miércoles, 6 de enero de 2016

«PARANORMAN» Y LA RESOLUCIÓN DE CONFLICTOS: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

          Norman Babcock Prenderghast y Neil Downe son dos personajes interesantes. En primer lugar, porque ambos son unos freaks sociales. Y no tienen ningún problema en reconocerse como tales y aceptar esa condición. Incluso Neil Downe llega a decir que el acoso social es parte de la «ley natural de vivir», y en esto tiene mucha de razón. Aunque en el intercambio social nosotros cuestionamos el acoso, lo practicamos con nuestras diversas actitudes hacia los demás sin darnos cuenta. Ya que como dice Kazantzakis, en Zorba, “es una bestia feroz el joven, la juventud es inhumana y cerrada a toda comprensión”.

            Lo que entienden ambos personajes, es que por tener intereses diferente al resto de sus coetáneos se ven sometidos al acoso. Mucho más de sus compañeros de escuela o de muchachos de su misma edad. No obstante, esto no les impide seguir haciendo lo que hacen o ser como son. Es importante destacar esto, porque muchas personas que se ven sometidas al acoso social quieren mimetizarse con el resto, para de esta forma ser aceptados. O abandonan lo que hacen o son para no seguir padeciendo el acoso, o en muchas casos la indiferencia del resto de las personas.

            Nuestra vida social, e incluso familiar, está conformada por esa no aceptación de lo que somos o hacemos. Y no son solo los otros. Nosotros también actuamos como acosadores sociales, al no aceptar a otros o ignorarlos. Recordemos que ignorar al otro es una forma de acoso, ya que mostramos una actitud de rechazo, de desagrado para con esa persona. Esto es muy común, y no nos percatamos de ello. Es como dice Neil Downe es un hecho natural. Esto nos permite configurar nuestro entorno laboral, social, familiar…

            Por tanto, siempre somos víctimas y victimarios.  No estoy avalando el acoso en su forma más agresiva, esto es otro asunto, porque tiene implicaciones éticas y morales. Me refiero a esa diferencia que marcamos para con los otros. Y que nosotros pensamos que no es acoso. No podemos estar abiertos a todo del mundo, quien diga esto debe tener un complejo de santo, y debe ser revisado. Nosotros hacemos distinciones para con las personas, es un asunto natural y social.

            Lo que sí es importante destacar es la entereza que muestran Norman Babcock Prenderghast y Neil Downe al aceptar, sin ningún empacho, su situación de freak social. Esto los hace sujetos de su condición y de sus circunstancias. Son lo que son. Y así se presentan ante el mundo con el cual conviven.

            El segundo aspecto interesante de ambos personajes, es la disposición a asumir la resolución del conflicto en los han metidos. Particularmente Norman Babcock Prenderghast, a quien su tío, el loco Prenderghast, ha encomendado la custodia de la tumba de Agatha Prenderghast. Asunto que es motivo de una leyenda en el pueblo.

            Norman no sabe exactamente cuál es el asunto de aquella condena por brujería, que es motivo de historia local. Mucho menos lo que tiene que hacer para que la condenada no salga de su tumba. En esto hay una confusión generalizada; ya que todo el pueblo piensa que aquellos que condenaron a Agatha Prenderghast son unos zombies, que se quieren comer a la gente. Acá se hace necesario tener la información correcta para conocer cuál es la situación real o lo que en verdad sucede; principio fundamental para la resolución de un conflicto.

             Los datos y hechos deben ser conocidos correctamente. La búsqueda de información es fundamental, de allí que los asustados muchachos se dirijan a la biblioteca, porque ellos no conocen cuáles fueron los hechos que desencadenaron lo que está sucediendo. Ya que la teoría de la toma de decisiones busca; por una parte, los criterios racionales; por otra, las motivaciones humanas en las diferentes situaciones, para llevar a cabo la toma de decisiones pertinentes.

            Por otra parte, para llevar adelante la resolución de conflictos es necesario escuchar las partes involucradas. Esto lo hace Norman Babcock Prenderghast. Por una parte, escucha a los jueces que juzgaron a Agatha Prenderghast y llega a conocer cuál es situación; por otra, se enfrenta a la víctima de aquellos jueces, quienes injustamente condenaron a la muerte a aquella niña.

La teoría de la toma de decisión, para la resolución de conflicto, concierne a la identificación de la mejor decisión que pueda ser tomada; la persona que tenga que tomar las decisiones debe poseer una información completa, ser capaz de calcular con precisión y con completa racionalidad. En ningún caso, la racionalidad excluye la emocionalidad, sino que la gobierna para la resolución del conflicto. Norman Babcock está asustado, la emoción del miedo lo embarga. No obstante, asume el conjunto de toma de decisiones para resolver el conflicto de manera racional.

En la conversación con Agatha Prenderghast, Norman Babcock le muestra a la niña que su posición es errada. Porque en el desconocimiento de sí misma, ella causa más dolor que satisfacción a su venganza, la cual se ha hecho ilimitada. En este sentido, expone los argumentos racionales y necesarios para que el conflicto, que lleva varios siglos, cese. No es fácil la posición de las partes enfrentadas. No obstante, la mediación de Norman hace posible el triunfo del gobierno de las emociones y el fin del conflicto.    


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viernes, 18 de diciembre de 2015

DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE HUMILDAD: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

Ser humilde está de moda. Incluso es una exigencia, y uno no sabe por qué. Se nos exige ser humilde, sin saber en qué consiste la noción de humildad[1]. No obstante, seguimos exigiendo y loando tal condición como una razón fundamental en nuestro hacer cotidiano. Nicola Abbagnano[2] señala, en primera instancia, que la humildad es “la actitud de voluntaria abyección, típica de la religiosidad medieval, sugerida por la creencia en la naturaleza miserable y pecaminosa del hombre.”

Como vemos estamos ante una concepción religiosa medieval que considera que somos unos seres miserables y pecaminosos, por lo que debemos tener una actitud abyecta. De esta idea parte nuestra concepción de humildad. Abbagnano cita a Bernardo de Claraval, para quien la humildad “es la virtud por la cual el hombre, con verdadero reconocimiento de sí, se tiene a sí mismo por vil”. Como apreciamos, en esto consiste ser humilde, tenerse a uno mismo por un sujeto vil.

Por su parte, San Pablo entendió la humildad “como ausencia del espíritu de competencia y de vanagloria”, nos precisa Abbagnano. Tomas de Aquino, por su parte, equipara la humildad con la magnanimidad[3]. En este sentido, Aquino está más cerca de Aristóteles que de Bernardo de Claraval y de la concepción medieval. Ya que le da un carácter filosófico y no religioso a la noción de humildad.

Debemos señalar que la humildad no es una noción bien vista por los filósofos griegos, ya que consideraron a ésta como algo propio de la bajeza de nacimiento, como sumisión y algo falto de valor o de poco valor. En la Edad Moderna, Spinoza negó que la humildad fuese una virtud y la consideró una emoción pasiva, nos señala Abbagnano. Por cuanto ésta nace del hecho de que, expresa Spinoza, "el hombre considera su impotencia. Pues si suponemos que el hombre considera su impotencia por el hecho de que entiende algo más potente que él y con este conocimiento limita su potencia de obrar…" En la humildad el sujeto es impotente ante algo que es superior a él. De aquí que es un ser limitado.

Kant, nos dice Abbagnano, distinguió dos tipos de humildad. A saber, la «humildad moral» que es "el sentimiento de la pequeñez de nuestro valor en relación con la ley"; y la «humildad espuria» que es "la pretensión de adquirir, mediante la renuncia a cualquier valor moral de sí, un valor moral oculto". En la primera apreciamos nuestra pequeñez ante la ley; en la segunda la solicitud de querer tener un valor moral que no es en sí mismo. En ningún caso, en Kant hay un sentido o consideración religiosa con respecto a la humildad.

Por otra parte, el filósofo de Königsberg nos indica que “la pretensión en superar a los demás rebajándose a sí mismo es una ambición opuesta al deber hacia los demás y el servirse de este medio para obtener el favor de otros es hipocresía y adulación”. Se refiere a la «falsa humildad», de la cual muchas personas hacen uso para conseguir bienes a su conveniencia.

Nietzsche consideró que la humildad es un aspecto de la "moral de los esclavos". Esta concepción de la humildad, nos indica Abbagnano, está dirigida contra la concepción medieval. Como apreciamos, en sentido filosófico el humildad es un concepto poco venturoso. Y en el sentido religioso medieval nos considera como sujetos viles, nada apropiados para una sociedad de la «autoestima» y del éxito. 

La concepción de humildad, como apreciamos, corresponde a una relación con un ser superior a nosotros. Ante el cual solo tenemos, por nuestra condición de inferioridad, que ser humildes. Entonces, ¿cómo podemos ser humildes con un igual? Esto es un problema que se plantea frente a aquellos que abogan por la humildad, como condición fundamental en las relaciones interpersonales. Ya que nos encontramos ante el hecho de tratar al otro o como un ser superior o tratarlo como un igual. Si lo tratamos como un igual no podemos ser humildes ante este otro sujeto, si lo tratamos como una entidad superior le estamos dando atributos que no le corresponden como sujeto.

Considero que aquellos que pregonan la humildad, lo que hacen es contraponer ésta con respecto a la actitud soberbia. En vez de decir no seas soberbio, dicen se humilde. En este sentido, habría que hablar de no ser soberbios en las relaciones interpersonales y no de ser humildes. Dice Aristóteles que “los soberbios son necios porque se engañan acerca de sí mismos: comienzan empresas honorables creyendo ser dignos de ellas, pero así sólo hacen resaltar su insuficiencia” «Ética a Nicómaco» IV, 3, 1125 a 27.

La soberbia es el vicio de la magnanimidad, es decir, de la grandeza de ánimo o espíritu. Spinoza señala, en «Ethica» III, 26, que “la soberbia es... una alegría nacida del hecho de que el hombre se estima a sí en más de lo justo". Al estimarnos más de la cuenta despreciamos al otro en tanto sujeto. Por tanto, en lo que éste hace y piensa. Lo consideramos un algo inferior a nosotros.  De allí lo intolerable de la actitud soberbia.

Debemos evitar la soberbia cuando establecemos nuestras relaciones en los diferentes ámbitos personales, ya que ésta es generadora de conflictos interpersonales. Esta actitud, además, nos impide ver las posibilidades generadoras que hay en los otros. Y nubla nuestras propias posibilidades, más adelante nos pasará factura en nuestra vida.


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[1] El término humildad viene del griego «ταπεινοφροσύνη» y del latín «humilitas».
[2] Nicola Abbagnano. Diccionario de Filosofía, México, Fondo de Cultura Económica, décima reimpresión, 1993, pp. 630-631.
[3] Acerca de este concepto he escrito “De la magnanimidad en nuestro pensar-hacer”. Ver: http://obeddelfin.blogspot.com/2015/05/de-la-magnanimidad-en-nuestro-pensar.html

viernes, 11 de diciembre de 2015

DEL POST POST A LA POLÍTICA VENEZOLANA DE PRINCIPIO DEL SIGLO XXI

Karl Marx, al inicio de «El dieciocho brumario de Luis Bonaparte» indica: “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal se producen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia[1] y otra vez como farsa”. En la «realpolitik», como dicen los alemanes, esto sucede muy a menudo. Por diferentes razones, entre éstas el desconocimiento u olvido de la historia política.

            En el caso venezolano del siglo XXI es un hecho. Posterior a la figura de Chávez lo que se ha dado es una farsa o comedia. Se ha querido rememorar, malamente, a una figura ya ida. Un caso paralelo, pero no igual, fue López Contreras. Quien a mi juicio, era tan dictador como Juan Vicente Gómez, su tutor. López, como bien se sabe, fue el designado por Gómez para sucederlo; ya que ocupaba el cargo de Ministro de Guerra al momento de la muerte de aquel.

            López Contreras fue el sucesor-designado y luego electo presidente. Hasta acá las semejanzas, solo semejanzas. Algo parecido sucedió entre finales del 2012 y el año 2013. Sin embargo, López pudo otear que la situación política no era la misma que había vivido su antecesor. Que la cosa política y social había cambiado. De allí que empezó a alejarse con cautela de las maneras de gobernar del hombre de La Mulera.

            En eso podemos decir que fue habilidoso, como corresponde a alguien que pretenda ejercer una buena «realpolitik». En lo que respecta a lo sucedido en el siglo XXI fue diferente, ya que el designado, y luego elegido, no pudo ver que la situación política no era la misma. Y se empeño en continuar la misma manera de gobernar del hombre de Sabaneta; de allí la farsa como señaló el barbudo de Tréveris. Tal empeño ha estado plagado de errores; pero así actúan, por lo general, quienes perseveran en una concepción mesiánica.

            Para evitar la farsa era necesario plantearse una «realpolitik» para gobernar. Pero esto no era posible desde el principio, porque el principio mismo ya era inamovible. Se hace necesaria una cita larga del mismo barbudo y del mismo texto ya indicado:

Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y transmite el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos se disponen precisamente a revolucionarse y a revolucionar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal.

            En la «realpolitik» es necesario deslastrarse de la tradición, pero no olvidar la historia. Esta última tiene que estar presente, para no hacer la farsa pensando que se hace la tragedia. El hombre de Queniquea fue más habilidoso que el electo del siglo XXI. En esto el proyecto andino se amoldó  a las circunstancias que se le presentaron. Por el contrario, el legado se impuso a toda circunstancia posible; incluso impidió toda posibilidad. “Todo un pueblo que creía haberse dado un impulso acelerado por medio de una revolución, se encuentra de pronto retrotraído a una época fenecida…” palabras del ya citado.

Querer repetir febrilmente el pasado o aferrarse a él conduce a un callejón que pocas veces tiene salida. Lo que en la política real se convierte en una trampa a corto plazo. De allí que el legado se convierta en la misma trampa que hay que evitar. Por lo que el mismo Marx señala, con respecto a su tiempo, que “la revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir”. Esto lo decía Castro Leiva en «De la patria boba a la teología bolivariana», al hacer la crítica a toda esa semiología política.

Entonces, como no entender que haya ocurrido una derrota que ya estaba incubada desde el mismo inicio de la elección, y agrandada con el paso del tiempo. Los electores son los mismos, no hay una nueva población. “Así contesta al coup de main de febrero de 1848 el coup de tête de diciembre de 1851. Por donde se vino, se fue”, señalaba Marx. Lo que hay son circunstancias diferentes con los mismos referentes, es decir, una farsa en el sentido expuesto por Marx.

            De allí los llamados al debate, al análisis, a la reflexión. No a la acción. Ya que ésta está negada por el pasado, por la semiótica que da vueltas sobre antiguas glorias. De allí el retorno a caricaturas. El hablar en la mudez, el decir sin decir nada. Porque, como indica Marx, “quedaría por explicar cómo tres caballeros de industria pudieron sorprender y reducir a cautiverio, sin resistencia, a una nación de 36 millones”. Una cifra cerca a la actual.



[1] Debemos entender, en este caso, tragedia en el sentido del teatro griego, y no como algo catastrófico. En el caso de la farsa, se refiere a la comedia, la comparsa, la bufonería. Esta nota es nuestra, no pertenece a Marx.

jueves, 5 de noviembre de 2015

THELMA Y LOUISE O LOS ENCANTOS DE CIRCE: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

Thelma y Louise es un doble canto a la vida. En primer término, a esa vida que uno por sí mismo elige, y no la que otro le impone. En medio de este primer canto es paradójica porque ambas mueren, en ese intento de preservar la vida que la vida le has hecho elegir. Es no dejarse amedrentar por los avatares de las circunstancias. Es ponerse en píe, sin importar cuánto miedo se sienta. Es plantarle cara a la vida. Eso es la odisea de estas dos mujeres.

           En ese estar en la vía, como diría Jack Kerouac, Thelma y Louise hacen su viaje como así lo hizo Odiseo. Se enfrentan a los cantos de sirenas y a todos aquellos cíclopes que hacen de la vida una desventura. Solo se tienen a cada una como si fuesen una sola. Eran dos días nada más, que se convirtieron en toda una vida. Que hizo de Thelma a Louise, y de Louise a Thelma, como aquel paso Sancho Panza al Quijote y de éste a aquel. Se transmutan.

Cada una se abandona a la otra. La realidad las acecha, para impedirles su evasión de esta realidad. La realidad palpable, la realidad mezquina. Sin embargo, es que ella donde ambas se fraguan su carácter, y se descubren. Como diría Ortega y Gasset, “¡Cuánta astucia supone la fuga genial!”. La astucia de dormir y vivir con la existencia atada al abismo. La fuga de esta vida del hastío, por la excitación que se agazapa debajo del miedo.

La vida aburrida, repetitiva; esa que da hastío. La de cada mañana y cada tarde. La del mal vino, si es que es vino. La vida de la vida desaparecida. En esa vida donde los sujetos dejan de ser sujetos para convertirse en objetos. El marido imbécil de Thelma, el restaurante donde deja la vida Louise, el puercoespín que quiere violar a Thelma. Todo vacío y sin poder llenar. Por eso eran dos días nada más, de fiesta y alegría. Allí empezó todo.

El segundo canto a la vida de Thelma y Louise es el de amistad. De la cual dice Cicerón, “pues ciertamente siento la falta de un amigo cual no habrá nunca semejante…  Y afligirse uno gravemente por sus desgracias, no es de quien ama al amigo, sino de quien se ama a sí mismo”. Porque la amistad es amar tanto al otro como se puede amar a uno mismo. De eso nos dan ejemplo, las dos mujeres en medio de sus desgracias. Se expresan esa filia hacia la otra.

No importan para uno y la otra las cosas que van haciendo torpemente. La amistad se preserva porque, como bien dice Cicerón, la mayor fuerza de la amistad consiste “en los estudios, en los deseos y en los pareceres”. En estos últimos van reconstruyendo, a cada momento, Thelma y Louise sus vínculos más estrechos. Se van despojando de cada cosa y la amistad se convierte en lo esencial. 

En estos pareceres y deseos está a prueba laamistad, en este caso, la vida misma. Porque “no es otra cosa la amistad que un sumo consentimiento en las cosa divinas y humanas con amor y benevolencia; don tan grande, que no sé si han concedido los Dioses (excepto la sabiduría) otro mayor a los mortales”, dirá Cicerón. Es el consentimiento con el otro, la puesta en el amor, por ello éste no necesita la transparencia como dice Byung-Chul Han; al indicar “hay que negar el presente represivo y aceptar la existencia del otro y, de su mano, la posibilidad del amor”.
                                   
Las torpezas y desatinos de Thelma no son nada para Louise, ella es así. La quiere por lo que es. La amistad es eso, querer al otro por lo que es, y no por lo que uno quiere que sea. Y vuelvo nuevamente a Cicerón, quien nos enseña que “la amistad abraza muchas cosas; a cualquiera parte que nos volvamos, la encontramos pronta, en todas tiene lugar, nunca es impertinente, jamás molesta”. En esto consiste un espíritu en su magnanimidad. La mano tendida y presta.

En este artículo dedica a Thelma y Louise en las palabras de Cicerón, éste nos recuerda “porque el verdadero amigo le mira el otro como a una imagen de sí mismo”. Por ello la amistad no necesita de la «transparencia», concepto tan cacareado últimamente. “Porque donde rige la transparencia, no hay lugar para la confianza” nos puntualiza Byung-Chul Han. Y continua el filósofo coreano, “la transparencia suprime la confianza… solo se pide transparencia insistentemente en una sociedad en la que la confianza ya no existe como valor”.

Para qué la transparencia, si “en la amistad nada es fingido, nada disimulado, todo cuanto hay de ella es verdadero, y todo proviene de la voluntad” nos recuerda por siempre Cicerón. Cuidado con la monserga de la transparencia, lo que importa es la amistad. Esa filia que nos une al otro, por el otro. Ese es el gran canto de Thelma y Louise, el cual se sella con la muerte. Así como el amor en Romeo y Julieta también se rubrica con la muerte.   

Porque en estas dos mujeres que, son a la vez, todas las mujeres se manifiestan aquello que decía el filósofo romano. “Soy de parecer que no puede haber amistad sino entre hombres de bien”. En este caso, entre mujeres de bien. Que se muestran en la maravilla de ser todo lo que son, instante dejado al tiempo en la foto de partida. Testimonio de la belleza que perdurará a lo largo del camino.

            Por eso en el momento decisivo ante el Gran Cañón, donde se hace la elección final entre la vida y la muerte, ambas optaran por la vida. Porque, “siguiendo tantos y tan grandes provechos de la amistad, el mayor de todos es que hace concebir buenas esperanzas para todo lo que puede sobrevenir, y no deja que desfallezcan o se acobarden los ánimos”, nuevamente Cicerón.

En este último momento es cuando acecha la realidad de la mediocridad, que intenta impedir a ambas mujeres la evasión hacia una realidad que se han  decidido. Y en esto consiste la fuga genial, decidir por la vida que se desea vivir. Por ello Ortega y Gasset nos dirá con claridad meridiana “Ha de ser un Ulises al revés, que se liberta de su Penélope cotidiana y entre escollos navega hacia la brujería de Circe”. 


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martes, 20 de octubre de 2015

«CORALINE» O LA POSIBILIDAD DE ASUMIRSE COMO SUJETO: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

           Coraline es una adolescente que anda fastidiada de la vida, ésta le resulta aburrida y monótona. Fastidia a sus padres pidiendo una atención que éstos, por el momento, no pueden dársela; ya que están resolviendo los problemas que la vida práctica exige. Exigencia que incluye la manutención y la crianza de la adolescente que busca horizontes sentidos en su vida.

           La adolescente al no obtener respuestas favorables a sus exigencias de atención, recae en el círculo de volverse más intolerante y fastidiosa; porque no entiende que la vida requiere de muchas atenciones y Coraline es solo una de ellas, pero no la única. El conflicto existencial entre padres y adolescentes, donde ambos son incomprendidos y terminan por rabiarse unos a otros.

           Coraline quiere sus padres se sigan haciendo cargo de su vida. La adolescente aún no se ha hecho cargo de su persona. En esa etapa de la vida predomina la inconformidad. Inconformidad por los padres, por donde se vive; el mundo es un fastidio. Y, a la vez, éste está ahí para conquistarlo. Pretendemos que toda la vida es nuestra, y que podemos hacer con ella lo que queramos. En este caso, la vida está representada por esa puerta que conduce al sótano, cerrada y atrayente, que parece negada a nosotros.

            Algo así como el fruto prohibido. La puerta nos invita a abrirla, es la tentación y los asuntos que nos depara la existencia. Los asuntos a los cuales tenemos que enfrentarnos y en los cuales tendremos que decidir. Indudablemente, Coraline consigue acceder al mundo otro que depara la apertura de la puerta. Y allí está el mundo amigable, ese mundo de atenciones que ella tanto desea. Nos maravillamos ante ese mundo que soñamos, el cual pensamos que es la solución a nuestra existencia aburrida e inconforme. 

            Pero el mundo no es inocente, siempre nos exige muchas cosas. Y entre éstas nuestra elección. Sí, Coraline queda encantada por las atenciones, la comida y la libertad que su otra madre y padre le ofrecen. Va y viene entre ambos mundos la adolescente; corretea entre ambos, para que pueda ver ambos. El mundo de siempre es rutinario, lleno de preocupaciones cotidianas; en última instancia es gris. El otro luminoso, un canto de sirenas.

            Sigue Coraline jugueteando entre la realidad gris y la posibilidad colorida de lo otro. Los padres atareados y abatidos por las necesidades del mundo, atienden en lo posible a la hija, que recibe todas las atenciones por parte de sus otros padres, siempre atentos. Nuestra vanidad o más bien la fragilidad del ser tenderá a lo placentero, está en nuestra naturaleza. Soñamos con oportunidades que ya están hechas y a las cuales creemos que podemos tomar con nuestras manos. No vemos que ya nuestra vida es una posibilidad, ante esto somos cegatos.

             La curiosidad anima a Coraline. Mira, pregunta, observa, compara. Un mundo opaco, el otro abundante. El jardín de las delicias siempre es atrayente y el camino a él fácil. Qué tenemos, qué abandonamos, qué asumimos; cuando la vida nos va poniendo en las diferentes bifurcaciones. Tal vez, la quimera que nos alucina o la realidad que podemos construir. En esos son los momentos de nuestras elecciones.

            De este modo se le presenta la vida a la adolescente que encarna toda vida que no se ha asumido. Toda vida que sigue buscando que le presten atención, que la atiendan. Que resuelvan por ella. Estamos en el mundo para resolver nuestra vida, y cómo la resolvamos es un asunto nuestro. Nos compete a nosotros hacernos cargo de nuestra orfandad, de nuestra menesterosidad. Esa es la responsabilidad de nuestra libertad.

            Llegado el momento Coraline tiene que decidir. En el mismo momento que sus padres han desaparecido. La soledad de la libertad se hace presente. Sola ante la puerta de Oriente tiene que decidir por uno de los mundos, ya no han posibilidad de corretear entre ambos. Es uno u es otro, no hay más alternativas. Coraline, ahora, tiene que decidir por ella y por sus padres. Por eso nuestras decisiones siempre tienen consecuencias más allá de nosotros.

             Este es el momento de asumirse o no. De ser sujeto libre o dejar que otro configure nuestra vida. Ese el drama de Coraline. Ese es el drama de cada uno de nosotros. Lo que decidamos signará nuestra vida. Y casi siempre, como es el caso de la adolescente, es la vida quien nos pone en tres y dos, contra la espada y la pared; pocas veces somos nosotros quienes armamos todo ese tinglado. Es la vida quien se encarga de ello, y nosotros los sujetos a decidir.

            En la película de Henry Selick, en los momentos de elección se cotejan la reflexión abrumada, asustada de Coraline y una conciencia representada por el gato. Ambas necesarias para la toma de decisión. Pues con ambas miramos y evaluamos nuestras circunstancias. La adolescente forzada por la vida, casi siempre es así, se asume para sí. Se asume como el sujeto propio de su vida. Ya no hay la mediación de los padres, éstos han quedado a ser sujetos de sus vidas. Ahora es Coraline quien es sujeto para sí, su propia conciencia electora y responsable.     

            Triunfa la adolescente sobre la araña y la encierra en el sótano de las quimeras. Asume su mundo gris y lo transforma en colores. La relación con ella misma es otra, y por supuesto para con los padres y el mundo. Coraline ha salido triunfante como la libertad. No es la de antes, es otra que se ha conservado superándose. El mundo también es otro. Es la posibilidad de asumirnos como sujetos.   


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