias solo son deseos imprecisos, borrosos con cierto espejismo de claridad. 

Como dice Marina, «esta moda de los deseos efímeros, intensos, urgentes y desechables ha contagiado a nuestro mundo afectivo, que se ha fragilizado, porque incita a un hedonismo inquieto y un poco escéptico». Ya que nuestro mundo afectivo, de las pasiones se ha terminado por convertir en un algo efímero, urgente y desechable. Todo puede ser desechado por un deseo más urgente. Un placer del placer. Así saltamos de un aquí y un ahora a otro aquí y ahora placentero. Estamos obsesionados por la paz, por la felicidad, la abundancia. Pero, solo por el deseo vacío de éstas.



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jueves, 25 de septiembre de 2014

PERCEPCIONES, ACTITUDES Y COMPORTAMIENTOS PARA ACCIONES EFECTIVAS: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

El origen de la mayor parte de las dificultades en la comunicación radica, primero, en la percepción individual o grupal que se tiene del otro; segundo, en la credibilidad que se tenga sobre el o los individuos que intentas generar un proceso de comunicación. 

Con respecto a la percepción, tenemos que captamos nuestro entorno según un conjunto de experiencias, individuales y colectivas, que hemos acumulado a lo largo de nuestro pensar-hacer. Por ello, definimos nuestros territorios según nuestros marcos de referencia o mapas, que vamos elaborando constantemente. De este modo, nuestras percepciones son inducidas por nuestra experiencia, la cual influye sobre nuestros sentimientos, creencias y comportamiento. En esto radica nuestra identidad narrativa individual y colectiva. 

Cuando se generan conflictos entre la percepción y la credibilidad, éstos pueden acabar en problemas complicados, no siempre del todo ciertos. Pues, a menudo se producen o «conflictos de personalidad» o «rupturas de comunicación», en casos más difíciles ambos a la vez. Muchos problemas de credibilidad se pueden resolver cuando ambas partes se dan cuenta de que éstos son originados por un asunto de percepción, en este caso, de falsa percepción. Acá se necesita un diálogo abierto y franco.

Para hacer posible el diálogo, éste tiene que fundarse en un conjunto de actitudes y comportamientos eficaces para resolver los problemas de percepción y credibilidad. Con respecto a las actitudes, éstas deben modificarse para dar paso a una nueva percepción. Por ejemplo, debo presuponer que el otro obra de buena manera; no cuestiono anticipadamente  su sinceridad ni sus buenas intenciones, es decir, no genero prejuicios. Me planteo cuidar esta relación porque quiero resolver la diferencia de percepción que se ha producido, ya que posiblemente no conduce a nada. Puedo solicitar la ayuda del otro para ver la situación desde su punto de vista, e incluso generar otro punto de vista. En este sentido, estoy dispuesto a ser influido por la percepción de la otra persona y dispuesto a cambiar. Esto no es el abandono de mi personalidad, ni de mi visión del mundo. Es una apertura necesaria.

Mi comportamiento también debe modificarse, pues estoy en medio de un conjunto de acciones prácticas en las que interactúo con otras personas. En este comportamiento efectivo, en primer lugar, debo aprender a escuchar para comprender al otro, ya que éste tiene y quiere decirme algo. Me habla porque quiere transmitirme algo. En segundo término, debo aprender a hablar para ser comprendido; el hecho de que yo hable no significa que todo el mundo ya me entiende. Recordemos que tenemos percepciones fundadas en narrativas diferentes, y estas percepciones pueden estar en conflicto o andar por carriles paralelos. Nada asegura que cuando hablo todos me entienden, e incluso me pueden entender en grados diferentes.

De allí que muchas veces, debemos comenzar nuestro diálogo a partir de un punto de referencia común o de un punto de acuerdo. Esto es importante, porque establecemos desde el inicio puntos comunes de entendimiento, y así podemos avanzar hacia las áreas de desacuerdo o conflictos. Al comprender este principio de entendimiento cambia nuestra manera de dialogar.  

Al plantearse este modo de dialogar se establece el principio de la posibilidad. Pues en vez  de decir «esto es de esta manera», como si fuese una verdad absoluta, planteo que veo tal situación «de una manera determinada»; acá abro la posibilidad de poner en la conversación un conjunto de percepciones válidas y posibles. En lugar de decir «esto es así», puedo plantear que «desde mi punto de vista» o  «en mi opinión». El efecto entre los dialogantes es diferente.  

Esta manera de expresarnos admite que la opinión de los otros es válida y que debe ser tomada en cuenta. Lo que decimos al otro, es que él es importante; que su opinión al igual que la mía es legítima y respetable; que quiero comprender cómo él ve las cosas. Y cuando no estamos de acuerdo con la otra persona, podemos decir con todo respeto «veo las cosas de forma diferente, comparto contigo cómo las veo yo». Aquí volvemos al aspecto de la credibilidad, porque esto tiene que ser algo sincero, y no mera retórica. El otro no es tonto, se dará cuenta que luego hacemos todo lo contrario a lo conversado. Allí nuestra credibilidad se esfuma.

A través de nuestras palabras y nuestras acciones construimos nuestras relaciones, de allí la necesidad de una sólida credibilidad. Lo que le da dimensión a la comunicación es el tipo de relación que establecemos. Sino establecemos una credibilidad cierta nuestras las líneas de comunicación estarán llenas de conflictos, debido a que establecemos relaciones interpersonales precarias.

Cuando nuestras relaciones se encuentran en tensión debemos tener cuidado con la expresión verbal y corporal que empleamos. Pues corremos el riesgo de ofender, de provocar una escena o de ser malinterpretados, y todo esto por una percepción tal. Cuando las relaciones son deficientes por falta de credibilidad, nosotros nos volvemos suspicaces y desconfiados, convertimos a la otra persona en alguien incapaz de generar un diálogo efectivo, y nuestros significados e intenciones están mediados por una experiencia de desagrado.


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martes, 23 de septiembre de 2014

EL CARÁCTER PERSONAL Y CIUDADANO DEL SUJETO: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

La razonabilidad de nuestras acciones en el entorno colectivo o comunitario son las actitudes propias de nuestra ciudadanía, cuyas faltas deberían avergonzarnos a quienes somos incapaces de adquirirlas o de transgredirlas. Así como debiese avergonzarnos el incumplimiento de las normas de honradez, que se presupone debemos tener en nuestras responsabilidades públicas y privadas.

Que en nuestro entorno social prolifere la corrupción y la desfachatez sin que nos avergoncemos de serlo ni de hacerlo es muestra de nuestros desvaríos; éstos ponen de relieve que algo falla en nuestro carácter personal y social. Por los cuales no logramos forjar ningún carácter ciudadano, en el que han desaparecido las emociones sociales de la vergüenza y la culpa.
    
Hay que distinguir, nos dice Victoria Camp,  entre las «sociedades de la vergüenza» y las «sociedades de la culpa». En estas últimas, los ciudadanos interiorizan las normas y se sienten culpables cuando dejan de cumplirlas. En las sociedades de la vergüenza, por el contrario, todo está exteriorizado, los ciudadanos evitan ser sancionados externamente por lo que hacen mal; de este modo, evaden que su honor o su buen nombre sea mancillado. 

Las sociedades de la vergüenza, aparentemente, parecen más primitivas que aquellas en la que los ciudadanos han conseguido interiorizar las normas y sentirse culpables si las transgreden. La sociedad de la vergüenza parece que tiene poco que ver con una sociedad decente. Por qué.

En primer término, si una sociedad causa que los individuos se sientan avergonzados — o humillados— por su origen familiar, su religión, su etnia, o por su identidad, entonces podemos considerar que esa sociedad no es decente. En segundo lugar, una sociedad es decente si hace que un individuo se avergüence por ser criminal, o hace que el hijo de un criminal se avergüence de las acciones criminales de su padre. La sociedad no será decente, si no consigue que el hijo se avergüence de la postura criminal del padre.    

Nos preguntamos por los sentimientos de vergüenza y de culpa de nuestras comunidades, muchas veces los vinculamos a la pérdida de estima o a la imposibilidad de lograr ésta. Muchas veces los adjudicamos a los sentimientos de frustración permanente, que nos lleva a estados de desvergüenza, de acoso sobre el otro.  

Llegados a este punto, debemos distinguir entre la «vergüenza natural» y la «vergüenza moral». La primera es involuntaria, ésta es dada, primero, por la incapacidad de ejercitar ciertas virtudes; segundo, por no disponer de bienes que todos debiésemos tener, lo cual nos impide lo que quisiéramos hacer o lograr lo que aspiramos.

La vergüenza moral, por su parte, es la que sentimos cuando vemos en nosotros mismos la falta de virtudes morales que deberíamos haber adquirido. Ambas vergüenzas disminuyen nuestra estima, aunque como apreciamos por razones distintas.

En la vergüenza natural, el defecto no depende de nosotros. En la vergüenza moral sí depende de nosotros, está en nuestra potestad. En esto radica su diferencia. De allí que la vergüenza aparece en el ámbito del bien. La culpa, por su parte, en relación con la justicia. El sentimiento de culpa aparece porque alguna norma o relación de confianza ha sido  vulnerada. Lo que provoca vergüenza en el sujeto es que éste ve mermados sus propios valores morales.

La vergüenza natural debiera desaparecer en una sociedad equitativa, pues ya no se dan las condiciones para sentirla. Es propio, entonces, de las sociedades no equitativas la presencia de la vergüenza natural. La vergüenza moral y la culpa, por el contrario, son necesarias y constructivas en una sociedad decente. Puesto que en ésta se fundan criterios más o menos explícitos como el del respeto mutuo y la reciprocidad; imprescindibles para que no prevalezcan los comportamientos antisociales.  

En nuestro comportamiento desvergonzado, la libertad la hemos separado de la responsabilidad. Hemos convertido la libertad —nuestra libertad— en el valor supremo. Sin embargo, no hemos hecho lo mismo con la responsabilidad, con nuestra responsabilidad. A ésta la obviamos porque sin responsabilidad es más fácil vivir.

Bien sabemos que no puede haber una sociedad que descanse sólo en la libertad, y mucho menos cuando ésta se ha convertido en algo vacuo. Porque la libertad no es el único valor de la sociedad. Además, existen otros valores sociales cuyo reconocimiento efectivo y teórico limitan la libertad.



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jueves, 18 de septiembre de 2014

DE LA NECESIDAD DE LAS EMOCIONES NEGATIVAS EN LA CONSTITUCIÓN DEL SUJETO: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

En nuestra sociedad del placer y de la felicidad mencionar las emociones negativas espanta. Casi hay que conjurar la presencia de éstas. Aun cuando no me parece adecuado adjetivar las emociones fuera de contexto, en este caso me parece pertinente para tratar unas consideraciones que desarrolla Antonio Damasio en su obra El error de Descartes[1].

            Adjetivar las emociones fuera de contexto es propio de aquellas tendencias reduccionistas, que se mercadean como visiones amplias y abiertas. Por ello, nos hemos acostumbrado a que cuando oímos mentar de las emociones negativas echamos a correr despavoridos, para resguardarnos en nuestras emociones positivas; que son las únicas, según estas tendencias, de salvarnos de este mundo. Solo etiquetas. De aquí la importancia del trabajo de Damasio.    

Antonio Damasio señala, en la obra antes indicada, que nuestras estrategias evolucionan porque somos capaces de comprender que nuestra supervivencia está amenazada, o que la calidad de nuestra vida es posible mejorarla. A partir de allí nos planteamos un otro conjunto de estrategias, con las cuales enfrentamos la necesidad de nuestra existencia física y mental.

Tales estrategias, dice Damasio, evolucionan en aquellos individuos cuyo cerebro, en primera instancia, presenta las «características estructurales» de una amplia capacidad para memorizar categorías de objetos y sucesos; lo cual les permite establecer representaciones de disposiciones sobre entidades y sucesos a nivel de categorías. Desarrollamos una actividad pensante que está más allá de la realidad sensible.

En segundo término, evolucionan aquellos individuos cuyas «características estructurales» presentan una amplia capacidad para manipular los componentes de las representaciones memorizadas, las cuales les sirven para diseñar nuevas situaciones mediante combinaciones inéditas. Acá lo principal es la imaginación, por medio de ésta podemos hacemos recreaciones de escenarios imaginarios, prevemos resultados que no hemos visto, formulamos proyectos nuevos o diferentes, y determinamos nuevos objetivos operacionales que extienden las posibilidades de nuestra vida.

Un tercer aspecto a considerar, es la posibilidad de tener una gran capacidad para almacenar los recuerdos de las recreaciones que nos planteamos, es decir, de los resultados que hemos previstos, de los nuevos planes y las nuevas metas que nos hemos propuesto. Lo que Damasio denomina tener «memoria del futuro». Estamos hablando de lo que nos planteamos a futuro, nuestros planes más allá de un presente inmediato.

Y estas «características estructurales» de nuestro cerebro ¿por qué nos son necesarias para la conformación del sujeto? Porque el dolor y el placer, según Damasio, son los resortes que nuestro organismo requiere para que nuestras estrategias instintivas y las adquiridas operen con eficacia. Así moviéndonos en esta dualidad se despliegan los mecanismos que van controlando el desarrollo de nuestras estrategias sociales.

De este modo, cuando en los grupos sociales experimentamos dolorosas consecuencias de fenómenos psicológicos, sociales y naturales, nos es posible desarrollar tácticas intelectuales y culturales para lidiar, y atenuar, la experiencia del dolor. Asimismo, para la experiencia del placer, pero para éste funciona otro mecanismo. 

Venimos a la vida con un mecanismo pre-organizado, nos dice Damasio, para darnos las experiencias del dolor y del placer. Nuestra historia individual y la cultura en que nos desenvolvemos pueden modificar el umbral para iniciar o suministrarnos medios diferentes para amortiguar tales experiencias. Pero el dispositivo esencial está en nuestro cerebro, y con él nacemos.

¿Para qué sirve tener este mecanismo pre-organizado? La razón, según Damasio, la podemos relacionar con que es el sufrimiento quien nos pone sobre aviso ante las circunstancias. De este modo, la experiencia de sufrir o del dolor ofrece la mejor protección para la supervivencia; ya que acrecienta la probabilidad de que nosotros estemos atentos a escuchar las señales, y actuemos en consecuencia para evitar lo que causa la experiencia del dolor o actuemos para corregir los efectos de tal experiencia.

De esta manera, al ser el dolor un resorte o impulsor, éste permite el despliegue de pulsiones e instintos para desarrollar nuestras estrategias pertinentes ante este estado de cosas. Por otra parte, la alteración durante la percepción del dolor está acompañada de impedimentos conductuales. En los individuos nacidos con la condición conocida como «ausencia congénita de dolor» nunca adquieren estrategias conductuales adecuadas, nos indica Damasio; estos individuos viven en una especie de vida anestesiada. Es el dolor, lo que nos impulso a establecer tales estrategias conductuales. Estos «dispositivos-resorte» tienen un papel en el desarrollo de estrategias de toma de decisiones.


El dolor y el placer no son imágenes especulares entremezcladas, por lo menos en cuanto al rol que desempeñan éstas en la supervivencia. La señal de dolor, razón de las emociones negativas, es la que más frecuentemente nos aparta de un peligro inminente, mediato o inmediato. Nos permite el estado de alerta necesario para sobrevivir en nuestras relaciones con el mundo, aun con el mundo social. Por ello, parecen existir, dice Damasio, una variedad mucho más abundante de emociones negativas que positivas. Pues el placer nos hace distendido, no estar alerta e incluso llegar a cierta molicie. Recordemos el cuento de Borges Los inmortales

No obstante, las causas de las emociones causadas por el dolor o el sufrimiento en un entorno hostil mutan; ya no nos enfrentamos a los otros en un estado de naturaleza, pues vivimos en un entorno urbano. Pero seguimos viviendo en un entorno social, compartido que nos incita a estar alertas. Y son nuestras emociones negativas las que nos permiten elaborar estrategias. No estoy abogando por un vivir en un estado de emociones patológicas o enfermizas, solo estoy mostrando que las llamadas «emociones negativas» nos son favorables en un contexto determinado. Por ello, adjetivar las emociones sin un contexto es algo errado.       



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[1] Antonio Damasio. El error de Descartes (la razón de las emociones) Santiago de Chile, Editorial Andrés Bello, 1999.