miércoles, 13 de agosto de 2014

ENTRE PLACERES Y DESEOS LA EXHIBICIÓN DEL SUJETO: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

Nos encontramos, si es que nos encontramos en realidad, en medio de una cultura de la avidez y la insatisfacción. En ésta el deseo está en la antesala del placer. Hemos olvidado, por otra parte, que ambos han sido mirados con inquina y desconfianza. Ya no; ahora el deseo está bien considerado, y hacemos loas por él. Organizamos y nos organizan nuestra forma de vida sobre la excitación continua y sobre un hedonismo asumible.

Vivimos en un catalogo de apetencias programadas, que asumimos como nuestras. La publicidad tiene ahora el fin producir sujetos que desean algo, nos ha convertido en sujetos deseantes. Ella es una fábrica productora de deseos. De este modo, hemos desmantelado cualquier defensa construida para protegernos del placer. Por el contrario, construimos puentes, grandes avenidas para acceder más rápidamente a él.  

El culto del placer libera el conjunto de represiones y hace triunfar pequeñas gulas. Se impone la metáfora practicable del paraíso, el cual se goza a través de la tentación. En el discurso del placer aparecen nuestros comportamientos concretos, que se mueven al unísono de una música seductora que no escuchamos, pero que sí nos roza constantemente.

El deseo y el placer no son fenómenos aislados, conforman nuestro sistema de expectativas. Nuestros deseos operan en un ámbito tangible que conecta nuestros conceptos, emociones, valores, creencias, a través de las cuales creamos una estructura que da sentido a nuestras preferencias, sensibilidades y comportamientos, que aparentemente resultan originales e inconexos, pero que nos hace mover de manera conexa y colectiva.

Un efecto de la publicidad es la afirmación del individuo, en la cual los derechos humanos son individuales y no sociales. En este sentido, nuestra conciencia individual se decreta como el supremo tribunal de nuestro comportamiento, en el que la personal individual es un valor a defender. Así entramos por los derroteros del egoísmo, el cual podemos o no justificar. En este discurso del placer, como lo indica Hume, puede resultar más racional preferir la destrucción del universo a sufrir un rasguño en mi mano.   

El discurso del deseo individual es algo que se ha vuelto natural. Y creo que nadie lo rechazaría. Pero sin darnos cuenta ha anulado ciertos los lazos de unión entre los individuos, lo que deriva del desarrollo de la moral individual que es un triunfo del individuo, pero donde éste a la vez se pierde.

Generalmente, nos pensamos y sentimos como sujetos de apariciones, de cuestiones que consideramos solo nuestras. Sin embargo, sin saberlo somos unos espectadores más de estas apariciones, que es el resultado de acciones que ignoramos. Ya que, somos parte de un entramado que no sabemos explicar, y que ni siquiera conocemos. Pertenecemos a un involuntario hacer personal y social, en el cual creamos relaciones y patrones que transferimos a nuestros deseos y expectativas.

Somos parte de un tramado en el que quedamos atrapados sin darnos cuenta, y en el cual prestamos nuestra colaboración sin ningún esfuerzo. Ya que en éste somos objetos-sujetos de tentación. Todo lo exponemos a la vista. Estamos hastiados de nuestra intimidad. A diario hacemos strip-tease de nosotros mismos, sólo hay que mirar las llamadas redes sociales. En ellas nos ponemos en vitrina y nos exhibimos excitantemente. Y si no es suficiente con exhibirnos a nosotros mismos, exhibimos a los otros.

Nuestra función como seres deseantes nos hace conscientes de nuestras carencias, nos revela lo que nos falta o no. Lo cual, paradójicamente, nos obliga a sentirnos frustrados porque carecemos de abundancia, felicidad, armonía, experiencias… Lo que fomenta mi codicia, mi ambición sobre aquello que tiene lo que deseo, y me induce a un desafío inacabable; para terminar todo esto en un dejarme llevar para así satisfacer mi deseo.

La insistencia publicitaria nos convierte en diseminadores de ansias e insatisfacciones. Se publicita la felicidad, el bienestar, la abundancia, la armonía, la paz espiritual… como productos que podemos adquirir si así lo deseamos. Lo que está planteado es ¿cómo despertar el deseo de adquirir estos productos? En última instancia el producto no importa, lo que importa es el deseo que desea. De allí que se produzcan necesidades y apetencias que sólo pueden satisfechas efímeramente. La obsolescencia planificada de la felicidad, del bienestar, de la armonía…  

En este sentido, se busca preservar el deseo que se necesita para aniquilar un objeto que se desea; y, a la vez, provocar más deseo en este fuego insaciable. Se provoca y se pervive en la insatisfacción del deseo, ya que ésta da muchos dividendos. Por eso es paradójico, porque el deseo que quiere ser satisfecho nunca lo puede ser, un círculo ansioso de satisfacciones insatisfechas. El sujeto se cuece en su propio caldo de deseos, que nunca se termina ni nunca lo cuece totalmente. Debemos recordar el mito de Sísifo.       


Visita en facebook: Consultoría y Asesoría Filosófica Obed Delfín

En: www.arte958.com (todos los martes a las 2:30 pm, hora de Caracas) 

lunes, 11 de agosto de 2014

EL SUJETO Y LA TRANSVALORIZACIÓN DE SUS VALORES: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

En nuestra transvalorización de los valores, como diría el mostachudo, nos hemos propuesto ser rico sin trabajar. Y hemos hecho de esta práctica de obtener algo por nada un modo de vida. Manipulamos mercados, capitales, personas porque creemos sinceramente que no debemos trabajar o producir valor alguno, sino que debemos limitarnos a manejar personas y cosas para obtener nuestra riqueza, que después dilapidamos a nuestro antojo.

Asimismo, vamos detrás de un placer sin conciencia. Nos hemos vuelto codiciosos,  egoístas y sensuales con el disfrute del placer, sin preguntarnos ¿Qué puedo sacar yo de esto? ¿Me gustará? ¿Me facilitará las cosas? Mucha de nosotros deseamos estos placeres sin conciencia ni sentido de la responsabilidad; hasta el punto de abandonar o descuidar completamente a los otros que nos conforman. Sólo quiero disfrutar esta experiencia del placer que me venden, como señala Marina. 

Buscamos, por otra parte, conocimiento sin carácter. Tenemos muchos conocimientos y carecemos de un ethos propio, carecemos de principios éticos pero nos avergonzamos de tener escasos conocimientos formales.

Desarrollamos negocios sin moralidad. Ello determina cómo nos tratamos los unos a los otros, sin espíritu de la benevolencia, ni de servicio ni colaboración. Ignoramos el fundamento moral y permitimos que nuestra visión económica opere sin él, pronto crearemos una sociedad y una forma de hacer negocios y vida inmorales.

Nuestra ciencia se da, en gran medida, sin humanidad. En muchos casos, prevalece en ésta la técnica y la tecnología, que deja al individuo en un limbo ante su humanidad. Pero no es sólo nuestra ciencia sino nuestra vida, ya que aquella sirve de paradigma para ésta. Y pensamos que todo lo podemos resolver con técnica y tecnología, las cuales son necesarias; pero falta también un tender la mano. 

Una vida sin inversión, sólo con gastos. Somos miembros activos y pasivos de diferentes colectivos sociales, si no invertimos en nosotros y en los otros solo somos seres inactivos. Invertir en nuestras necesidades y en la de los demás entraña abundancia en nuestro orgullo y en nuestro ser. No obstante, vemos que hay vidas que se gastan, se derrochan. Nunca han invertido ni en sí mismos ni en los otros. 

Una politeia sin principios ni fundamentos. Si no existen principios éticos honrados para conmigo y los otros tampoco hay una verdadera brújula que nos oriente, no hay nada de qué depender. Vamos dando tumbos sin sentidos. Una ética de la personalidad, y por ende de la existencia, se centra en la creación de una concepción del mundo, que determina mi relación con éste. Concepción que no se vende ni compra en la plaza ni en la calle del mercado social.

La brújula ética se conforma cuando nos rozamos con las personas, cuando a diestra y siniestra dialogamos, con discrepancias y sin ellas, sobre los asuntos que nos permitirán distinguir cuáles serán los principios que guíen nuestro hacer. Sólo en el diálogo descubrimos formas universales y locales de la justicia, la bondad, la dignidad, la caridad, la integridad, la honestidad, la paciencia, entre otras muchas cosas.

Imaginemos en lo puede significar intentar dirigir nuestra vida personal y social, nuestro negocio fundándonos en principios de injusticia, indignidad, deshonestidad… Que alguien considere la injusticia, la mentira, la bajeza, la inutilidad, la mediocridad o la degradación como fundamentos sólidos para el bienestar y el éxito personal o social resulta un sin sentido. Asunto que aborda el divino Platón en República 351c–352a al preguntar a Trasímaco: “¿crees que una ciudad o un ejército, o unos piratas, o unos ladrones, o cualquiera otra gente, sea cual sea la empresa injusta a que vayan en común, pueden llevarla a cabo haciéndose injusticia los unos a los otros?” La pregunta, desde hace 2500 años atrás, también está dirigida a nuestro pensar-hacer.

Podemos no vivir en completa armonía con los otros, pero de alguna manera creemos en ellos. Cuando reflexionamos sobre nuestros valores personales, ¿cómo lo hacemos? Generalmente nuestras respuestas se centran en lo que cada uno de nosotros deseamos lograr, hacer o deseamos recibir. Cuando reflexionamos sobre nuestros principios, ¿cómo lo hacemos? En ambos casos, nos orientamos a escuchar la voz de la conciencia, a prestar oído a las opiniones, juicios, creencias; prestamos atención a nuestra conciencia individual y social.

Nuestros principios y valores son intentos de describirnos, de representarnos en nuestra relación con nosotros mismos y los otros. Son mapas y territorios que vamos perfilando, dibujando. Cuanto más ajustadamente están alineados a nuestro ser, tanto mapas como territorios son guías correctas, precisas y útiles en nuestro pensar-hacer. Ya que tales mapas determinan nuestra eficacia, nuestros esfuerzos por asumir actitudes y comportamientos adecuados a nuestros fines personales y sociales. Y aun cuando el territorio está en perpetuo cambio, cualquier mapa se puede redibujar permanentemente, para que no se haga obsoleto.


PD. Visita en facebook: Consultoría y Asesoría Filosófica Obed Delfín


En: www.arte958.com (todos los martes de 2:30 a 3:30 pm, hora de Caracas) 

jueves, 7 de agosto de 2014

VERGÜENZA Y ANORMALIDAD EN LA DISFUNCIÓN DEL SUJETO: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

Una actitud que domina nuestro andar por la vida es la indiferencia personal. No así la actitud laboral, ya que en ésta hay determinantes que nos cohíben a actuar; sin embargo, está teñida por la indiferencia personal del desinterés. El dejar hacer porque somos libres, el dejar pasar de una liberalidad rampante ha invadido todos los ámbitos de nuestro hacer.

Una ley positiva que pone límites y coacciona al individuo, se da porque no hay más remedio. No obstante, esta es represión exterior que no genera ningún sentimiento de vergüenza, ni culpa, pues no hay reputación personal ni social que perder. Una acción sólo es reprobable porque es ilegal, no porque de vergüenza en sí misma. Cumplir con nuestro deber no acarrea ningún reconocimiento social, posiblemente se dé lo contrario.

Los héroes desde hace tiempo son personajes que llaman la atención por su hacer, que no necesariamente es un buen hacer, ni por su conducta impecable ni por su entrega a los demás. Los ejemplos a imitar se ajustan a criterios que no son edificantes. Por lo que cada vez existe más dificultad para explicar qué significa la dignidad en la vida. En gran medida hemos perdido el sentimiento de vergüenza. No sabemos si debemos celebrarlo o no.

Se ha relacionado la vergüenza con cierto desagrado y disgusto, que la colectividad manifiesta hacia quienes están fuera de la normalidad que ésta establece y preserva para sí misma. Por esta razón, quienes se encuentran fuera de tal normalidad se ven estigmatizados y marginados, cuando no totalmente excluidos de su entorno. Ahora bien, son las comunidades con vínculos más rígidos o definidos las que exhiben normas y criterios más claros y concretos, y por ello las más propicias a rechazar las conductas que tienden a desviarse de las normas por ellas declaradas.

Las sociedades liberales tienden a dejar de llamar las situaciones, las cosas por su nombre; esto tiene el propósito de evitar el prejuicio que el nombre de la situación o de la cosa acarrea. Para ello inventa apelativos especiales para los negros, los discapacitados, los viejos, los dementes, para no herir el amor propio ni comercial de ninguna de las partes que conforman la sociedad. Pretende evitar que alguno se sienta avergonzado de su condición. Pero la condición sigue estando allí.

Vamos borrando los nombres de dominación para sustituirlos por otros. Todo esto con la vana esperanza de que con ello las situaciones desaparezcan. Hay un preceden, y no en una sociedad liberal, lo relata Tucídides que los helenos corrompidos habían llegado a tal estado, que le cambian el nombre a la cosas para justificar su inmoralidad. Lo cierto es que un cambio de nombre es sólo un cambio de nombre, no es nada más que eso. Con ello no se logra acabar con la exclusión ni la estigmatización. 

Tratamos de normar, de ordena situaciones pretendiendo unificar lo desigual y reducir las diferencias. Pues, la norma devasta con todo lo que no se ajusta a ella, esa es la realidad. Además, produce ensañamiento contra quienes no encajan en la norma. El sentimiento de vergüenza que proviene del saberse fuera de lo normal, es el sentimiento que rechaza Nussbaum, y con razón. Porque éste es un sentimiento impuesto, no viene de nosotros mismos; es una imposición que se nos ha hecho. La comunidad nos ha enjuiciado y declarado fuera de la norma, este sentimiento de vergüenza es algo externo a nuestra vergüenza interior, que nace de nuestra conciencia ante el mundo. 

Debe ser rechazado porque este desagrado, hacia lo que no es normal o no esta normado, es usado y manipulado como principio legal, y convierte en ilegal a todo aquel y aquello que produce disgusto a la mayoría. En este sentido, tal desagrado colectivo es una emoción visceral e injustificada sobre aquello que no encaja en la normalidad.

Distinta es la indignación y la vergüenza que provienen de nosotros mismos, la cual puede y debe ser la base de la regulación justa de nuestra vida. La indignación que provoca el daño injusto, la desigualdad flagrante, el abandono de muchos; la vergüenza por el estado del mundo. Tenemos que aprender a diferenciar entre las situaciones que dañan y perjudican a otros, y las que se rehúyen por temor a ser contaminado por algo que disgusta o daña al individuo.  

Antes de facilitar y promover lo que la mayoría juzga como correcto, debemos de proteger al individuo de las arbitrariedades de las presiones sociales. No debemos hacer uso de instrumentos para causar vergüenza, porque éstos no son rasgos de una sociedad decente. Por el contrario, éstos fomentan un sentimiento antisocial, que conduce a la marginación de todos aquellos a quienes se vulnera.
           
Las emociones ponen de manifiesto la vulnerabilidad y la indefensión humana. Hacer uso de éstas para crea vergüenza es indigno, ya que las emociones son reacciones espontáneas que nosotros no dominamos. No se puede permitir alentar emociones que contribuyen a aniquilar a la persona, en lugar de fomentar la estima de ésta. De allí el rechazo al acoso, en todas las instancias. Porque el sentimiento de fracaso que anida en el acoso, en la estigmatización conduce a destruir al sujeto, y con él a la comunidad. Ya que ésta no es invulnerable a la disfunción del sujeto. Y esto cada día lo vamos pagando caro. 


PD. Visita en facebook: Consultoría y Asesoría Filosófica Obed Delfín


En www.arte958fm.com (todos los martes 2:30 a 3:30 pm, hora Caracas)

martes, 5 de agosto de 2014

LA FRAGILIDAD DEL SUJETO: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

Mantenerse en condiciones de formación permanente es importante y saludable. Porque esto nos permite cotidianamente, por una parte, ampliar nuestras perspectivas; y por la otra, adoptar decisiones y compromisos a la luz de estas nuevas perspectivas.

Entre estas nuevas decisiones y compromisos debemos establecernos algunos principios que guíen nuestro hacer, por ejemplo, hacer sólo promesas que vamos a cumplir; asumir resoluciones y compromisos relevantes y significativos para ser nosotros mejores, y por ende las cosas que hagamos serán mejores; debemos emplear el conocimiento de nosotros mismos compartiendo éste con otras personas; por otra parte, hemos de considerar nuestras promesas como una muestra de nuestra integridad, pues en nuestra integridad personal está nuestro éxito con los demás.

            Esto es un sistema personal que funciona; el cual se extenderá a nuestras relaciones con los demás. De este pensar-hacer podrá generarse nuestro equilibrio y orden necesario para actuar en lo individual y lo colectivo. De esto depende que nuestro sistema de hábitos y de valores esté sincronizado. Pues constantemente nos vemos sometidos tanto a dudas y resistencias internas como externas, lo cual nos lleva a fracasar.

El comportamiento activo y adecuado a nuestras metas nos refuerza nuestras buenas intenciones y resoluciones. Éste se da en un tiempo que es favorable para enseñar y capacitar. Sin embargo, hay un tiempo que no es conveniente para enseñar, éste se da cuando las relaciones se hacen tensas y cargadas de emociones; en estas circunstancias el intento de enseñar y capacitar es percibido como una forma de juicio y de rechazo. Por ello, hay que estar atentos a la disposición emocional personal y de las otras personas.

En un caso como este, tal vez el mejor enfoque sea quedarse a solas con la persona, para conversar en privado la cuestión que atañe. Esto exige paciencia y control, requiere gobierno de las emociones.

Una persona, en la cual el gobierno de las emociones no sea el más adecuado a sus fines, posiblemente tienda a apropiarse de fuerzas externas, las cuales pueden ser de su rango de trabajo, de su fortaleza física, de su experiencia, de su intelecto y de emociones comparadas para intentar imponer un equilibrio en su carácter. A la larga, termina deformando su propio carácter.

En primer lugar, porque desarrolla un carácter débil de sí mismo. Al construir éste a partir de energías ajenas; pues toma sus fuerzas del exterior, sea de la autoridad que tiene en el trabajo que ocupa, con lo cual refuerza su dependencia de factores externos. Es decir, su carácter está enajenado, está fuera de sí, por no estar atendido adecuadamente.

En segundo término, desarrolla debilidades en los demás. Los que están en su entorno aprenden a actuar y a reaccionar por medio de emociones encontradas, por ejemplo, por miedo o conformidad; según este mostrándose en un momento determinado. En este sentido, la persona coarta su capacidad de razonar, su libertad, su crecimiento y su disciplina. Lo mismo hace con las otras personas, que actúan de manera reactiva o defensiva.

En tercer lugar, la persona desarrolla relaciones débiles, tensas fundadas en el miedo, la complacencia. En este aspecto, todas las relaciones implicadas se construyen en un marco de arbitrariedad e inestabilidad. Por ejemplo, para ganar una discusión, la persona usa sus puntos fuertes y sus fuerzas externas para arrinconar a la gente. Aunque gane la discusión, todos pierden. Pues, su propia fuerza y la de los demás se transforman en debilidades. No hay principio de cooperación sino de competencia, y ésta última entraña siempre la derrota del otro.

Cuando construimos nuestro ser con fuerzas externas que tomamos de nuestras posesiones, puestos, títulos, apariencias, acreditaciones, status, estamos construyendo un sujeto externo, un otro. Construimos un extraño. ¿Qué pasa cuando esas fuerzas cambian o desaparecen? Quedamos desnudos, paralizados porque esa otra cosa no somos nosotros. Entonces, se exponen ante nosotros esas debilidades que hemos desarrollado como si fuésemos nosotros mismos. Nos mostramos a nosotros mismos en la fragilidad de nuestro ser.

Y acá afloran nuestros conflictos con nuestro yo, porque no me puedo mentir a mí mismo por tiempo indefinido. El yo mostrará su fractura, lo hará de manera irremediable y empezará a gotear su angustia, su decepción, su ansiedad. No hay manera de disfrazar nuestra interioridad, ésta no nos miente. Estamos solos ante nuestra conciencia desventurada, como diría el filósofo de Suttgart, y ante ésta estamos sometidos a nuestro propio juicio.   

¿Qué queda entonces? Sólo el yo. Y éste tiene que reconstruirse o perecerá. ¿De cuáles fuentes podemos extraer nuestras fuerzas? Las que existen están en nuestro yo, y no excluyen las anteriores porque esas son parte de nuestro pensar hacer. Pero tenemos que repensarla para así reconfigurarlas.



PD. Visita en facebook: Consultoría y Asesoría Filosófica Obed Delfín


En www.arte958fm.com (todos los martes 1:30 a 2:30 pm, hora Caracas)

lunes, 4 de agosto de 2014

EL DESARROLLO DEL SUJETO COMO UNA CADENA DE EVENTOS: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

En el desarrollo de nuestras potencialidades está implícito nuestro crecimiento personal. Este crecimiento no es proceso natural, se necesitan artificios para lograrlo. Se da en la construcción de nuestras relaciones personales y en nuestro propio esfuerzo individual. Y a partir de allí podemos comenzamos a recoge lo que hemos sembrado en nosotros y los demás. Podemos decir, que el crecimiento se da a través de una cadena de eventos, en la cual nos podemos saltar alguno, pero seguro que tendremos que volver a éste, ya que es un eslabón que no se ha realizado.

Durante este proceso estamos en diferentes niveles de crecimiento, que son niveles de pensares y haceres diferentes constituidos por lo físico, lo social, emocional e intelectual. De allí que cada proceso de despliegue personal sea diferente, ya que tiene sus particularidades específicas. Aunque en aspectos generales sea semejante para todos. Por ejemplo, si me encuentro en un nivel de desarrollo personal diferente a alguien, lo más probable es que las cosas sobre las que debo trabajar sean diferentes; e incluso estando en el mismo nivel las trabajaré de manera diferente, ya que somos dos individuos que interpretamos el mundo de forma particular. No hay uniformidad absoluta, eso lo sabemos.  

De allí que las comparaciones siempre sean peligrosas, y hay que actuar con cierta prudencia. Las comparaciones generan mucha inseguridad. No obstante, abusamos de ellas, las hacemos, por ejemplo, con nuestros hijos, compañeros de trabajo, y otros conocidos o desconocidos. Si atinar sobre qué tipo de comparación estamos haciendo, cuál es su fin. Comparamos alegremente, sin atender a las determinaciones que están influyendo en una u otra persona. Por ello, causamos heridas.  

Si nuestro sistema personal de valores y seguridades proviene de comparaciones, esto quiere decir que estamos buscando las miradas de los otros para vernos, no lo hacemos desde nuestra propia perspectiva. Si sólo dependemos de la mirada del otro viviremos inseguros y angustiados, pues somos dependientes de esa mirada. Nos sentiremos superiores o inferiores de acuerdo a esa mirada que el otro hace de nosotros. Somos una mirada del otro.

Sabemos que las opiniones, como las costumbres y las modas cambian constantemente. No puede existir seguridad al sólo estar sometido a la opinión de los otros. Nuestra seguridad, en primera instancia, depende de nosotros; luego provendrá del exterior. Por ello, no podemos construir nuestros valores y seguridades, es decir, nuestro carácter, sólo de instancias externas, ya esta dependencia ni desarrolla ni fortalece, sólo crea debilidades. Es necesario desarrollar y desplegar nuestra mirada sobre nosotros mismos. La otra mirada importa, pero la nuestra es primordial. 

Es nuestro pensar-hacer lo que debemos analizar, si queremos compararnos debemos ser justos con nosotros mismos, y saber que esta comparación no es un juicio sino una mera evaluación, para aprovechar lo que nuestro entorno nos ofrece. Nuestra felicidad la fundamos, en primer lugar, en nuestro progreso, no en el del otro. Luego podemos compartir nuestra felicidad, y es necesario este compartir; porque de que vale tener una felicidad si ésta está replegada sobre sí misma. De este modo, nuestro deseo de bienestar personal lo compartimos con nuestro de deseo de relacionarnos.   
           
Nos basamos en nosotros y en los otros. Esta relación es intrínseca. No existen atajos personales, que como bucles sólo nos hacen volver sobre nosotros. El bucle también nos conduce sobre los otros. Y este proceso es parte de la cadena de eventos de nuestro desarrollo personal. El proceso es metódico, puedo saltar pasos, si así lo deseo, pero a la larga lo más probable es me encuentre volviendo a ellos para completarlos. A veces hacemos esos saltos para impresionar, y ¿a quién queremos impresionar? A los otros, volvemos a estar afuera de nosotros, estamos de nuevo en un inicio de la cadena de eventos.  Cuando tratamos de aparentar ser más de lo que somos, terminamos porque los demás y nosotros mismos nos perdamos el respeto.
   
En este proceso desarrollo personal debemos partir de donde estamos, desde nuestro punto inicial. De este yo que soy aquí y ahora. Para ello necesito pensar en lo que soy y he sido, por eso mi pasado es importante, no lo puedo echar al olvido; pues tengo que analizarlo, pensarlo. Verme en ese espejo que he venido siendo. Reflexionar sobre este que he sido y soy, reflexionar sobre cómo es y ha sido mi relación con otras personas. Este análisis de mi mismo y de mi relación con los otros, es lo que me permite establecer objetivos y metas a futuro. Plantearme qué quiero llegar a ser.    

Esta introspección reflexiva me permite una comprensión de mis fortalezas, de mis oportunidades, de mis posibilidades en futuro que yo me planteo para mí, y  para con quienes mantengo relaciones. Ahora me planteo lo que deseo ser, lo que debería ser según lo que soy y lo voy hacer; lo que deseo ser en mi relación con los demás, cómo va a ser esa relación con los otros. Es por nosotros por donde debemos empezar. Nuestra reflexión se debe iniciar en nosotros mismos, en ésta incluiremos a los otros necesariamente.  

No importa si no sabemos qué cosa irá después de la otra en este proceso. Lo importante, en primer lugar, es iniciar este proceso de reflexión. Nuestro esquema y proceso de desarrollo lo iremos develando solos o con ayuda de otro. Lo importante es comenzar por donde estamos hoy.



PD. Visita en facebook: Consultoría y Asesoría Filosófica Obed Delfín


En www.arte958fm.com (todos los martes 1:30 a 2:30 pm, hora Caracas)

lunes, 28 de julio de 2014

DE LAS FUERZAS RESTRICTIVAS A LA ENERGÍA IMPULSORA PARA LA CONSTRUCCIÓN DEL SUJETO: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

La inercia de nuestro pasado es, a veces, una fuerza muy resistente, muy aferrada a nuestro hacer.  Para llegar a producir una ruptura con nuestros viejos hábitos y elaborar otros nuevos se debe aprender a manejar esas fuerzas restrictivas a las que nosotros nos hemos atados. Pues además de romper con estas fuerzas, debemos ahora aprovechar nuestras fuerzas impulsoras para alcanzar una victoria privada y cotidiana. Como vemos nos encontramos en medio de dos fuerzas antagónicas. Depende de nosotros cuál de ellas vence. 

Superar la inercia de nuestro pasado depende, en gran medida, de disponer de una clara identidad de nosotros y de una bien definida meta que deseamos alcanzar. Esto es, saber quién soy y qué es lo que en verdad quiero llevar a cabo, qué quiero conseguir con mí pensar-hacer. Si esto lo tenemos claro, nuestras posibilidades de alcanzar una meta aumentan. Pues una gestión vigorosa de mí mismo es afirmada con facilidad por mis emociones, mis disposiciones de ánimo y por las circunstancias en las cuales llevo mi hacer.

Ahora bien, para ser eficaces debemos elaborar nuestra propia agenda de acciones, nuestros horarios, debemos aprender a organizar nuestro espacio-tiempo, adaptar nuestras circunstancias particulares a circunstancias generales, para no hacer cambios caprichosos en nuestros planes. Es decir, debemos ejercer disciplina y concentración en nuestro hacer, para no estar sometidos a disposiciones de ánimo ni a circunstancias volátiles.

Es importante, entonces, dedicar nuestro espacio-tiempo a la planificación, a la elaboración de proyectos y al trabajo creativo que es importante. No basta con un simple querer, una simple declaración. El desarrollo de nuestra disciplina es factor primordial para superar nuestra inercia del pasado; ésta la podemos definir, en primera instancia, como el hábito de hacer y cumplir nuestras promesas y de respetar nuestros compromisos, para con nosotros mismos y para con los demás.

Por medio de la disciplina registramos nuestros roles y metas fortaleciendo nuestro sentido de elección y decisión. Ésta nos recuerda que debemos administrar nuestro espacio-tiempo y nuestros recursos con el fin de cumplir nuestras promesas y compromisos.

Sin un hábito de disciplina coherente consumimos más esfuerzo y energía para iniciar un nuevo comportamiento. Pues nuestros viejos hábitos ejercen una poderosa fuerza de desidia. Muchas veces, nuestra propia resolución y fuerza de voluntad no bastan. En este caso, necesitamos una alianza, que actúe como fuerza renovadora, con otras personas que estén comprometidas en lo mismo o en algo semejante. Necesitamos unir fuerzas, establecer relaciones en las cuales acordamos hacer algo determinado. Recordemos que somos seres que nos relacionamos.

Hay fuerzas restrictivas que nos aferran a nuestros viejos y malos hábitos: En primer lugar, nuestros apetitos sin sentido. Segundo, nuestro orgullo mal dirigido. Tercero, una ambición sin una ética de la virtud.

Todos tenemos apetitos y pasiones. Es parte de nuestra naturaleza y no podemos prescindir de ellos. Las necesitamos para nuestra acción. Pues lo que nos hacemos movernos son las pasiones, tal como indiqué en otro artículo. No obstante, no podemos sucumbir a apetitos o pasiones sin sentidos porque estaríamos andando sin brújula; de allí la necesidad del gobierno de las emociones, como bien lo señala Victoria Camp. Debemos darles sentido a nuestros apetitos y pasiones según nuestro propósito de vida y metas.

En segundo término señalamos el orgullo y nuestras pretensiones mal dirigidas. Si la estima de nosotros mismos no está fundada en nuestra propia seguridad como individuos, entonces nos escondemos de nosotros mismos, buscamos nuestra identidad y la aprobación de ésta en los demás. En este sentido, por una parte, nos negamos; por la otra, el concepto que tenemos de nosotros proviene de lo que los demás piensan de nosotros, acá orientamos nuestra vida para satisfacer las expectativas de los otros; que, por lo general, no coinciden con las nuestras.

En uno u otro caso, nuestras expectativas cambian, fluctúan porque no son nuestras. El orgullo de nosotros está mal dirigido y termina resquebrándose. Y cada día nos volvemos más inseguros y temerosos; o reaccionamos con rabia y nos volvemos más presuntuosos, pretendemos ser más que los demás. Pero esto no es más que signo de nuestra debilidad. Ambos aspectos terminan siendo dañinos para la construcción del sujeto que somos.      

Por último, cuando nos cegamos por una ambición sin una ética de la virtud, tratamos de ser comprendidos a la fuerza y de alcanzar la gloria a cualquier precio, apelamos a una frase de Maquiavelo que éste nunca dijo, el fin justifica los medios. Guiamos nuestra vida sólo por la posición social, laboral… el poder que podemos ejercer sobre los otros, y el ascenso sin importarnos a quien nos llevamos por delante.

Hacemos esto bajo el impulso de una ambición sin virtud, en lugar de considerar el tiempo, el talento y las posesiones como algo de lo cual somos responsables y por lo cual debemos rendir cuentas a nosotros y a los otros.

Una ambición sin virtud convierte a los individuos en seres con aspiraciones intensamente posesivas. Lo interpretan todo en función de lo que pueden obtener para ellos. Convierten a los demás en objetos de uso, y cualquiera es un competidor al que hay que desplazar. Todas  sus relaciones tienden a ser competitivas. Su actuar siempre está bajo la sombra de la manipulación para alcanzar sus fines.




PD. Visita en facebook: Consultoría y Asesoría Filosófica Obed Delfín

miércoles, 23 de julio de 2014

NUESTRA PASIÓN REFLEXIVA EN EL HACER CON EL OTRO: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

La pasión contiene en sí un juicio, por ello no es un mero hecho empírico. Nuestras emociones experimentadas cuando vivimos y actuamos son emociones de primer orden. Los sentimientos morales, por su parte, son emociones de segundo orden, ya que derivan de un juicio moral; tomemos por caso, el sentimiento de desagrado que nos causa alguna acción que nos parece injusta, este sentimiento es moral y de segundo grado. En este aspecto, el juicio moral además de ser un sentimiento de aprobación o desaprobación ante una situación, también es un aspecto afectivo y cognitivo.

La moralidad que procede del sentimiento es más sentida que juzgada. Nosotros sentimos que las cosas buenas son agradables, que la virtud produce satisfacción e incluso podemos decir que produce placer. El origen de este sentimiento moral que nos acerca unos a otros es la simpatía y el interés común que compartimos, ninguno de nosotros estamos desprovisto del sentir moral; aunque este sentido moral es una potencialidad que no siempre está bien empleada.

La teoría moral que descansa en las pasiones busca la forma de cómo éstas deben ser empleadas, en lugar de combatirlas. Esto no quiere decir que todas las emociones sean igualmente útiles para la vida común. Por eso se propone modularlas en función de una organización social equilibrada. Pues en las pasiones está el móvil de toda acción, como ha señalado Aristóteles.

Podemos pensar el juicio moral como una pasión reflexiva, esto es, un tipo de sentimiento reflexivo en el que el pensar y el sentir están integrados en un nivel más estrecho, aunque ambos se estructuran de modo diferente. A través de esta pasión reflexiva, en ciertas situaciones, podemos alcanzar cierta imparcialidad sin prescindir de nuestros afectos. 
           
Nuestro sentimiento moral y nuestra simpatía es intersubjetiva, gracias a éstas nos ocurren dos cosas: sentimos el dolor del otro y desaprobamos ese dolor. En este sentir aprendemos a apreciar lo que nos produce placer y a desestimar lo que nos produce dolor; no sólo en nosotros, sino también en los demás. A este sentimiento lo llamamos simpatía.

La simpatía construida socialmente no significa que ésta sea conformista. Nuestro entorno nos proporciona suficientes recursos para oponernos y para destruir los prejuicios y las supersticiones, así como para aceptarlos como algo dado. Cuando ampliamos nuestros contactos con los demás y lo extendemos en el espacio-tiempo, aprendemos a distinguir los juicios morales que son distorsionados e interesados de los que son imparciales, es decir, llegamos a distinguir lo que la gente aprueba de lo que debe ser aprobado.

Nuestra experiencia reflexiva nos enseña la forma de corregir nuestros sentimientos en función de las metas que nos proponemos, pues no todos tienen un mismo valor moral. Esto  significa que debemos reflexionar sobre nuestros sentimientos de placer y dolor, ya que sin esta reflexión no seríamos capaces de asentir o disentir sobre en acontecimiento moral.

Este sentimiento reflexivo es importante porque muchos de nuestros juicios morales se nos presentan envueltos en la incertidumbre y nos hacen dudar. De allí, que sea necesario mantener una constante observación sobre nosotros sí mismos y mantener nuestra reflexión en un continuo pensar desde los vicios hacia las virtudes. 

Nuestros sentimientos de compasión o simpatía van parejos a nuestra capacidad de colocarnos en el lugar del otro; de ponernos en la situación de un espectador que se esfuerza en hacer suyos unos sentimientos que en ese momento no tenemos, y puede ser no hayamos experimentado nunca. Puede ser que no sepamos lo que el otro siente, pero podemos imaginarnos en una situación semejante a la que vemos en el otro, y así pensar cómo nos sentiríamos nosotros estando en una situación semejante. Por ello, muchas películas u obras de teatro nos conmueven; muchas más de hacerlo una situación real con el otro.

Este movimiento recíproco de simpatía nos lleva a conseguir, en muchos casos, la armonía de sentimientos en nuestro entorno sea familiar, laboral, vecinal… Esta reciprocidad nos lleva, por una parte, a colocarnos en una situación en la que hacemos nuestro los sentimientos de la persona que está afectada; por otra, que la persona afecta pueda calmar sus emociones al límite que nosotros podamos aceptar compartir con ella.

Nosotros como espectador en simpatía con el otro actuamos a modo de catalizador para calibrar las pasiones de esta persona y las nuestras. En otras palabras, en ese momento estamos comprometidos emocionalmente con la otra persona y ella con nosotros. En tal situación, esa persona es una figura que es la proyección de nosotros mismos, del esfuerzo por juzgar nuestros sentimientos imaginando qué efecto producirá en ella.

Este sentimiento de simpatía o compasión nos explica el juicio aprobatorio o reprobatorio que hacemos ante ciertos actos. Aunque tal sentir es propio de nosotros, muchas veces, sufre desviaciones debido a nuestro egoísmo, que igualmente es atributo de nuestra condición humana. Bien sabemos, por experiencia, hay que procurar que prevalezcan los sentimientos más favorables para el mantenimiento de nuestras relaciones personales, sociales, laborales… pues, por el contrario, nuestras pasiones nos conducirán a la destrucción de nuestras relaciones, a nosotros mismos. De allí, que necesitemos de nuestra pasión reflexiva.  




PD. Visita en facebook: Consultoría y Asesoría Filosófica Obed Delfín.