martes, 26 de mayo de 2015

POR QUÉ PERSISTE LA PREGUNTA ¿PARA QUÉ SIRVE LA FILOSOFÍA?: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

La pregunta ronda permanentemente como espada de Damocles sobre quien dice que estudia filosofía. Ahora bien, la gente tampoco sabe para qué sirven la mayoría de los estudios o carreras universitarias. A lo sumo sabe de manera distorsionada para qué sirven la medicina, la abogacía y la ingeniería, y por eso las considera las únicas carreras universitarias válidas. Es decir, que tal pregunta no es potestad exclusiva de la filosofía, como muchos orgullosamente pretenden. Que la gente no sepa para qué sirve la filosofía no es ningún problema; que no lo sepa quien la estudia ese si es el problema. Y de esos abundan muchos.

            ¿Por qué le resulta a quien estudia filosofía decir para qué sirve ésta? Es una pregunta que debe tener respuestas pragmáticas sobre el oficio del hacer filosófico. Recuerdo al amigo Pedro Alvarado quien me decía una vez: ese «carajo» tiene una licenciatura, una maestría y un doctorado en filosofía y no sabe qué hacer para ganarse la vida. Y en esto, en verdad, radica el fundamento de la pregunta planteada. ¿Cómo se puede ganar la vida quien estudia filosofía? ¿Cómo se gana el sustento diario quien estudia filosofía?   

            En la Escuela de Arquitectura, por ejemplo, muchos profesores ejercen, además, la profesión diseñando; es decir, ejercen la arquitectura en la docencia y el diseño. Por lo menos, el hacer arquitectónico lo llevaban a cabo en dos instancias. Ahora bien, por lo general, eso no sucede en la Escuela de Filosofía, donde el hacer filosófico solo se ejerce en la docencia. Con esto, el alumno no tiene la oportunidad de ver otra forma del ejercicio profesional, y eso es una limitante que repercute en la imposibilidad de responder la pregunta inicial.

            Los campos de estudio de la filosofía son amplios: ética, estética, filosofía política, filosofía de la historia, historia de la filosofía, lógica, filosofía del lenguaje… y continúa. ¿Por qué entonces no se puede dar respuesta a la pregunta inicial? ¿Por qué se sigue pensando que lo único que puede hacer un graduado de filosofía sea dar clases? ¿Qué sucedió para llegar a esta situación? Incluso, habría que preguntar ¿siempre ha sido esto así? Spinoza no daba clases, ni lo hizo Descartes, que yo recuerde.        

            ¿Por qué se ha reducido el oficio filosófico a esto? No estoy denigrando de la docencia ni es mi intención. ¿Por qué eso que analiza la totalidad de las cosas solo puede ejercer la docencia? ¿Por qué el graduado en filosofía es un amputado laboral? ¿Por qué en el horizonte de trabajo lo que logra vislumbrar es la docencia? ¿Por qué se ha dado esta situación? Y peor aún ¿Por qué ésta persiste?[1]      

            La restricción ficticia del campo laboral o, más elegante aún, del oficio filosófico es preocupante, ya que existe una dinámica donde el pensar filosófico se puede llevar a la praxis. Y creo que el estudiante de filosofía está huérfano y desorientado acerca de éstos. En la actualidad, no se sabe qué hacer con dos mil quinientos años de saber filosófico. Y es paradójico. La filosofía atrapada en sí misma. O tal vez, alguien la ha atrapado y la encadenado. Tal vez, en eso consistía aquel llamado del barbudo alemán, liberar a ésta de las trampas que le han tendido.      

            Parece la filosofía un saber inútil. Un saber que no puede ensuciarse las manos con acciones prácticas de la vida. Y en esto hay mucho romanticismo ramplón. Aristocracia de alpargata, diría Pocaterra, quien no era filósofo. Hay un ascetismo peligroso en el mero estudiar, no digo saber. Que más bien se parece a una asepsia. Pues no quiere contaminar el saber filosófico con un hacer impío, como si el saber-hacer no fuesen una sola cosa. El hacer filosófico es saqueado impunemente por mercachifles; pero no se puede culpar al mercachifle sino a quien ha abandonado el hacer filosófico, luego no hay cabida para la queja.    

            La filosofía debe volver a tomar su hacer en el mundo de acciones prácticas. No puede seguir holgazaneando. Indudable no es la filosofía, sino aquellos que en las Escuelas de Filosofía se gradúan. Como señala Roger C. Schank “En Estados Unidos hay 3000 universidades; he enseñado en tres de ellas, las mejores, supuestamente. El problema es que fabrican gente con doctorados que se convierten en profesores en otras universidades, que fabrican a su vez a otros doctores que se convierten en profesores de otras universidades y así”[2]
  
            Es necesario dar respuesta a la pregunta, y tal respuesta está en la historia de la filosofía misma. En su hacer práctico. El mundo está allí y no espera por nadie. Por más saber que diga poseer. El hacer filosófico debe plantearse con determinación. Así como la medicina tiene sus grandes investigadores también tiene a los médicos de consulta general, a los cuales acudimos por nuestras dolencias. Por ello no es menos medicina, y a nadie se le ocurre objetar tal práctica médica. La filosofía debe dejarse de ser tan pacata y mojigata, tal vez aquello de la miseria de la filosofía. Debe asumir su hacer.


PD. En facebook: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA OBED DELFÍN
Escucha: “PASIÓN Y RAZÓN” por WWW.ARTE958FM.COM y WWW.RADDIOS.COM/2218-ARTE  (todos los martes desde las 2:00 pm, hora de Caracas)



[1] En un artículo de este blog intitulado “De la filosofía a la filografía” objetaba en ese entonces el paso del amor al saber al amor al libro.

jueves, 21 de mayo de 2015

NUESTRAS DUDAS Y EL SUJETO QUE SOMOS: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

Un día cualquiera, en medio de nuestras creencias se abren agujeros de dudas. Ésta es al modo de la creencia, porque pertenece a la misma arquitectónica de la vida. En la duda también estamos. En ella nos desarrollamos y nos construimos. Solo que la duda tiene un sentido aterrador para nuestro hacer, ya que en la duda estamos como ante un abismo; siempre nos sentimos cayendo. La duda es la negación de la estabilidad. Por ella esto somos.

Con la duda sentimos que nuestros firmes cimientos ceden. Nos falla la firmeza de nuestro pensar-hacer y parece que caemos en el vacío. En aquella no podemos valernos, no podemos hacer nada para asirnos firmemente, ni siquiera para vivir. Viene a ser la negación dentro de la vida; como asir, sin atrapar, la otredad de nuestra existencia.

En la duda, no obstante, conservamos el carácter de ser algo en que estamos. La duda no es una idea que podemos pensar, sostener, criticar o formular. En la duda somos. Creemos en ella, por difícil que parezca. Por ello no dudamos de nuestra duda, en eso consiste su grandeza y posibilidad. Si dudásemos de nuestra duda, ésta sería algo soso, ingenua, irrelevante. No representaría ningún peligro.

La duda actúa semejante a la creencia. La diferencia está en lo que se cree. La duda, como dice Ortega y Gasset, «no es un "no creer" frente al creer». La duda nos sitúa en una realidad u otra; por lo que al estar en ella nos sentimos en algo estable. Pensamos que la duda no nos pone ante una realidad.

Sin embargo, la duda tiene una creencia. Al dudar de algo no desaparece la realidad. La duda, en sentido, «nos arroja ante lo dudoso»; nos coloca ante otra realidad, que es tan realidad como la que está fundada en la creencia. Sin embargo, esta realidad de la duda es ambigua e inestable; ante ella no sabemos a qué atenernos ni qué hacer. La realidad de la duda  es estar en lo inestable. Es poner nuestra vida en la condición permanente de un sismo.

Para describir el estado de duda en que nos encontramos decimos «me hallo en un mar de dudas». Porque la duda es inmensa, porque el mar lo consideramos muy inestable con respeto a la tierra, que es firme. Y, demás, corremos peligro de perecer si llegamos a naufragar en ese proceloso mar. El mar es una metáfora de lo inestable, de lo que no es firme, y del cual hay que cuidarse.     

Lo dudoso es un estado líquido, una realidad acuosa. Donde no podemos sostenernos y a la cual podemos caer. A nada nos podemos agarrar. En la duda fluctuamos, estamos a la deriva, al vaivén de las olas. El estado de duda es un mar que nos vislumbra en situaciones de náufragos. Dudamos porque estamos, en por lo menos, ante dos creencias antagónicas; las cuales al entrechocar entre sí nos lanzan de la una a la otra, sin dejarnos pisar ese suelo firme que anhelamos.

La duda también consiste en el desarrollo de nuestro creer. Al sentirnos caer en esos abismos que se abren en nuestras creencias reaccionamos de manera enérgica. No esforzamos por salir de la duda. Sin embargo, la característica de la duda es que ante ella no sabemos qué hacer. No sabemos qué hacer porque la realidad se nos presenta ambigua, amorfa. Con ésta no podemos hacer nada.

En esta situación de duda, nos ponemos hacer un algo extraño que es negado por la creencia. Nos ponemos a pensar. Y pensar en una cosa, es lo menos que podemos hacer. Cuando todo falla en ese mar tormentoso de la duda, nos queda la posibilidad de pensar sobre lo que nos falla. Nuestro intelecto es lo más próximo con que contamos, lo que más a mano tenemos. Cuando creemos en nuestras creencias no solemos pensar, ni usamos nuestro intelecto porque todo está dado. Pero al naufragar en lo acuoso de la duda nos agarramos a nuestro intelecto como a un salvavidas.

Los baches de nuestras creencias son el lugar donde revive nuestro pensar efectivo. Donde renace nuestro intelecto. En el pensar tratamos de superar lo oceánico de la duda, por un mundo en el que lo inestable y ambiguo queda gobernado. ¿Cómo logramos esto? Fantaseando, imaginando, produciendo, inventando mundos nuevos.

Lo vital es la imaginación. Tenemos un mundo indeterminado, el cual tenemos que construir. Tenemos penalidades y alegrías y con ellas construimos nuestra vida; nos orientamos con ellas he inventamos nuestros mundos. Cada uno de nosotros tenemos que enfrentarnos, por nuestra cuenta, con todas nuestras dudas, con todos nuestros cuestionamientos. Por ello, conformamos figuras imaginarías de diversos mundos y de posibles formas de pensar-hacer ante ellos. Algunas nos parecen más firmes y con ellas nos quedamos. Pero, no olvidemos, son un caso particular de lo imaginario.


PD. En facebook: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA OBED DELFÍN

Escucha: «PASIÓN Y RAZÓN» por WWW.ARTE958FM.COM y WWW.RADDIOS.COM/2218-ARTE  (todos los martes desde las 2:00 pm, hora de Caracas)

martes, 19 de mayo de 2015

DE LA NECESIDAD E IMPORTANCIA DE NUESTRAS CREENCIAS: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

Como bien dice Ortega y Gasset en nuestras creencias estamos. Contamos con nuestras creencias para andar por la vida.  Por ello, para en entender a una persona tenemos que saber cuáles son sus creencias. Por el contrario, estaremos observando a una persona que no es ella, lo que nos impide tener cierta claridad sobre ella.   

Todos nosotros estamos constituidos por creencias; y de una u otra formas tenemos nuestra vida puesta sobre ellas. Nuestro vivir es un constante tener que interactuar con algo, esto es, con nuestro mundo y con nosotros mismos. Y en este interactuar nos encontramos bajo un conjunto de interpretaciones que nos anteceden; de formas de ver el mundo e incluso de vernos a nosotros.

En este nuestro vivir nos ponemos, sin saberlo, sobre un sustrato de pareceres que vamos adoptando poco a poco.  Estas son nuestras creencias. Las creencias no nos surgen así de improviso, no llegamos a éstas a través de nuestro pensar.  Las creencias son verdades que nos permiten vivir de manera segura. Sin ellas nada seríamos. Por eso nuestras creencias son el continente donde habitamos. Y nuestro habitar habita en ellas.

 Las creencias tienen en nuestra vida contenidos generales. Por ello, nosotros somos creencias: y éstas terminan confundiéndose con la misma realidad porque, como dice Ortega y Gasset, «son nuestro mundo y nuestro ser». Las creencias no se nos ocurren, ni forman parte de nuestros pensamientos, solo los determinan. Cuando entendemos lo que son las creencias   caemos en cuenta el papel que éstas juegan en nuestra vida; y el sentido funcional que poseen.

Las creencias suponen nuestra vida, no podemos vivir sin ellas; porque suponen y soportan nuestra vida, que se asienta en creencias que nunca llegamos a producir. Las creencias no las formulamos nosotros ni las discutimos; eso sí las propagamos y las sostenemos. En las creencias «simplemente estamos en ellas», y siempre estamos en ellas. Incluso las tenemos, son nuestra propiedad, tal vez, la más valiosa propiedad. Por esta razón, siguiendo a Ortega y Gasset «la creencia es quien nos tiene y sostiene a nosotros». Sin ellas nada somos, o tal vez solo somos un sueño o una pesadilla.

En las creencias nos encontramos, nos reconocemos. Están allí mucho antes que nos ocupemos de pensar-hacer. Las creencias tienden a ser permanentes, porque hacen ser nuestra identidad. Estamos dentro de éstas. Las creencias son nuestro en nuestro fondo y en él operan  cuando pensamos-actuamos sobre algo. Aludimos a ellas como lo hacemos con la realidad, con nuestro entorno. Las creencias no las pensamos, las vivimos. Ocupan el primer lugar en nuestro existir, siempre contamos con ellas y lo hacemos sin pausa ni reflexión.

No nos damos cuenta de nuestros motivos, de la resolución que hemos adoptado, de la ejecución de las acciones con que hacemos las cosas. No nos cuestionamos, ni por un momento, nuestro pensar-hacer. ¿Por qué? Porque la creencia existe y nos antecede. Ella es lo más importante de todo; ella es el supuesto en que asentamos toda nuestra vida. De este modo, contamos con las creencias y no pensamos. Cuando no pensamos algo es porque ya contamos con eso; y así se dan las creencias en nuestra vida.

La mayor eficacia en nuestra vida se da por todas aquellas creencias con que contamos, y porque contamos con ellas no pensamos. Hacer nuestro inventario personal desde las creencias con que contamos, será re-construir nuestra historia y esclarecer nuestra vida desde el sustrato de nuestra narrativa. Las creencias constituyen las bases fundacionales de nuestra vida, sobre las que acontece nuestro devenir. Éstas nos ponen en frente lo que es nuestra realidad.

Todo nuestro pensar-hacer depende de nuestro sistema de creencias. En ellas «vivimos, actuamos y somos». Por lo general, no tenemos conciencia plena de nuestras creencias; ya que  no las pensamos, a través de ésta actuamos, hacemos y pensamos. De ahí que, cuando creemos en una cosa siempre «contamos con ella» como una verdad inmutable. Esto nos hace realizar una «vida viviente» como diría Ortega y Gasset.

Nosotros no podemos evitar reconocer la creencia como una verdad; nos adherimos automática y mecánicamente a ella. Esta imperiosa realidad se convierte en algo a lo cual dependemos, con lo que contamos, queramos o no. En este sentido, la creencia es nuestra contra-voluntad; aquello con que nos topamos en su completitud. Y son incuestionables, por ello son una verdad. «Con nuestras creencias estamos inseparablemente unidos», señala Ortega y Gasset; por eso somos creencias.

Somos crédulos. Por eso el sustrato de nuestra vida, formado por creencias, es el que sostiene toda nuestro pensar-hacer. Éstas son el continente firme en el cual nos afanamos a diario. Ahora bien, entre las creencias que tenemos una de ellas es la creencia en nuestra razón, en nuestra inteligencia. Con todo lo sucedido, esta creencia subsiste; pues seguimos creyendo en la eficiencia de nuestro intelecto como una de las realidades existentes, y que integran nuestra vida. Sin embargo, tenemos que atender que una cosa es nuestra fe en la inteligencia y otra es nuestra creencia en las «ideas» que nuestra inteligencia configura. En la primera se cree a píe juntillas, en la segunda no tanto. No obstante, nos servirá para re-configurar nuestro pensar-hacer, nuestro mundo, nuestra vida.


PD. En facebook: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA OBED DELFÍN

Escucha: «PASIÓN Y RAZÓN» por WWW.ARTE958FM.COM y WWW.RADDIOS.COM/2218-ARTE  (todos los martes desde las 2:00 pm, hora de Caracas)

jueves, 14 de mayo de 2015

DE LA MAGNANIMIDAD EN NUESTRO PENSAR-HACER: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

El valor de la magnanimidad es poco conocido, poco entendido y su definición formal tampoco nos lleva demasiado lejos; incluso podemos decir que ha quedado en el olvido. Las definiciones nos hablan de «grandeza y elevación de ánimo» o “grandeza de espíritu”. Opuestos son los conceptos contrarios a la magnanimidad, a saber, la mezquindad, la tacañería, la pusilanimidad, la humildad.

La magnanimidad es la disposición de dar más allá de lo que se considera normal; de entregarse hasta las últimas consecuencias; de emprender sin miedo; de avanzar pese a cualquier adversidad. La grandeza de ánimo de la magnanimidad es el valor que convierte a un simple sujeto en un héroe.

No debemos confundir la grandeza de ánimo con una motivación extraordinaria e impulsiva para realizar algo. Pues el valor de la magnanimidad se práctica independientemente del buen humor y del entusiasmo que tenemos un día particular, o de la simpatía que tengamos por las personas. La magnanimidad no es una disposición transitoria; ésta es parte de la naturaleza de la persona que la posee y la cultiva.

Cuando nos conformarnos con lo que hemos logrado, u orientamos nuestros esfuerzos a la adquisición de bienes y a la riqueza nos es suficiente la ambición. Para lograr lo anterior no hace falta magnanimidad. La grandeza de ánimo se caracteriza por la búsqueda de los más altos ideales del ser humano, y a la entrega para servir a éstos.

El magnánimo aleja de sí la envidia y el resentimiento. Supera el temor de ser criticado por hacer algo que considera moralmente bueno. Tiene la capacidad de afrontar grandes retos con paciencia, perseverancia y alegría. La disposición al otro son rasgos característicos de su personalidad.

Para el magnánimo no hay acciones de pequeña categoría, o el temor a cuidar de lo que denominamos «una buena imagen». Actúa con la convicción de cumplir con un compromiso y un deber personal. Toda acción es un gran reto. Atender a los hijos es la empresa para la madre o el padre; el alumno para el maestro; los trabajadores para el gerente de una empresa; los vecinos para el hacer comunitario. ¿Se tienen deseos de prosperar y ser mejores?

La magnanimidad está en atender a que las personas mejoren por sí mismas. Se atiende para corregir, enseñar y hacer entender para que salgan de esa situación que los afecta. Es mucho lo que debemos trabajar personalmente en la magnanimidad, para comprender mejor nuestro pensar-hacer. La virtud de la magnanimidad incluye las otras realidades de nuestra vida, como nuestras empresas y retos a alcanzar; mejorar y acrecentar nuestros conocimientos; mejorar nuestras acciones laborales para alcanzar una posición económica de bienestar.

Todo aquello a lo que aspiramos, dinero, conocimientos, posición, influencia, deben estar signado por la magnanimidad. Lo adecuado a nuestros fines es enfocar nuestros esfuerzos en traspasar las fronteras del mero egoísmo. Si tenemos más conocimientos podemos atender mejor nuestras empresas, para que mejoraren nuestros haceres sean éstos más productivo. De este modo, estamos en mejores en condiciones de llevar a cabo  nuestra vida que siempre involucra a los otros.

Para alcanzar nuestra grandeza de ánimo es necesario que cada día nos preguntemos ¿Para qué hacemos esto? ¿Quiénes se benefician? ¿Puedo hacerlo mejor? Hacernos el propósito de prestar una mejor atención a los otros. Hay que olvidarse de esos resentimientos, envidias y juicios inadecuados con respecto a nosotros y a los demás; como decía el Cabral «De ese trago amargo ya no bebe mi corazón». Debemos mejorar nuestros modales y ser corteses con la vida y todos los demás. Tener una disposición serena ante los avatares de la vida, y a dominar las emociones inadecuadas que puedan generarse.

La magnanimidad es una virtud para robustecer nuestra comprensión del mundo. Generar atención, generosidad y optimismo. La magnanimidad ennoblece nuestras acciones; el consejo, la ayuda, la compañía, el trabajo, son los medios cotidianos que tenemos para llevar a cabo nuestro pensar-hacer. Hacer de nuestras labores y aspiraciones algo realmente grande prescindiendo de las dificultades que siempre están presentes.

Al ser magnánimos nos sentimos dignos de las cosas más grandes. Porque al tener esta alta estimación de nosotros mismo estamos reconfortados con nosotros y con los que están junto a nosotros. De allí que, la magnanimidad supone siempre lo grande, lo bello, que solo se encuentra en una grandeza de ánimo. En el que estimamos nuestro «justo valor».


PD. En facebook: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA OBED DELFÍN

Escucha: “PASIÓN Y RAZÓN” por WWW.ARTE958FM.COM y WWW.RADDIOS.COM/2218-ARTE  (todos los martes desde las 2:00 pm, hora de Caracas)

martes, 12 de mayo de 2015

DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE HUMILDAD: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

En distintos lugares y por distintas vías uno escucha hablar de que hay que ser humilde, se impone socialmente como un deber. Cosa por demás extraña.  Pero, ¿qué es la humildad? ¿Por qué se ha convertido en valor tan importante en la terapéutica de autoayuda? ¿Qué relación existe entre la humildad y la gerencia? ¿Es la humildad un concepto de la biogerencia? En fin ¿De qué hablamos cuando hablamos de humildad?

El término humildad (deriva del latín «'hŭmĭlĭtas, ātis, f. humilis'»,) tiene varias acepciones: Primero, como virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades; según el concepto de Humanitas, de acuerdo con Panofsky, estaríamos en la confrontación entre el hombre y cuanto lo trasciende; esto es, la consideración de la humanidad en contraposición a la divinidad. Segundo, como bajeza de nacimiento -de clase baja u origen pobre- Consideración muy propia de los aristos helenos, por lo cual lo humilde era visto con desprecio. Tercero, como sumisión; esto tiende más a las relaciones de sometimiento entre los hombres. Cuarto, se aplica a la persona que tiene la capacidad de restar importancia a los propios logros y virtudes y de reconocer sus defectos y errores; asunto de las personas «modestas» y muy acorde con ciertas tendencias religiosas, que desean encajonar a todos en esta gris modestia.

En tanto ésta sea una virtud, la humildad consiste en aceptarnos con nuestras habilidades y nuestros defectos, sin vanagloriarnos por ellos. ¿Vanagloriarnos ante quién o ante qué? Por otra parte, la humildad es opuesta a la soberbia. La soberbia entonces es una virtud o una anti-virtud.  La persona humilde, dicen, no es pretenciosa ni interesada ni egoísta, como lo es una persona soberbia; quien se siente auto-suficiente y generalmente hace las cosas por conveniencia. Extraña conclusión con respecto a la persona soberbia, y la caracterización de la persona humilde desborda lo que la humildad consiste y se aboca a rasgos psicológicos, un tanto difíciles de comprobar. Deseamos al humilde más no al soberbio. Y ¿para qué lo deseamos? Esta apreciación encaja en la tercera de definición de humildad, aquella que consiste en ser un ser sumiso.

La humildad es una cualidad o característica humana que es atribuida a toda persona que se considere un ser pequeño e insignificante frente a lo trascendente de su existencia o a Dios según si se habla en términos teológicos. Esta caracterización está en consonancia con la primera definición, en aceptar que somos «un ladrillo más en pared» y no podemos pretender la semejanza con la divinidad.   

Una persona humilde, generalmente dicen, ha de ser modesta y vivir sin mayores pretensiones. La última definición humildad sinónimo de modestia. Alguien que no piensa que es mejor o más importante que otros, un asunto entre humanos; donde todos somos iguales. No obstante, no se explicita el concepto de igualdad ni en qué consiste ésta. Vuelve a quedar difusa la noción de igualdad.  Señala Arendt, «la sociedad se iguala bajo todas las circunstancias, y la victoria de la igualdad en el Mundo Moderno es sólo el reconocimiento legal y político del hecho de que esa sociedad ha conquistado la esfera pública».

Por otra parte, se dice que la humildad en las personas es toda aquella cualidad que revela el completo concepto de lo que es el ser humano, es la verdadera virtud que muestra en un más completo sentido lo que convierte a una persona en humano. La humildad, en este sentido, es algo cognoscitivo. Es tener conocimiento del ser, en tal caso sería una ontología. Creo que esto es desacertado, por ser una pretensión sin sentido, pasar de ser una virtud a ser un principio de conocimiento. Con respecto a que «convierte a una persona en humano», es al revés, a lo humano lo convierte en persona, esto es, en ser social.

El valor de la humildad, se dice, ayuda a las personas a contener la necesidad de decir o hacer gala de sus virtudes a los demás. Estamos en el concepto de modestia. Otro aspecto señala que, una persona que vive la humildad hace el esfuerzo de escuchar y de aceptar a todos; acá se refiere al aspecto de sumisión ante el otro. Ya lo dice Nietzsche, «es sabido cuáles son las tres pomposas palabras del ideal ascético: pobreza, humildad, castidad»

Otros dicen que, ser humilde es dejar hacer y dejar ser, si aprendemos a eliminar la arrogancia, reconocemos las capacidades físicas, intelectuales y emocionales de los demás. La primera parte se asemeja al principio de economía liberal «laissez faire, laissez passer» que se refiere a una completa libertad en la economía, al libre mercado. Por otra parte, se refiere a eliminar «la arrogancia» para reconocer… Otra consecuencia sin sentido. Pues nada asegura que al eliminar la arrogancia podamos reconocer las capacidades en el otro; estamos nuevamente ante un asunto de conocimiento.     

Otros señalan, la humildad permite a la persona ser digna de confianza, flexible y adaptable. Volvemos a estar en la definición de sumisión. Además, agregan en la medida en que somos humildes, adquirimos grandeza en el corazón de los demás. Es decir, los otros nos ven con benevolencia, se sigue reafirmando la noción sumisión. Debemos ser sumisos ante los otros. En este sentido, Nietzsche dice «en este terreno del autodesprecio, auténtico terreno cenagoso, crece toda mala hierba, toda planta venenosa, y todo ello muy pequeño, muy escondido, muy honesto, muy dulzón».

Algunos dicen que, el éxito en el servicio a los demás proviene de la humildad; cuanto más humilde, mayores logros obtendremos. Una persona humilde puede adaptarse a todos los ambientes, por negativos que éstos sean; nunca dirán “no era mi intención decirlo”, según la actitud, las palabras reflejarán eso, entonces debemos cuidar nuestras palabras para no lastimar sin desearlo. Estos siguen asumiendo el concepto de humildad como sumisión a otro hombre. Y refuerzan esa idea a los fines de ser más productivos. «Solo nosotros somos los buenos, los justos» dicen éstos, los demás son malos, injustos con ellos. Parecen un bolero o una ranchera desgarrada.  

           Como apreciamos es una palabra, un concepto que manejamos acríticamente. Una palabra que embriaga nuestra emocionalidad. Que repetimos esta palabra sin pensar que es lo que estamos diciendo. Confundimos los ámbitos cuando la nombramos, incluso no hacemos distinción de sus diversos significados. De allí, la confusión de los ámbitos. Repetimos la palabra presuponiendo que para todos los ámbitos significa lo mismo. Uso indiscriminado del lenguaje. Todo concepto, toda palabra tiene diferentes significados y sentidos. Por eso es necesario preguntarnos ¿de qué hablamos cuando hablamos de humildad? 



PD. En facebook: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA OBED DELFÍN

Escucha: “PASIÓN Y RAZÓN” por WWW.ARTE958FM.COM y WWW.RADDIOS.COM/2218-ARTE  (todos los martes desde las 2:00 pm, hora de Caracas)

jueves, 7 de mayo de 2015

EL SUJETO HEDÓNICO EN LA SUMA DE PLACER: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

La moda es un atractivo imperioso, pero efímero. No obstante, se ha convertido en un arquetipo vital de nuestro vivir. Nos proporciona un gran placer pasajero. La solución que nos impone la moda misma o el mercadeo es encadenar múltiples y veloces placeres, que siempre serán sustituibles por otros placeres.

Esta suma de placeres es, según Marina, un «hedonismo de la cantidad». Que está en función de sumar y multiplicar cantidades de experiencias placenteras. Lo importante para nosotros es sumar placeres. Por ello, para el mercadeo del placer lo importante es ofrecer experiencias, que se tienen que vivir en el tiempo apresurado que dura nuestro capricho. Porque este mercado no puede detenerse. Él necesita de nuestra insatisfacción personal y social para funcionar.

De este modo, defendemos, con todo nuestro ser, una manera de vivir transitoria y sin ataduras. Todo fluye, decía el oscuro de Efeso. Esa «personalidad deseante» que somos busca compromisos sin vínculos, porque el vínculo nos detiene. Ansiamos lo versátil, la renovación de nuestra identidad; sin identificación con nuestro pasado. Nos volvemos hábiles en nuestras afiliaciones, pero siempre libre de lazos. Incluso con nosotros mismos.  

No obstante, en algún momento en medio de este remolino fluyente tenemos necesidad de la fidelidad. Somos seres mentalmente muy arcaicos aún. Necesitamos fijar nuestra voluntad antojadiza, nuestra ligereza. Tenemos que releer la preocupación de Platón con respecto a Parménides y Heráclito, cuando se desee proponer el paso de la «fidelidad del deseo» al «deseo de la fidelidad». Estoy de acuerdo, el maestro del jardín de Academo es más adecuado en este aspecto.

La proliferación de nuestros deseos nos ha conformado como personalidades caprichosas, que soportamos mal, cuando soportamos, el aplazamiento de la satisfacción y la frustración. Vivimos en la frustración anhelando o andando tras el placer. El mercado del placer y la felicidad es adictivo, y por ello restringe nuestra libertad. Ya que en esta aparente elección está oculta la reducción de nuestra libertad. Toda adicción merma o anula nuestra libertad de pensar-hacer.

La pluralidad y la desagregación de nuestros impulsos conllevan a conformar una voluntad débil, señala Nietzsche. La puesta del deseo y la construcción de su ideología deshacen nuestro yo. Lipovetsky indica que «el yo ha sido pulverizado en tendencias parciales, según el mismo proyecto de desagregación que ha hecho estallar la sociabilidad en un conglomerado de moléculas personalizadas».

En medio del mercado del deseo hemos configurado una sociedad del capricho, en la cual nuestra voluntad se ha vuelto caprichosa, y por tal veleidosa. De allí, que ésta sea débil. Debemos desvelar estos sistemas afectivos que nutren nuestros fenómenos emocionales y reflexivos. Debemos analizar si estamos aceptando exigencias incompatibles con nuestra voluntad.  

Lo que inquieta con este mercadeo del deseo, de la promoción del bienestar, de la felicidad… es que pretendiendo aparecer como una ideología progresista y liberadora, no sea más que un truco de mago, y como tal solo sea pura ilusión.

La popularidad de este mercadeo del deseo y la felicidad así parecen indicarlo. La relación con las adicciones del hedonismo y el gusto por una aparente transgresión personal y social parecen refrendarlo. Pues tal transgresión, puede llegar a ser un mecanismo que resguarda las relaciones de poder y los sistemas ocultos de represión.

Los discursos de ese mercadeo se han hecho parte constitutiva del discurso biopolítico y biogerencial, como modos correctos de hacer. La transgresión puede que no sea ninguna transformación, sino una sumisión a otras formas de relaciones de poder. Lo cual es propio de una sociedad interpretada, que intenta conservar lo ya alcanzado, aunque sean migajas.

Inquieta que seamos víctimas de una superchería que nos esclaviza con golosinas y dulces. Y no podemos rebelarnos porque nos gusta y agrada. Como en la nave de la película «Wally». El mercadeo del deseo es seductor y todos a caemos bajo sus encantos. ¿Quién no es conquistado por la miel más dulce y agradable? O ¿por los cantos de sirenas?

En este mercadeo nos asustan las disfunciones de la violencia, de la fragilidad de los sentimientos, de la desconfianza generalizada…  Sin embargo, no las relacionamos con él. Porque no reflexionamos que nuestros deseos son deseos nunca alcanzados. Como si quien ve comer a otro ya sacia su propia hambre. Nuestro deseo siempre es deseo. No hay satisfacción de éste.

En esta situación, nuestra vida se mantiene y es dirigida por el deseo. Por eso cuando nos desplomamos por la frustración y la depresión no tenemos referentes para vivir. No sabemos para qué vivir, porque no tenemos deseos propios para hacer algo. Nuestra historia es el empeño por satisfacer deseos, que no sabemos si son nuestros. O son deseos que nos ofrecen. En algún momento sufrimos una ruptura existencial. Y el mercado se ha cerrado.



PD. En facebook: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA OBED DELFÍN

Escucha: «PASIÓN Y RAZÓN» por WWW.ARTE958FM.COM y WWW.RADDIOS.COM/2218-ARTE  (todos los martes desde las 2:00 pm, hora de Caracas)

martes, 5 de mayo de 2015

NUESTROS SENTIMIENTOS DISTORSIONADOS, LA CASA PERDIDA: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

Para complicar más nuestro hacer cotidiano hemos mezclado nuestra impaciencia con la búsqueda de satisfacer nuestros deseos. Con esto vamos olvidando nuestra capacidad de aplazar la gratificación por las cosas logradas, que es nuestro fundamento para el desarrollo de nuestra inteligencia y nuestro comportamiento libre. Porque la gratificación contiene en sí el ensimismamiento, la poner la mirada en nosotros y nuestras acciones, es reflexión.

Nuestra impaciencia por los deseos insatisfechos no respeta el tiempo de las cosas. De ese modo violamos lo que Covey denomina la «ley de la cosecha», que es el comprender que hay un tiempo para sembrar, un tiempo para atender lo que se ha sembrado y un tiempo para recoger. Al no entender este proceso introducimos cambios abruptos en los ritmos de nuestras vidas, que terminan por alterar nuestra vida emocional y reflexiva. Trastocamos nuestro pensar-hacer.

El «deseo impaciente» es nuestra ansia. Esa ansiedad que cultivamos apresuradamente como una característica propia de nuestra vida y cultura. Y de la cual nos ufanamos cuando decimos «no tengo tiempo». Esta ansia se opone a la ternura, porque no hay ternura apresurada. Esto lo sabía bien Florentino Ariza. En la ternura entregamos o cedemos el tiempo a la manifestación del sentimiento. Somos seres sin ternura.

En medio de esta ansiedad, de esta impaciencia, de esta búsqueda descontrolada de satisfacer deseos construimos un sistema de sentimientos distorsionados, porque hemos perdido la poética que habita la casa de nuestro ser. Lo que formamos es humo de emociones. El apresurado lo quiere todo para ahora, para el presente inmediato, y la violencia es el camino más corto de conseguirlo. Después somos unas plañideras de los valores. ¿Para qué vamos a guardar las formas, si éstas siempre son lentas? Por ello, Sartre señala que existe una la relación estrecha entre la prisa y la violencia. La violación ante que la seducción.

El mercado de la búsqueda de deseos nos obliga a fomentar el deseo por sí mismo. Este mercado de la felicidad nos sirve para justificar nuestra agresividad. Pues en medio de él preparamos la ansiedad como el único motor para el avance de nuestro ser. Estamos siemrpe apurados como el conejo de «Alicia en el país de las maravillas». Siempre nos estamos violentando, y así violentamos a los demás.

Ante esta situación buscamos juegos o salidas ingeniosas, por las que aspiramos a jugar con todas las cosas, pero a la vez. Buscamos una libertad desvinculada, poco comprometida y sin pretensiones para con nosotros mismos y menos para los otros. El intento es otro deseo insatisfecho. Por tanto, hay que emprender otra búsqueda de deseos.

Forzamos nuestros sentimientos. Aun cuando sabemos tan poco sobre ellos, los hacemos violentos. Cuando ya no podemos más con nosotros mismos, suponemos que nuestros sentimientos son provocados por situaciones que forzosamente experimentamos todos. Lo que intentamos, en última instancia, es sobrevivir, disfrutar, estar cerca de quienes queremos, evitar el peligro, no tener obstáculos, contar con los demás, ponernos a salvo de los otros. Estos son nuestros problemas y esperanzas; se parecen a los de todas las otras personas. Somos seres tan comunes.

Como señala Geertz, nuestros problemas existenciales son universales; las soluciones de éstos son diversas. Y son universales porque somos seres menesterosos, seres precarios con un  gran ego. Tenemos necesidades comunes, problemas comunes y afectividades comunes. No somos nada originales. Aunque, como dice Marina, «somos sentimentalidades irrepetibles».

Nuestros sentimientos suelen tener elementos desencadenantes. Y éstos dos forman una estructura que se determinan mutuamente. Por ejemplo, un peligro o una amenaza nos provoca miedo; la novedad nos provoca sorpresa; el cumplimiento de un deseo nos provoca satisfacción o alegría. Sin embargo, esta estructura se concreta y manifiesta de manera distinta en cada persona y en cada cultura.

Estas estructuras también tienen sus causas en las evaluaciones y regulaciones sociales que existen de los sentimientos. La sociedad es nuestro principal regulador. Ya que cada cultura favorece unos sentimientos y rechaza otros; los interpreta de manera determinada; o ella prescribe cuál debe ser su intensidad. Nuestros sentimientos están relacionados con los roles que de ellos acuña la sociedad. Así como determina los roles masculinos y femeninos, y los sentimientos que cada uno de ellos de sentir y expresar. Somos seres interpretados.

El mundo sentimental es variado, pero a la vez constante. Poseemos unos sentimientos universales, los cuales devienen de nuestros modos posibles de enfrentarnos con la realidad y con nosotros mismos. Pero estos sentimientos los configuramos según sea la cultura en la que nos desenvolvemos; en los distintos momentos en que éstos se dan; y en los distintos contextos de cada cultura. El problema emocional que se nos plantea como sujetos, es si sabremos atender lo que es común a todos sin olvidar nuestro ser particular. Esta es parte de nuestra confusión y distorsión sentimental.


PD. En facebook: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA OBED DELFÍN

Escucha: “PASIÓN Y RAZÓN” por WWW.ARTE958FM.COM y WWW.RADDIOS.COM/2218-ARTE  (todos los martes desde las 2:00 pm, hora de Caracas)