lunes, 28 de julio de 2014

DE LAS FUERZAS RESTRICTIVAS A LA ENERGÍA IMPULSORA PARA LA CONSTRUCCIÓN DEL SUJETO: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

La inercia de nuestro pasado es, a veces, una fuerza muy resistente, muy aferrada a nuestro hacer.  Para llegar a producir una ruptura con nuestros viejos hábitos y elaborar otros nuevos se debe aprender a manejar esas fuerzas restrictivas a las que nosotros nos hemos atados. Pues además de romper con estas fuerzas, debemos ahora aprovechar nuestras fuerzas impulsoras para alcanzar una victoria privada y cotidiana. Como vemos nos encontramos en medio de dos fuerzas antagónicas. Depende de nosotros cuál de ellas vence. 

Superar la inercia de nuestro pasado depende, en gran medida, de disponer de una clara identidad de nosotros y de una bien definida meta que deseamos alcanzar. Esto es, saber quién soy y qué es lo que en verdad quiero llevar a cabo, qué quiero conseguir con mí pensar-hacer. Si esto lo tenemos claro, nuestras posibilidades de alcanzar una meta aumentan. Pues una gestión vigorosa de mí mismo es afirmada con facilidad por mis emociones, mis disposiciones de ánimo y por las circunstancias en las cuales llevo mi hacer.

Ahora bien, para ser eficaces debemos elaborar nuestra propia agenda de acciones, nuestros horarios, debemos aprender a organizar nuestro espacio-tiempo, adaptar nuestras circunstancias particulares a circunstancias generales, para no hacer cambios caprichosos en nuestros planes. Es decir, debemos ejercer disciplina y concentración en nuestro hacer, para no estar sometidos a disposiciones de ánimo ni a circunstancias volátiles.

Es importante, entonces, dedicar nuestro espacio-tiempo a la planificación, a la elaboración de proyectos y al trabajo creativo que es importante. No basta con un simple querer, una simple declaración. El desarrollo de nuestra disciplina es factor primordial para superar nuestra inercia del pasado; ésta la podemos definir, en primera instancia, como el hábito de hacer y cumplir nuestras promesas y de respetar nuestros compromisos, para con nosotros mismos y para con los demás.

Por medio de la disciplina registramos nuestros roles y metas fortaleciendo nuestro sentido de elección y decisión. Ésta nos recuerda que debemos administrar nuestro espacio-tiempo y nuestros recursos con el fin de cumplir nuestras promesas y compromisos.

Sin un hábito de disciplina coherente consumimos más esfuerzo y energía para iniciar un nuevo comportamiento. Pues nuestros viejos hábitos ejercen una poderosa fuerza de desidia. Muchas veces, nuestra propia resolución y fuerza de voluntad no bastan. En este caso, necesitamos una alianza, que actúe como fuerza renovadora, con otras personas que estén comprometidas en lo mismo o en algo semejante. Necesitamos unir fuerzas, establecer relaciones en las cuales acordamos hacer algo determinado. Recordemos que somos seres que nos relacionamos.

Hay fuerzas restrictivas que nos aferran a nuestros viejos y malos hábitos: En primer lugar, nuestros apetitos sin sentido. Segundo, nuestro orgullo mal dirigido. Tercero, una ambición sin una ética de la virtud.

Todos tenemos apetitos y pasiones. Es parte de nuestra naturaleza y no podemos prescindir de ellos. Las necesitamos para nuestra acción. Pues lo que nos hacemos movernos son las pasiones, tal como indiqué en otro artículo. No obstante, no podemos sucumbir a apetitos o pasiones sin sentidos porque estaríamos andando sin brújula; de allí la necesidad del gobierno de las emociones, como bien lo señala Victoria Camp. Debemos darles sentido a nuestros apetitos y pasiones según nuestro propósito de vida y metas.

En segundo término señalamos el orgullo y nuestras pretensiones mal dirigidas. Si la estima de nosotros mismos no está fundada en nuestra propia seguridad como individuos, entonces nos escondemos de nosotros mismos, buscamos nuestra identidad y la aprobación de ésta en los demás. En este sentido, por una parte, nos negamos; por la otra, el concepto que tenemos de nosotros proviene de lo que los demás piensan de nosotros, acá orientamos nuestra vida para satisfacer las expectativas de los otros; que, por lo general, no coinciden con las nuestras.

En uno u otro caso, nuestras expectativas cambian, fluctúan porque no son nuestras. El orgullo de nosotros está mal dirigido y termina resquebrándose. Y cada día nos volvemos más inseguros y temerosos; o reaccionamos con rabia y nos volvemos más presuntuosos, pretendemos ser más que los demás. Pero esto no es más que signo de nuestra debilidad. Ambos aspectos terminan siendo dañinos para la construcción del sujeto que somos.      

Por último, cuando nos cegamos por una ambición sin una ética de la virtud, tratamos de ser comprendidos a la fuerza y de alcanzar la gloria a cualquier precio, apelamos a una frase de Maquiavelo que éste nunca dijo, el fin justifica los medios. Guiamos nuestra vida sólo por la posición social, laboral… el poder que podemos ejercer sobre los otros, y el ascenso sin importarnos a quien nos llevamos por delante.

Hacemos esto bajo el impulso de una ambición sin virtud, en lugar de considerar el tiempo, el talento y las posesiones como algo de lo cual somos responsables y por lo cual debemos rendir cuentas a nosotros y a los otros.

Una ambición sin virtud convierte a los individuos en seres con aspiraciones intensamente posesivas. Lo interpretan todo en función de lo que pueden obtener para ellos. Convierten a los demás en objetos de uso, y cualquiera es un competidor al que hay que desplazar. Todas  sus relaciones tienden a ser competitivas. Su actuar siempre está bajo la sombra de la manipulación para alcanzar sus fines.




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miércoles, 23 de julio de 2014

NUESTRA PASIÓN REFLEXIVA EN EL HACER CON EL OTRO: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

La pasión contiene en sí un juicio, por ello no es un mero hecho empírico. Nuestras emociones experimentadas cuando vivimos y actuamos son emociones de primer orden. Los sentimientos morales, por su parte, son emociones de segundo orden, ya que derivan de un juicio moral; tomemos por caso, el sentimiento de desagrado que nos causa alguna acción que nos parece injusta, este sentimiento es moral y de segundo grado. En este aspecto, el juicio moral además de ser un sentimiento de aprobación o desaprobación ante una situación, también es un aspecto afectivo y cognitivo.

La moralidad que procede del sentimiento es más sentida que juzgada. Nosotros sentimos que las cosas buenas son agradables, que la virtud produce satisfacción e incluso podemos decir que produce placer. El origen de este sentimiento moral que nos acerca unos a otros es la simpatía y el interés común que compartimos, ninguno de nosotros estamos desprovisto del sentir moral; aunque este sentido moral es una potencialidad que no siempre está bien empleada.

La teoría moral que descansa en las pasiones busca la forma de cómo éstas deben ser empleadas, en lugar de combatirlas. Esto no quiere decir que todas las emociones sean igualmente útiles para la vida común. Por eso se propone modularlas en función de una organización social equilibrada. Pues en las pasiones está el móvil de toda acción, como ha señalado Aristóteles.

Podemos pensar el juicio moral como una pasión reflexiva, esto es, un tipo de sentimiento reflexivo en el que el pensar y el sentir están integrados en un nivel más estrecho, aunque ambos se estructuran de modo diferente. A través de esta pasión reflexiva, en ciertas situaciones, podemos alcanzar cierta imparcialidad sin prescindir de nuestros afectos. 
           
Nuestro sentimiento moral y nuestra simpatía es intersubjetiva, gracias a éstas nos ocurren dos cosas: sentimos el dolor del otro y desaprobamos ese dolor. En este sentir aprendemos a apreciar lo que nos produce placer y a desestimar lo que nos produce dolor; no sólo en nosotros, sino también en los demás. A este sentimiento lo llamamos simpatía.

La simpatía construida socialmente no significa que ésta sea conformista. Nuestro entorno nos proporciona suficientes recursos para oponernos y para destruir los prejuicios y las supersticiones, así como para aceptarlos como algo dado. Cuando ampliamos nuestros contactos con los demás y lo extendemos en el espacio-tiempo, aprendemos a distinguir los juicios morales que son distorsionados e interesados de los que son imparciales, es decir, llegamos a distinguir lo que la gente aprueba de lo que debe ser aprobado.

Nuestra experiencia reflexiva nos enseña la forma de corregir nuestros sentimientos en función de las metas que nos proponemos, pues no todos tienen un mismo valor moral. Esto  significa que debemos reflexionar sobre nuestros sentimientos de placer y dolor, ya que sin esta reflexión no seríamos capaces de asentir o disentir sobre en acontecimiento moral.

Este sentimiento reflexivo es importante porque muchos de nuestros juicios morales se nos presentan envueltos en la incertidumbre y nos hacen dudar. De allí, que sea necesario mantener una constante observación sobre nosotros sí mismos y mantener nuestra reflexión en un continuo pensar desde los vicios hacia las virtudes. 

Nuestros sentimientos de compasión o simpatía van parejos a nuestra capacidad de colocarnos en el lugar del otro; de ponernos en la situación de un espectador que se esfuerza en hacer suyos unos sentimientos que en ese momento no tenemos, y puede ser no hayamos experimentado nunca. Puede ser que no sepamos lo que el otro siente, pero podemos imaginarnos en una situación semejante a la que vemos en el otro, y así pensar cómo nos sentiríamos nosotros estando en una situación semejante. Por ello, muchas películas u obras de teatro nos conmueven; muchas más de hacerlo una situación real con el otro.

Este movimiento recíproco de simpatía nos lleva a conseguir, en muchos casos, la armonía de sentimientos en nuestro entorno sea familiar, laboral, vecinal… Esta reciprocidad nos lleva, por una parte, a colocarnos en una situación en la que hacemos nuestro los sentimientos de la persona que está afectada; por otra, que la persona afecta pueda calmar sus emociones al límite que nosotros podamos aceptar compartir con ella.

Nosotros como espectador en simpatía con el otro actuamos a modo de catalizador para calibrar las pasiones de esta persona y las nuestras. En otras palabras, en ese momento estamos comprometidos emocionalmente con la otra persona y ella con nosotros. En tal situación, esa persona es una figura que es la proyección de nosotros mismos, del esfuerzo por juzgar nuestros sentimientos imaginando qué efecto producirá en ella.

Este sentimiento de simpatía o compasión nos explica el juicio aprobatorio o reprobatorio que hacemos ante ciertos actos. Aunque tal sentir es propio de nosotros, muchas veces, sufre desviaciones debido a nuestro egoísmo, que igualmente es atributo de nuestra condición humana. Bien sabemos, por experiencia, hay que procurar que prevalezcan los sentimientos más favorables para el mantenimiento de nuestras relaciones personales, sociales, laborales… pues, por el contrario, nuestras pasiones nos conducirán a la destrucción de nuestras relaciones, a nosotros mismos. De allí, que necesitemos de nuestra pasión reflexiva.  




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martes, 22 de julio de 2014

LAS POTENCIALIDADES Y CAPACIDADES DEL SUJETO: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

Los procesos para dar rienda suelta a las potenciales capacidades que cada individuo contiene en sí necesitan ser parte integral de programas de formación, los cuales deben ponerse en práctica de manera inmediata. Un primer aspecto a considerar, es aprehender el contenido de tal o tales programas en función de sus metas personales, sociales, empresariales… hay que aprender las líneas básicas que se enmarcan en el propósito general que un individuo se ha trazado.

Una segunda cuestión es buscar ampliar lo que cada uno de nosotros hemos aprendido en  nuestra experiencia, en nuestro proceso reflexivo personal y social, esto es, lo que hemos elaborado con sus propias ideas y pensamientos. Lo que generalmente denominamos nuestra propia filosofía de vida.  Otro aspecto a tener en cuenta, es compartir y enseñar lo que hemos aprendido con otras personas, para así aumentar y fortalecer nuestra propia comprensión de ello; aquí estamos en un proceso de cooperativo de aprendizaje, lo que nos permite conformar un vocabulario común para el intercambio, que nos permite desbloquear la percepción que generamos entre nosotros mismos.

Compartir lo que hemos y vamos aprendiendo nos lleva aplicar nuestros saberes de manera directa con los otros, en este intercambio ponemos nuestros saberes a prueba en circunstancias inmediatas. Lo cual permite reforzar unos saberes y rebatir otros. Ya que estos saberes están en función de unas metas, un propósito general y conjunto o equipo de personas. Por último, en este proceso de formación es necesario controlar los resultados; ya que el análisis de los resultados nos permite evaluar si estamos en el camino correcto para alcanzar las metas propuestas. Asimismo, el control de los resultados nos permite visualizar si es necesario o no iniciar nuevamente un programa de formación. Recordemos que los programas de formación pertenecen a círculo constante de aprendizaje.     

Toda formación y crecimiento efectivo y eficaz se caracteriza por este proceso cíclico de desarrollo paso a paso. Cuando nos percibimos capacitados en principios personales,  sociales, gerenciales a través de este proceso continuo nos liberamos de viejas fórmulas, que muchas ya no son efectivas para nuestro desempeño personal y laboral. Pues, éstas se han convertido en patrones arcaicos de pensar, de hacer, de comportarnos, lo que impide llevar a cabo un mejor desempeño en nuestros haceres.  

Por el contrario, cuando nuestros programas o estructuras de formación están orientados y motivados a la configuración de nuestro ser-hacer, a lo que el sujeto es, las personas, organizaciones y empresas descubren maneras eficaces de lograr que sus estructuras, sistemas y estilos sean más congruentes con las misiones, valores, roles y metas que se han planteado. Logran ser más integrales en la relación pensar-hacer.

Determinar estructuras eficaces de programas de formación nos permite romper barreras, que en muchos casos son espejismos que nos hemos elaborado nosotros mismos. Un programa de formación, concebido en función del sujeto, debe tener como principio romper la barrera humana o statu quo de nuestra labor diaria, de nuestro hacer-pensar diario; cosa nada fácil por demás, pero necesario para alcanzar un desempeño más beneficioso en nosotros como persona, como vecino, como gerente, como obrero…   

¿Por qué es tan difícil romper esa barrera humana? Entre otras respuestas, porque frecuentemente consideramos que nosotros somos más una limitación o un impedimento que una ventaja y una oportunidad. Y esto es algo que debemos revertir, es decir, debemos comenzar por concebirnos como oportunidades y ventajas; debemos abandonar esa manera de concebirnos como limitaciones o impedimentos, que es como por lo general nos vemos y nos pensamos. Esta es una primera barrera que hay que superar. Pero no en un mero hablar, no en una mera declaración “de que ahora me declaro soy esto y lo otro”, se debe llevar a cabo en un proceso reflexivo, en el cual está involucrado constantemente nuestro pensar-hacer. Y eso necesita constancia y trabajo.    

Así podremos superar el bajo rendimiento que está institucionalizado en lo personal, en lo social, en lo organizacional, lo empresarial. Y que se refleja en las estructuras, en los sistemas, en los procedimientos y en los procesos de nuestro hacer y de nuestro pensar. Un programa de formación y desarrollo debe emanar de forma natural la perspectiva, la misión y los principios de la persona, de la organización, de la empresa; pues sin esto se estaría creando una artificialidad que no responde a ninguna necesidad.

La formación de las personas debe intentar aumentar el poder de la gente para elevarse desde sí mismo, para encontrar y mantener el rumbo que ella misma se ha determinado; avanzar con buena disposición hacia lo que viene, que necesariamente no es algo desconocido; hay que dejarse guiar tanto por la imaginación como por la memoria, pues éstas nos permiten abandonar miedos y fracasos del pasado. Todo esto con el fin de dar un salto cualitativo y cuantitativo en nuestra labor, en nuestro hacer, pues esto nos permitirá introducir cambios en nuestros hábitos, en nuestras directrices de vida.




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lunes, 21 de julio de 2014

EMOCIONES Y LÍMITES EN LA APROPIACIÓN DE NUESTRA VIDA: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

Las pasiones se lidian con pasiones, no con razones. Las mismas emociones son las encargadas de sustituir a las pasiones y a los afectos inconvenientes para el bienestar de  nuestras vidas. En esto buscamos lo Hirschman llama la «pasión compensatoria», que es más persuasiva que represiva. Que buscan movilizar nuestro comportamiento para que éste no se resienta en función del bien de todos.

Nuestras emociones, en la conformación de relaciones interpersonales, deben ser vistas desde la importancia del valor del interés, como móvil de conducta. De aquí la importancia de las emociones compensatorias, pues se trata de discriminar entre las pasiones; se trata de utilizar un conjunto de emociones inocuas para compensar otro conjunto más peligroso y destructivo. Tratamos a través de una pasión que no puede ser reprimida ni suprimida, de abordar nuestras relaciones por medio de una emoción contraria y más fuerte que la que ha de ser reprimida. Por ejemplo, tratamos de sustituir la tristeza por alegría, miedo por confianza…

Como señala D’Holbach: las emociones son los contrapesos de las emociones. Por ello  no es posible intentar destruir las pasiones; sino tratar de dirigirlas, de compensar las que son dañinas con las que son útiles para nuestros fines.  Nuestro hacer es en gran medida afectivo y sentimental; pues nos movemos y actuamos en una dimensión emocional. La pregunta es ¿por qué no aprovechamos esta dimensión?

A través de nuestras emociones accionamos y reaccionamos ante la realidad, ante nuestro entorno; el cual, a su vez, provoca otras pasiones y modos de accionar ante él. Nuestro entorno, esto es, el lugar donde vivimos, trabajamos, estudiamos… puede aumentar o disminuir el deseo de hacer cosas, puede suavizar aristas de la vida en común o hacerlas más hirientes.

Los nombres de estas emociones no son inocentes ni neutros. El miedo, la ira, la alegría, la tristeza, la compasión, la confianza o la vergüenza son palabras que connotan algo que, en principio, nos afecta favorable o desfavorablemente. Emociones que son pertinentes o no en función de un propósito que nos hemos planteado, en lo personal o en lo social. Pues las emociones en sí mismas no son mejores o peores, buenas o malas, positivas o negativas; le damos significados en función de una meta, de un propósito. En este sentido, podemos hablar de emociones adecuadas o inadecuadas, favorables o desfavorables.
   
Nos cuestionamos cómo vivimos, según estemos afectados por nuestras emociones. Podemos escoger entre diversas formas de vida. No obstante, no todas las pasiones son igualmente adecuadas para cumplir tal elección, ni para perseverar en el ser que deseo ser ni para desear ser con más intensidad.

Si de algún modo y dentro de nuestros límites somos dueños de nuestra vida, debemos ser capaces de dar forma y sentido a nuestros sentimientos para no olvidarnos de nuestros cometidos, para poder florecer como sujetos. Una emoción es buena si responde o se dirige a algo que consideramos bueno, esto es, si se dirige o responde a algo que hemos relacionado con nuestro florecimiento como ser o seres humanos. Por otra parte, a las emociones les damos significados tanto en el ámbito individual como en el social. No siempre estos ámbitos están acordes.  

Abordemos, por ejemplo, el sentimiento de vergüenza, el mismo está relacionado con el sentido moral. La vergüenza se deriva de la caída de la imagen que uno tiene de sí mismo, de la pérdida de reputación, del descrédito ante alguien o ante la sociedad. El sentimiento de vergüenza se da porque hay un alguien que nos mira y nos juzga. Y este alguien nos importa porque lo admiramos o porque representa el peso y la presión de todo nuestro entorno social.

No nos formamos una imagen de nosotros mismos al margen de los demás, nuestra imagen está relacionada con los otros, aun cuando digamos que los demás no nos importan. Los otros son el espejo ajeno en el cual uno se contempla y deduce cómo es. Nuestra propia imagen depende y está precedida por las imágenes y las opiniones que los otros tengan de uno. Nuestra imagen se forma, en principio, a partir de creencias y normas que indican cómo debemos ser. Luego podremos reconstruir nuestra imagen, pero partimos de un fundamento ya previamente elaborado.   

Uno comienza reconociéndose  a sí mismo en la mirada del otro; y, particularmente, en la mirada de aquellos a quien más aprecia y estima. Por ello, se reconoce, asimismo, en la aceptación o la reprobación social, de acá tantos conflictos emocionales que arrastramos. Estos criterios de reconocimiento se asientan en nuestras emociones, nuestra personalidad; en nuestro sentimiento de vergüenza.

Cuanto más homogéneos son los criterios morales sobre la buena educación o el comportamiento correcto, cuanto más cerrada esté la comunidad sobre sí misma y en torno a sus creencias más sentirá el individuo el sentimiento de vergüenza al mínimo desvío de su conducta, de su forma de ser, de su forma de pensar. Por el contrario, una comunidad relajada y abierta en sus costumbres, e incluso indiferente a las distintas  formas de aparecer y de hacer de cada quien contribuye a que el sentimiento de vergüenza se desvanezca e incluso acabe por desaparecer. En este caso, podría dar cabida a la desvergüenza como forma social de vida.

De allí que sea necesario el desarrollo de una figura interna, de una conciencia propia que despliegue en el individuo sus propias críticas, para aprobar o desaprobar su propia conducta, para hacer crítica su mirada sobre la sociedad en que habita. De encontrar un término medio, diría Aristóteles, entre la desvergüenza y el sentimiento de vergüenza.




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miércoles, 9 de julio de 2014

LAS EMOCIONES QUE NACEN DE LA RAZÓN, LA RAZÓN APASIONADA: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

La meta de los individuos es en gran medida adquirir una vida estable y serena. No obstante, muchas veces nos olvidamos hacerlo a través del conocimiento de las causas y de las cosas que nos afectan. Entonces intentamos vivir una vida emocional caracterizada por los afectos alegres, que aumentan la potencia de nuestro actuar; pero no consolidamos estos afectos en la razón apasionada que es capaz gobernar nuestras acciones.

            El gobierno por la razón apasionada no se orienta por nociones abstractas de bien y  mal, no es una voluntad que impone una ley racional. La razón emotiva consiste en una pragmática del pensar-hacer, un intento para conseguir un ánimo equilibrado fundado en la propia experiencia, que asume las adversidades y acepta el orden natural que impone límites a nuestro hacer.

            Tenemos que pensar que la vía para el gobierno de nuestras pasiones es la educación, esto es, el conocimiento de uno mismo. Pues de ésta depende que asociemos los tipos de sentimientos, sean de alegría o tristeza, a ciertos actos o acciones específicas que nos advienen. Por ejemplo, que nos indignemos por la injusticia y nos alegremos por los progresos personales o sociales que alcanzamos. O que consideremos que una emoción es desfavorable o favorable en cuanto que impide o no lograr una meta propuesta.

            Es fundamental entender el proceso a través el cual nos liberamos de ideas y pasiones inadecuadas, y asumamos nuestras emociones consiguiendo con estas que dejen de ser pasiones que nos impidan actuar o nos desvíen de nuestras metas. Por ejemplo, desligar nuestras emociones e ideas de una causa exterior, porque esta causa puede ser una representación producida por la imaginación, una percepción que nos alucina y no nos damos cuenta de ello. En este sentido, nos hacemos esclavos de una percepción errónea, de una pasión o idea equivocada que nos provocado un actuar errado.  

            Ese conocerse a uno mismo tiene como fin producir, lo que Spinoza denomina, ideas adecuadas. A través de éstas emancipamos nuestras emociones en nuestra relación con los otros y nos conectamos con otras formas de pensamientos. Pues, nos relacionamos con causas adecuadas producidas desde nuestra interioridad.  Lo contrario a éstas es la idea inadecuada, en la cual nos conformamos a través de afectos no reflexivos e inadecuados.

            Lo que diferencia al sujeto que es dueño de sí del esclavo de sus pasiones, es la capacidad para transformar las emociones que impiden su actuar en efectos que potencian la acción. El sujeto ignorante de sus pasiones actúa movido por apetitos desordenados, es movido por causas exteriores y no posee un verdadero contento de ánimo de sí mismo; éste vive casi inconsciente de sí mismo y de las cosas.

            Quien se conoce a sí mismo, por su parte, al experimentar conmociones de ánimo es consciente de sí mismo y de las cosas que nunca dejan de ser, posee un verdadero contento de ánimo. Se expresa en el esfuerzo por hacer lo que celebran los individuos y no hacer lo que detestan, en esto consiste el sentimiento humanidad. Al desear hacer lo que agrada a las personas y omitir aquello que les desagrada. 
           
            Es en la estrategia cooperativa de los sujetos, como proceso afectivo, donde se forma el derecho que es propio de los individuos. Donde hacemos de la necesidad una virtud, porque lo necesario muchas veces no depende de nosotros y es inevitable. En el esfuerzo para vivir con alegría gobernándose a uno mismo radica la fortaleza de las personas, más en la esperanza que en el temor, más en la recompensa que en el castigo. Por ello, debemos perseverar en no ver disminuido el poder que tenemos sobre nosotros mismos, pues éste nos proporciona el estar contentos con nosotros mismos, y la alegría y el bienestar para seguir viviendo.

            Al considerar sólo la fuerza de las pasiones y el poder motivador del comportamiento que éstas poseen, se anula la posibilidad de la reflexión, ya que tendemos a un extremismo emotivista sin más; que coloca todo hacer y toda causalidad en las emociones, e incluso hace inconmensurable los hechos y el pensar. Es mí pensar lo que relaciona el hielo con el frío, y esta relación es una inducción, una repetición de actos similares, lo que hace que se establezca la costumbre.

            En nuestros intercambios personales, sociales la relación causa-efecto no procede de la razón, sino de la costumbre. La razón, en este caso, es inactiva, no sirve para motivar nuestro comportamiento.  La función de nuestra facultad racional, entre otras cosas, está en descubrir la verdad y falsedad de los juicios empíricos, pero no de los valorativos que no son ni verdaderos ni falsos, sino sólo juicios de valor. Que en muchos casos son causas de discusiones estériles y de enemistades, al no saber distinguir un juicio empírico de un juicio valorativo, o de querer dar cuenta con la razón de un juicio valorativo.

            El juicio valorativo califica un hecho, un algo con una aprobación o desaprobación, es malo, no me gusta… Tales adjetivos no están intrínsecamente asociados a la idea de la que hablamos, ni se encuentra en la realidad, proceden de nuestra manera de valorarla. Por ello, la relación de una persona con otra sí merece un juicio moral, porque estamos unidos por sentimientos de simpatía, por el cual sufrimos con el que sufre y nos alegramos con el que está alegre; y es en este sentimiento donde encontramos la aprobación o desaprobación en uno mismo y en los otros. Por este sentimiento es que tenemos moralidad.



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martes, 8 de julio de 2014

DE LOS AFECTOS Y LA EXISTENCIA DEL SUJETO: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

            Cuando mi conocimiento reflexivo falta o falla puede suceder que mi imaginación intente suplantarlo confundiendo las emociones de las cosas con la cosa misma; crea mi imaginación prejuicios sólo a partir de las pasiones. Por ello, muchas veces, explico, justifico los asuntos que me suceden o me conciernen a partir de los productos de mi imaginación, y no de la naturaleza propia de lo que me acontece.   

            Por lo general, considero que es bueno lo que me conviene y malo lo que es contrario a mi interés. Sin embargo, me corresponde, por medio del conocimiento reflexivo, observar y analizar mis creencias compensando éstas con ideas que potencien su ser, en lugar de destruirlas de antemano. El conocimiento reflexivo-emotivo favorece mi ser, al vencer la impotencia y la inactividad que me produce lo que me entristece y aniquila.

            Como sujeto deseo actuar, rechazo el dolor, el sufrimiento y cuanto conspira contra mi deseo de mantenerme vivo. Por ello, es fundamental que conozca lo que puedo y no puedo hacer, lo que está al alcance de mi potencialidad. Me es necesario conocer tanto la potencialidad como la impotencia de mi naturaleza, para poder así determinar lo que mi razón puede y lo que no puede, para no caer en la trampa del dominio de mis afectos. Ya que existe una carrera hacia el éxito, el bienestar, la armonía, que en muchos casos puede que no sea acorde con mi condición de sujeto optimista.

            Lo anterior me permite comprender la naturaleza de mis afectos en función de mis metas y logros. Ya que los afectos pueden ser vistos como un obstáculo para vivir, asimismo como el estimulo para una buena vida; esto de acuerdo a si son convenientes o no a unos fines que me he propuesto alcanzar.  

            Mis afectos me singularizan. Cada uno de nosotros somos afectados a nuestra manera y según las circunstancias de nuestra existencia particular. Y esta realidad de seres singulares y contrapuestos separa nos puede separar o unir, según asumamos nuestra existencia. Somos seres sociales, ya decía el Estagirita, aquel que no puede vivir en sociedad es un bruto o un dios.   Para preservarme a mí tengo que procurar, al mismo tiempo, preservar a los otros. En esto radica el valor de la vida.

            El valor de la vida en común es la búsqueda de la concordia, pues la pasión del odio disgrega, separa y hace imposible nuestra vida en común. Los individuos que son enemigos están sujetos a emociones que los individualizan y producen rivalidades de intereses. Por el contrario, existe la simpatía, por medio de la cual experimento afectos por aquellos que imagino sienten afectos similares a los míos, esto es, que sentimos por un nosotros; por ejemplo, el hecho de imaginar a alguien semejante afectado por la tristeza me lleva a sentir una tristeza similar.

            En esta simpatía y mimetismo tengo la raíz de mi sociabilidad, al entristecerme o alegrarme junto con el otro, y deseando lo que otros desean. En este sentido, los afectos, las emociones forman parte, por un lado, de nuestro ser social y, por otro, de nuestro ser individual. Pero bien sabemos que las emociones son inestables.  Por ello de la misma manera que el individuo ha de lograr un equilibrio a través del gobierno de sus pasiones, también en lo social ha de lograrse establecer cierta previsibilidad y orden en los antagonismos afectivos.

            Las relaciones sociales son la prolongación de nuestras necesidades afectivas individuales; del modo como llevemos o nos lleven nuestras emociones así serán nuestras relaciones con los otros. Por ello, tanto en lo individuo como en lo colectivo tenemos que echar mano de nuestros afectos para gobernar nuestra vida individual y colectiva, pues es inútil querer prescindir de las pasiones. Debemos tener presente que nuestras relaciones sociales son una prolongación del estado de nuestras pasiones y del modo de relacionarnos con nuestros cuerpos.

            La razón de la existencia de mis relaciones sociales no es algo ni abstracto ni racional, sino pasional. Por eso entramos en conflictos cuando, consciente o inconscientemente, nos esforzarnos en oprimirnos unos a otros. Por ello ciertos afectos deben disminuidos y dominados cuando no convienen a la salud ni del individuo ni de la sociedad. Los afectos inconvenientes deben ser transformados en otros que sean favorables a los fines del individuo y de lo social. 

            Aunque cada uno de nosotros tenemos un derecho individual para juzgar lo bueno y lo malo al observar su utilidad; asimismo nos esforzamos en conservar lo que amamos y en destruir lo que odiamos. Debemos evitar que ese nuestro derecho individual perjudique a los demás. Por ello, para evitar producir daños, llegar a ayudarnos y vivir en con cierta concordia es necesario no aferrarse caprichosamente a ese derecho individual.

            Una emoción es vencida por otra emoción, no por una racionalidad. De allí que cuando no puedo producir por mí mismo ese afecto más fuerte, busco apoyo, ayuda en el otro; esto es lo que por lo general hacemos cuando contamos a otra persona las circunstancias por las que estamos pasando. Buscamos visualizar una posibilidad emotiva-racional que nos haga reconducir nuestras pasiones.

            La realidad colectiva o social no suprime los afectos, los transforma poniendo en evidencia una praxis pasional. En este aspecto, la razón apasionada es el instrumento que nos permite esclarecer lo que es más útil para todos, la forma más eficiente es saber apreciar el potencial afectivo de nuestra condición humana. La afirmación del sujeto se realiza en y por la relación con los otros.



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lunes, 7 de julio de 2014

AUTONOMÍA PERSONAL, PENSAR-HACER SOBRE VIEJOS PROBLEMAS: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

La autonomía personal se desarrolla junto con la confianza en sí mismo. Ya que si uno confía en uno mismo y en las personas con las cuales comparte, sea trabajo, estudio, vecinos, no tiene porque recurrir a ningún mecanismo de control, más bien se otorgará a sí y a los demás una condición de autonomía. La confianza nos permite establece acuerdos de ayuda y cooperación mutua entre todos.

            A partir de esta cooperación se inicia, entonces, la tarea de hacer más productivas las estructuras de organización sean estas familiares, vecinales, organizacionales, empresariales. Pues ahora todo está pensado para ayudarnos a nosotros y a los otros a ser más eficaces, y para poder alcanzar los objetivos de los acuerdos equitativos de yo gano-tú ganas. Ahora bien, si las estructuras de nuestros acuerdos de cooperación están mal gestionadas no habrá autonomía ni confianza.
 
            Si carecemos de carácter autonomía y confianza— y de competencias no podemos dar poder ni beneficios ni reconocimiento a los demás. Si lo hacemos sentimos que estamos en peligro, pues perdemos nuestro sistema de control. Por ello debemos comprendernos reflexivamente a nosotros mismos, emplear el enfoque adentro-afuera y afuera-adentro simultáneamente, para entender y conocer nuestro carácter y nuestras competencias; para de esta forma construir nuestra confianza y nuestro poder.

            Hasta que no asumamos como propiedad nuestra el enfoque adentro-afuera y afuera-adentro no podremos intentar resolver los asuntos fundamentales de nuestras vidas. No podremos delegar autoridad y confianza en otros, por más que usemos el lenguaje de la confianza, de la autonomía, del empoderamiento. Sólo seremos un discurso hueco. 

            Al convertirnos realmente en sujetos autónomos nuestra personalidad y carácter se pondrán de manifiesto. Podremos quienes organizar estrategias, estructuras y sistemas sinérgicos acordes a nuestro orden interno y al de los demás. Esto nos lleva a transformaciones importantes como resultado de rupturas con formas tradicionales de pensar-hacer. Cambios de paradigma que se caracterizan por desarrollar nuevas formas de pensar y hacer sobre viejos problemas.

            Estos cambios de paradigmas nos inducen a desechar presunciones injustificadas sobre la gente; ya que tales presunciones no tienen cabida en cuanto se espera que se produzcan mejores relaciones en nuestras organizaciones sociales. No podemos intentar magnificar nuestros recursos usando técnicas manipuladoras, porque es parte de paradigmas de valores trastornados, donde las cosas están al revés. En medio de estos trastornos confundimos eficiencia con eficacia, conveniencia con prioridad, imitación con innovación y pretensiones con competencia.

            La personalidad que uno despliega surge del núcleo de ideas y sentimientos sobre la naturaleza del hombre que uno tiene. Lo que tengamos como centro de nuestra vida —el trabajo, el placer, el amigo, el enemigo, el cónyuge, uno mismo, los principios, las pasiones—, eso condiciona y afecta nuestra percepción del mundo y de nosotros mismos. Pues esta percepción es lo que dirige nuestras creencias, nuestras actitudes y comportamientos. A partir de esta percepción determinamos nuestros objetivos y perseguimos nuestras metas, con las cuales labramos nuestro camino.

            No obstante, muchas veces lo hacemos antes de clarificar nuestras creencias y actitudes, sin definir nuestra misión y clarificar nuestros valores. En consecuencia, luego de recorrer nuestro camino nos damos cuenta que éste era equivocado. Y allí nos descorazonamos y perdemos el sentido de nuestra vida. Debemos entonces volver la mirada a nuestra confianza, a nuestro carácter; para replantearnos nuevamente nuestro camino, ya que nada está perdido.

            La meta de este volver la mirada es desarrollar reflexivamente nuestras potencialidades, que consiste en liberar el potencial creativo de nosotros mismos. Hacer de este potencial parte de un proceso de cambio y desarrollo que sea relevante y que tenga significado en nuestro pensar-hacer. Recordemos que la acción se funda en la emoción, es decir, nuestro pensar-hacer está signado por el conjunto de nuestras emociones, por eso nuestro hacer debe estar guiado por una razón apasionada.

            Razón que afirma el más alto nivel de motivación humana, pues consideramos que las personas somos lo  más valioso de toda relación, sea organizacional, empresarial, comunitaria o personal. Pues somos responsables para descubrir, desarrollar y administrar todos los otros valores que constituyen a las personas. Cada individuo debemos reconocerlo como un sujeto libre, capaz de logros inmensos; nunca como una víctima o un instrumento limitado por las condiciones y el condicionamiento.

            De esta manera, nuestro paradigma estará orientado hacia un proceso, no hacia un producto. Este proceso de desarrollo personal, organizacional, empresarial, comunitario consistirá en seleccionar prioridades, valores y objetivos; en detectar y evaluar alternativas; planear y decidir pasos prácticos; en comparar resultados obtenidos con las metas y objetivos propuestos.



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