sábado, 27 de octubre de 2018

SIN CONOCERNOS QUE POCO QUEDA: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA


Sin conocernos a nosotros mismos, sin conocer nuestro pensar-hacer-sentir, sin conocer el trasfondo de nuestros condicionamientos; sin conocer porque tenemos ciertas creencias acerca de la vida, acerca de nuestros vecinos y acerca de nosotros mismos, nos preguntamos ¿cómo podemos pensar verdaderamente sobre cosa alguna?

Si no conocemos nuestros trasfondos, si no conocemos ni el ser ni el origen de nuestro pensamiento, cualquier búsqueda que emprendamos resultará del todo vana y nuestras acciones carecerán de sentido o ¿será esto de otra manera? Tampoco tendrá sentido que seamos médicos, mecánicos, peluqueros o que pertenezcamos a alguna organización.

¿Cuál es el propósito de nuestra vida cotidiana? ¿Qué significa todo eso? ¿Qué significan nuestros conflictos existenciales? Nuestras guerras, nuestros antagonismos internos y externos. Debemos empezar por saber qué somos nosotros mismos o ¿piensas qué es de otra manera? Decir debemos conocernos a nosotros mismos suena tan sencillo, pero es extremadamente difícil aunque no imposible. Y es algo que no se hace con una receta o de manera instantánea.   

Para seguirnos nosotros mismos, para ver cómo opera nuestro propio pensar-hacer-sentir, hay que estar alertas y es necesario estar prestos. A medida que comenzamos a estar más alertas ante los enredos de nuestro propio pensar-hacer-sentir, ante nuestras respuestas y a los propios sentimientos, empezamos a ser más consciente, no sólo de nosotros mismos sino de las personas con las que estamos en relación. Conocernos es estudiarnos en acción, en la convivencia. Sin embargo, la dificultad está en que somos muy impacientes, queremos seguir adelante y alcanzar una meta. Porque vivimos en una sociedad del apresuramiento.

A causa de tal prontitud nos decimos que no tenemos tiempo ni ocasión de brindarnos una oportunidad, de estudiar y de observarnos detenidamente. Pues, nos hemos comprometido en diversas actividades, por ejemplo, ganarnos el sustento, criar niños, o nos hemos asumido en ciertas responsabilidades en diversas organizaciones. Nos hemos comprometido exteriormente de distintas maneras, que casi no tenemos tiempo para reflexionar sobre nosotros mismos, para observarnos, para estudiarnos. Nos hemos olvidado de nosotros.

La responsabilidad de reflexionarnos depende de nosotros mismos, no de los demás. Por eso seguir a gurús o solo leer los últimos libros sobre esto o aquello, es algo vano, una vacuidad más. Aunque recorramos la tierra entera siempre tendremos que volver a nosotros mismos. Debido a que casi todos somos totalmente inconscientes de nosotros mismos, nos resulta por ello muy difícil empezar a ver el proceso de nuestro pensar-sentir-actuar.

Cuanto más nos conocemos a nosotros mismos más claridad tenemos de nuestro pensar-sentir-actuar. Ahora bien, el conocimiento propio no tiene fin, es decir, no lo alcanzamos en una realización y no llegamos a una conclusión. Siempre se está reconstruyendo. A medida que nos estudiamos nos ahondamos más y más, encontramos sentidos y significados.

Podemos llegar a una mente tranquila mediante el conocimiento propio, o una paz de espíritu dirían algunos. En esta quietud adviene nuestra propia realidad y hay una acción creadora. Si carecemos de nuestra comprensión y de nuestra experiencia propia toda búsqueda personal es una mera actividad sin significado. Si logramos comprendernos llegamos a realizar una acción creadora, una vivencia inmediata en la convivencia alrededor nuestro y del entorno en que vivimos.

Para comprendernos ¿qué se requiere? ¿Qué necesitamos para entendernos? ¿Para comprender a nuestro amigo, cónyuge, el paisaje, nuestro entorno?  Creo, que requerimos verdadera atención o ¿crees que puede ser otra cosa? Porque para entender algo tenemos que dedicarle todo nuestro ser, toda nuestra atención plena profunda. ¿Cómo podemos tener plena atención si estamos distraídos? Por ejemplo, con las cosas del trabajo, o del estudio, o con las noticias sobre lo que sucede en el mundo.

¿Cómo podemos tener plena atención cuando nos interesa más lo externo? Estamos concentrados en otras muchas cosas y no en nosotros mismos. Por lo cual, somos incapaces de mirarnos atentamente, aunque sea solo por un momento. No somos capaces de prestarnos atención a nosotros mismos, de estudiarnos, de hacernos preguntas, de interrogarnos placenteramente para disfrutar de nuestro propio diálogo. Si no tenemos plena atención, no hay un recto entendimiento de nuestro pensar-hacer-sentir.

Escucharnos para entendernos y escuchar para entender. Debemos prestar plena atención y eso es posible cuando estamos atentos, no cuando estamos distraídos. Cuando estamos luchando en medio de un estado de necesidad por nuestra vida material es difícil atendernos, debemos estar atentos a este condicionamiento exterior que nos aleja de nosotros.

Si algo nos interesa, por lo general, ponemos toda nuestra atención en eso. ¿Será acaso que no nosotros interesamos por nosotros mismos? Al estar interesados en algo no hacemos ningún esfuerzo, no erigimos ningún muro de resistencia; incluso no ponemos ningún «pero». Si algo nos interesa prestamos plena atención con espontaneidad.

Sin embargo, para la mayoría de nosotros nos resulta muy difícil esa atención; porque, tal vez, en lo íntimo hay resistencia de nuestra parte a descubrirnos, o creemos que debemos hacer un sacrificio que desgarrará nuestro falso deseo de bienestar. Pues comprender es algo profundo, y nosotros mostramos resistencia ante eso.

Decimos que queremos prestar plena atención a alguna cosa. No obstante, es posible que tengamos miedo a saber que tal conocimiento signifique desilusión, y que nos haga cambiar la visión de nuestra vida. Hay una contienda interior, una lucha íntima de la que quizá no nos damos cuenta. Aunque creemos que prestamos atención, lo que hay en realidad es una continúa distracción de lo interior y exterior, y sea esa nuestra mayor dificultad.

Debemos prestarnos plena atención, no atención a retazos. Debemos tratar de aminorar la inquietud de nuestra mente, de nuestro pensar-sentir-hacer. Jamás consideramos alguna cosa con tranquilidad, con ánimo receptivo. Atendemos a lo nos dicen que debemos hacer y lo que no debemos hacer; estamos pendientes de lo otro, no de nosotros.

No podemos tener entendimiento de nosotros mientras nuestra mente esté perturbada, mientras estemos inquietos. Mientras no nos callemos, no estemos tranquilos ni receptivos no será posible comprender. Para llegar a entendernos tiene que haber tranquilidad en todo nuestro ser. Por ejemplo, si nos topamos con un paisaje hermoso nos silenciamos, porque deseamos captar todos sus elementos, sus significados; en el momento que estamos quietos nos alcanza toda su belleza.

La comprensión y la calma irán llegando si deseamos en verdad entendernos, tanto física como mentalmente. Aunque parezca contradictorio el estar alerta y en calma esto es posible, pues es una alerta pasividad. Que no se logra por compulsión. Escucharnos, estar alertas y en clama es un arte, un hacer. Por ello, es preciso que dediquemos tiempo y pensar-sentir-hacer a aquello que deseamos comprender.

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sábado, 20 de octubre de 2018

TRAS LA BÚSQUEDA DE ALGO: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA


¿La mayoría de nosotros estamos tras la búsqueda de algo? ¿Deseamos algo? Particularmente, deseamos algo cuando nuestro mundo se vuelve un desasosiego; entonces procuramos hallar cierta felicidad, algún tipo de paz que nos tranquilice. Por lo menos deseamos algo semejante a eso.

En estas condiciones resulta importante averiguar ¿qué es, en verdad, lo que intentamos encontrar? La mayoría de nosotros decimos que buscamos la felicidad o la paz, por ejemplo. Aunque no determinamos de qué tipo serán éstas. Tal cosa se da porque vivimos en un mundo, exterior e interior, sacudido por disturbios, guerras, contiendas, luchas. Por lo cual, deseamos un refugio seguro donde podamos tener algo de tranquilidad.

Casi todos deseamos algo así, eso es cierto. Para encontrarlo, muchas veces, vamos de un dirigente a otro, de una organización a otra, de un instructor a otro. Vamos buscando algo afuera. Antes señalé que buscamos la felicidad, o tal vez simplemente buscamos alguna clase de satisfacción, la cual llamamos felicidad. Entre felicidad y satisfacción hay diferencias como todos sabemos, pero eso será asunto de otro artículo.

Lo que me interesa acá es la pregunta sobre ¿qué es lo que buscamos? Porque muchas veces no sabemos lo que buscamos, aunque escudriñamos insistentemente algo. Por lo general, nosotros pretendemos buscar satisfacción o lo que deseamos es estar satisfechos; tener esa sensación de plenitud que da al final una búsqueda exitosa, de una tarea bien realizada... Con eso nos es suficiente.

Lo importante es que buscamos algo. Por eso vamos a reuniones, nos sentamos a oír una charla, una conferencia. Estamos interesados en alguien que nos parece dice algo interesante. De allí, que es interesante preguntarnos: ¿Por qué escuchamos a un orador determinado? ¿Por qué nos tomamos la molestia de ir a algún sitio para ver  y oír? Y además, ¿Qué es lo que escuchamos?

En muchas ocasiones, vamos de un conferenciante a otro, porque procuramos hallar solución a nuestras dificultades, o tratamos de hallar la causa de nuestra perturbación, de nuestra miseria. En este ir y venir de un lugar a otro, de un conferencista a otro, debemos exigirnos a nosotros mismos la claridad de nuestra indagación.

Podemos consagrarnos en cuerpo y alma a alguna causa, a una idea y hallar en ella un refugio. O podemos apartarnos del mundo, procurar el aislamiento que nos libere de los conflictos de la gente que nos rodea. Sin embargo, ¿resuelve esto nuestro problema? O debemos ciertamente descubrir ¿qué es lo que realmente queremos? Tanto en lo íntimo como en lo externo.

Si llegamos a ver esto de manera clara, tal vez no necesitemos ir ninguna parte o recurrir a ningún instructor. Porque lo más probable es que nuestra dificultad inicial estriba, en primer lugar, en que tenemos que aclararnos a nosotros mismos ¿Qué es lo que buscamos? Y ¿Para qué lo buscamos?

Porque sin esa claridad, nuestra indagación intentará averiguar lo que otros dicen, sea el más elevado instructor o la más excelente organización, sobre algún remedio a nuestro conflicto o a la miseria de nuestra vida, esto será un esfuerzo un tanto perdido. Porque solo creeremos que hemos encontrado algo que nos satisface o que hemos hallado lo que deseamos. Y podemos permanecer cristalizados y encerrados en tal creencia.

Debemos preguntarnos, de un modo realmente serio y profundo, si alguien puede darnos la paz, la felicidad o lo que sea que buscamos. Ahora bien, esta búsqueda incesante en lo exterior ¿puede brindarnos ese sentido de realidad que anhelamos? O ¿necesitamos comprendernos a nosotros mismos? El conocimiento propio nos llega mediante una búsqueda, pero se da ¿siguiendo a alguien? ¿Perteneciendo a una determinada organización?

Tal vez, nuestro problema es que no buscamos entendernos a nosotros mismos; y, entonces, toda nuestra búsqueda es en vano. Podemos refugiarnos en ilusiones, podemos huir de la contienda, de la lucha, de la brega; podemos adorar a otro ser; podemos esperar nuestra salvación de otra persona. No obstante, mientras seamos ignorantes de nosotros mismos, mientras no nos demos cuenta del proceso total de nosotros mismos, no tendremos fundamentos para nuestro pensamiento, para nuestro afecto, para la acción que se genera por nosotros.

De allí, que lo primero que debemos desear es conocernos a nosotros mismos. Pues, este parece ser el único fundamento sobre el cual podemos construirnos y construir nuestras relaciones. Así antes de poder construir, de poder transformar, antes de poder condenar o destruir, tenemos que saber lo que somos.

De modo, que si buscamos afuera al emprender la búsqueda y contactar instructores u organizaciones es cosa inútil. Pues carece de sentido, aun cuando a quienes seguimos nos digan: «debes conocerte a ti mismo». Porque nuestro mundo, nuestras experiencias, nuestras vivencias son lo que somos nosotros. Si somos mezquinos, vanos, codiciosos esa es la personalidad que construimos, ese es el entorno que recreamos; esa es la casa en la cual habitamos.

Antes de emprender la comprensión de la realidad del mundo, antes de actuar, antes de tener relación con otros, resulta esencial que empecemos por entendernos a nosotros mismos. Porque esto es asunto serio y necesario. Si no nos entendemos a nosotros mismos, ¿cómo podemos actuar con nosotros mismos? O ¿cómo podemos construir una convivencia productiva? Pues nuestro propio conocimiento es parte de la convivencia.

Es necesario estudiarnos, estar atentos a toda palabra nuestra y a las respuestas que ellas provocan, vigilar todo movimiento de nuestro pensar-hacer y del sentir; observar conscientemente nuestras respuestas corporales, sea que actuemos movidos por nuestros centros corporales o por alguna idea.

Observar cómo respondemos a las situaciones cotidianas, a esas cosas que nos parecen intrascendentes, pero que nos conforman. Debemos ahondar seriamente en esta cuestión. No de forma esporádica o cuando todo lo demás ha fracasado y nos hemos fastidiados. La búsqueda de nosotros mismos es algo fundamental para llegar a comprender nuestra totalidad y la totalidad con los otros.

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sábado, 13 de octubre de 2018

NUESTROS MIEDOS LOS ALIADOS DE CADA DÍA: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA


“Las emociones son inseparables de la idea de premio y castigo, placer y dolor, acercamiento o huida, ventaja o desventaja personal. Es inevitable que sean inseparables de la idea del bien y del mal” Antonio Damasio

Cuando el sentimiento de miedo nos invade, por lo menos tenemos dos alternativas: hacerle frente y actuar; o no hacerle caso y permanecer inactivos. Si decidimos enfrentar al miedo, lo hacemos sintiendo una aprensión relativa al mismo temor que estamos sintiendo. Actuamos asustados.

Enfrentar al miedo, por otra parte, lo podemos interpretar como tener al mismo como un adversario, y debemos considerar que esta palabra significa «Lo que siempre está delante de sí». ¿Es recomendable tener al miedo como adversario? Considero que no. Es mejor tenerlo de aliado o socio. Un adversario debe ser algo fastidioso, pues uno no puede pasar la vida teniendo al miedo todo el tiempo delante de uno como a alguien a quien enfrentar.

Enfrentarlo o hacerlo socio nuestro es una decisión que tiene un impacto determinante a lo largo de nuestra vida de asustados. Porque siempre vamos a sentir miedo por una u otra causa. No podemos expulsar el miedo de nuestra vida, siempre va a estar allí. Por el contrario, lo que hagamos con él es un asunto nuestro y corresponde a nuestra elección y responsabilidad.

Si decidimos hacerlo nuestro socio, que me parece la decisión más acertada, esto nos dará más valentía para arriesgarnos a hacer cosas y asumir acciones productivas. Dedicarnos a vencer el miedo es absurdo, porque nunca lo vamos a lograr; es una emoción básica y siempre nos va a acompañar. Tener seguridad y ser fuertes no excluye la emoción del temor. Vencer el miedo se ha convertido en un slogan de nuestro patrón y de creencia cultural; no se vence se maneja de manera adecuada o no.

En la vida no podremos apartarnos del temor, porque no podemos hacerlo. Lo que podemos hacer, porque está en nosotros, es decidir si éste me motiva o me paraliza. Alguien puede objetar que hay miedos patológicos, lo concedemos; pero en ese caso estaríamos hablando de otro nivel de miedo o fobia, que no es de lo que trato acá.

La emoción del miedo nos debe promover un impacto emocional, que nos permita un proceso de reflexión a través de los sentimientos. Al considerar el temor desde este punto de vista tenemos un nuevo concepto sobre nosotros mismos. Podemos generar más confianza y respeto propio, y considerar el hecho de correr riesgos al actuar o al tomar decisiones.

Podemos ser capaces de darnos cuenta de que los temores son parte nuestra. No son algo ajeno, ni que nos llega desde afuera. Desde la perspectiva del éxito tenemos, por lo menos, dos opciones entre las que podemos elegir. Primero, actuar adecuadamente con vista a una meta; lo cual significa que tomamos la postura de ser activo para gobernar nuestra vida y ser el productor de nuestras experiencias. De este modo, damos validez a nuestro pensar-hacer como sujeto exitoso y prospero.

Al no rechazar el miedo como algo nefasto podemos considerar que desarrollamos el amor por nosotros mismos, que es el punto de partida del cuidado de nosotros mismos y para realizar una inversión en nuestros esfuerzos para alcanza resultados favorables. Al decidir a actuar con vista a fin loable, esta conducta nos lleva un estado de aprecio por nosotros.

Por el contrario, si somos arrastrados por el miedo asumimos una actitud inadecuada o carente de metas; decidimos no actuar o nos sentimos indignos de nuestro pensar-hacer. Por lo cual, no nos planteamos en nuestro horizonte el propósito de ser un sujeto exitoso.

Lo que debemos hacer es posesionarnos de nuestro proceso de crecimiento y desarrollo personal, que incluye nuestras emociones. Debemos proponernos a actuar de manera favorable para con nosotros mismos. El sujeto exitoso se plantea acciones y reacciones, responde adecuadamente ante un acontecimiento y obtiene resultados favorables.

Arriesgarnos en medio del miedo nos da seguridad, aumenta nuestra voluntad de actuar, porque nos damos cuenta del valor de nuestra toma decisiones y de llevar a cabo nuestros compromisos. Las experiencias de nuestra vida, sean agradables o no, son responsabilidad nuestra y en esta participan nuestros temores de cada día.

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sábado, 6 de octubre de 2018

ESTRATEGIA DE DESARROLLO DE AUTORIDAD: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA


Si en la vida uno se plantea, o no, un plan estratégico personal tiene que determinar estrategias. En el caso, que no nos planteemos ningún plan las estrategias irán surgiendo a medida que las circunstancias se van presentando; a cada circunstancia una estrategia. Por el contrario, si uno se plantea un plan, aunque no tiene que ser muy elaborado sino un simple boceto, las estrategias serán más estructuradas con vista a un fin. ¿Qué tenemos que hacer?

Las estrategias van acompañadas de herramientas de acción que se enmarcan en diversas áreas, por ejemplo, lo ético, social, económico y de autoridad; entre otros. Nombramos éstas por son las que intentaremos abordar en este artículos y en otros futuros. Como podemos percibir tales estrategias y herramientas se abarcan aspectos de desarrollo personal y social. En este artículo, en particular, vamos a tratar acerca de las estrategias de desarrollo de autoridad. ¿En qué consiste esta?

La estrategia de desarrollo de autoridad comienza porque nosotros tomemos el control de nuestra vida. No puede ser otro quien la dirija la vida que deseamos llevar adelante, o la que en este momento vivimos. Para el despliega de esta estrategia debemos considerar dos aspectos que pueden bloquear o imposibilitar el desarrollo de la misma. El primero es el estado de miedo; el segundo el estado de mediocridad o el estado de hacer las cosas mediocremente. ¿Cómo se manifiestan ambos estados?

Nos preguntamos ¿en qué consiste el estado de miedo? Asumir ser responsables de nuestra vida significa que cuando se presente un acontecimiento, y éste sea importante, lo más seguro es éste que nos lleve a un estado de miedo o porque es muy importante la decisión a tomar o porque no sabemos cómo resolverlo. ¿Qué debemos hacer?

Una acción que podemos realizar es trasladarnos del miedo —en tanto factor paralizante— a un motivador favorable a nuestro fin (lo podemos llamar motivador positivo para usar el lenguaje cotidiano) que conscientemente sabemos que contiene el riesgo para alcanzar la meta que nos hemos planteado, esto es, alcanzar un éxito.  Pasado el acontecimiento y el estado de miedo debemos realizar el examen de lo sucedido para evaluarlo y tenerlo como un registro de experiencia.

El segundo estado, el de la mediocridad, contiene en sí el ser irresponsable en y con nuestra vida. Significa que estamos paralizados y asumimos una actitud de evasión. Donde lo que predomina es la carencia de entusiasmo, un estado de aburrimiento, una estima baja y una mentalidad de desmerecimiento; esto es, lo que Nietzsche denomina «la voluntad de la nada». ¿Qué se puede hacer para enfrentar este estado?[1]

Voy a volver sobre el estado de miedo (porque es más común de padecerlo que el otro estado). Éste incluye las sensaciones de temor, confusión, nerviosismo, anticipación, ansiedad y suspenso. Emociones que, por lo general, evitamos porque nos hacen vulnerables y nos ponen al descubierto como al rey desnudo.  Por otra parte, nos han enseñado que el miedo es una sensación o «emoción negativa», pensemos en esa división de emociones positivas y negativas, a estas últimas las rechazamos. Por lo cual, cuando sentimos miedo pensamos inmediatamente que algo anda mal o que hemos hecho algo mal. ¿Es necesariamente algo malo el miedo?

Antonio Damasio[2] nos indica que el humano, en tanto especie, ha sobrevivido gracias a las mal llamadas «emociones negativas»; pues éstas le han permitido estar alerta a las circunstancias de la vida. Esto nos señala que tales emociones son adecuadas en cuanto hay un fin o meta propuesta, esto es, que el miedo es un motivador adecuado y posiblemente nuestro principal motivador. ¿Qué hacer con el miedo nuestro de cada día?

La meta, en cuanto al miedo, se fundamenta en el gobierno de las emociones o podemos decir adquirir inteligencia emocional controlar o gobernar a éste; para evitar entrar en un pánico paralizante que nos impida asumir la resolución del acontecimiento a que nos enfrentamos en un momento dado. Porque el pánico se presenta cuando el miedo nos bloquea y no podemos seguir adelante. ¿Cómo insertamos el miedo en la estrategia de desarrollo de autoridad?

Es necesario considerar al miedo como un aliado importante, pues éste nos hace estar alerta y nos prepara para la toma de decisiones y para el actuar con vista a una meta. Por ello, debemos asumir el miedo como el riesgo relativo de estar sintiendo los resultados de que la decisión a tomar tiene un impacto determinante en nuestra vida, sea personal, social, laborar... Si decidimos arriesgarnos, debemos  tener en igualdad de condiciones nuestro valor y nuestro miedo; porque el hombre valiente, nos dice Platón, es consciente del miedo para no ser un insensato. Tanto el valor como el miedo nos permiten entender la magnitud del riesgo, para desarrollar una adecuado y exitosa estrategia de desarrollo de autoridad.

Todavía nos falta por tratar aspectos de este tema, pero eso lo haremos poco a poco en próximos artículos.

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sábado, 29 de septiembre de 2018

EL APRENDIZAJE UN ASUNTO EN COOPERACIÓN: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA


Como te decía antes, no es esta la primera vez hablamos sobre el valor que tiene el aprendizaje en su forma comunitaria, es decir, que se realiza entre varios. ¿Por qué ese valor se da en tal modo de aprendizaje? creo te decía una vez que es porque desarrolla la capacidad crítica y creativa de todos aquellos que participamos en él. Además, considero que cada grupo, también lo podemos llamar si bien lo deseas comunidad u organización, tiene que adecuar el aprendizaje  a sus propias condiciones y necesidades; para que con esa dinámica que le es propia le sirva de punto de referencia para construir su propio saber. 

En lo comunitario, como siempre te digo, aprendemos mutuamente a enseñar a pensar, aprendemos a estudiar, a hacer, a reflexionar. Aprendemos, eso lo has visto, a desarrollar propuestas que integran nuestros recursos intelectuales, afectivos y volitivos de los que en tal proceso participamos, es decir, que aprendemos a educarnos unos con otros.  

Como hemos hablado, lo que se pretende superar en el aprendizaje social o comunitario es  ese individualismo enfermizo, fatuo; la competencia necia que nos hace creer que somos los mejores.  Fomentamos más bien un individualismo creativo, capaz de integrarse en sus relaciones interpersonales. Tal vez, de este modo, podemos superar el desfase entre los procesos de aprendizaje, al hacer de éste algo más integrado entre el conocimiento y la sociedad. Y con sociedad me refiero a ese grupo con el cual interactuamos día a día. No una idea abstracta de sociedad.

Estoy de acuerdo contigo cuando me has comentado que el aprendizaje comunitario es un asunto de ética. Ya que se basa en métodos de intercambios que busca una construcción social de la personalidad, ya que no somos personas aisladas. Además, bien has dicho que en este aprendizaje se fomenta el uso compartido de la información, nadie se queda con una propiedad que es de todos.

Lo anterior, hace que el conocimiento lo percibamos como un bien social. Por otra parte, junto al conocimiento, incluimos el valor que tienen nuestros sentimientos y afectos para aprender; porque constituyen parte de nuestras inteligencias múltiples.

Comparto contigo, eso que me dijiste el otro día, sobre que todos tenemos derecho de aprender; pero yo incluyo que también todos tenemos el deber de enseñar. No podemos quedarnos solo en el derecho y olvidarnos de nuestros deberes. Porque como siempre comentamos el aprendizaje cooperativo abre la oportunidad de descubrir el valor de trabajar juntos, en hacer equipo. Recuerda la diferencia entre equipo y grupo.

La cooperación en el aprendizaje nos lleva a comprometernos y responsabilizarnos con el aprendizaje personal y grupal. Esto me parece importante. Pues, así podemos desarrollar ambientes existenciales que favorezcan la solidaridad, el respeto, la tolerancia; el pensamiento crítico y creativo. Podemos incluir, si lo deseas, el desarrollo de la toma de decisión, la autonomía y la auto-regulación de nosotros como seres sociales. Así hicimos realizamos nuestro aprendizaje y construimos nuestra personalidad.

Te recuerdo, porque somos frágiles en la memoria, que en el aprendizaje comunitario aprendemos con y entre amigos, allí aprendemos en comunidad. En este proceso hacemos nuestra vivencia personal y grupal, porque nos apropiamos mutuamente de conocimientos, de habilidades, actitudes y valores que uno de nosotros aporta.

Siempre me has insistido que la transformación personal y social se da permanentemente por lo participativo, por el intercambio mientras cooperamos. Y lo concedo. Ya que la cooperación demanda involucrarse e interrelacionarse de todos aquellos que participamos en este tipo de aprendizaje. Pero te digo que necesariamente no tiene que ser un aprendizaje formal, nosotros lo hicimos de manera informal. Creo que la formalización del mismo lo convierte en una cosa cosificada.

Por ello, aunque muchos proponen que es necesario la organización y la coordinación de acciones para crear una comunidad de aprendizaje, la cual debe garantizar el desarrollo continuo de los participantes y de la comunidad. Considero que esto está enfocado a convertir este tipo de aprendizaje en algo formal, y no sé si es una buena solución; porque de este modo alcanza un estatus burocrático, una formalización estricta. Se convierte en dogma. Por eso tengo mis dudas. Ya que sabes que cualquier forma de compulsión autoritaria e impuesta no genera lo cooperativo.

Tú siempre decías que quienes participan en el aprendizaje de comunitario deben tener una «tarea común», que posibilite la interacción. Es esto una forma de practicar el intercambio de funciones y de representaciones internas. Todo eso parece cosa de hippies, pero ahora andan las organizaciones y las grandes empresas practicando en sus diversas gerencias este tipo de aprendizaje gerencial. Lo que quiero decir es que esto se está convirtiendo en algo formal.

Tengo otras cosas que comentarte, pero lo voy a dejar para cuando luego vuela a escribirte.
  
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sábado, 22 de septiembre de 2018

NUESTRA INDIGNACIÓN Y NUESTRO COMPROMISO: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA


Muchas veces no atendemos a los problemas de los otros porque consideramos que no es asunto nuestro. Además, argumentamos que esta despreocupación es signo de la expresión de nuestra independencia negando, de esta manera, la interdependencia en la que estamos sumidos y queremos ignorar. 

Queremos valorar, por encima de todo, nuestra independencia, porque a veces consideramos que necesitar a los demás es una debilidad personal y social. Esgrimimos, entonces, que nuestra autosuficiencia y autonomía son las virtudes cardinales de nuestras relaciones interpersonales. Dejamos tales debilidades para los ancianos, enfermos, niños y otros débiles sociales. 

Tal vez debido a lo anterior no nos indignamos o nos indignamos muy selectivamente. Mucho menos asumimos un compromiso. Podemos agregar que el compromiso social resulta algo controvertido y muchas veces rechazado, en tanto es un inconveniente para el sujeto independiente o para que éste exprese su independencia.

La indignación contiene el rechazo de ciertas acciones, y algunas veces la ira por esos mismos actos. Tal ira o molestia pasional debe tener algo de aprovechable e incluso algo de bueno. Pensamos en una ira bien administrada, suena extraño, pero debe ser ésta un deseo que no nos incite por odio a hacer mal a quien odiamos.  Sino a estar atentos a la injusticia.

La ira como pasión desbocada engendra el deseo de vengarnos de quien se ha mostrado despreciativo. En un acto de desdén, una vejación o un ultraje. Tal acción la percibimos como algo injusto e inmerecido, sin otra razón de ser que el gusto de hacer daño, de ultrajar o despreciar a nosotros u a otro. De allí que Aristóteles considerará que la ira es «un apetito penoso de venganza por causa de un desprecio manifestado contra uno mismo o contra los que nos son próximos».

Sin embargo, cotidianamente, nos indignamos más con los amigos que con aquellos con quienes tenemos poca amistad o con quienes solo conocemos superficialmente. Ya que de los amigos esperamos más, que de aquéllos otros.  Y nuestra indignación suele ser mayor encolerizarse si nos encontramos en una situación de inferioridad, por ejemplo, si estamos enfermos o si estamos mal económicamente. Nos irritamos contra quienes se muestran indiferentes ante tales situaciones, que necesariamente no tienen que ver directamente con nosotros.

Lo que provoca nuestra indignación es la falta de consideración para con los otros y para con nosotros, el no reconocimiento de lo que somos, ser tildados de inferior, el ser anulado o no ser visto. Que nos ignoren de manera rampante.   

Como ocurre con las pasiones, el de la indignación nos muestra en la debilidad del sujeto que no recibe el trato que merece, que es despreciado, aniquilado o directamente injuriado. La indignación, en su estado de ira, provoca deseo y sed de venganza, pues al estar iracundos esperamos poder resarcirnos del desprecio del cual somos objeto.

La indignación es una emoción distinta a la ira; por otra parte, es opuesta a la compasión. Aquella es provocada en nosotros por la percepción de una injusticia. Nos indigna que alguien disfrute de una suerte que no merece, así como nos indigna no obtener lo que creemos que merecemos.

La indignación conlleva en sí un buen criterio, como observa Aristóteles.  Ya que quien suele indignarse es el hombre bueno, al no obtener lo que considera es justo; quien tiene buen juicio y odia la injusticia. También se indigna quien aspira a cosas importantes.

Para Aristóteles, en su concepción del término medio o mesura, la indignación es provocada porque consideramos que existe un desajuste social, personal… que carece tanto de explicación como de sentido. En tal desajuste detectamos una falta de justicia; por lo cual la indignación bien encauzada y medida nos servir de incentivo para el ejercicio de la virtud.

Lo que nos lleva a establecer un compromiso social o personal con los otros. La indignación se produce solo si tenemos los ojos abiertos al mundo; si nuestra idea de independencia es adecuada en un entorno social. La indignación solo es posible en nuestras relaciones interpersonales, en nuestra atención al entorno. En entendernos que somos partes de un contexto, en el cual ejercemos nuestra personalidad individual y social, de manera mesurada e inteligente.

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sábado, 15 de septiembre de 2018

LA PÉRDIDA DE NOSOTROS MISMOS: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA


Por lo general, un emigrante es alguien que se ha ido de su lugar de origen. Y siempre pensamos que éste se ha marchado a un lugar extraño y en el cual se encuentra extrañado de sí y de lo que lo rodea. Sin embargo, podemos pensar que alguien se ha convertido en un emigrante cuando se ha salido de su lugar existencial y para esto no tiene que desplazarse físicamente, sino existencialmente.

Lo anterior lo dijo porque actualmente ante la pérdida de los referentes muchos conciudadanos sin haber abandonado su ciudad y mucho menos su país, se han convertido emigrantes de sí mismos. Esto está ocurriendo muy a menudo, por lo que es un hecho muy doloroso. Es lo que conocemos como la enajenación de nosotros, el salirnos de nuestro propio ser.

Lo antes dicho ha sido y fue tema del existencialismo expresado en la literatura por  Sartre y Camus, quienes lo mostraron en sus novelas. La pérdida del en sí es el extravío de nuestro propio referente, de nuestro yo. Tomaré, como referencia, el caso de Venezuela donde la mirada está puesta en la emigración en tanto ocurre el desplazamiento hacia otros países. Sin embargo, a lo interno el desgarramiento existencial de los sujetos es tan doloroso como el otro.

El venezolano, en su propio país, está extrañado de sí mismo; no se encuentra. Está extraviado, desorientado, es decir, enajenado. Sus puntos de referencias externos e internos se van diluyendo, sino se han diluido ya, viviendo en un estado de permanente angustia y de desesperanza. La sociedad venezolana es un conjunto de sujetos desorientados. Es el tiempo de desgarramiento, como señalaría Hegel.

A lo interno, me refiero al país, la problemática no se puede paliar con la búsqueda de nuevos aires o de un nuevo ambiente, porque no los hay. Estamos como dice la canción de Rodolfo Páez “en un mismo lugar, y bajo una misma piel y en la misma ceremonia” Y esa es la desgracia de quienes se han quedado. Es un emigrante, un extrañado en su propio país.

Este emigrado de sí mismo es quien se ha desgarrado en su mismo lugar y en su misma piel. Quien está atrapado en su propio desgarramiento sin posibilidades de llevar a cabo una posibilidad distinta. Este sujeto padece y permanece en su desgarramiento, en el descarrío de su yo.

Ese desgarramiento lo percibimos en el Metro, en las calles, en las plazas, en los centro comerciales donde exhibimos y exponemos nuestras caras de desorientados, de sujetos extraviados. Buscamos afuera reconocer algo y no lo encontramos. No es solo el país lo que ha cambiado; hemos cambiado nosotros, ya no somos los mismos. Nuestra pérdida está en lo interno, en nuestro interior. Nuestra emigración es una emigración del alma.

Somos sujetos que no nos sabemos. Pues, ya la calle no es la calle por donde siempre transitamos, es otra cosa. La actitud de la gente no es la misma, es otra. El desánimo es lo que campea, la nausea diría Sartre. De la nada se han poblado las calles, el vecindario y nuestras casas. Todo se ha deshabitado y en su lugar el desgarramiento se ha asentado.

La vida se ha convertido en algo ausente, donde no hay asidero. Donde cada mañana cuesta cada vez más levantarse para enfrentar a la vida. Es un desamparo de país. Un estero poblado cada día más de fantasma, como el pueblo de Comala. Cada uno es su Pedro Páramo y su llano en llamas.

Nos movemos entre la enajenación y la sin razón. No conseguimos explicarnos qué pasa aunque lo sabemos. Nos inventamos ficciones y retorcemos la realidad para poder llevar adelante el día a día. Nos disfrazamos de alegrías que no lo son. El sujeto traspapelado está como la marioneta sin marionetista arrogado a su desamparo.

Es difícil y descarnada la situación ¿Qué hacer? Dar una respuesta es difícil y urgente. Tal vez, intentando llegar a comprender en qué nos hemos convertido o en qué nos han convertido, podemos  llegar a asumir una posición ante este vendaval que a diario nos abate y en el cual nos dejamos llevar. Los antiguos, en el periodo helenístico y romano, pudieron asumir una postura estoica, o cínica, o epicúrea, o platónica, entre otras. Esto puede ser una posibilidad válida para plantarle cara a la vida.

Comprender y tener consciencia de este desgarramiento es fundamental, no es suficiente con sentirlo y padecerlo. En este momento, la sola emoción no es suficiente ni contribuye a mejorar el espíritu; por el contrario, contribuye al desaliento y a la desesperanza. Es necesario, pues, pensar filosóficamente. Establecerse un norte firme y asir con fuerzas el timón de nuestra vida individual, porque lo social no podemos dominarlo. No abogo por un individualismo fatuo; sino por un individualismo atento al mundo, el cual es necesario preservar y cuidar.

Referencias:
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