“Es injusto heredar pasados, es como si nos
atasen el tiempo a los pies”
Mia Couto
Patrimonio es un término del derecho romano que significa «bienes
heredados del padre» o de la «hacienda familiar», el mismo designa al conjunto
de bienes, derechos y obligaciones que un ciudadano recibía por línea paterna, tales
bienes estaban destinados a ser preservados y transmitidos a las siguientes
generaciones. Con el paso de los siglos, el término se desprendió de la figura
estricta del padre y se amplió a tres grandes áreas, entre éstas tenemos: primero,
el patrimonio económico y legal, que se refiere al conjunto de bienes, derechos
y obligaciones de cualquier persona o empresa, el cual se mide de acuerdo a un valor
financiero, se ha heredado una casa, un carro, una yunta de bueyes, por ejemplo.
Segundo, el patrimonio natural referido a los bienes ambientales, reservas e
identidades biológicas que corresponden a una región o país, tenemos el Parque
Nacional Henry Pittier, el Pico Bolívar, Canaima, entre otros muchos más.
Tercero, el patrimonio cultural e histórico, éste se refiere a la herencia
colectiva de una sociedad, es decir, los monumentos, las tradiciones, las
manifestaciones artísticas en sus diferentes áreas, los cuales se protegen por
su valor histórico; esto es lo que conocemos como patrimonio de la comunidad,
del país o de la humanidad, según el valor establecido por una
institucionalidad.
A su vez, el patrimonio cultural se divide en dos tipos, a saber. En
primer lugar, tenemos el «patrimonio tangible o material», a éste corresponde todo
aquello que se puede ver y tocar. Éste se subdivide en dos. El patrimonio
tangible llamado «muebles» que se refiere a los objetos que se pueden
trasladar, como pinturas, esculturas, manuscritos, monedas, utensilios
arqueológicos y ropa de época, por ejemplo, las obras de Arturo Michelena, las
de Juvenal Ravelo, las piezas del Museo de Ciencia. Y el patrimonio tangible «inmueble»,
que son las obras humanas que no se pueden mover de su lugar, como monumentos,
sitios arqueológicos, iglesias, centros históricos de ciudades o
fortificaciones militares, acá tenemos: la Catedral de Caracas, la iglesia de
Las Mercedes, el Panteón Nacional, la estatua ecuestre de El Libertador en la
Plaza Bolívar de Caracas, el Cuartel de la Montaña, el Centro histórico de
Coro, entre otros muchos más.
En segundo término, está el «patrimonio intangible o inmaterial»; éste es
el patrimonio vivo, el cual no tiene una forma física fija pues reside en la
mente y en las tradiciones del pueblo. En éste se comprenden las tradiciones
orales como los mitos de los waraos, las leyendas de los wayuú, las lenguas
indígenas por estar en peligro de extinción. Las artes del espectáculo, como la
música tradicional o popular, las danzas tradicionales, el teatro, por ejemplo,
el baile de la araña de Timotes o el Pájaro Guarandol, entre otros. Los usos
sociales y rituales, como las festividades religiosas de San Benito y San Juan,
los carnavales del Callao. También se comprenden en el patrimonio intangible los
conocimientos de la naturaleza, como la medicina ancestral, las técnicas
agrícolas tradicionales contrapuestas a la mecanización de la industria
agrícola y pecuaria. Las técnicas artesanales tradicionales como la alfarería
de Quibor, los tejidos del Paramo merideño, la cestería Warao, las acemas de
Carache, entre otras artesanías nacionales.
Ahora bien, el patrimonio cultural plantea interrogantes sobre la
condición humana, el tiempo y la identificación con éste. ¿Qué es el patrimonio
y cómo existe? Acá se plantea la dimensión ontológica del mismo, pues en ésta se
analiza la naturaleza del ser y de la existencia en función de la concepción que
del patrimonio se tiene, dado que se pregunta: ¿Qué hace que un objeto se
transforme en un bien patrimonial? A esta pregunta se incorpora como respuesta
el valor del objeto el cual es intrínseco a él, ya que un petroglifo del estado
Bolívar o la iglesia de La Candelaria de Caracas fueron producidos sin ser patrimonio;
es el proyecto humano, sea político, religioso o económico quien le otorga la
cualidad de patrimonio mediante un proceso de sacralización laica,
institucional o religioso. De esta manera, la idea del ser aparece en la
perdurabilidad del tiempo, dado que al decretarse como patrimonio adquiere un
carácter ontológico, el cual permite que el pasado mantenga un tipo de
existencia real en el presente o que el presente se perpetue en el futuro desafiando
su destrucción en el tiempo.
El objeto o el sujeto al ser decretado patrimonio adquiere una dimensión
axiológica, es decir, adquiere valores trascendentes y de autenticidad. Por
tanto, el patrimonio en función de estos valores es bueno, bello, sagrado y
valioso, pues en él coexisten un conjunto de valores. Ya que lo que ha sido
decretado patrimonio no tiene un único valor, dado que en él conviven el valor artístico
de la bello, el valor histórico de la verdad, el valor económico del turismo y
el valor de uso, se éste religioso, político o social. Aun cuando la
coexistencia de estos valores puede generar conceptualmente conflictos entre
sí, por ejemplo, la mercantilización de la figura de José Gregorio Hernández para
financiar la conservación del pueblo de Isnotú o de la Iglesia de La Candelaria.
En la discusión sobre los valores patrimoniales tenemos el dilema de la
autenticidad. ¿Qué es lo auténtico? Por ejemplo, si una estatua antigua se
destruye y se reconstruye con materiales modernos, ¿sigue siendo la misma obra?
Esta discusión plantea si el valor reside en la materia física original o en la
idea que representa, tenemos el caso de la actual estatua de María Lionza en la
autopista «Gran Cacique Guaicaipuro Jefe de Jefes»
que no es la obra original de Colina, e incluso la obra de Colina era la
representación material de un culto y una creencia religiosa.
La dimensión identitaria y política del patrimonio se asienta en la alteridad
y el poder; en la misma se conjugan lo político y lo antropológico para percibir
cómo el patrimonio busca definir quiénes somos. En primer lugar, al determinar
que es o no patrimonio se plantea la construcción del "nosotros"
individual y colectivo, puesto que a través de tal determinación el patrimonio
cultural pretende dar respuesta a la pregunta sobre ¿Quiénes somos? Ya que es la
voluntad de poder quien selecciona qué monumentos se conservan, qué narrativa
de su historia quiere recordar y cuál prefiere olvidar; en este sentido, a
través del patrimonio se determina la memoria y el olvido de los pueblos, pues todo
acto de preservación implica en sí un acto de exclusión. De este modo el
patrimonio es utilizado por las voluntades de poder para imponer una identidad particular,
específica y homogénea silenciando, a su vez, el patrimonio de los otros.
El patrimonio impone a los sujetos la responsabilidad intergeneracional,
esto es, la dimensión ética del mismo. La ética del patrimonio se centra en los
deberes morales que los sujetos adquieren con respecto a los objetos y
tradiciones que son patrimoniales, a partir de la denominada justicia
intergeneracional, donde los sujetos no son dueños de tal patrimonio,
sino sus custodios, dado que existe el imperativo ético de preservar estos
bienes para garantizar que las generaciones futuras tengan el derecho de
acceder a su historia. Este imperativo pone sobre el tapete el concepto de restitución
y de justicia histórica, pues abre el debate ético sobre si las piezas
expoliadas deben ser restituidas a los pueblos a que pertenecen; por ejemplo,
la invasión turística a los Tepuy sin considerar que no son solo formaciones
geológicas, sino seres divinos y ancestrales de la cultura amazónica, o la
deformación de tradiciones por su uso mercantil.
El patrimonio cultural es, entonces, el lugar donde la voluntad de poder
determina la relación con el pasado, donde justifica los valores presentes y desde
donde proyecta la responsabilidad hacia el futuro.
Obed Delfín



