lunes, 17 de febrero de 2025

VIEJOS DEL COÑO


 

En la búsqueda del dinero para la operación salí a golpe de ocho y media de la mañana para la SUDEBAN. Agarré la estación del Metro Sabana Grande y todo del carajo, el vagón estaba en el andén, aire acondicionado e hizo el recorrido a millón, una vaina del primer mundo.

Llegué a la Estación The Two Ways, es decir, Los Dos Caminos, inmediatamente, en lo que canta un gallo. Salí por la Avenida Pancho de Miranda y la SUDEBAN está ahí mismo, al cruzar la calle. Llegó al edificio y muy decente dijo:

—Buenos días, voy a lo de la ayuda económica.

—Adelante, pase. Es con esa muchacha que está ahí.

—Gracias.

Camino hasta donde está la muchacha hablando con dos personas, y repito:  

—Buenos días, cómo estás.

Como ya la muchacha me conocía la intención, me dijo a modo de interrogación:

—Viene por la ayuda económica.

—Sí, respondí.

Muy amablemente la muchacha me dice:

—En este momento no estamos dando ayuda económica, desde hace año y medio no se otorgan estas ayudas.

Ante una respuesta tan contundente me despedí. Qué se puede decir y hacer si la cosa es así.

Me regreso a la Estación Los Dos Caminos.

Desde Sabana Grande a Los Dos Caminos, ir a la SUDEBAN y volver al Metro nuevamente abrían pasado unos 15 minutos. Porque la vaina había sido chola.

Llegó a la Estación, saco la tarjeta geriátrica, esto es, la SUVE color amarilla, la pongo en el torniquete y dice:

—ERROR EN TARJETA.

Pruebo en los demás torniquetes y en todos dice lo mismo. Le pregunto a una señora de las que están ahí en los torniquetes.

—¿Qué sucede?

La señora me dice:

—Tiene que esperar media hora, porque usted debe haber usado la tarjeta recientemente.

—Sí, viene de Sabana Grande, hice una diligencia y ya me regreso.

—Hable con la operadora, para que ella le permita pasar.

Voy le echo el cuento a la operadora de lo que pasa.

—Sí, esas tarjetas tienen ahora restricción por el mal uso que han hecho de ellas. Si usted la usa, ahora tiene que esperar de media hora a cuarenta minutos para volver a usarla.

—¿Puedo comprar un pasaje para irme? Le dijo.

—No, puede pasar por ahí.

¿Qué cantidad de mierdadas habrán hechos esos putos viejos del coño con esa tarjeta? Para que el Metro haya tenido que restringir el uso de la misma.

Si uno usa el Metro no se puede regresar de manera inmediata tiene que esperar de media hora a cuarenta minutos.

Verga, es que la mierda deambula libremente por el cráneo de la gente. Indudablemente, se sabía que los malditos viejos iban hacer lo que les diera la gana con la coño tarjeta. Desde venderla o alquilarla para comprar drogas o alcohol. Cualquier uso indebido dándoselas de vivos.

Por esa verga es que estamos jodidos en este país. Porque el comemierda se la quiere dar de vivo, porque él se la sabe más que cualquiera. Y así jode al resto. Por eso es que los matan.


domingo, 9 de febrero de 2025

DE LA NATURALEZA DEL VIVIENTE


 

Los helenos fueron conscientes de que el viviente pensaba o piensa por sí mismo sin intervención de los dioses. De este modo, se dieron cuenta de que existe en el viviente una realidad más allá de lo sensible, que llamaron razón, razonamiento o reflexión.

Parece que las anteriores culturas no se habían dado cuenta de que esto existía, o no habían tomado consciencia de esto. Lo hacían sin saberlo.

Tal descubrimiento entusiasmó a los helenos y a esa energía la llamaron “logos” y le otorgaron a la misma el rango superior en la naturaleza del viviente. Todo lo demás, en el viviente, les pareció cosa inferior y subalterna a ésta. Desde ese momento, la suprema energía del viviente radicó en la naturaleza del pensar.

Tal naturaleza superior producto del alma razonante se asentó en la cabeza. Pues es lo más elevado que hay en el viviente. Creyeron los helenos que la naturaleza del hombre era ejercitar su capacidad de razonar, y que por ser lo más supremo en él le confería a éste la capacidad de reflexionar sobre sí mismo y el mundo, esto es, de ensimismarse[i].

No obstante, no hay nada en el mundo, que de manera natural, confirme o valide esto.

El viviente en su naturaleza natural, esto es, sensible no goza de ninguna tranquilidad, ni está conformado para recogerse en la reflexión. Siempre está alterado y en esta alteración vive. El viviente no tiene los atributos esenciales para meditar. Por tanto, en su estado natural no le es posible de recogerse dentro de sí mismo.

La alteración del mundo sensible, en que está inmerso y del cual forma parte de manera absoluta ciega al hombre y lo obliga a actuar de manera instintiva y en un estado de frenesí.

Observando al hombre no vemos en él la posibilidad de que pueda meditar, pues todo su mundo es sensible. Está inmerso en las sensaciones de su vivir. El viviente siempre está en permanente inquietud. Mira, oye, olfatea y atiende todas las señales que le llegan del entorno. Está  atento y sin descanso con respecto al medio donde habita. Permanece servicial y de manera forzosa ante lo que el mundo le depara. Vive constantemente alerta.

El viviente vive a la espera del mundo, en el perenne atender a las cosas que en el mundo ocurren. Vive ansioso por las cosas que puedan suceder.

Las cosas y los acontecimientos del mundo imperan y se imponen sobre la vida del viviente. Lo traen y lo llevan como una veleta. Él no vive desde sí mismo siempre está atento a lo que pasa fuera, a lo otro que es él. A lo sensible, a lo acorde con su naturaleza.

El viviente vive fuera de sí y para fuera de sí, vive enajenado de sí mismo. En su naturaleza sensible es dominado por lo exterior, su vida es constitutiva de lo externo.

El hombre, en este sentido, vive sin descanso porque siempre vive para y por las sensaciones. Acosados por el entorno y en atención hacia él. En este estado el hombre se halla prisionero del mundo; encantado y, a la vez, obligado de por vida a ocuparse de lo sensible.

Esta es la naturaleza natural del viviente. Y a ella atiende permanentemente.

Por esto el viviente está atento a lo que pasa fuera de él, a las cosas del entorno. Ya que está regido por lo de fuera, por lo otro que es él, pero, a la vez, lo que él mismo es. Él es su exterioridad, en ella radica su naturaleza. Y como tal no tiene un sí mismo.

El viviente es pura sensación. Y cuando ésta se aplaca él se aparta del mundo y de él, se adormila. El mundo exterior y él desaparecen a la vez.

La otra naturaleza, esa que los antiguos llamaron superior, es una construcción. Pues, el razonar conscientemente sobre el mundo y sobre sí mismo es un ejercicio, un proyecto (έργον) humano. A éste es al que los antiguos dieron la supremacía en la naturaleza del viviente.

Porque por medio de la capacidad de reflexionar el hombre, en medio del mundo, puede detener su atención hacia las cosas sensibles; puede desentenderse de su entorno, puede desentenderse de su naturaleza sensible y volverse sobre sí mismo, es decir, darle la espalda al mundo y meterse dentro de sí.

Atender su interioridad, ocuparse de sí mismo y no de las cosas sensibles.

Con esta acción se libera del mundo sensible.

Esta acción es el pensar reflexivo, el meditar. Con ella el viviente se retira del mundo exterior y se mete dentro de sí. O como dice Ortega y Gasset, el hombre se ensimisma.

El viviente al liberarse de las cosas sensibles tiene, primero, el poder de desatenderse del mundo sensible, se pone ajeno al mundo sensible. Segundo, tiene donde estar más allá de lo sensible, es decir, en sí mismo. A esa total exterioridad, a lo absolutamente afuera, le enfrenta su interioridad.

Que el viviente se separe del mundo y pueda ensimismarse es algo tiene que hacer él. Nadie se lo da. Es su propia construcción, es su proyecto personal.

En la interioridad de sí mismo él está constituido por la reflexión, por el razonamiento. Porque la reflexión y el razonar pertenecen a lo interior del hombre, no son parte del mundo exterior.

El viviente al liberarse del mundo exterior entra en sí mismo. Lo hace por su esfuerzo, su trabajo y su razonar.  Reobra sobre él, transforma su naturaleza. Se ensimisma, se pone dentro de sí y forjar ideas sobre él y el mundo, sobre las cosas sensibles y su relación con ellas. Se construye un mundo interior. Y de este mundo interior emerge y vuelve al de fuera, pero ya es otro.

Vuelve con un sí mismo que antes no tenía.

Ahora no se deja dominar por su naturaleza sensible, sino que él por el razonar gobierna sobre ella. Le impone su sabiduría e inteligencia, modela sus deseos y preferencias. Al volver al mundo impone su sí mismo en éste. Proyecta su sí sobre las cosas y hace que éstas se conviertan en él.

El hombre desde su razonar humaniza su relación con el mundo, impregna al mundo de su naturaleza sustancial[ii]. Pero esto no es natural, es un constructo.



[i] Cfr. Ortega y Gasset. El hombre y la gente. Madrid. Revista de Occidente. Pp. 36-37. 1962.

[ii] Cfr. Ortega y Gasset. El hombre y la gente. Madrid. Revista de Occidente. Pp. 20-26. 1962.


sábado, 8 de febrero de 2025

HEMOS SIDO VULGARES


 

Aquellas canciones se encontraban ya muy de moda entre la población de esa época, ya que en el artículo de prensa el comentarista decía lo siguiente, “pero, sobre todo, lo que me ha incomodado más ha sido la libertad con que se entonan por esas calles y en muchas casas una porción de cantares donde se ultraja la inocencia y se ofende la moral por muchos individuos no sólo de la más baja extracción, sino también por algunos en quienes se debería suponer una buena crianza”

El comentarista de prensa no se refiere al reguetón ni a nada parecido del siglo 21, se refiere a la guaracha en La Habana entre finales del siglo 19 y principio del siglo 20. Porque nosotros hemos sido vulgares por esa jeta toda la vida y nada nos ha pasado.

Los comentarios moralizantes a lo largo de la historia universal siempre han terminado siendo relativos, por cuanto están sometidos a los vaivenes de las épocas. Por lo mismo no tienen asidero, forman parte de un tiempo determinado y ahí se quedan. La moral es relativa y depende de un conjunto de factores, que al cambiar los mismos aquello que era inmoral deja de serlo y se convierte en algo de todos los días.

Por eso es que los moralistas son aburridos. Y pasan pronto de moda. Por ejemplo:

La conmemoración del día del orgullo gay toma como referencia un suceso trágico en una discoteca de Nueva York en la década de los sesenta o setenta. Aunque tal día, hoy parece más una mera fiesta trivial que una conmemoración a una tragedia. Y estos celebrantes olvidan que:

El continente americano fue sometido al genocidio, por parte de los conquistadores europeos, al tomar como justificación la práctica sodomita de los aborígenes. Entre los postulados para justificar este genocidio estuvo la rebeldía reiterada de los aborígenes, el canibalismo, la práctica de sacrificios humanos y los sodomitas. Con estos preceptos se autorizó por parte de la iglesia católica y del reinado de España el exterminio sistemático de grupos humanos en América. Que, además, abarcó el exterminio cultural del continente.

El exterminio humano y cultural nunca aparece en ese día del orgullo gay, porque el exterminador terminó convirtiéndose en sodomita. Aunque, ya lo era, pero no había salido del closet. Que el europeo se haya dedicado, todo el siglo XVI y XVII, ha exterminar extensos grupos aborígenes por una práctica sexual, deja en pañales a Auschwitz. Lo hace ver como una minucia. Claro, los americanos originarios no tienen Hollywood.

Hasta ayer, si alguien quería desprestigiar a una persona se hacía correr el rumor de que era marico. Si era una persona pública, tal infundio lo colocaba en la cuerda floja. Actualmente, se utiliza la acusación de pederasta, se ha hecho popular esto último. Porque a nadie le importa si es homosexual o no. El agua derramada, derramada está. Ya no se recoge. Pero la memoria histórica es otra cosa. Es el recuerdo de que los civilizados solo eran unos barbaros.

Los moralistas van desde el rechazo y la condena de otras formas de vida y sus costumbres hasta cualquier justificación que justifique y su ignorancia. Los moralistas se fundamentan en motivos de raza, etnia, religión, política o nacionalidad, cualquier cosa es buena para justificar un genocidio. Los moralistas de cualquier siglo, como aquellos de los siglos de conquista, autorizan y aplauden que se esclavice a rebeldes, a sodomitas y caníbales; que se los someta a trabajos forzados para tratar de corregirlos de sodomía, canibalismo y sacrificio humano.

"No fue así lo que hicieron los dzules cuando llegaron aquí. Ellos enseñaron el miedo, vinieron a marchitar las flores. Para que su flor viviese, dañaron y sorbieron la flor de nosotros". Se lee en el Chilam Balam de Chumayel.


jueves, 6 de febrero de 2025

CADÁVERES Y LOS TRES CUERPOS


 

En la serie Bodies, traducida como "Cadáveres" nadie sabe porque, se empastela como siempre el problema del tiempo, toda película o serie que se mete con el asunto del tiempo hace agua por todos lados. Por eso dice Agustín de Hipona, sin que nadie se lo estuviese preguntando, que cuando nadie se lo pregunta él sabe lo que es el tiempo, pero apenas alguien se lo pregunta ya no sabe qué es.

Y es porque el tiempo es una verga jodida de entender y de explicar más. Creo que nadie, en su sano juicio, ha intentado explicar lo qué es el tiempo.

La serie Bodies es que hay un carajo que viaja al pasado, a 1800 y tantos para que algo pase en el futuro. Pero resulta que cuando el carajo viaja al pasado, la vaina ha ocurrido en el futuro tal como él lo ha querido.

Entonces, ¿para qué coño e la madre tenía que viajar al pasado?

En verdad, el puto viaje no tiene ningún sentido. Si ya la vaina se dio, qué vas a hacer en el pasado si ya ha sucedido tal y como lo querías. Los mamertos que antes viajaban al pasado y lo hacían para cambiar algo de allá que repercutiera en el futuro, esto es, acá.

Viajaban al pasado porque querían cambiar el presente en el cual vivían. Pero éste no. Vive en el presente que quiere y viaja al pasado para producirlo. ¿Cómo es esa verga?

O el guionista es un mamerto o todos tenemos cara de comemierdas. La verga no tiene sentido, porque el sentido de la serie es otro.

Es mostrar la presencia de las llamadas minorías excluidas en roles protagónicos. Pero, para esa verga podían haber agarrado cualquier tema, los cuales sobran a patadas. Y no ponerse con esa mamaguevada.

Además, el tipo modifica el futuro con una acción puntual, y no con una estética de la existencia, para robarme la expresión del viejo Foucautl. Lo cual hace a la serie más come mierda.

Meterse con las paradojas del tiempo le sacan canas verdes a la gente. Por eso fue que Einstein se dejó de esas vainas y en sus últimos años se dedicó a putear.

Además, para rematar se mete con el coño problema del libre albedrío, el cual es otro grano en el culo. De si somos libres o todo está determinado por quién sabe quién. Ese es otro peo que el hombre arrastra encima desde que se le ocurrió pensar en eso.

Pero bueno, cada quién con su peo y a llorar pa´l Valle.

El problema de los tres cuerpos

La serie ¨el problema de los tres cuerpos¨ comienza echándole la cual a los chinos por haber invitado a los extraterrestres a venir a la tierra y con los ingleses tratando de salvar el planeta.

Una científica china resentida y arrecha con el régimen del camarada Mao invita a estos carajos de otra galaxia a venir a esta tierrita. Ni pendejos los extraterrestres no se vienen de una vez, sino que van tanteando el camino para saber cómo es la vaina por estos lados.

Los ingleses no sabemos cómo se enteraron de esta invitación y andan siguiendo la pista de este asunto intergaláctico.

Lo bueno de la serie es que toda es vaina ocurre en Europa. Porque por estos lados estamos preocupados por la bombona de gas, cómo echarle gasolina al carro, el que tiene carro; el que no tiene trata de no morirse asfixiado o de una arrechera en el Metro. Vainas propias de nosotros y no esas mariqueras de otras galaxias.

Solo mentes brillantes hay en la serie. Los pendejos no cuentan porque se trata de un asunto interestelar. No es ninguna pendejá el asunto. Pero, las guerras siempre la hacen los pendejos, la carne de cañon.

Lo que les pasa a esos carajos de otra galaxia es que tienen tres soles. Si nosotros tenemos uno y lo llamamos el trimardito. Cómo lo llamaran ellos, no sabemos. Pero los tres soles los tienen vuelto verga, no los dejan prosperar ni andar a sus anchas. Y cómo. Quién coño va a ir a la playa en una vaina donde hay tres soles.

Viven todo el tiempo cagándose en la puta madre que los parió, porque los soles no los dejan ni respirar.

Todo va bien, deciden venirse para esta vaina. Claro, seguro que están pensando llegar a Europa. Ni de verga que van a llegar a Maracaibo, o a Pericantar, o a Charallave. Ni de verga.

Si llegan por estos lados, lo primero que les puede pasar es que les roben esas naves espaciales del coño. O los inviten a beber aguardiente, como le pasó a Colón, y después no se sabe quién es quién.

Además, esos intergalácticos que esta tierra la gente dice mentiras, y esa vaina no les gusta. Ellos solo dicen la verdad y nada más que la verdad. Pero aquí hay el cobero parejo, el embustero, el doble cara y eso no va con esos carajos. Así que deciden que quienes los estaban ayudando lo jodan los ingleses, por embusteros.

La vaina es que cuando la muchedumbre se entera de que los galácticos vienen, la serie se tuerce y agarra un rumbo normal, aburrido, la misma vaina de siempre. Porque empieza la mariquera de siempre, esa de salvar al planeta.


miércoles, 5 de febrero de 2025

DE LO BANAL


Dos asesinatos nos han mostrado la banalidad de las acciones humanas. Por una parte, tenemos el caso de Carlos Lanz y, por la otra, el de Canserbero. No creíbles ninguno de los dos por ser ambos tan baladíes, la narración de tales asesinatos es tan banal que parece que nos estuviesen mamando gallo. Me refiero al actuar del asesino, no la víctima.

Sin entrar en la polémica de que a ningún gobierno hay que creerle. Porque eso es harina de otro costal.

Lo contado por los asesinos parece poco creíble porque somos muy peliculeros y nos gustan las tramas enrevesadas del cine, porque sin una buena trama la película duraría a lo sumo unos 10 minutos.

Sin embargo, los asesinatos en la mayoría de los casos no tienen ningún argumento, ninguna trama, son realizados por motivos y acciones banales. Empecemos por la Ilíada, el poeta narra toda una guerra que comienza porque un hombre se llevó a la mujer de otro, además ella se quiso ir con el hombre. El agraviado pudo buscarse otra mujer y olvidarse del asunto. Pero no, comienza una guerra de años por algo tan banal como eso.

Alguien podría argumentar que en la Ilíada están en juego el orgullo y el honor del guerrero ¿Y? ¿Acaso ambos asuntos son cosas de mucha profundidad psicológica?

En el libro de Marmól León, “Cuatro crímenes, cuatro poderes”, todos los casos de asesinatos son banales. En uno la muerte es provocada por un poco de marihuana y perico, y los otros por celos o algo semejante si mal no recuerdo.

Por esa insignificancia es que Hannah Arendt se queda pasmada ante aquel funcionario del Estado alemán y se plantea la banalidad del mal. El tipo lo que hacía era cumplir órdenes de sus superiores y ya. Con eso justificaba su actuar.

“En crónica de una muerte anunciada”, la causa de la muerte de Santiago Nasar es tan frívola que la narración perturba y, a la vez, muestra que así es la vida. Un cúmulo de insignificancias.

En “El caso Mamera”, el policía aturdido por los celos mata a los muchachos. Cada asesinato que ocurre a diario es el resultado de lo trivial. No hay ninguna trama profunda.

Incluso las muertes que se dan en defensa propia, por ejemplo, en caso de atraco, al atracador lo matan o él mata al intentar robar un teléfono, una moto o cualquier otra vaina insignificante.

Sin embargo, cuando la banalidad hay que llevarla al cine o al teatro, el guionista o el literato tiene que partirse la cabeza para buscar una trama, unos motivos más allá de lo fútil para que el drama resulte interesante. Porque la vida mundana no lo es.

Son las películas o las obras de teatro las que nos hace creer que un asesinato debe tener un móvil o una trama muy profunda. De ahí que nos parezcan falsos los relatos de los victimarios en los asesinatos, nos resulta absurdo de que alguien haya sido asesinado por algo tan burdo.

La vida en su cotidianidad es simplona, por eso es que hacen falta los bardos, los poetas para que le den algo de color y sabor a lo insípido de la vida. Hasta Auschwitz, que es el paradigma del horror, tienen que condimentarla para quitarle de encima la rutina de lo burocrático.

Tenemos que inventarnos fantasías para que los sucesos históricos tengan algo de sabor, porque la rutina los apabulla. A cada acontecimiento histórico hay que agrandarlo, darle visos extraordinarios para que puedan tener sentido, de resto se los come el aburrimiento.

 

GERIATRIMETRO


 

Uno antes cuando utilizaba el Metro veía culos buenos, bien arregladas, bañadas, perfumadas. Ahora no, solamente viejos, a toda hora lo que se ve son viejos. La razón es muy sencilla: el Metro no les cobra pasaje a los viejos.

Por tanto, el único medio que tienen para desplazarse en la ciudad es el Metro. Porque los buseteros no los van a perdonar y les van a cobrar sus 50 centavos de dólar para ir y otros 50 centavos de dólar para venir. Y esos no tienen esa plata para pagar el pasaje.

¿Y dónde caen?

En el Metro Geriátrico.

Por esa razón, y otras muchas más, es que el Metro se ha convertido en el lugar de la desesperanza.

No obstante, ahora el Metro se arrechó y estableció que todo el mundo debe poseer una tarjeta SUVE para andar en el sistema. Tengo entendido que hay tres colores, a saber: Una roja para las personas en edad laboral activa; una azul para los estudiantes y la tarjeta amarilla para los pellejos, los vejetes.

Las mujeres son viejas a los 55 años de edad y los hombres a los 60 años.

Se jodieron aquellos que promulgaban que "la vejez es una idea".

Ahora, la vejez es una tarjeta amarilla.

Además, esos mismos pellejos que se la pasaban diciendo que "la vejez es una idea"; ninguno protestó ni dijo que él quería comprar la tarjeta roja, porque "la vejez es una idea".

No, él compró su tarjeta amarilla. Que es un pago único de unos 80 centavos de dólar y de ahí en adelante queda exonerado hasta que lo cremen, incluso si quiere lo pueden cremar con la tarjeta amarilla y todo.

Yo hice mi cola, el primer día, y compré mi vaina. Sin ningún problema.

Bien, en los torniquetes hay unos lectores de tarjeta, son nuevos. Los tarjetas rojas ponen su tarjeta y la maquina dice: ¡Bienvenido!

Cuando los tarjetas amarillas ponemos la tarjeta en el lector, la maquina dice: "Exonerado, viejo coño e madre", y cuando ya uno pasa le grita "Mardito".

Y está bien así. ¿Por qué coño hace tanto viejo en este planeta? La naturaleza es para cachorros que llegaran a adultos. La naturaleza no es para viejos, miren National Geographic. La naturaleza solo admite adultos aptos, los viejos son mera carroña. Es jodido, pero es así.

El Metro como lugar de la desesperanza y la demencia senil, también alberga su departamento de ventas de chucherías. Hoy había dos carajos durmiendo en el piso del vagón, eran de esos carajos que limpian el piso del vagón con un trapo que está más sucio que el piso.

En el vagón que me monté había una vieja dándosela de aséptica, murmuraba que hedía. Como no va a heder, si todavía hay gente que medio se baña. Ya el jabón apareció, pero el agua en muchos lugares no.

La vieja venía con sus remilgos de limpieza y uno de los carajos que estaba tirado durmiendo en el piso del vagón, por un frenazo del Metro, se despertó y seguro que se acordó que tenía que pasarle el trapo al piso a ver si le daban algodón, se levantó todo turulato y le pasó el cuerpo y los brazos a la vieja, casi la abrazó. A la vieja le dio repeluzno y empezó a sacar toallitas desechables para limpiarse la ropa y los brazos.

Que verga.

La vaina con los viejos es esa. Hay que ir pensando en cómo despedirse a la llanera de este planeta. La vejez no es vida. Vida es beber, fornicar, volver a beber y volver a fornicar.

La familia no mata al viejo, no porque lo vayan a meter preso, eso sería lo de menos, sino porque no quiere sentir la ausencia de la soledad que genera toda muerte. Porque nadie llora por el muerto, sino por la soledad que siente. Eso es el gen egoísta.

Hasta ante la muerte somos egoístas.

Pero ni modo.

No estaba muerto andaba de parranda, dice la canción.


martes, 4 de febrero de 2025

LOS PEONES


 

En el ajedrez los peones son sacrificables, es la condición primaria de éstos. Pero no solamente ocurre esto en el ajedrez, también sucede en todas las organizaciones, no importa la naturaleza de las mismas. El peón es un sujeto sacrificable y desechable. El importante es el rey ¿Y quién es el rey? E allí la pregunta.

Para que sea sacrificable el peón debe asumir esa condición como suya, como algo propio; tal como la tiene el peón en el ajedrez. Debe ser consciente o inconsciente de su naturaleza. Además, el peón, el desechable, recibe en herencia esa condición de servidumbre, la cual se hace transferible sino se está consciente de eso.

Podemos asumir que la importancia del peón radica en que es una pieza que sirve para crear un frente de defensa, una fuerza de contención por la cantidad que el representa, es la masa sin rebelión. Por ello estratégicamente hay que conservar al peón, que no se muera en el intento; hay que mantenerlo vivo. Ya que él puede bloquear al peón adversario porque lo conoce y sabe quién es, es utilizado como un escudo para proteger a las piezas más valiosas. En este sentido, la expresión “carne de cañón” es correcta cuando se hace uso del peón.

En toda organización la gran mayoría de los miembros cumplen la función de peón, aunque tengan el cargo que se desean, en verdad, son peones. Y sirven para proteger a los miembros que se han designado como más valiosos, repito. Toda organización es una estructura de poder y, por tanto, las diferencias establecidas y aceptadas son fundamentales.

Cuando en una circunstancia la estructura de poder es difusa y desordenada se habla de “muchos caciques y pocos indios”, una expresión venezolana. Que quiere decir que hay muchos que mandan y pocos que obedecen, que hay pocos peones. Lo cual es algo caótico y hay que corregir. Por esa razón, se hace necesaria la construcción de la organización en el orden que sea.

En las organizaciones políticas y religiosas, de cualquier tipo, la figura del peón es fundamental, porque son los que hacen el trabajo del vasallaje. Para ello, el peón debe ser adoctrinado para que realice esa función y sepa que es sacrificable. Particularmente en las llamadas organizaciones totalitarias o extremistas, en éstas la función del peón es extrema, porque muchas de sus acciones son destructivas o ponen en riesgo al peón.

Con el adoctrinamiento al peón le resulta difícil pensar por su cuenta, el pensamiento busca mimetizarse con las ideas del grupo que están gravitando en el pensar colectivo. No hay una reflexión propia, a esto es lo Heidegger llamó un sujeto inauténtico, pues todo su pensar es una mimesis que derivada de una doctrina general.

El peón termina por considerar que las reflexiones complicadas no sirven. Está con el grupo, con la organización, se siente seguro en ese entorno y es eso lo único que necesita saber. Pensar mucho no es de su condición. Lo que dice la organización es lo importante, lo de afuera no. Es como si ya nada existe. Todo lo que existe está en esa organización a la que pertenece.

La solidaridad de grupo es la mayor aspiración del peón, no desea que los otros tengan una mala opinión de él o que crean que no se esfuerza lo suficiente para complacer la organización. Pertenece a ese lugar y ahí quiere estar. La organización le da todo lo que necesita. La organización sabe lo que es bueno para él y ésta tiene todas las respuestas.

Si el peón llega a descubrir, tarde o temprano, que la organización no es lo que esperaba, se encuentra en un dilema porque no puede abandonarla. No puede salir de ella, porque el peso del adoctrinamiento es muy grande. Más grande de lo que cree.

Para no derrumbarse mentalmente opta por amoldar toda su voluntad a las normas de la organización. De ese modo, se convierte en el instrumento ideal para ser manipulado, esto se da a costa de haber renunciado a su propio criterio. En eso consiste ser peón.

La postura de renunciar de forma voluntaria al juicio propio, lo denominan síndrome del peón. El individuo se convierte en pieza de un juego mayor sin darse cuenta. Lo que distingue es ese inmediato sentimiento de comunidad, un sentimiento que la organización se ocupa de reforzar. Tal sentimiento contribuye a desdibujar la identidad individual. Se convierte el sujeto en un amorfo con una esfera de conciencia compartida. Una tontería con mucho sentido para el manipulador.

Además, se necesita conformar una jerga propia para reforzar el sentimiento de comunidad. Esto se hace con juegos psicológicos y trucos de feria, que son lo bastante convincentes para que el sujeto esté dispuesto a renunciar a su particularidad. En definitiva, cuidado con los manipuladores, que puede ser cualquiera.