martes, 31 de marzo de 2020

HACER EN EL MUNDO


¿Qué cultura revela nuestros haceres cotidianos? ¿Cuáles son las creencias que constituyen nuestra realidad? ¿Qué capacidad de aprendizaje y de adaptación tenemos? ¿Somos capaces de construir interpretaciones que entreguen sentido a los demás? Las respuestas a estas preguntas las abordaremos desde la perspectiva de Heidegger.
Nos relacionamos con el mundo a través de nuestro hacer. Por lo general, al caminar, al trabajar, al conversar e incluso al amar no pensamos en lo que hacemos, simplemente estamos haciendo ese hacer. Pues nosotros —sujetos arrojados en el mundo— estamos viviendo, no pensando. Esta disposición nuestra, tan cotidiana, de hacer es anterior a la reflexión, porque cuando ya reflexionamos lo hacemos a partir de la experiencia que previamente hemos vivido.
Este mundo que permanentemente estamos viviendo es construido por nosotros, al cual hemos dotado de significado a través de nuestras tradiciones y creencias, a través del conjunto de nuestras prácticas y haceres, por medio de los valores con que sopesamos la realidad, por los estados de ánimo con que vivimos los diversos eventos que nos acontecen, por las herramientas que disponemos para hacer uso de ellas. Todas estas son formas con las cuales encaramos nuestro presente y proyectamos nuestro futuro, esto es, nuestro hacer.
Nuestro hacer es la realidad misma, no un mero conjunto de ideas o valores. Nosotros, que somos un yo individual, y vivimos en forma prerreflexiva al momento de pensarnos y evaluarnos lo hacemos con las categorías, las formas y las creencias propias de nuestra época, porque ésta es la construcción de nuestro hacer individual y colectivo. Por lo cual, experimentamos ese yo que somos como la manifestación de una cultura particular que nos contiene y que, a la vez, nosotros contenemos.
El ser-en-el-mundo, expresión de Heidegger, expresa la realidad de lo que somos como hombres y mujeres, porque nuestro yo es inseparable del mundo en que vivimos. Nosotros —en tanto yo— somos nuestra propia historia y nuestro mundo, somos inseparables de las creencias que conforman la época que vivimos. Somos la indisoluble relación entre sujeto, mundo y cultura.
Al reflexionar sobre nuestro hacer debemos hacer un registro cultural, que nos permita entender cómo es el mundo en que vivimos y en el cual simultáneamente nos comprendemos. Debemos conocer, cómo experimentamos los valores en nuestra vida práctica; cómo percibimos la influencia de la tradición en la forma que enfrentamos nuestros problemas y relaciones; cómo es el modo en que encaramos las tareas presentes; cómo pensamos sobre nosotros mismos y cuál es nuestra proyección al futuro. Lo que estamos planteando es pensar nuestra cultura vivencial en su cotidianidad, y no como una formalidad reflexiva.
Estamos en el mundo, esa es la realidad. Y no vivimos al descampado, pues poseemos interpretaciones de lo que nos rodea y de nosotros mismos. Esto nos permite abrir perspectivas para entendernos, encararnos y proyectarnos; para dar horizontes de sentido y capacidades a nuestras acciones. Asimismo, nos permite determinar nuestras posibilidades dentro de la perspectiva de un marco real, condicionado por las creencias sobre las cuales vivimos.
La misma construcción que hacemos del mundo nos permite la posibilidad de desafiar nuestras interpretaciones y formas de vida cotidiana. Pues, como dice Heidegger, estamos destinados a vivir en mundos interpretados que podemos transformar. ¿Por qué cambiar? Si el mundo al que llegamos ha sido previamente construido por nuestra tradición, que nos aportan identidad, valores, posibilidades y seguridades. Cambiamos porque el devenir personal y colectivo nos presenta nuevos desafíos, nuevos problemas, donde nuestras creencias y prácticas comunes ya no logran dar respuestas a esas nuevas situaciones. De allí, que tengamos que reconstruir el mundo nuevamente, lo cual incluye reconstruir nuestras creencias, interpretaciones y haceres.  
En esta reconstrucción surgen las fracturas, los malestares y los desacomodos con respecto a nuestra forma de encarar la vida cotidiana. Por ejemplo, la pandemia o la crisis económica muestran que nuestros procesos y sistemas de actuar son obsoletos, que nuestros requerimientos para vivir han cambiado, que lo que hemos considerado bueno tiene ahora otra perspectiva. Esto nos obliga a replantear la forma en que hemos estado haciendo las cosas, por lo que debemos reordenar nuestras prioridades y las relaciones interpersonales, entre otras muchas cosas.
Cuando el mundo conocido pierde su efectividad y decae en su valor de verdad, es cuando nos enfrentamos a la obligación de dotarlo de un nuevo sentido, para así encajar nuestro hacer en él. Para ello, reformulamos o reinventamos nuestras estrategias, con el fin de proyectar nuestro hacer con un nuevo sentido. Lo propiamente humano es la urgencia y la obligación de darle constantemente sentido a nuestro hacer; en particular cuando todo lo que conocíamos, creíamos y vivíamos ya no es efectivo. Debemos, entonces, encarar un hacer diferente en lo cotidiano.

Obed Delfín Consultoría y Asesoría Filosófica


domingo, 22 de marzo de 2020

EL MIEDO A MI MUERTE


En todos los mensajes altruistas, empáticos, cooperativos y solidarios, que oímos y vemos en medio de la pandemia del Covid-19, se esconde el miedo a mi propia muerte. A la muerte de mi yo. La muerte no como un asunto ni ontológico ni metafísico, sino como la simple ausencia de mi yo en este mundo. Miedo a perderme lo que acá está pasando, como si me fueran a echar de este lugar.
Cada mensaje se fundamenta en esta idea tan sencilla como aterradora. El médico que suplica que se queden en sus casas, tiene miedo de morir porque no sabe cuál es el infectado que lo infectará a él y, además, se quiere ir a su casa a descansar, porque es su derecho también. Todo se fundamenta en la emoción más básica de las emociones básicas, y tal vez la más ancestral de ellas: el miedo a morir.
Si hay algo, por demás interesante, con la declaración de la pandemia del Covid-19 es que por primera vez en la historia se ha cumplido el sueño de reyes, emperadores, sátrapas que es dominar el mundo. Que Alejandro Magno dominó al mundo es un mero discurso retórico, solo fue una pequeña parte por demás; lo mismo pasó con Darío y Jerjes, los déspotas persas; el Imperio Romano solo gobernó sobre una pequeña porción del planeta.
Por el contrario, con el Covid-19 el dominio ha sido planetario, ni Microsoft ni Facebook estuvieron de lograr esto. Solo a través del Covid-19 se ha podido lograr el sueño de todo villano de comic: dominar el mundo. Esto gracias a la intercomunicación que ha usado, repito, la más básica emoción: el miedo ancestral a morirme.
Este miedo elemental que hoy compartimos con la alta tecnología en televisores, computadores, teléfonos móviles para mencionar lo que el común mortal puede tener a mano. Sin contar los laboratorios de alta investigación médica, biológica y el arsenal de la industria farmacéutica abocada a producir la vacuna que detenga la pandemia.  
El humano que por millones de años vivió sin antibióticos, sin penicilina, con una medicina elemental y rústica ha sobrevivido, como especie, múltiples pestes, pandemias, enfermedades, infecciones y así ha llegado al siglo XXI de la era cristiana. Sin embargo, hoy al igual que ayer teme a la muerte no de la especie, sino a su muerte individual. Temo a mi muerte, a esa que como dicen los filósofos no puedo experimentar porque me está negado.
Es a mi muerte individual, a la muerte de mi yo a lo que temo y por eso me cuido de morir. El miedo es individual aunque se tiñe de colectivo, y en esto la ingeniería social ha hecho un buen trabajo en estos tiempos de internet. Trabajo que deja mucho que pensar para los psicólogos, sociólogos y, tal vez, para los filósofos post-Covid-19.
Si vemos el fenómeno Covid-19 desde el punto de vista cuantitativo, las cifras de muertos e infectados es marginal o despreciable con respecto a la población mundial. La cifra de la población mundial alcanza los 8.500 millones de personas, los muertos por el virus son entre 10 mil personas y los infectados son 250 mil. En un programa económico o un presupuesto nacional esta minoría no contaría. No son las cifras ni el avance del virus lo que me alarma, lo que me alarma es que mí vivir está en riesgo, porque yo soy el 100% de cualquier estadística.
La cifra de 45 millones de muertos en la Segunda Guerra Mundial, otros 45 millones por gripe durante el mismo periodo, 50 millones por los progromo soviéticos, los muertos directos e indirectos por las bombas atómicas, y las otras muchas muertes más por hambre, guerras no nos alarman ni asustan porque ahí nuestro vivir no está comprometido.
En cambio, ahora ante la noticia de este virus mi vivir como ser biológico está amenazado, y es a eso a lo que tememos. Si el virus fue producto de un acontecimiento natural, en algún momento éste ha servido para experimentar con nuestro viejo miedo a morir, a ser apartados de nuestros haceres. No hay Dios ni redención que pueda aplacar ese miedo, porque el mismo es tan nuestro como el yo que somos.
Ya llegará la noticia de que el virus ha sido sometido y encadenado a las mazmorras más oscuras, y saldremos aliviados y victoriosos a festejar el triunfo de la vida. Esta vez no haremos monumentos, ni sacrificios a ningún Dios porque el mundo carece de eso, sin darnos cuenta de nuestra soledad en el universo seguiremos festejando que hemos dominado a la bestia infernal.
¿Alguna mente perversa guardará ese registro conductual, puesto a prueba a escala planetaria? No lo sabemos. Tampoco hace mucha falta, pues el miedo siempre ha sido motivo de manipulación. Lo que ha cambiado en esta oportunidad es la dimensión y su aplicación. Igual lo hace la madre con el niño para que éste se someta a sus dictados, o una empresa lo hace con sus empleados.
Aunque nuestro vivir sea miserable u opulento es lo único que poseemos, por eso el rico y el pobre siempre cuidan de él, cada uno a su manera por supuesto. No tenemos otra cosa que esta desnudez que es vivir palmariamente y el miedo a perderla. Por eso, como canta Serrat, muchos macarras de la moral “te acosan por la vida azuzando el miedo”.

Consultoría y Asesoría Filosófica Obed Delfín



jueves, 27 de febrero de 2020

VOLUNTAD DE PODER



¿Cuánta voluntad de poder poseemos para sobresalir con el desarrollo de nuestras fortalezas? ¿Tenemos claro nuestro proyecto de vida? ¿Somos capaces de reírnos de nosotros mismos? Estas preguntas las abordaremos desde la perspectiva de Nietzsche.
Para Nietzsche, las historias sociales y personales son elaboraciones racionales de emociones apaciguadas. Por ello es necesario integrar los aspectos racionales, emocionales y corporales que nos conforman, hacer convivir a Apolo y Dionisio. El primero está regido por la razón, la claridad y la decisión, el segundo por las emociones, los impulsos y el gozo. Es reconocer los sentimientos y sus vínculos en nuestro pensar-hacer. Cómo integrar y desarrollar la racionalidad y las emociones que nos constituyen, es un desafío constante integrar la racionalidad de Apolo y la afectividad de Dionisio.
Además, este mundo de acciones prácticas que encaramos cotidianamente tiene relevancia y fuerza propia para vivirlo. Por eso debemos entender que todo está en este vivir, y en el cual falta la plenitud absoluta. Por eso nos desarrollamos como sujetos en medio de problemas y en medio de incertidumbres construimos nuestras relaciones. Que este mundo es, a la vez, un marco de restricción y competencias, y en él nos toca vivir.
Por tanto, debemos encarar nuestro mundo con sus contradicciones y desplegar en él nuestro proyecto de vida, sabiendo al mismo tiempo que nuestras elecciones requieren decisión, fuerza de voluntad para sortear los obstáculos, resistir caídas y celebrar nuestros éxitos. Al reconocer nuestro mundo hace que aparezca nuestra la voluntad de poder, pues no bastan las buenas razones para iniciar nuestro proyecto o conquistar nuestras metas; junto a éstas necesitamos nuestra voluntad de poder,  para buscar los recursos que necesitamos para lograr lo que nos planteamos, construir las redes de ayuda necesarias, tomar decisiones adecuadas y encarar los conflictos de manera favorable a nuestro fin.
Ya que el mundo es, a la vez, posibilidad y resistencia, horizonte y límite. En esto consiste la contradicción del mismo. Muchas veces tenemos todos los argumentos racionales para actuar, pero éstos son paralizantes; o no tenemos ninguna razón estructurada pero estamos dispuestos para la acción. Esto quiere decir que nuestra pensar-hacer se mide por el poder y las posibilidades de acción con que construimos nuestro proyecto de vivir.
En este accionar tenemos que incluir el devenir, que excluye toda verdad absoluta e inmóvil, toda identidad y no-contradicción. Ya que el devenir es parte esencial de nuestra realidad; esto quiere decir que somos algo inacabado e indefinido; una mezcla de pasado, del presente que estamos encarando y del futuro por realizar. Somos un siendo, un algo que se está realizando.
Nuestro despliegue hacia ese proyecto que estamos construyendo, hacia ese vivir que no podemos asegurar plenamente, hacia ese horizonte que presenta riesgo porque es la aventura de hacer es por medio de la acción. Con la cual generamos nuestra transformación, alcanzamos nuestras metas y direccionamos nuestro vivir. La verdad de nuestro vivir está en el hacer. Por tanto, filosofar está en realizar las acciones necesarias para conocernos, transformarnos y llegar a ser.
Ahora bien, tenemos que tener cuidado porque el exceso de razón nos convierte en sujetos serios y nos aleja del buen humor. Nos tomamos tan en serio a nosotros mismos, a nuestras historias, nuestros dolores, que no sabemos reírnos de nosotros mismos o hablar de nosotros con soltura y desenfado. Debemos aprender a reírnos de nosotros mismos, de nuestros pobres dolores, de nuestra pesada realidad, para, de esta manera, estar mejor dispuestos a entrar en las zonas más profundas de nuestro pensar-hacer.

Consultoría y Asesoría Filosófica Obed Delfín

sábado, 22 de febrero de 2020

CONSTRUCCIÓN DE NUESTRA BIOGRAFÍA



¿Qué temáticas son necesarias para integrar nuestro hacer? ¿Qué contradicciones presenta el mismo? ¿Somos capaces de gestionar nuestros conflictos? ¿Tenemos capacidad para lograr soluciones integradoras? Las respuestas a estas preguntas las abordaremos desde la perspectiva hegeliana.
El planteamiento de Hegel se centra en la superación del espíritu a partir de las diversas tensiones que se dan entre lo viejo y lo nuevo, en medio de estas tensiones nuestro espíritu se despliega y desarrolla hacia un fin superior. Desde la perspectiva hegeliana, lo primero que debemos hacer es entender los procesos de cambios internos y externos que tensionan nuestro hacer. Es importante saber quiénes somos, pero también es importante saber hacia dónde estamos cambiando, cuáles tendencias políticas, sociales, económicas, tecnológicas y ecológicas están modelando nuestro hacer con más o menos fuerza.
Nuestra biografía se explica a partir de esas tensiones, ya que el movimiento de un paradigma inicial se va transformando y expresando a través de conocimientos, instituciones, prácticas, tecnologías, creencias, arte y valores. Y a medida que este paradigma inicial se despliega vamos creando las contradicciones y las tensiones que explican la futura decadencia de aquel paradigma inicial y el nacimiento de otros nuevos.
Nuestro hacer se despliega a través del tiempo en prácticas, productos, servicios, procesos, competencias y cultura. Es necesario entender que este despliegue se da en medio de tensiones, decisiones y conflictos. Por lo cual, debemos reconocer que nuestro hacer genera un nuevo futuro que supera nuestro actual hacer.
Por eso nuestro hacer tiene la fuerza espiritual para cambiar, innovar, modificar e introducir nuevas competencias en nosotros. Desde ese hacer debemos gestionar los cambios que se van presentando y no permanecer solamente en lo ya logrado; debemos gestionar nuestros conflictos y llevar nuestro hacer al límite que nos permita abrir nuevos horizontes.
Todos esos cambios, conflictos y haceres implican una transformación espiritual, que incluye modificaciones en nuestra forma de ser y hacer. La transformación personal es el asunto más importante y desafiante de nuestro hacer; ya que el saber y las habilidades que requerimos son fundamentales para acceder nuevas formas de pensar-hacer. Por eso necesitamos comprender nuestras capacidades para realizarlas en prácticas concretas.
Como hacedores nuestra meta debe ser integrarnos en la superación, no mantenernos permanentemente en la misma condición. Así como cambiamos de PC o Laptops porque hay programas más avanzados, asimismo debemos buscar las mejores condiciones de nuestro hacer para ser más eficaces y eficientes. De este modo, integramos nuevas habilidades y estrategias en nuestro hacer.
Esto lo podemos hacer porque somos seres históricos, en movimiento y cambiantes a partir de múltiples tensiones, que nos ubican en un equilibrio dinámico que nos obliga a buscar nuevas perspectivas. Para Hegel, la armonía siempre es dinámica, el equilibrio inestable y la seguridad transitoria. El deseo de un tiempo tranquilo, sin tensiones y donde alcancemos el fin de nuestras metas es solo el término de éstas, y el comienzo de otras metas que nos proponemos lograr, de otras tensiones y conflictos que debemos emprender. Estar viviendo es estar tensionado, exigido y desafiado.
En este sentido, el compromiso es el motor de desarrollo y la expresión de nuestras necesidades y posibilidades, las cuales debemos realizar para hacer realidad nuestras metas. El arte de hacer está en el reconocimiento de nuestras necesidades y en la integración de unas alternativas de solución, por las cuales podemos crear unas nuevas realidades que nos aporten valor personal. Como hacedores debemos conducir nuestro hacer por la vía de la creatividad, de la invención de soluciones que integren el potencial de nuestro desempeño.

Consultoría y Asesoría Filosófica Obed Delfín





















martes, 18 de febrero de 2020

QUÉ PODEMOS CONOCER



¿Cuáles valores guían nuestras acciones? ¿Tenemos una actitud crítica hacia nuestro saber? ¿Somos responsables al emitir opiniones y juicios? ¿Somos capaces de reconocer los límites de nuestros conocimientos? ¿De reconocer nuestros errores? Estas interrogantes las vamos a abordar desde la perspectiva de Kant, para ver en qué nos puede ayudar este filósofo en nuestra vida cotidiana.

Nuestra época está convulsionada por una multitud de información que circula a través de internet, convivimos con un universo virtual que determina cambios de paradigmas e influye en nuestros juicios y valores. Por otra parte, esta época tiene desconfianza de que la razón pueda servir para el desarrollo de la humanidad. En este contexto debemos reflexionar sobre cómo determinar el alcance de nuestro pensar-hacer.

Kant nos dice que nuestra relación con las cosas y con el mundo está mediada por nuestros sentidos; esto quiere decir, que sentimos lo que nuestros sentidos nos dejan percibir. Además, lo que sentimos se da en un espacio-tiempo determinado, por ejemplo, el árbol que está en el jardín se le caen las hojas por causa de la sequia. Solo conocemos los fenómenos que suceden en nuestro espacio-tiempo, por nuestra sensibilidad y así se da nuestro entendimiento.

Por lo cual, tenemos un conocimiento mediado por el espacio-tiempo, los sentidos y nuestro propio saber: si solo poseemos métodos cuantitativos nuestra realidad será únicamente de números, o si medimos nuestro hacer por calidad de servicio todo lo que percibiremos será la satisfacción de las demás personas. Conocemos nuestro entorno por nuestra forma de acceder a él, con esto el resto de la realidad tiende a desaparecer de nuestro universo de interés.

La manera como tanteamos nuestras circunstancias determina lo que vemos como realidad, y a partir de allí tomamos las decisiones que tomamos. Además de observar los modos disponibles con los que estructuramos nuestro hacer, Kant nos pedirá poner atención a nuestros procesos de análisis y de toma de decisiones; pues éstos determinan el valor, la calidad y la orientación de nuestro saber y de nuestras acciones.

Si nuestro análisis es pobre, nuestros resultados serán espurios, las decisiones malas y las acciones confusas; si nuestro análisis se desliga de los datos y solo sigue teorías abstractas nuestras decisiones serán desajustadas al entorno; o si nuestro análisis es solo intuitivo las conclusiones serán débiles. En nuestro hacer debemos asegurar que los mecanismos de acción respondan a la manera en que queremos acercarnos a la realidad, que nuestro análisis y toma de decisiones sean efectivos y se mantengan apegados a la información adquirida. Es necesario mantener contacto con la realidad para sacar conclusiones con base en pruebas empíricas, es lo que nos recomendaría Kant.

Ahora bien, al reconocer que el saber se adecua a las formas y categorías de cada sujeto en particular, tenemos que aceptar que hay distintos puntos de vista con el cual las personas se relacionan con su realidad; hay múltiples inteligencias que permiten ver unas cosas y otras no. Esta perspectiva establece el valor de la diversidad con que cada persona adquiere y expresa su saber. Por lo cual, debemos aceptar, combinar y aprovechar las distintas miradas que los sujetos poseen con respecto al entorno en que se desenvuelven. De esta manera, podemos combinar miradas cuantitativas y cualitativas, información racional y emocional, entre otras más, para que los procesos productivos sean más favorables.

Esta diversidad implica que tenemos diferentes formas de recoger información, organizarnos para interactuar con la realidad, acercarnos a la toma de decisiones y asumir nuestra voluntad para encarar la cotidianidad; estas diferencias determinan nuestras fortalezas y nuestras áreas de desarrollo. Esto implica que el conocimiento productivo se alcanza al combinar múltiples perspectivas de conocimiento.

Con todo lo anterior, es importante el cuidado, la responsabilidad y la manera en que emitimos nuestros juicios, ya que éstos determinan la solidez de nuestro conocimiento y de nuestra acción. Si concluimos, tomemos el ejemplo, que una persona es irresponsable porque llegó tarde a un compromiso, cometemos el error de generalizar a partir de un solo hecho. Por lo mismo, no podemos confundir nuestra intuición emocional con nuestra certeza racional, pues convertimos solo nuestro sentir en el principio que regula nuestra realidad; o si actuamos creyendo que poseemos la realidad y la verdad absoluta configuramos un mundo rígido y autoritario, el cual queremos imponer a los demás.
Al  reconocer cuál es el origen de nuestras opiniones, cuál es el grado de certeza que éstas ofrecen y cuáles son sus límites nos hace personas responsables para con nosotros y los demás.

Consultoría y Asesoría Filosófica Obed Delfín



miércoles, 12 de febrero de 2020

NUESTRA EXPERIENCIA Y LA REALIDAD



¿Cómo recolectamos la información con que gestionamos nuestro vivir? ¿Tomamos nuestras decisiones a partir de esa información? Por ultimo, ¿nos organización a partir del análisis de nuestra realidad? Estas interrogantes las vamos a abordar desde la perspectiva del empirismo.

El empirismo filosófico considera que no estamos sometidos a la sujeción de ninguna autoridad externa para alcanzar el conocimiento, hasta aquí coincide con el racionalismo. Para los empiristas la fuente de conocimiento son nuestros sentidos y, además, no es posible un conocimiento absoluto. Es necesario, por otra parte, que desarrollemos la capacidad de identificar falsos juicios y falsos conocimientos que confunden nuestro entendimiento, debemos liberarnos de ellos y desarrollar una forma de pensar que nos asegure el camino para un conocimiento correcto.

Entre los prejuicios que oscurecen nuestro recto pensar tenemos: 1) Los prejuicios sociales producto de nuestras limitaciones como sujeto  social. 2) Los prejuicios que responden a nuestra  individualidad y nos llevan por caminos incorrectos del conocimiento. 3) Los culturales que generan confusión a partir de nuestros intercambios sociales. 4) Los dogmaticos, que provienen de los dogmas de fe y contienen falsos conocimientos. De todos éstos debemos alejarnos y evitarlos.

Tales prejuicios dificultan la rectitud y eficacia de nuestra forma de pensar y de nuestros intercambios sociales, porque son obstáculos para el buen conocimiento; pues asumimos como verdad algo que no lo es, o atribuimos autoridad a alguien y damos por ciertas sus opiniones; o consideramos como principios intocables los supuestos que perviven en la tradición social, y esto termina por dificultar nuestra adecuada toma de decisiones.

Debemos estar prevenidos, por otra parte, de nuestros componentes irracionales que nos llevan a tomar decisiones basadas en meros impulsos o en una secuencia de falsos pensamientos, que hacen decidir o adquirir lo que no deseamos o a interesarnos por lo que no necesitamos en verdad, o a decidir basados en percepciones sesgadas.

Para poseer una forma de adecuada de pensar que evite los errores antes mencionados, Francis Bacon propone como punto de partida los sentidos: aquello que tocamos, vemos y sentimos. Para este filósofo a todo pensamiento le corresponde un saber sensorial, por ejemplo, al pensar sobre la felicidad le corresponde el placer. Por lo que las ideas son un conjunto de sensaciones reunidas bajo un nombre.

A partir de lo anterior, las ideas las debemos fundar en hechos, no en otras ideas o teorías. De lo que se trata es de identificar los hechos que fundamentan nuestras ideas y decisiones, si no hay hechos que fundamenten éstas estamos en una situación de ceguera o bajo el influjo de un prejuicio que nubla nuestro recto conocer. Desde esta perspectiva es valioso que contemos con una forma sólida para la creación y gestión de nuestro pensar, ya que así aseguramos nuestra efectividad y evitamos conclusiones erradas.

Para David Hume, el origen de las ideas esta en el conjunto de impresiones provenientes del mundo exterior o en las sensaciones internas; tales impresiones se transforman en ideas a partir de la actividad asociativa de: 1) Semejanza, la idea de dureza proviene de la resistencia que operan los materiales sobre nuestro cuerpo, esto es semejante en el vidrio o la piedra. 2) Contigüidad, esperamos encontrar detrás de la fachada de una casa, cocina, sala de estar y dormitorios, pues en nuestra experiencia esto se presenta de forma contigua. 3) Relación espacio-temporal, tenemos la idea de que todo lo que sube bajar, ya que cada vez que lanzamos algo hacia arriba este cae. Cada uno de estos tres elementos corroboran nuestras ideas.

Es en la experiencia y en la costumbre que las cosas se dan de una determinada manera y esto es lo que nos hace tener ideas estables sobre la realidad en que estamos. Para Hume, es a partir de la relación causa-efecto que fundamos nuestro conocimiento, hacemos una simple asociación realizada por la costumbre de experimentar algo de forma repetida, por lo cual concluimos que: de A se produce B.

En el plano del conocimiento, desde la perspectiva del empirismo, tenemos que aceptar que éste siempre depende de la experiencia concreta que lo demuestre, y que el saber alcanzado será siempre probable. En el plano ético y de la acción humana implica que las nociones de bien, mal, justicia, honor y otras, tienen su fundamento en la experiencia de utilidad y de placer. Estaremos del lado de las virtudes que nos resultan útiles para nuestra conservación individual y social. Esto significa que el fundamento de la ética es el sentimiento provocado por la experiencia de vida, por la aceptación, reconocimiento o sensación de bienestar personal y social que llegamos a tener cuando realizamos tales actos.

El empirismo filosófico encara los desafíos humanos dándole lugar privilegiado a la experiencia, al sentimiento y la costumbre. Esto quiere decir, que lo primero que debemos observar es si nuestros conocimientos e ideas están asentados en la experiencia concreta y si contamos como una forma de experimentación sólida. No interesan las ideas meramente especulativas; lo importante es contar con datos concretos para lograr la satisfacción de nuestros propósitos.


Consultoría y Asesoría Filosófica Obed Delfín



lunes, 10 de febrero de 2020

LA RAZÓN Y NUESTRO ACTUAR






































Con el uso de la razón nos hacemos estratégicos, cuestionadores, capaces de poner en duda conocimientos que habíamos dado por ciertos, podemos dudar de esos saberes impuestos por autoridad; asimismo, tenemos la capacidad de cuestionar los saberes impuestos por la tradición. Esto nos permite pensar sin ataduras de autoridad, cuestionar nuestras propias conclusiones y gobernarnos a nosotros mismos.

Ahora bien, para hacer uso de la razón de la forma más adecuada es importante tener un método para pensar correctamente, para tomar decisiones, gestionar efectivamente nuestros haceres y producir eficientemente. En el hacer filosófico todo lo anterior se fundamenta en la “duda metódica”. La misma, expuesta por Descartes, consiste: 1) Rechazar cualquier  proposición que revele la más mínima duda sobre su veracidad. 2) No emitir ningún juicio de certeza sobre cualquier conocimiento que derive de una proposición que no sea absolutamente veraz.

Al asumir esos dos principios tenderemos un fundamento “claro y distinto” desde la razón. Descartes y la tradición griega nos han hecho dudar sobre el conocimiento que nos ofrecen los sentidos, por lo cual dirá Descartes “éstos a veces nos engañan y si nos engañan al menos una vez, entonces no pueden constituirse en fundamento de la verdad”. Debemos señalar que en ambos hay una búsqueda de la verdad absoluta, nosotros actualmente nos conformamos con una verdad contingente.

Descartes nos legó el idealismo y el subjetivismo, cuando en medio de su escepticismo constata que por el hecho de estar dudando y equivocándose, se revela a sí mismo, sin ninguna duda, que él “es una cosa que piensa”. En esto no hay duda; el pensar es la primera certeza absoluta que tenemos, es una verdad absoluta.

Esta certeza cartesiana inicia un método que solo tiene apoyo en la reflexión personal y racional, no busca ningún argumento de autoridad, ni en la fe ni en ninguna doctrina. Esto que ahora es tan común, es un desafío al sentido común, pues postula que la primera certeza es nuestro pensar y no el entorno en que nos desenvolvemos. Es del pensar que se derivan las pruebas de las existencias de esas realidades en que estamos inmersos.

A partir de acá, la razón no es asistida ni por la fe ni por ningún principio de autoridad ni por el sentido común, en tanto certezas. Esto es el triunfo de la razón. Lo cual significa que en el mundo de acciones prácticas no debemos ceder a los engaños de los sentidos, a la urgencia de tomar una decisión apresurada, a la autoridad de otros, o al deseo de querer que algo sea de cierta forma. Debe prevalecer la reflexión racional y mesurada.

Todo el discurso cartesiano nos lleva a actuar bajo principios sólidos y verdaderos, tener certeza firme ante cada juicio, conocimiento y opinión. Debemos ser responsables al emitir un juicio, éste no puede ser apresurado y debe contar con evidencia firme; debemos asumir una opinión fundada en un análisis consistente. Para asumir esta condición es necesario que seamos capaces de gobernarnos a nosotros mismos, para así conducir nuestros impulsos, emociones y distracciones de modo que éstas no entorpezcan el libre despliegue de nuestro pensar. Ya que no podemos confundir nuestra reflexión racional con nuestro querer, desear o sentir.

Es necesario que distingamos la certeza y la verdad. Tener la sensación de una certeza no es razón suficiente para sostenerla como si ésta fuese una verdad. Las intuiciones son un tipo de conocimiento que debemos considerar, pero hay que estar conscientes que no tienen un valor de verdad. Tomar lo aparente, lo que se dice o lo que se cree como verdad absoluta es muestra de nuestra debilidad en el recto pensar. A esto debemos estar atentos, porque nos desvía del pensar adecuado y del gobierno de nosotros mismos.

Los cuatro pasos fundamentales del método cartesiano para asegurar el recto pensar son:
• No admitir como verdad cosa alguna que no sea clara y distinta al pensar.
• Dividir los problemas en tantas partes simples como sea posible.
• Conducir ordenadamente la reflexión desde lo que es más simple de conocer hasta lo complejo.
• Hacer enumeraciones y revisiones para asegurar que no se ha omitido nada en el análisis.

Esto nos sirve para pensar y actuar, pues con ellos podemos producir, gestionar, seleccionar, tomar decisiones, comprar, invertir, entre otras muchas cosas. Del mismo modo, nos ayuda a definir con claridad nuestros objetivos y metas.

Consultoría y Asesoría Filosófica Obed Delfín