miércoles, 28 de octubre de 2026

CASTORIADIS: EL IMAGINARIO INSTITUYENTE Y EL IMAGINARIO INSTITUIDO


 

La utilidad del arte se cuestiona cuando se abandona el «romanticismo cultural[i]» y se determina bajo criterios pragmáticos y de asignación de recursos económicos; pues desde una postura rigurosamente cambista el arte no sirve para nada sustancial, dado que consume recursos críticos —fondos públicos, espacio urbano, tiempo humano y capacidad intelectual— los cuales estarían mejor invertidos en áreas de utilidad social mensurable, por lo cual el arte es una construcción social prescindible porque no da rédito. Para un pragmatista, el valor de cualquier actividad se mide por su capacidad para resolver las necesidades básicas de la pirámide de Maslow (alimentación, salud, vivienda, seguridad), en este sentido cada recurso que se le asigna al arte es un recurso que se le quita a la solución de una necesidad real; por lo cual para el pragmático radical el arte es un derroche monetario porque no aporta una solución ni medible ni cuantificable.

Para el pragmatismo moderado y utilitarista, el arte es un entretenimiento y una decoración necesaria, porque cumple la función de llenar el tiempo de ocio o decorar espacios para mitigar el aburrimiento humano. Para un pragmático que busca retener el poder, basándose en resultados, el arte es solo un instrumento de gobernabilidad y de distracción social, pues el mismo es útil solo si sirve al poder y a la dinámica productiva mercantil. Para el pragmático el arte no posee un valor intrínseco o espiritual, solo lo considera si con él obtiene beneficios económicos, diplomáticos, sociales y de gobernabilidad. El arte es solo un asunto de buena administración del poder.

Contrapuesto al pragmatismo radical y utilitarista está, como hemos indicado, el «romanticismo cultural» que aboga por una rebelión contra lo mercantil al anteponer las emociones, la libertad individual y la subjetividad como procesos creadores. Para Cornelius Castoriadis, que no es un romántico cultural, la sociedad no se sostiene solo por lo utilitario y lo mercantil, sino por el “imaginario radical”, que es la incesante capacidad humana de crear formas, significados e imágenes. Ahora bien ¿Qué es el imaginario? Es el conjunto de mitos, símbolos, relatos, valores, imágenes y significados que comparte un grupo social en un momento determinado, el cual le da sentido a su pensar-hacer; se trata de una red de significados compartidos que determina cómo un grupo social entiende el pasado, juzga el presente y proyecta el futuro, el mismo determina el modo cómo una cultura mira y experimenta el mundo. Desde esta perspectiva, en los procesos creadores se establecen, para Castoriadis, dos conceptos: el “imaginario instituyente” y el “imaginario instituido”, a partir de éstos se puede explicar porque un grupo social cambia o se cosifica en el tiempo.

El “imaginario instituyente” es la fuerza creadora capaz de cambiar el estado de cosas, pues es la potencia creativa que da origen a significados nuevos, es el motor de cambios y de transformaciones; el mismo emerge cuando el orden instituido deja de dar respuestas adecuadas y se vuelve intolerable, ya que es una fuerza que propone haceres inéditos. Como señala Castoriadis, “digamos que la imaginación es una “función” de esta alma (e incluso del “cerebro”, aquí no molesta). ¿En qué consiste esa “función”? Entre otras cosas, como hemos visto, en transformar las “masas y energías” en cualidades (de manera más general en hacer surgir un flujo de representaciones, y -en el seno de éste- ligar rupturas, discontinuidades), en saltar del gallo al burro y de mediodía a las dos de la tarde”[ii]. El “imaginario instituyente” es el que activa la potencia creadora y hace que las viejas estructuras de control dejen de funcionar, porque es la fuerza creadora capaz de cambiar las cosas que están burocratizadas por ser la potencia creativa de la sociedad, porque posee la capacidad de reinterpretar los significados existentes y producir unos nuevos; es el motor de los cambios, de las vanguardias artísticas y de las transformaciones históricas.

El “imaginario instituido”, por su parte, es la estructura que se ha petrificado y da paso al orden establecido, es lo que queda una vez que la creación ha sido formalizada y convertida en norma, en dogma y en burocracia; es lo que se ha establecido y regulado en la cotidianidad para garantizar la estabilidad y la predictibilidad. Es usado por el pragmático utilitarista porque éste vive de administrar y perfeccionar el “imaginario instituido”, dado que le permite mantener la gobernabilidad, la rentabilidad y el orden en lo social. Las expresiones artísticas ―a cualquier nivel― materializan el imaginario y el sujeto pragmático lo sabe, por eso necesita gobernar y financiar éstas hasta convertirlas en “imaginario instituido”, ya que de este modo las determina, las moldea y las impone a los ciudadanos, hasta establecer a través de lo instituido la noción de identidad; y aunque “la institución es una red simbólica, socialmente sancionada, en la que se combinan, en proporción y en relación variables, un componente funcional y un componente imaginario… la sociedad vive sus relaciones con sus instituciones a la manera de lo imaginario, dicho de otra forma, no reconoce en el imaginario de las instituciones su propio producto”[iii].

Entre ambos imaginarios se establece un ciclo de tensión, pues para Castoriadis, la historia es un ciclo continuo entre estas dos fuerzas encontradas: el “imaginario instituyente” crea y revoluciona lo establecido, luego el sujeto pragmático lo cosifica hasta convertirlo en “imaginario instituido”, lo que en el tiempo provocará un conjunto de crisis por las cuales los sujetos creadores volverán al “imaginario instituyente”. El orden social comienza siendo un “imaginario instituyente”, un hacer nuevo que contiene lo que se ha deseado alcanzar, pero con el paso del tiempo este hacer se asienta, se vuelve rígido y se transforma en “imaginario instituido”; cuando este orden instituido se vuelve incapaz de responder a las crisis de su época porque se ha cosificado, el imaginario instituyente emerge para destruirlo y crear algo diferente.

A partir de los imaginarios, Castoriadis plantea los conceptos de “autonomía” y “heteronomía”, los cuales son opuestos entre sí. Una sociedad heterónoma posee la condición de que su voluntad se rige por imperativos, leyes y normas ajenas a su propia razón, es decir, su hacer no le pertenece porque deviene de otro, ella está atrapada en su “imaginario instituido” pues considera que sus haceres son o divinos o naturales e inmutables, por lo cual considera que no tiene ningún poder para cambiar tal imaginario, por tanto, es una sociedad dócil y predecible dado que es producida por otro. Opuesta a ésta está la sociedad de la “autonomía”, la cual es consciente de que su voluntad se rige por imperativos, leyes y normas que son dadas por su propia razón, por su propia voluntad; por lo cual ella determina su propia ley, al ser consciente de que crea sus propios haceres a través de su “imaginario instituyente”, esto le permite reconocer que posee el poder creador para cambiar lo que ya no le es conveniente, porque es fuerza de cambio.

El pragmático no place ni de la “autonomía” ni del “imaginario instituyente”, porque le desestabilizan la administración y el perfeccionamiento del “imaginario instituido”, y le impiden preservar la gobernabilidad utilitarista; dado que el despertar del “imaginario instituyente” activa la potencia creadora de los sujetos y desestabiliza las viejas estructuras de control que dejan de funcionar, pues “la sociedad es creación, y creación de sí misma autocreación. Es la emergencia de una nueva forma ontológica -un nuevo eidos- y de un nuevo nivel y modo de ser”[iv]; ya que el creador no necesita de la institucionalidad de lo instituido para crear.

La postura de Castoriadis es política y filosófica porque devela que el mundo padece de la atrofia del “imaginario instituyente”, ya que las crisis que atraviesan las artes se deben a la parálisis de la capacidad para concebir formas creadoras. La carencia del “imaginario instituyente” plantea el triunfo del "imaginario instituido", donde las estructuras institucionales se presentan como mecanismos administrativos naturales e inmutables, por lo cual los procesos culturales se reducen a una gestión tecnocrática, es decir, en cómo administrar las variables, los recursos existentes, las tasas de interés, el control de inflacionario y los ajustes fiscales. En vez de abrir las posibilidades a los creadores que buscan construir procesos artísticos.

Al vaciarse los procesos culturales del “imaginario instituyente” el hacer se convierte en “instituido” y los mismos quedan atrapados en sus mismas propuestas institucionales, con lo cual el hacer artístico deja de ser el ejercicio de la “autonomía” y se convierte en trámites administrativos y en espectáculo de mercadotecnia, es decir, en un hacer “heterónomo” regido por leyes, normas y principios que le son externos y ajenos al sujeto creador. Cuando el “imaginario instituyente” es domesticado los procesos culturales caen en la trampa de la “heteronomía”, pues las condiciones creativas le son impuestas a los sujetos desde afuera por fuerzas externas sobre las cuales no tiene control, entonces todo se achaca al mercado, a los algoritmos, a la globalización, pero nunca a los sujetos institucionalizados, que son sujetos apáticos, desencantados y sujetados a las promesas de los pragmáticos. Esto debilita el tejido cultural y los procesos creadores quedan anulados.

A la “heteronomía” se suma la promoción de falsos imaginarios instituyentes, que solo son “imaginarios instituidos” que especulan con el deseo humano de crea. No obstante, el “imaginario instituido” no ofrece alternativas creativas reales, sino el vacío configurado de un imaginario nostálgico y reactivo, el cual vuelve sobre un pasado idealizado, a un “imaginario instituido” fundado sobre fronteras rígidas y jerarquías tradicionales, conformado por directivas que resuelven los problemas de forma vertical y centralizada. En este sentido, el sujeto pragmático utiliza el descontento para destruir la poca “autonomía” que queda.

La domesticación mercantiliza todo deseo de cambio, ya que lo económico neutraliza el “imaginario instituyente” a convertir éste en mercancía. Las ideas y los haceres emergentes y subversivos, las estéticas de las protestas y los discursos de rebelión son absorbidos por las industrias culturales, donde éstas se consumen en lugar de ejercerse, pues las mismas son convertidas en un estilo de vida y en una etiqueta, con lo cual se le anula toda la capacidad de ser una fuerza creadora.

Los procesos culturales se defienden al permitir que el “imaginario instituyente” se active, al permitir que los sujetos recuperen su “autonomía” y aceptar que el orden instituido es una creación humana defectuosa; para lo cual es necesario que los creadores sociales posean la capacidad y el derecho de reinventarse. En cambio, mientras los procesos culturales consistan en defender lo instituido, las manifestaciones artísticas seguirán debilitándose por la inanición creativa.

Obed Delfín



[i] El romanticismo cultural fue un movimiento artístico, literario e intelectual que surgió en Europa a finales del siglo XVIII, principalmente en Alemania y el Reino Unido, su esencia fue la rebelión contra el racionalismo de la Ilustración y el Neoclasicismo; representó una actitud ante la vida que dio origen a la figura moderna del artista rebelde y transformó la forma en que entendemos el arte.

[ii] Cornelius Castoriadis. El Imaginario Social Instituyente. Zona Erógena. Nº 35. 1997, P. 1.

[iii] …………………………….... La institución Imaginaria de la sociedad. México, Tusquets Editores, 2013, p. 211-212.

[iv] ………………………………. El Imaginario Social Instituyente. Zona Erógena. Nº 35. 1997, P. 4.


miércoles, 14 de octubre de 2026

QUIÉN MATÓ A JUANCHO GÓMEZ


 

El magnicidio ocurrió en la madrugada del 30 de junio de 1923 en el propio dormitorio Juancho Gómez en el Palacio de Miraflores, donde recibió 27 puñaladas. Oficialmente fue el capitán Isidro Barrientos[i], quien fue condenado como el autor material del asesinato de Juan Crisóstomo "Juancho" Gómez, hermano del presidente Juan Vicente Gómez y para el momento del asesinato primer vicepresidente de Venezuela.

En este caso existen, por lo menos, dos versiones conspirativas. La primera, «la versión oficial»; en la cual Juan Vicente Gómez culpó de inmediato a los opositores de su régimen que se encontraban en el exilio, con lo cual justificó la persecución, el encarcelamiento y la represión contra sus detractores. La segunda, «la teoría de la conspiración familiar»; los historiadores y los rumores de la época ha sugerido que tal asesinato fue un crimen perpetrado por órdenes de miembros de la propia familia Gómez, las principales sospechas recaían sobre Eustoquio Gómez (primo del asesinado) y sobre José Vicente Gómez (Vicentico, hijo del Bagre), quienes se enfrentaban por la sucesión de la presidencia de la República.

La segunda versión es la más interesante, porque la familia Gómez estaba dividida en facciones irreconciliables que sembraban el terror en el círculo familiar. La misma se agrava cuando Gómez, a finales de 1921, sufrió una crisis de salud; el clan familiar asumió que el fin del presidente de Venezuela estaba cerca y comenzó una guerra intestina por el poder. Además, las tensiones se agudizaron cuando en 1922 el Congreso Nacional reformó la Constitución e instauró dos vicepresidencias, la primera vicepresidencia la ocupó Juancho, la segunda Vicentico; esto enfrentó a los dos principales pretendientes en la línea sucesoria familiar.

Mostremos el panorama familiar de la familia Gómez, la cual estaba dividida en tres facciones, a saber: La primera facción era la de los "Juanchistas" ―el ala institucional y de confianza de Gómez―. Esta facción estaba encabezada por Juan Crisóstomo "Juancho" Gómez, hermano menor del Bagre; quien era primer vicepresidente de la República y gobernador de Caracas, era la mano derecha de Gómez y gozaba de la absoluta confianza del mandatario para vigilar la capital. Los “Juanchistas” representaban la continuidad del poder a través del círculo de hermanos tradicionales y terratenientes del clan. El asesinato de Juancho descabezó por completo a esta facción.

La segunda facción eran los "Vicentistas" ―la línea de descendencia directa―, esta facción era liderada por José Vicente "Vicentico" Gómez Bello, hijo mayor de Gómez con su primera concubina, Dionisia Bello. Vicentico era Inspector General del Ejército y Segundo vicepresidente de la República. Los “Vicentistas” eran vistos como los herederos naturales y dinásticos. Tras el asesinato de Juancho, tío paterno de Vicentico, los rumores populares culparon a éste y a su madre Dionisia Bello de estar detrás de ese asesinato.

La tercera facción era el ala militar radical dirigida por Eustoquio Gómez, quien era primo hermano de Juan Vicente Gómez, éste operaba desde la gobernación de Táchira y Lara imponiendo un régimen de crueldad y terror. Eustoquio pensaba que él era el heredero del gobierno por sus méritos cuartelarios y su mano de hierro para sofocar rebeliones. Sin embargo, cuando Juan Vicente Gómez murió en 1935 Eustoquio intentó ejecutar un golpe militar para evitar que el ministro de Guerra Eleazar López Contreras tomara el mando, en tal intento fue abatido a tiros el 21 de diciembre de 1935 en la Gobernación de Caracas al resistirse a ser arrestado por las nuevas autoridades.

¿Quién fue Dionisia Bello y porqué tuvo involucrada en el asesinato de Juancho Gómez?

Dionisia Bello Lutowsky fue la primera concubina oficial de Juan Vicente Gómez. Asimismo, fue considerada una de las mujeres más influyentes, ambiciosas y temidas del régimen gomecista. Nació en el estado Táchira alrededor de 1861, unió su vida a la de Gómez a finales del siglo XIX tras abandonar a su primer esposo, allá en San Cristóbal. Juntos procrearon siete hijos reconocidos, entre ellos José Vicente "Vicentico" Gómez Bello, que era el hijo mayor de la pareja. Durante los primeros años de la “Revolución Restauradora” y el posterior ascenso de Gómez a la presidencia en 1908, Dionisia fungió como la "primera dama de facto" en Caracas y Maracay. Manejó inmensas cuotas de influencia y amasó una gran fortuna económica.

No obstante, hacia 1905 su poder personal sufrió un duro golpe cuando Juan Vicente Gómez se enamoró de una joven de 16 años llamada Dolores Amelia Núñez de Cáceres, y convirtió a ésta en su nueva favorita. Dionisia fue desplazada del séquito oficial y enviada a vivir a Los Teques, por lo cual sintió un profundo resentimiento hacia el entorno del dictador. Al verse desplazada del afecto del caudillo, Dionisia concentró sus energías y ambiciones en impulsar la carrera política de su hijo Vicentico Gómez, ya que su meta era que éste heredara la presidencia de Venezuela.

Dionisia Bello es considerada por la historiografía y por los rumores de la época como una de las principales promotoras del asesinato de Juancho Gómez; aunque formalmente nunca fue procesada en un tribunal, su implicación en la conspiración sucesoria se fundaba en la venganza personal, por la ambición política de que "Vicentico" ocupara la presidencia de Venezuela a la muerte de Gómez.

La participación de Dionisia en el asesinato de Juancho Gómez se fundamenta en dos grandes motivos. Primero, el detonante personal, nos remite a la tragedia de su hija Margarita Torres Bello, nacida de su anterior matrimonio en el cual tuvo tres hijos. Margarita, su hija mayor, estaba comprometida para casarse con el general Santos Matute Gómez, primo hermano de Gómez, quien era una figura de inmenso poder; esta unión habría consolidado de forma definitiva la influencia de la facción de los "Vicentistas" en el núcleo gomecista. Sin embargo, Juancho Gómez intervino activamente para disolver el compromiso matrimonial; tras la ruptura forzada de este compromiso, Margarita Torres Bello cayó en una profunda depresión y se suicidó. Dionisia Bello, destrozada por el dolor y llena de rencor, juró públicamente vengarse de Juancho.

Como ya hemos indicado antes Juancho Gómez representaba el obstáculo constitucional para que Vicentico accediera al poder, pues Juancho era el primer vicepresidente y Vicentico el segundo, con la muerte del tío se despejaba el camino dinástico para que éste asumiera la presidencia de la República cuando Gómez muriera. Según las investigaciones del gobierno, Dionisia aprovechó su influencia para ofrecerle al capitán Isidro Barrientos ascensos militares, protección absoluta y recursos económicos a cambio de ejecutar el asesinato de Juancho, ya que Barrientos era miembro de la Guardia Presidencial y cercano a éste.

La red de espías del gomecismo desentrañó la conspiración familiar. Gómez optó por desterrar a Dionisia Bello de Venezuela de forma permanente y   despojó a Vicentico de su rango militar, lo destituyó de la vicepresidencia y lo envió al exilio, desmantelando de esta manera las aspiraciones políticas de esa rama familiar. Dionisia Bello se estableció en un lujoso castillo a las afueras de París, donde recibió a su hijo Vicentico quien fue destituido de sus cargos en 1929 y exiliado del país, Vicentico se exilió en Suiza donde murió en 1930. Dionisia Bello falleció en Francia el 5 de marzo de 1956, a la edad de 94 años.

Obed Delfín



[i] El capitán Barrientos y sus cómplices fueron condenados a 20 años a la cárcel de La Rotunda. Sin embargo, miembros de “La Sagrada” los sacaron de la cárcel y fueron torturados y ejecutados a balazos.


domingo, 11 de octubre de 2026

EL PATRIMONIO: LAS ATADURAS AL PASADO, PRESENTE Y FUTURO


 

“Es injusto heredar pasados, es como si nos atasen el tiempo a los pies”

Mia Couto

Patrimonio es un término del derecho romano que significa «bienes heredados del padre» o de la «hacienda familiar», el mismo designa al conjunto de bienes, derechos y obligaciones que un ciudadano recibía por línea paterna, tales bienes estaban destinados a ser preservados y transmitidos a las siguientes generaciones. Con el paso de los siglos, el término se desprendió de la figura estricta del padre y se amplió a tres grandes áreas, entre éstas tenemos: primero, el patrimonio económico y legal, que se refiere al conjunto de bienes, derechos y obligaciones de cualquier persona o empresa, el cual se mide de acuerdo a un valor financiero, se ha heredado una casa, un carro, una yunta de bueyes, por ejemplo. Segundo, el patrimonio natural referido a los bienes ambientales, reservas e identidades biológicas que corresponden a una región o país, tenemos el Parque Nacional Henry Pittier, el Pico Bolívar, Canaima, entre otros muchos más. Tercero, el patrimonio cultural e histórico, éste se refiere a la herencia colectiva de una sociedad, es decir, los monumentos, las tradiciones, las manifestaciones artísticas en sus diferentes áreas, los cuales se protegen por su valor histórico; esto es lo que conocemos como patrimonio de la comunidad, del país o de la humanidad, según el valor establecido por una institucionalidad.

A su vez, el patrimonio cultural se divide en dos tipos, a saber. En primer lugar, tenemos el «patrimonio tangible o material», a éste corresponde todo aquello que se puede ver y tocar. Éste se subdivide en dos. El patrimonio tangible llamado «muebles» que se refiere a los objetos que se pueden trasladar, como pinturas, esculturas, manuscritos, monedas, utensilios arqueológicos y ropa de época, por ejemplo, las obras de Arturo Michelena, las de Juvenal Ravelo, las piezas del Museo de Ciencia. Y el patrimonio tangible «inmueble», que son las obras humanas que no se pueden mover de su lugar, como monumentos, sitios arqueológicos, iglesias, centros históricos de ciudades o fortificaciones militares, acá tenemos: la Catedral de Caracas, la iglesia de Las Mercedes, el Panteón Nacional, la estatua ecuestre de El Libertador en la Plaza Bolívar de Caracas, el Cuartel de la Montaña, el Centro histórico de Coro, entre otros muchos más.

En segundo término, está el «patrimonio intangible o inmaterial»; éste es el patrimonio vivo, el cual no tiene una forma física fija pues reside en la mente y en las tradiciones del pueblo. En éste se comprenden las tradiciones orales como los mitos de los waraos, las leyendas de los wayuú, las lenguas indígenas por estar en peligro de extinción. Las artes del espectáculo, como la música tradicional o popular, las danzas tradicionales, el teatro, por ejemplo, el baile de la araña de Timotes o el Pájaro Guarandol, entre otros. Los usos sociales y rituales, como las festividades religiosas de San Benito y San Juan, los carnavales del Callao. También se comprenden en el patrimonio intangible los conocimientos de la naturaleza, como la medicina ancestral, las técnicas agrícolas tradicionales contrapuestas a la mecanización de la industria agrícola y pecuaria. Las técnicas artesanales tradicionales como la alfarería de Quibor, los tejidos del Paramo merideño, la cestería Warao, las acemas de Carache, entre otras artesanías nacionales.

Ahora bien, el patrimonio cultural plantea interrogantes sobre la condición humana, el tiempo y la identificación con éste. ¿Qué es el patrimonio y cómo existe? Acá se plantea la dimensión ontológica del mismo, pues en ésta se analiza la naturaleza del ser y de la existencia en función de la concepción que del patrimonio se tiene, dado que se pregunta: ¿Qué hace que un objeto se transforme en un bien patrimonial? A esta pregunta se incorpora como respuesta el valor del objeto el cual es intrínseco a él, ya que un petroglifo del estado Bolívar o la iglesia de La Candelaria de Caracas fueron producidos sin ser patrimonio; es el proyecto humano, sea político, religioso o económico quien le otorga la cualidad de patrimonio mediante un proceso de sacralización laica, institucional o religioso. De esta manera, la idea del ser aparece en la perdurabilidad del tiempo, dado que al decretarse como patrimonio adquiere un carácter ontológico, el cual permite que el pasado mantenga un tipo de existencia real en el presente o que el presente se perpetue en el futuro desafiando su destrucción en el tiempo.

El objeto o el sujeto al ser decretado patrimonio adquiere una dimensión axiológica, es decir, adquiere valores trascendentes y de autenticidad. Por tanto, el patrimonio en función de estos valores es bueno, bello, sagrado y valioso, pues en él coexisten un conjunto de valores. Ya que lo que ha sido decretado patrimonio no tiene un único valor, dado que en él conviven el valor artístico de la bello, el valor histórico de la verdad, el valor económico del turismo y el valor de uso, se éste religioso, político o social. Aun cuando la coexistencia de estos valores puede generar conceptualmente conflictos entre sí, por ejemplo, la mercantilización de la figura de José Gregorio Hernández para financiar la conservación del pueblo de Isnotú o de la Iglesia de La Candelaria.

En la discusión sobre los valores patrimoniales tenemos el dilema de la autenticidad. ¿Qué es lo auténtico? Por ejemplo, si una estatua antigua se destruye y se reconstruye con materiales modernos, ¿sigue siendo la misma obra? Esta discusión plantea si el valor reside en la materia física original o en la idea que representa, tenemos el caso de la actual estatua de María Lionza en la autopista «Gran Cacique Guaicaipuro Jefe de Jefes» que no es la obra original de Colina, e incluso la obra de Colina era la representación material de un culto y una creencia religiosa.

La dimensión identitaria y política del patrimonio se asienta en la alteridad y el poder; en la misma se conjugan lo político y lo antropológico para percibir cómo el patrimonio busca definir quiénes somos. En primer lugar, al determinar que es o no patrimonio se plantea la construcción del "nosotros" individual y colectivo, puesto que a través de tal determinación el patrimonio cultural pretende dar respuesta a la pregunta sobre ¿Quiénes somos? Ya que es la voluntad de poder quien selecciona qué monumentos se conservan, qué narrativa de su historia quiere recordar y cuál prefiere olvidar; en este sentido, a través del patrimonio se determina la memoria y el olvido de los pueblos, pues todo acto de preservación implica en sí un acto de exclusión. De este modo el patrimonio es utilizado por las voluntades de poder para imponer una identidad particular, específica y homogénea silenciando, a su vez, el patrimonio de los otros.

El patrimonio impone a los sujetos la responsabilidad intergeneracional, esto es, la dimensión ética del mismo. La ética del patrimonio se centra en los deberes morales que los sujetos adquieren con respecto a los objetos y tradiciones que son patrimoniales, a partir de la denominada justicia intergeneracional, donde los sujetos no son dueños de tal patrimonio, sino sus custodios, dado que existe el imperativo ético de preservar estos bienes para garantizar que las generaciones futuras tengan el derecho de acceder a su historia. Este imperativo pone sobre el tapete el concepto de restitución y de justicia histórica, pues abre el debate ético sobre si las piezas expoliadas deben ser restituidas a los pueblos a que pertenecen; por ejemplo, la invasión turística a los Tepuy sin considerar que no son solo formaciones geológicas, sino seres divinos y ancestrales de la cultura amazónica, o la deformación de tradiciones por su uso mercantil.

El patrimonio cultural es, entonces, el lugar donde la voluntad de poder determina la relación con el pasado, donde justifica los valores presentes y desde donde proyecta la responsabilidad hacia el futuro.

Obed Delfín


lunes, 5 de octubre de 2026

DEL LEGADO HISTÓRICO A LA PEQUEÑA HISTORIA: LA HISTORIA FAMILIAR Y DEL BARRIO


 

El legado histórico se concibe como la gran historia, la cual se enfoca en la Guerra de Independencia o Federal, en los Proceres militares, en los presidentes de la República, en los tratados internacionales, esto es, en los grandes relatos y acontecimientos que le dan carácter a la Nación-Estado. No obstante, esta historia es lejana para el ciudadano e incluso la misma es ideologizada por el gobierno de turno a su conveniencia.

En contraposición a la anterior está la historia pequeña, esta historia es la que compete a la familia, al vecindario y a las comunidades en las cuales convivimos; ésta conforma el tejido invisible que conecta el pasado y el presente con nuestra identificación cotidiana, pues la microhistoria en tanto historia local rescata y hace permanecer las vivencias de las personas comunes, al mostrar que la gran historia también se vive a la escala de lo demasiado humano.

La historia pequeña se manifiesta, en primer lugar, a través del legado familiar cuando se narran los recuerdos, los valores y los aguantes que ha tenido que llevar adelante la familia. La historia familiar no es el árbol genealógico que solo distingue a las familias de abolengo, pues las familias, por lo general, solo llegan hasta el recuerdo del abuelo o el bisabuelo, para estas familias la historia familiar está conformada por un conjunto de narraciones cotidianas, del día a día, que se utilizan como un manual de persistencia emocional y cultural que se hereda sin darse cuenta, pues en éstas se transmiten tradiciones vivas, como recetas de cocina que pasan de madre a hijas, de tías a sobrinas o a primas; se establecen refranes y dicho que narran los haceres de la familia, se determina las festividades particulares y los rituales cotidianos que definen lo que es la praxis hogar.

Así mismo, la historia familiar cuenta cómo los abuelos o bisabuelos superaron crisis las económicas, las migraciones de un estado a otro en busca de trabajo o las pérdidas materiales y familiares, que enseñan a las nuevas generaciones a cómo afrontar las adversidades. A través de estos relatos se enseñan técnicas domesticas para reparar los utensilios de la casa, métodos de trabajo para solucionar los problemas del día a día, los cuales pueden moldear el destino laboral de los descendientes.

En segundo lugar, la historia pequeña tiene su raíz en el legado del barrio, del sector, de la parroquia, de la urbanización, es decir, esta historia se conforma en el espacio colectivo que le da identificación al sujeto individual en tanto sujeto colectivo, si es de La Pastora, de La Candelaria, de Chacao, de El Valle, de Altamira… Pues el barrio o el sector es el escenario público donde aprendemos a ser ciudadanos, ya que su legado construye el sentido de pertenencia a la ciudad, al pueblo, al sector o al barrio, ahí el individuo se identifica con la arquitectura cotidiana de donde vive y por donde transita: la fachada de una bodega, una plaza, un árbol centenario, la iglesia del sector, las calles que terminan por contar el recorrido que él y ella hacen a diario.

Lo anterior permite construir la memoria comunitaria, los mitos urbanos, los personajes icónicos del vecindario, la panadería de toda la vida, el músico que se paraba en la esquina a tocar, las luchas colectivas, como cuando la gente se organizó para atender a los que habían perdido todo por el terremoto del año 2026, o para lograr que se pavimentara la calle o construir la escuela, esto crea un orgullo compartido que luego se narrará en el trabajo o se le contará a los hijos y a los nietos más adelante. La identificación comunitaria desarrolla léxicos comunes y códigos locales, modismos corporales, apodos para ciertas zonas del vecindario y formas de interactuar que solo entienden quienes crecieron en esas calles compartidas.

La historia pequeña importa porque es la humanización del pasado y el presente; ya que es más fácil entender la economía y la política venezolana de la segunda parte del siglo XX cuando te la cuenta alguien que la vivió y padeció, o se oye el relato en una canción de Rap o en una canción de Alí Primera, porque la historia pequeña es vivencial y no una historia abstracta llena de estadísticas. Por otra parte, la historia pequeña le pertenece al individuo común porque ella le es propia, ya que es lo que él ha vivido con su familia, con su comunidad; esta propiedad compartida permite la democratización de la memoria, del recuerdo como un hecho valido, pues permite que los individuos y las comunidades históricamente invisibilizadas ―mujeres, obreros, minorías, migrantes― muestren su narración y su rol como coautores de la historia de la Nación. De esta manera, la historia pequeña conforma la querencia de los individuos y de los pueblos.

 

Obed Delfín


sábado, 3 de octubre de 2026

TIPOS DE PENSAMIENTOS

 


En la psicología y las ciencias cognitivas no existe una clasificación única del pensamiento ni uno es más importante que los otros, según la forma en que procesamos la información tenemos aproximadamente entre 9 y 15 tipos de pensamiento, ya que éstos se agrupan según su función, a saber:

Pensamientos lógicos y analíticos:

Pensamiento analítico: Descompone la información en partes más pequeñas para entender la estructura de un problema y evaluar cada componente al detalle.

Pensamiento lógico: Utiliza reglas formales y la relación causa-efecto para llegar a conclusiones ordenadas y estructuradas.

Pensamiento inductivo: Parte de observaciones particulares o experiencias individuales para generar una conclusión o regla general.

Pensamiento deductivo: Parte de afirmaciones, leyes o principios generales para aplicarlos a casos particulares y comprobar su validez.

Pensamientos creativos y de resolución de problemas:

Pensamiento creativo: Rompe las estructuras tradicionales para generar ideas novedosas, originales, soluciones fuera de lo común o expresiones artísticas.

Pensamiento divergente: Busca múltiples soluciones, alternativas o caminos distintos ante un mismo problema o una pregunta abierta.

Pensamiento convergente: Sigue un camino directo y ortodoxo para encontrar la única respuesta correcta o estándar a un problema estructurado.

Pensamientos de evaluación y perspectiva:

Pensamiento crítico: Examina, evalúa y cuestiona las afirmaciones, creencias o informaciones de manera objetiva, buscando evidencias antes de aceptarlas como verdaderas.

Pensamiento sistémico: Analiza las cosas como parte de un sistema interconectado, evaluando cómo una decisión afecta a las demás variables del entorno.

Pensamiento deliberativo: Se utiliza al momento de tomar decisiones complejas, sopesando pros, contras, valores y criterios éticos.

Pensamientos prácticos y cotidianos:

Pensamiento reflexivo: Analiza las propias ideas, experiencias o actos pasados de forma consciente para aprender de ellos.

Pensamiento práctico: Se enfoca en la acción y en aplicar conocimientos de forma inmediata para resolver problemas cotidianos con la mayor eficacia posible.

Pensamiento analógico: Conecta experiencias actuales con situaciones parecidas vividas en el pasado para entender el presente mediante comparaciones.

Cómo aplicar estos pensamientos en la toma de decisiones o en el estudio, debemos ver cómo funcionan estos pensamientos en la vida real, imaginemos dos situaciones cotidianas: 1) una decisión profesional importante y 2) la preparación para un examen difícil.

Caso 1: En la Toma de Decisiones imagina que debes decidir si cambiar de empleo a una empresa nueva o quedarte en tu puesto actual.

Pensamiento crítico: Lo usas para investigar a fondo a la nueva empresa. No te dejas llevar por promesas exageradas; analizas su estabilidad financiera, la rotación de personal y si el salario realmente compensa el cambio.

Pensamiento analítico: Desglosas la decisión en variables específicas. Separas los factores en categorías: sueldo, prestaciones, tiempo de traslado, oportunidades de crecimiento y ambiente laboral para evaluarlos uno a uno.

Pensamiento deliberativo: Pones en una balanza tus valores personales y metas a largo plazo. Sopesas los pros y los contras, evaluando si el riesgo de renunciar se alinea con lo que quieres para tu vida familiar y profesional en cinco años.

Pensamiento creativo-divergente: Lo activas cuando las dos opciones tradicionales no te convencen. Te ayuda a plantear terceras alternativas, como negociar un aumento en tu empleo actual o proponer trabajar a distancia de forma parcial.

Pensamiento sistémico: Lo aplicas para ver el panorama completo. Analizas cómo cambiar de empleo afectará otras áreas de tu vida: tus horarios con tu familia, tus niveles de estrés, el tiempo libre para tus pasatiempos y tus finanzas generales.

Caso 2: En el Estudio imagina que debes prepararte para un examen final de historia o ciencia muy extenso.

Pensamiento práctico: Te ayuda a planificar tu estrategia de estudio con los recursos que tienes. Decides hacer un calendario detallado, usar técnicas y métodos de gestión del tiempo y seleccionas solo los temas que tienen más peso en la calificación.

Pensamiento deductivo: Lo usas cuando el profesor te da una regla general de la materia y tú la aplicas para resolver los ejercicios prácticos de la guía de estudio.

Pensamiento inductivo: Lo aplicas cuando, al revisar exámenes pasados del mismo profesor, notas que siempre incluye tres preguntas de análisis de texto. Con base en esas observaciones particulares, concluyes que en este examen pasará lo mismo y te preparas para ello.

Pensamiento analógico: Lo utilizas para memorizar conceptos complejos asociándolos con cosas que ya conoces. Por ejemplo, comparas el funcionamiento de una célula con el de una fábrica para entender mejor sus partes.

Pensamiento reflexivo: Lo pones en marcha al final de una sesión de estudio fallida. Te preguntas: ¿Por qué no me concentré hoy?, detectas que el teléfono fue el distractor y decides apagarlo en la siguiente sesión para mejorar tu rendimiento.


miércoles, 30 de septiembre de 2026

LAS REPÚBLICAS VENEZOLANAS: UNA FALSEDAD HISTORIOGRÁFICA


 

La división y la nomenclatura formal de Primera República, Segunda República y Tercera República planteada por Caracciolo Parra Pérez son falsas, las otras dos ni se diga. ¿Por qué son falsas? Porque para los republicanos independentistas la República de 1811 nunca se perdió, la toma por parte de Monteverde y posteriormente por parte de Boves de Caracas lo que produjo fue la dispersión del gobierno ejecutivo y legislativo. Pero la República siguió siendo la que se había fundado el 5 de julio de 1811.

Aunque la provincia de Caracas estaba tomada por los monárquicos, los republicanos combatían en oriente, en los llanos y donde podía llevarse a cabo la Guerra de Independencia. Cuando podían el gobierno de la República se reunía en Cariaco o en Achaguas, incluso después que Bolívar es investido como «Jefe Supremo» donde estaba el cuartel general de El Libertador allí estaba asentado el gobierno ejecutivo de la República fundada en 1811.

Lo que corrobora que la República nunca se perdió es que el Congreso de Angostura de 1819 se convoca para modificar la Constitución de 1811, se convoca para pasar de una República Federal a una República Centralista y crear Colombia como una República que abarcaría a Venezuela y la Nueva Granada. Si los republicanos hubiesen pensado que la República se había perdido hubiesen hecho una nueva Constitución en 1813 y en 1817, pero eso nunca se planteó porque para ellos la República seguía siendo la misma.

La nomenclatura secuencial de Parra Pérez, desgraciadamente, desvirtúa el hecho histórico y el espíritu del proceso independentista. Además, esta periodización de las repúblicas se convirtió en el estándar oficial para la enseñanza y el estudio del proceso independentista venezolano, teniendo un efecto distorsionador en la comprensión del proceso histórico y de la política nacional. ¿Cuál habrá sido la intención de Parra Pérez? No lo sabemos. Tal vez, ¿una comprensión metodológica o crear una historia heroica de ese periodo?

La realidad es que a partir de esta nomenclatura concebimos el periodo fundacional de una manera distorsionada, a tal punto que toda la algaraca por la supuesta fundación de la Quinta República se viene abajo, pues no tiene ningún asidero histórico real. Sino que nace de un discurso oficialista acomodaticio, y no de una compresión histórica sobre el campo de la batalla política del siglo XIX venezolano.

Por lo cual, arrastramos una secuencia de errores conceptuales sobre la historia y la concepción política venezolana. Tal vez esa manía por la historia heroica y no por la historia de carne y hueso nos lleva a estas distorsiones.

Caracas desde 1812 hasta 1821 estuvo ocupada por los monárquicos; en 1821, después de la Batalla de Carabobo, fue recuperada por los republicanos; no obstante, en los territorios de la Provincia de Caracas se desarrollaron grandes combates como es el caso de la Batalla de Carabobo. La república de 1811 nunca se perdió.

Ni siquiera cuando Venezuela se fusiona en la república de Colombia, con la Nueva Granada y Quito, los republicanos venezolanos pensaron que la República se había perdido, aun cuando en este periodo hablaban de la “antigua Venezuela” para referirse a la Venezuela de antes de 1819. Con la separación de Colombia, vuelve Venezuela a su condición originaria, es decir, a la de 1811 que es cuando se alcanza la “independencia absoluta” de la monarquía española.

He indicado “independencia absoluta” porque la independencia de 1810 es parcial, ya que en ese año la Capitanía General de Venezuela se independiza de la Regencia de Cádiz, y no se considera república.

Lo planteado nos conduce a pensar que la idea de la República era para los republicanos independentistas más grande que la que la nomenclatura nos hace ver. Pues no se combate por algo que se ha perdido, sino por algo que ya se ganó y que vale la causa de seguir viviendo y peleando. Monteverde y Boves derrotan a una parte relevante del ejército, pero no a la República. La República sigue invicta y por eso se combate hasta dejar la vida si es el caso.

Es por esa idea y por esa razón que todos los republicanos sean federalistas, centralistas y demócratas ponen al servicio de la República todo lo que tienen, unos sus fortunas, otros sus bienes materiales, la mayoría ponen el cuerpo porque eso es lo único que tienen y lo dan a la causa independentista. Se combate para consolidar una forma de gobierno que consideraban adecuada, con todos sus bemoles que hasta hoy en día se siguen arrastrando.

Nunca hubo ni segunda ni tercera y mucho menos ni cuarta ni quinta república, porque nunca se perdió la República de 1811. Siempre fue la república fundacional con cambios en la Constitución Nacional, incluso posteriormente se incluyo el adjetivo de República democrática.

Al entender que la Guerra de Independencia se hizo por una República fundada y no por una república perdida, la visión de la historia en ese periodo es otra.

Obed Delfín


sábado, 12 de septiembre de 2026

QUÉ ES EL PENSAMIENTO CRÍTICO


 

Todos los benditos días uno oye cada día hablar del pensamiento crítico, hasta el punto que ya dan ganas de vomitar de tanto oír mentar el susodicho pensamiento, ya está babeado y relamido. Incluso hay gente que lo esgrime como un sumun de algo, de un no sé qué es; el mismo parece algo propio de seres especiales, de seres ungidos. Pero lo cierto es que ya hincha las pelotas oír mentar el pensamiento crítico. Ahora bien, ¿qué es esa vaina?

El pensamiento crítico no es otra vaina que la capacidad que tiene todo carajo para analizar, evaluar y cuestionar de manera adecuada la situación en que se encuentra, con el fin de tomar decisiones acertadas para resolver ciertos problemas de forma coherente. Es someter lo poco que pensamos y vemos por la acción de razonar, en vez de tragarnos las vainas que nos dicen de forma automática, es decir, es pensar con cierto criterio evaluador.

Además, el puto pensamiento crítico no es una vaina universal y abstracta, sino que es según el contexto en que la mujer o el hombre está inmerso. Para resolver una vaina un ruso puede aplicar su aparato crítico en la estepa rusa a su manera, y un carajo en Guárico aplica su aparato crítico en las condiciones del llano guariqueño. Estos dos llaneros ―uno ruso y el otro venezolano― utilizan sus capacidades de analizar, evaluar y cuestionar en contextos diferentes para tomar decisiones y resolver problemas de forma coherente y adecuada a sus fines. 

Entre los componentes del pensamiento crítico tenemos: El analizar, que consiste en descomponer una situación para entender las partes en que ésta está constituida, por ejemplo, uno ve un pabellón criollo, y uno lo analiza, es un plato que está conformado por arroz, carne mechada, caraotas y tajadas. La vaina es como un Lego que está armado ―esta es la situación― uno desarma el lego y comprende que se trata de un conjunto de piezas y comprende cómo están armadas las mismas. En este proceso uno identifica y evalúa la situación o información, considera si le están metiendo gato por liebre o si la misma es confiable y no tiene sesgos o intereses ocultos. Porque pendejo uno no puede ser para creer todo lo que le dicen.

Uno tiene que ser desconfiado para que no lo jodan; por eso tiene que dudar, sospechar de cualquier vaina, esto lo lleva a cuestionar todo aquello que le dicen que es verdad, y más si le dicen que es una verdad absoluta, porque toda cosa que haga un humano está cargada de prejuicios propios y ajenos; esto último es cuando la mirada es hacia fuera, pero también la mirada se dirige hacia dentro que es lo reflexivo, con lo cual tenemos que monitorear nuestro propio proceso de pensamiento, para reconocer si en él hay errores conceptuales y emocionales. Porque uno mismo se cae a muela, se mete sus propias mentiras.

¿Para qué sirve la ladilla esa del pensamiento que cuestiona? Para evitar que lo agarren a uno de pendejo y lo manipulen, la vaina también ayuda a detectar cuando le quieren meter tremendas mentiras a uno, a detectar los discursos manipuladores y la publicidad engañosa que nos vende villas y castillos, y no es otra cosa que ranchos.

Como uno se pone pilas con el mentado pensamiento crítico, éste sirve para mejorar la toma de decisiones y no andar de tarambana cagándola a cada rato, porque nos permite elegir opciones basadas en datos más ciertos para nuestra situación y necesidad. Y así no lo van a estar llamando el venao en la esquina, lo cual reduce el arrepentimiento por la toma de decisiones erradas. Por otra parte, si uno siempre anda dudando no te joden tan fácilmente, ya que el vergajo pensamiento fomenta la curiosidad y no se anda de menso; dado que uno se la pasa preguntando ¿por qué esto es así? En vez de conformarse con explicaciones superficiales. Así deja uno de ser un cabeza de guevo y se hace un poquito más inteligente como quería la madre que lo parió.