martes, 6 de octubre de 2015

«MEDIA NOCHE EN PARÍS» O LA DESESPERANZA DE NUESTRO PRESENTE: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

          El drama del escritor quien sueña con los años veinte en París nos hace construir una pseudo-nostalgia; pues tal melancolía no es originada por ningún recuerdo o vivencia pérdida, de allí que sea una pseudo-nostalgia. En tal caso, solo es una aspiración, un deseo. Pero este deseo de ser nuestro nos impide ver nuestro presente, y solo andaremos en una vana ensoñación.

            Soñamos con estar en otra ciudad, vivir en otro país, pertenecer a otra familia. En última instancia, no negamos. Así como negamos nuestro cuerpo. No queremos asumir las situaciones en que nos encontramos. De que buscamos vías de escapes, para supuestamente realizar nuestras aspiraciones. Pero ¿qué hacemos con nuestro presente? ¿Con esta vida que llevamos aquí y ahora? 

            Vivir en la mera aspiración, es como la canción de «durmiendo vivir durmiendo» sin pensar el nuestro hacer que nos compete. Esa aspiración fatua se nos hace bambalinas en la cabeza. Aspiramos, deseamos, queremos pero no hacemos. No es que lo último sea más importante que lo primero, sino que deben complementarse. Woody Allen nos pasea magistralmente por este drama.

            Porque hacer que «Gil Pender» viva una parte, la que a él le interesa, de los años veinte en París. Haciéndolo ver que también a había personas (Adriana de Burdeos) que añoraban las décadas anteriores. Es esta la paradoja, pensamos que todos deben añorar aquello que nosotros deseamos, como si esto fuese una verdad. Es común que aquellos que añoran el pasado sean muy conservadores con sus puntos de vistas, aunque la propuesta sea muy arriesgada. El caso, por ejemplo, Platón, quien recurre a lo originario para plantear su Politeia. También son propios de esta actitud los melancólicos, por ello actualmente se cuestiona ese desear el pasado, y se plantea vivir un aquí y ahora. Que también es tramposo, porque que quiere borrar el pasado. Un sujeto sin historia.

            Para el personaje «Gil Pender» es un verdadero drama, estar en un presente y, sin embargo, vivir por algunas horas sus aspiraciones. Pero, nos muestra algo más Woody Allen, en la medida que va viviendo su deseo, va construyendo su presente, sus relaciones y su trabajo de escritor. Esto es, es la validez de nuestros deseos, de nuestras aspiraciones. No nos dice que renunciemos a éstas, sino que debemos trabajar en función de ellas.

            Porque si algo tiene el personaje de «Gil Pender» es que no deja de hacer lo que tiene que hacer, trabajar su novela. Pensar-hacer su vida. No se abandona voluptuosamente a divagar en su anhelo. Que realmente este sería el problema de la inacción, sino que siempre se asume como sujeto de su hacer. No importa si la relación con «Inez» no marcha de la mejor manera, «Pender» persevera en el deseo que lo hace mover.

            Acá volvemos a Aristóteles, quien señaló que el deseo es lo primero que nos mueve. Luego viene el pensamiento deliberativo junto al deseo para llevar a cabo la elección. De la cual somos responsables. Porque somos nosotros quienes elegimos libremente. De allí que no podemos inculpar a nadie por nuestras decisiones. Y si hacemos a otro culpable de nuestras decisiones, actuamos como unos cobardes.            

            «Medianoche en París» nos muestra esta lucha entre no entender nuestro presente y los deseos inauditos que pueden llegar a entorpecer nuestra pensar-hacer. Todos tenemos aspiraciones, deseos. ¿Qué hacemos con ellos? ¿Cómo los manejamos a nuestro favor? ¿Cómo hacemos que esos deseos sean adecuados a una meta? Tenemos, entonces, que tener una meta. Porque sin está los deseos se pueden quedar en eso. El personaje de la película tiene una meta, llegar a ser un escritor para ello escribe una novela. Nos vano el deseo de querer conocer aquellos de principios de siglo veinte en París. Pero a diferencia de Cenicienta, el sueño se materializa a medianoche.      

            La materialización del deseo conlleva en sí su abandono, porque éste lleva a la reflexión. A medida que el personaje de «Gil» interactúa con «Adriana de Burdeos» se le devela su opuesto, ya que ella que aspira a otra época que considera mejor, aparece lo relativo del gusto y la diversidad de juicios. Esto se agudiza en el encuentro con Gauguin, Degas y Toulouse-Lautrec, quienes añoran El Renacimiento como la verdadera época del esplendor artístico. En ese momento se cae el velo, de que la añoranza en mera añoranza.

            Además, «Gil Pender» se da cuenta que sus circunstancias son otras, que éstas solo pertenecen a su presente, a su época. Cada sujeto es sujeto de su época, creo que dice Hegel. El solo puede vivir como sujeto de su presente, de su aquí y ahora que contiene en sí su pasado y sus deseos. En ese momento el sujeto se devela ante sí mismo, y se asume en su devenir. Se hace a sí mismo.   

            De ahora en adelante, ya no más evasión ni pseudo-nostalgia. El pasado es a lo que hay que recurrir para aprender de él, incluso para modificarlo para nuestro proyecto de vida. El personaje de Woody Allen ha dejado de ser otro, pera convertirse en él. Ser su propia propiedad. Sujeto de sí mismo, y no un mero soñador. Retorna a su presente, a sus circunstancias, más determinado; aprecia lo que es. Para eso debe servir la medianoche en París, para convertir en el presente en una realidad.     


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jueves, 1 de octubre de 2015

EL DIALOGANTE JACK SPARROW O NUESTRA FORMA DE SER PIRATAS: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

           Entre las actitudes del Capitán Sparrow siempre está su disposición a dialogar, lo que casi nunca o nunca tiene buenos resultados según sus planes. Es Sparrow un dialogante sin resultados favorables, algo se tuerce en el camino; lo que viene a al traste con los fines propuestos por éste. En este sentido, va de fracaso en fracaso, pero no desiste en su empeño. Podemos pensar que el Capitán es un cobarde y por ello recurre a la estrategia del diálogo; sin embargo, nos demuestra lo contrario, como es el caso al enfrentarse al Kraken.

            No le falta valor y coraje, aunque es un poco escurridizo. Esta actitud al diálogo es tan reiterativa como los fracasos que ella entraña. Héctor Barbossa, quien sublevado le ha arrebatado el mando del Perla Negra, se lo recrimina; como algo no propio de un pirata. De nada vale Sparrow sigue en su empeño. Por ello, es un antihéroe. El Capitán del Perla Negra nos recuerda más al Chapulín Colorado que a Sir Walter Raleigh, a quien al final tampoco le fue tan bien.

            Dialoga, acuerda con cualquier bando, en eso no discrimina el Capitán. Es un pirata, y hace honor a su oficio. Todos los diálogos tienen un propósito personal, salir bien librado de la situación en la cual se encuentra metido. Trata de acomodar las circunstancias a sus intereses, ese es el fin de su disposición a dialogar. Trata de traer el agua a su molino. Suma fracasos con Davy Jones con quien tiene una deuda inmensa; por intentar dialogar ha perdido el Perla Negra a manos de Héctor Barbossa; y sus dialogo-trato con Lord Cutler Beckett va por mal camino.

            ¿Por qué todos estos fracasos de Jack Sparrow? Porque el diálogo solo pretende un beneficio particular, el de él. Sparrow quiere el diálogo para su provecho personal; por eso está teñido de manipulación. El diálogo tiene un fin, que según los cálculos del capitán, solo lo debe beneficiar a él. Pero, repito, algo se tuerce en el camino y todo sale mal según sus cálculos. E así inicia una des-ventura para remediar en la situación en que se encuentra.   
  
            Un diálogo es entre iguales, como bien nos lo supo enseñar Hannah Arendt. En el caso del Capitán Sparrow alguien siempre está en desventaja, por lo general él. Esto nos induce a pensar que hay situaciones externas al diálogo, en la que la buena voluntad del Capitán está comprometida a hacer un juego de mano a su favor. Pero, éste es un pirata, y aunque nos caiga bien nos hace dudar de su buena voluntad. Algo tiene Sparrow de tramposo.

            Más allá de la buena voluntad o no de las partes, el diálogo busca un beneficio particular y no común. ¿Cuántas veces no decimos que queremos dialogar, pero tenemos en mente la actitud de Sparrow? Me refiero a la actitud del beneficio particular. Esa actitud la podemos apreciar, por ejemplo, en la gerencia; en los padres; en los matrimonios, noviazgos. Es decir, en las relaciones interpersonales.

            Muchas veces proclamamos nuestra disposición al dialogo. No obstante, buscamos nuestro beneficio personal. Ahora, es una moda dialogar. Por todas partes oímos el pregón del diálogo, la necesidad del mismo. Sin embargo, consideramos, en primera instancia, que no somos iguales; por lo que ya no hay diálogo, habrá otra cosa pero no diálogo. Insisto el diálogo solo es posible entre iguales; lo demás será la posibilidad de hablar.    

            Por otra parte, proponemos el diálogo pero pensamos como sacar el mayor beneficio personal, en desmedro del otro. No hay beneficio mutuo. ¿Cómo puede haber así diálogo posible? Vamos desarrollando esa actitud de piratería consciente o inconscientemente en nuestro pensar-hacer. Porque siempre nos consideramos más habilidosos que el otro para sacar mayor provecho de la conversación y situación; en última instancia, unos raposos. Más que dialogar manipulamos, que no es lo mismo. Después cual inocentes no sabemos de nuestros fracasos.

            La actitud dialogante del Capitán Sparrow es interesante; sin embargo, en ésta se anida la manipulación. Ya que, siempre hay una segunda intención o una intención oculta para sacar provecho del otro. Esto es muy común. Gente que confunde, a propósito o no, dialogar con manipulación. E incluso llega a pensar que es lo mismo. Una está dada para lo otro. De allí el permanente engaño con que tratamos a las personas. Y con que nos tratamos a nosotros mismos.

             Nos movemos en nuestras relaciones interpersonales, e incluso personales, en esta doble actitud. Decimos del dialogar, pero buscamos manipular. Muchas veces oímos, «pero no estamos hablando»; hasta con un tono de entrega desinteresada. Y lo que se mueve por debajo de este hablar es lo favorable que puede ser éste para nosotros. El provecho propio no es la razón del diálogo.   

            Repito, nos declaramos partidarios del diálogo y lo levantamos como emblema de nuestra vida. Sin éste no podemos vivir, dirán los más extremos. No obstante, nuestra actitud pirática, para con los demás, nos acerca al Jack Sparrow manipulador. El dialogo, en este sentido, es solo un falso estandarte bajo el cual escondemos nuestra actitud de bucaneros; saqueadores de las posesiones del otro. Esa es nuestra forma de ser piratas y nada más que piratas.       


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martes, 29 de septiembre de 2015

«ALIEN» NUESTRO ÚNICO PASAJERO: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

     Esa maravilla cinematográfica llamada «Alien» siempre nos acecha. Irrumpe en nuestras vidas sin mediación. Solo hace su aparición y nos deja sin aliento. ¿Qué es el Alien? Son los miedos que nos constituyen. Todos aquellos temores que nos rodean en nuestra vida. Es lo indeterminado, lo no definido ni controlado de nuestro existir. Ese ser que repta permanentemente por nuestras entrañas.    

            El Alien se nos aparece en esa nuestra aparente vida controlada. Cuando pensamos que nada nos puede pasar. Es lo otro. Lo afuera y oscuro. Sin embargo, anida en nuestro interior; allí se alimenta y va creciendo. Es la madre que le dice al niño allí viene el coco, allí está loco. Cada miedo que se nos inculca y cada miedo que desarrollamos a lo largo de nuestra vida. No tenemos escapatoria. El Alien siempre está allí.

            En tanto es el afuera que nos inquieta, éste es la vida en la calle; el motorizado que tememos nos robe o mate; quedar despedido del trabajo que tenemos; ser aplazados en el examen. Es lo otro, lo desconocido, lo que no tiene forma. Son nuestras relaciones confusas e imprecisas. La enfermedad, la vejez, la soledad; cada una de ellas se va convirtiendo en ese Alien que nos persigue y del cual huimos. La muerte del ser querido, que nos es arrebatado de un zarpazo. El niño que teme la ausencia de la madre.

            Cada miedo que está allí acechando. Nuestras ciudades se han convertido en nuestro Alien más preciado. Nos movemos por ellas sin saber que nos espera y que nos puede suceder. A veces, decimos sabemos que salimos pero no sabemos si regresamos. Allí está lo otro, eso desconocido. Porque ante lo preciso y determinado, siempre está la otra cara; el lado oscuro al cual tememos.  
 
            E incluso, nuestra primera relación con el mundo, según el texto sagrado judeo-cristiano, se establece a través del miedo. En éste se dice: “Y llamó Jehová Dios al hombre y le dijo: ¿Dónde estás? Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí”. La salida del Paraíso Terrenal se inicia con el miedo, porque acá el dios se ha hecho otro, a quien hay que temer. Este miedo nos acompaña, y siempre se fomenta.

            Las leyendas y cuentos de misterios acrecientan el temor por lo desconocido. Por lo que está allá, por lo ominoso. El miedo que instiga el político de un bando sobre el otro, del cristiano por el judío, de Occidente por el Islam, del blanco por el negro. El miedo nunca es inocente. Siempre nos consigue desnudos porque algo hemos hecho. Siempre hay una razón para temer. Es la pasión por excelencia de todo hombre, de toda mujer. El temer.

            Ese nuestro tejido social se construye en gran parte sobre el miedo. Sobre nuestros temores fundados o infundados, no importa cómo sean están allí. Por ello peleamos por abandonarlos, superarlos, hacerles trampas; pero nos acechan como el Alien a través de todos los intersticios de nuestro pensar-hacer. No hay maneras de hacerle trampa, siempre está allí de una u otra manera; incluso, a veces, muta.

            Cuando no está en nuestro consciente, está en nuestro inconsciente. Espera nuestro sueño, para hacerse presente. ¿Qué hacer? Esa es la interrogante. ¿Entregarnos a él y que nos devore? ¿Hacerle frente, cuando no tenemos fuerza suficientes para resistirnos? ¿Huir? Entonces siempre será una carrera interminable, sin cuartel. ¿Cuando en el fondo de nuestro ser vemos temor y vemos sospecha? Es más fuerte que nosotros, porque tiene muchas maneras y modos de ser.

            No podemos evadirlo, siempre estará en nuestro presente incierto. No importa cuanta certeza digamos que tenemos, siempre lo indeterminado hará su presencia. Un cambio de política en el trabajo, en el país; un suceso telúrico; cualquier incidente enciende nuestros miedos. Y como siempre está presente, entonces para nosotros no es extraño. Por ello, como dice Charly García “yo no voy a correr, yo no voy a correr ni a escapar de mi destino, yo no pienso en peligro”.

            No importa si el Alien está allí, porque siempre estará. Aunque no sepamos que es debemos confiar en nosotros. Porque al final no es un problema. ¿Por qué Sigourney Weaver vence al monstruo desnuda? Es algo extraño en esa escena final. No tiene armas, ni equipo especial cuando al fin solo están ella y él. Pensando en este desenlace, algo me recordó el cuadro de Eugène Delacroix «La Libertad guiando al pueblo». Ésta está desnuda.

            Así como el hombre adánico se planta desnudo ante dios para decirle que tuvo miedo; la libertad desnuda con todos sus miedos e indeterminaciones guía al pueblo. Lo mismo hace la mujer desnuda ante el Alien. Solo desnudos con nuestros miedos, con nuestra fragilidad podemos enfrentarnos a nuestros miedos internos y externos. Tenemos que despojarnos de todos nuestros haceres, para plantarnos cara a la vida. Desnudos con todos nuestros sentires podemos verle la cara a nuestros temores.

Así, en nuestra desnuda libertad tenemos que llegar a saber que al final el miedo no es un problema. Y con una nueva fascinación, saber qué placer esta pena del miedo que es solo eso, miedo. Que no nos puede devorar porque somos nosotros quienes lo alimentamos. Y nos debemos más que eso. Nos debemos toda la posibilidad de ser nuestra libertad, de plantar cara y decir ya, hasta acá está bien. Y saber que algo ha cambiado.    



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jueves, 24 de septiembre de 2015

PLURALIDAD CULTURAL E INTERPRETACIONES PARA LA CONSTRUCCIÓN DEL SUJETO: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

Cuando comenzamos a revolear en nuestra cabeza sobre las cosas que nos rodean iniciamos nuestros choques frontales con ese o esos modelos en los que hemos vividos. Modelos que nos van marcando y dominando sin saberlo, que dejan su impronta en nuestro pensar-hacer. Por ejemplo, esos modos sociales por la competitividad y el individualismo.

Todos sabemos que la comunidad es el lugar en que nos reconocemos, aunque en muchos casos se da la negación de este hecho, en ese momento estamos escindido de nuestro yo individual y nuestro yo social. Es en la comunidad (familia, trabajo, escuela…) donde el nosotros como realidad es palpable de nuestras identidades; allí se fijan, de diversas maneras, nuestra individualidad con los grupos con los cuales coexistimos.

Por ello, debemos trabajar para potenciar el uso de instrumentos que favorezcan los proyectos comunes, los cuales hacen posible nuestro protagonismo en cada comunidad que participamos. Para ello, debemos respetar la pluralidad cultural y las interpretaciones para participar en ese desarrollo social. Eso nos lleva a tomar conciencia de nosotros mismos y de los otros, lo que facilita el camino de ese trabajo social. Acá me refiero a nuestras interacciones sociales, no me refiero a trabajo comunitario como políticamente se conoce.

Nuestras interacciones socioculturales son prácticas sociales, culturales y educativas;  que manejadas adecuadamente se pueden convertir en un instrumento fundamental para nuestro desarrollo personal y social. Ya que podemos actuar como mediadores en medio de los cambios constantes en que estamos inmersos, para ello es necesario la diversidad de nuestros puntos de vistas, los cuales nos permiten sentirnos o no corresponsables del quehacer cultural cotidiano. Por medio de éstos podemos trabajar en el favorecimiento de actitudes y comportamientos que potencien la capacidad creativa de nuestras expresiones, en tanto realización individual y social.

En este sentido, es necesario creer que podemos convertirnos en un recurso social capaz de proyectar y desarrollar capacidades y potencialidades capaces de llegar a las personas, que son, a la vez, espectadores-receptores de esas capacidades y potencialidades. Esta posibilidad de contemplarlos como agentes activos constructores transformadores de su propia realidad cultural como elemento patrimonial.

Para ello, tenemos que abogar por una perspectiva distinta a nuestro modelo taciturno de vida, basado en una sociedad del hastío, de la indiferencia ramplona. Debemos interceder por un hacer individual y social que intente desarrollar entre las personas la comunicación, el uso de la palabra, el diálogo, la interacción hacia la construcción de una comunidad que está destruida, la cual hay que reconstruir. Relaciones laborales destruidas, vecindades destruidas, escolaridades destruidas e igual familiaridades destruidas.

Hay que aupar aquello que una comunidad ha sido capaz de producir a lo largo de su hacer; al entorno tal y como es percibido y considerado por las personas que participan de él. Hay que distinguir las formas de relacionarnos que surgen en nuestro hacer cotidiano y que están basadas en un modelo social de comportamiento; con el objeto de saber si éste contribuye a poner de manifiesto y ensalzar los signos de identidad y las prácticas colectivas de nuestros grupos sociales.

De hecho, nuestras relaciones sociales deben estar signadas por la reflexión, para destacar que este hacer responde a nuestras necesidades de estructurar un quehacer social al mismo tiempo que conservar nuestra personalidad; por lo que se pueden convertir en un núcleo permanente de nuestra formación.

Desde esa perspectiva, nuestras relaciones interpersonales no son meras relaciones sino que son un proceso de formación personal y social. Es un instrumento favorable para nuestro pensar-hacer, ya que ofrece la posibilidad de interactuar y participar de manera activa, al poner en práctica estrategias que promueven la posibilidad de expresarnos para atender nuestras necesidades y la de los otros.

En este intercambio, surgen experiencias en las que se conjugan nuestros modos de ser hacer y ser; las cuales se visibilizaban en el desarrollo cultural y social de nuestro entorno. De este modo, podemos llegar a identificar nuestros problemas, que nos afectan y determinan nuestra vida en comunidad.

Para ello, es necesario formar nuestros criterios en relación con esos espacios en que nos desenvolvemos, dado que lo social ha de entenderse como algo que se construye y no está dado. Por lo que tiene significados que definen en ese conjunto de relaciones en las que estamos inmersos. Que, a la vez, construimos y nos construyen como sujetos.

El trabajo hacia nuestro desarrollo social contribuye a ofrecer la posibilidad de transformación de las condiciones que obstaculizan nuestra vida, en este contexto debemos reivindicar esos procesos reflexivos sobre las prácticas cotidianas, los cuales nos permitan hacer evidente la íntima relación entre lo individual y lo social como un hecho de formación. Por ello, es necesario crear espacios para el diálogo y libertad, ya que éstos se convierten en los principios organizadores que nos permiten estructurar nuestras relaciones entre ese yo que somos y los demás que nos conforman.



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martes, 22 de septiembre de 2015

LA BRÚJULA DE JACK SPARROW: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

          La brújula de Jack Sparrow es como nuestra vida en general, un andar sin un sentido determinado. No apunta a ningún norte definido. Se mueve sin un rumbo claro. Es decir, es un planeta, en su significación helénica, un ser errante, un vagabundo. Así somos nosotros en la mayoría de los casos. No se nos nota mucho, porque estudiamos, trabajamos, tenemos una familia… Hacemos algunas actividades y pertenecemos a conjunto de normas que más o menos encausan nuestro hacer diario.

            Si nos preguntamos sobre nosotros mismos, lo más probable que es que no sepamos que responder, o no responderemos muy acertadamente. En la mayoría de los casos no tenemos fines o metas. Incluso, muchas veces, ni no las planteamos. Por ello nuestro horizonte es brumoso y ambiguo. Somos como Alicia en la encrucijada, no podemos decidir qué camino tomar porque no sabemos para donde vamos.

            Es una realidad nuestra vida. No un drama. Porque ya en el drama podemos suponer que sabemos que estamos dentro de él. Solo vivimos. Sin fines ni metas. Además, no vinimos a este mundo o estamos predestinados a ser felices, alegres o tristes. Solo estamos acá porque vivimos. Así de simple. Lo demás es una construcción de nuestros deseos. Deseo ser feliz, deseo ser exitoso. Son aspiraciones. Pero en nuestra vida, en el mero vivir, somos una brújula que apunta a cualquier parte.

            Admitir este juicio, es saber que estamos vivos. Y con ello, afirmar que somos un proyecto posible. Lo que nos hace un proyecto de vida, es ese errar por el mundo de nuestros apetitos, de nuestros deseos, de nuestras aspiraciones. Que se cumplan o no es otra cosa. Queremos esto, queremos aquello. Vamos a la derecha, vamos a la izquierda. Todo parece posible a la vez. Todo parece a la mano como dice Heidegger o Sartre. De allí que la vida nos sea algo tan maravilloso.  

            Parecemos personas centradas en lo que hacemos. No obstante, divagamos permanentemente. Entramos en ensoñaciones y en éstas nos quedamos disfrutando. Nos quedamos mirando el atardecer y allí permanecemos absortos, perdidos en el afuera y en el adentro de nuestro ser. De niño tenían que llamarnos, porque nos perdíamos en el juego, y el tiempo-espacio se extraviaba ante nosotros. Solo la norma nos devolvía a este mundo.

            De grandes seguimos siendo iguales. Sin embargo, nos embarga el conflicto de las obligaciones asumidas. De allí vienen nuestros remordimientos. Porque ya no podemos volver a perdernos en el juego; porque ahora somos adultos, padres, abuelos, gerentes, maestros, obreros, profesionales… nos hemos impuesto nuestras obligaciones. Y ellas rigen nuestra vida. Así lo hemos asumido, o por libre elección u obligados por las circunstancias. Qué más da.

            Ha sido una elección a fin de cuenta. Una elección nuestra. Si no ha sido así el tormento es mayor. La elección, dijo Aristóteles, tiene su causa en el deseo y en el pensar deliberadamente. Elegimos por lo deseamos y lo reflexionamos. En caso contrario, hemos sido empujados por la vida misma. La vida siempre tienes recursos suficientes para meternos dos goles en contra. Entre estos nos movemos constantemente, o elegimos o nos empujan. 

            He allí los sentidos de nuestro haceres. En ir reconociendo todas estas circunstancias. Para buscar, en esa brújula pérdida que somos, un camino para nuestra vida. Conseguir un norte posible en ese nuestro proyecto que somos. Dejar de ser meros errantes, vagabundo que vamos para allá y para acá. Poder trazar un sendero propio y con sentido; porque lo propio muchas veces no es suficiente si éste carece de sentido. Que importa si la comida es abundante, si ésta no tiene sal es insípida. La paladeamos y la tragamos; sin embargo, no nos satisface.        

La brújula de Jack Sparrow al igual que nuestra vida: “Apunta hacia aquello que tú más quieres de verdad en este mundo”, así lo dice el Capitán del Perla Negra. Su norte son nuestros deseos verdaderos. No los deseos fatuos que tenemos a cada rato. La vida está lleno de éstos últimos, por ello tenemos que apartar la paja del grano. De deseos estamos conformados, y por ellos nos movemos a diario. Pero lo que da o puede dar sentido, dar rumbo a nuestra vista son los deseos verdaderos. Esos que configuran nuestro ser y solo a éste pertenecen. 

Cuando Jack Sparrow arrojado nuevamente a la isla solitaria junto con Elizabeth Swann, recostado y borracho de ron en la playa cual Dionisio tropical le dice a la damisela: “Lo que realmente es el Perla Negra es la libertad”. Está expresando el deseo de toda mujer, de todo hombre; ese deseo verdadero de ser libre. Ese deseo de elegir la posibilidad de nuestra vida, de nuestro proyecto de vida. De que la brújula apunte hacia lo que más deseamos de verdad. De ser lo deseamos ser.     

            Por ello, la brújula de Jack Sparrow es, a la vez, como nuestra vida; un andar sin un sentido determinado y la posibilidad de apuntar hacia aquello que más queremos de verdad en este mundo. 


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