La utilidad del arte se cuestiona cuando
se abandona el «romanticismo cultural[i]»
y se determina bajo criterios pragmáticos y de asignación de recursos
económicos; pues desde una postura rigurosamente cambista el arte no sirve para
nada sustancial, dado que consume recursos críticos —fondos públicos, espacio
urbano, tiempo humano y capacidad intelectual— los cuales estarían mejor
invertidos en áreas de utilidad social mensurable, por lo cual el arte es una
construcción social prescindible porque no da rédito. Para un pragmatista, el
valor de cualquier actividad se mide por su capacidad para resolver las
necesidades básicas de la pirámide de Maslow (alimentación, salud, vivienda,
seguridad), en este sentido cada recurso que se le asigna al arte es un recurso
que se le quita a la solución de una necesidad real; por lo cual para el pragmático
radical el arte es un derroche monetario porque no aporta una solución ni
medible ni cuantificable.
Para el pragmatismo moderado y
utilitarista, el arte es un entretenimiento y una decoración necesaria, porque
cumple la función de llenar el tiempo de ocio o decorar espacios para mitigar
el aburrimiento humano. Para un pragmático que busca retener el poder,
basándose en resultados, el arte es solo un instrumento de gobernabilidad y de
distracción social, pues el mismo es útil solo si sirve al poder y a la
dinámica productiva mercantil. Para el pragmático el arte no posee un valor
intrínseco o espiritual, solo lo considera si con él obtiene beneficios
económicos, diplomáticos, sociales y de gobernabilidad. El arte es solo un
asunto de buena administración del poder.
Contrapuesto al pragmatismo radical y
utilitarista está, como hemos indicado, el «romanticismo cultural» que aboga
por una rebelión contra lo mercantil al anteponer las emociones, la libertad
individual y la subjetividad como procesos creadores. Para Cornelius
Castoriadis, que no es un romántico cultural, la sociedad no se sostiene solo
por lo utilitario y lo mercantil, sino por el “imaginario radical”, que es la incesante
capacidad humana de crear formas, significados e imágenes. Ahora bien ¿Qué es
el imaginario? Es el conjunto de mitos, símbolos, relatos, valores, imágenes y significados
que comparte un grupo social en un momento determinado, el cual le da sentido a
su pensar-hacer; se trata de una red de significados compartidos que determina
cómo un grupo social entiende el pasado, juzga el presente y proyecta el futuro,
el mismo determina el modo cómo una cultura mira y experimenta el mundo. Desde
esta perspectiva, en los procesos creadores se establecen, para Castoriadis,
dos conceptos: el “imaginario instituyente” y el “imaginario instituido”, a
partir de éstos se puede explicar porque un grupo social cambia o se cosifica en
el tiempo.
El “imaginario instituyente” es la fuerza
creadora capaz de cambiar el estado de cosas, pues es la potencia creativa que da
origen a significados nuevos, es el motor de cambios y de transformaciones; el
mismo emerge cuando el orden instituido deja de dar respuestas adecuadas y se
vuelve intolerable, ya que es una fuerza que propone haceres inéditos. Como
señala Castoriadis, “digamos que la imaginación es una “función” de esta alma
(e incluso del “cerebro”, aquí no molesta). ¿En qué consiste esa “función”?
Entre otras cosas, como hemos visto, en transformar las “masas y energías” en
cualidades (de manera más general en hacer surgir un flujo de representaciones,
y -en el seno de éste- ligar rupturas, discontinuidades), en saltar del gallo
al burro y de mediodía a las dos de la tarde”[ii].
El “imaginario instituyente” es el que activa la potencia creadora y hace que
las viejas estructuras de control dejen de funcionar, porque es la fuerza
creadora capaz de cambiar las cosas que están burocratizadas por ser la
potencia creativa de la sociedad, porque posee la capacidad de reinterpretar
los significados existentes y producir unos nuevos; es el motor de los cambios,
de las vanguardias artísticas y de las transformaciones históricas.
El “imaginario instituido”, por su parte,
es la estructura que se ha petrificado y da paso al orden establecido, es lo
que queda una vez que la creación ha sido formalizada y convertida en norma, en
dogma y en burocracia; es lo que se ha establecido y regulado en la
cotidianidad para garantizar la estabilidad y la predictibilidad. Es usado por
el pragmático utilitarista porque éste vive de administrar y perfeccionar el
“imaginario instituido”, dado que le permite mantener la gobernabilidad, la
rentabilidad y el orden en lo social. Las expresiones artísticas ―a cualquier
nivel― materializan el imaginario y el sujeto pragmático lo sabe, por eso
necesita gobernar y financiar éstas hasta convertirlas en “imaginario
instituido”, ya que de este modo las determina, las moldea y las impone a los
ciudadanos, hasta establecer a través de lo instituido la noción de identidad; y
aunque “la institución es una
red simbólica, socialmente sancionada, en la que se combinan, en proporción y
en relación variables, un componente funcional y un componente imaginario… la
sociedad vive sus relaciones con sus instituciones a la manera de lo imaginario,
dicho de otra forma, no reconoce en el imaginario de las instituciones su
propio producto”[iii].
Entre ambos imaginarios se establece un
ciclo de tensión, pues para Castoriadis, la historia es un ciclo continuo entre
estas dos fuerzas encontradas: el “imaginario instituyente” crea y revoluciona
lo establecido, luego el sujeto pragmático lo cosifica hasta convertirlo en “imaginario
instituido”, lo que en el tiempo provocará un conjunto de crisis por las cuales
los sujetos creadores volverán al “imaginario instituyente”. El orden social
comienza siendo un “imaginario instituyente”, un hacer nuevo que contiene lo
que se ha deseado alcanzar, pero con el paso del tiempo este hacer se asienta,
se vuelve rígido y se transforma en “imaginario instituido”; cuando este orden
instituido se vuelve incapaz de responder a las crisis de su época porque se ha
cosificado, el imaginario instituyente emerge para destruirlo y crear algo diferente.
A partir de los imaginarios, Castoriadis plantea
los conceptos de “autonomía” y “heteronomía”, los cuales son opuestos entre sí.
Una sociedad heterónoma posee la condición de que su voluntad se rige por
imperativos, leyes y normas ajenas a su propia razón, es decir, su hacer no le
pertenece porque deviene de otro, ella está atrapada en su “imaginario
instituido” pues considera que sus haceres son o divinos o naturales e
inmutables, por lo cual considera que no tiene ningún poder para cambiar tal
imaginario, por tanto, es una sociedad dócil y predecible dado que es producida
por otro. Opuesta a ésta está la sociedad de la “autonomía”, la cual es
consciente de que su voluntad se rige por imperativos, leyes y normas que son
dadas por su propia razón, por su propia voluntad; por lo cual ella determina
su propia ley, al ser consciente de que crea sus propios haceres a través de su
“imaginario instituyente”, esto le permite reconocer que posee el poder creador
para cambiar lo que ya no le es conveniente, porque es fuerza de cambio.
El pragmático no place ni de la “autonomía”
ni del “imaginario instituyente”, porque le desestabilizan la administración y
el perfeccionamiento del “imaginario instituido”, y le impiden preservar la
gobernabilidad utilitarista; dado que el despertar del “imaginario instituyente”
activa la potencia creadora de los sujetos y desestabiliza las viejas
estructuras de control que dejan de funcionar, pues “la sociedad es creación, y creación de sí misma
autocreación. Es la emergencia de una nueva forma ontológica -un nuevo eidos-
y de un nuevo nivel y modo de ser”[iv]; ya
que el creador no necesita de la institucionalidad de lo instituido para crear.
La postura de Castoriadis es política y
filosófica porque devela que el mundo padece de la atrofia del “imaginario
instituyente”, ya que las crisis que atraviesan las artes se deben a la
parálisis de la capacidad para concebir formas creadoras. La carencia del “imaginario
instituyente” plantea el triunfo del "imaginario instituido", donde
las estructuras institucionales se presentan como mecanismos administrativos naturales
e inmutables, por lo cual los procesos culturales se reducen a una gestión
tecnocrática, es decir, en cómo administrar las variables, los recursos
existentes, las tasas de interés, el control de inflacionario y los ajustes
fiscales. En vez de abrir las posibilidades a los creadores que buscan construir
procesos artísticos.
Al vaciarse los procesos culturales del “imaginario
instituyente” el hacer se convierte en “instituido” y los mismos quedan atrapados
en sus mismas propuestas institucionales, con lo cual el hacer artístico deja
de ser el ejercicio de la “autonomía” y se convierte en trámites administrativos
y en espectáculo de mercadotecnia, es decir, en un hacer “heterónomo” regido por
leyes, normas y principios que le son externos y ajenos al sujeto creador. Cuando
el “imaginario instituyente” es domesticado los procesos culturales caen en la trampa
de la “heteronomía”, pues las condiciones creativas le son impuestas a los
sujetos desde afuera por fuerzas externas sobre las cuales no tiene control, entonces
todo se achaca al mercado, a los algoritmos, a la globalización, pero nunca a
los sujetos institucionalizados, que son sujetos apáticos, desencantados y
sujetados a las promesas de los pragmáticos. Esto debilita el tejido cultural y
los procesos creadores quedan anulados.
A la “heteronomía” se suma la promoción
de falsos imaginarios instituyentes, que solo son “imaginarios instituidos” que
especulan con el deseo humano de crea. No obstante, el “imaginario instituido” no
ofrece alternativas creativas reales, sino el vacío configurado de un
imaginario nostálgico y reactivo, el cual vuelve sobre un pasado idealizado, a
un “imaginario instituido” fundado sobre fronteras rígidas y jerarquías
tradicionales, conformado por directivas que resuelven los problemas de forma
vertical y centralizada. En este sentido, el sujeto pragmático utiliza el
descontento para destruir la poca “autonomía” que queda.
La domesticación mercantiliza todo deseo
de cambio, ya que lo económico neutraliza el “imaginario instituyente” a convertir
éste en mercancía. Las ideas y los haceres emergentes y subversivos, las
estéticas de las protestas y los discursos de rebelión son absorbidos por las
industrias culturales, donde éstas se consumen en lugar de ejercerse, pues las
mismas son convertidas en un estilo de vida y en una etiqueta, con lo cual se
le anula toda la capacidad de ser una fuerza creadora.
Los procesos culturales se defienden al permitir
que el “imaginario instituyente” se active, al permitir que los sujetos recuperen
su “autonomía” y aceptar que el orden instituido es una creación humana
defectuosa; para lo cual es necesario que los creadores sociales posean la capacidad
y el derecho de reinventarse. En cambio, mientras los procesos culturales consistan
en defender lo instituido, las manifestaciones artísticas seguirán
debilitándose por la inanición creativa.
Obed
Delfín
[i] El romanticismo cultural
fue un movimiento artístico, literario e intelectual que surgió en Europa a
finales del siglo XVIII, principalmente en Alemania y el Reino Unido, su
esencia fue la rebelión contra el racionalismo de la Ilustración y el Neoclasicismo;
representó una actitud ante la vida que dio origen a la figura moderna del artista
rebelde y transformó la forma en que entendemos el arte.
[ii] Cornelius Castoriadis.
El Imaginario Social Instituyente. Zona Erógena. Nº 35. 1997, P. 1.
[iii] …………………………….... La
institución Imaginaria de la sociedad. México, Tusquets Editores, 2013, p. 211-212.
[iv] ………………………………. El
Imaginario Social Instituyente. Zona Erógena. Nº 35.
1997, P. 4.




