sábado, 13 de julio de 2019

SEAMOS NUESTRO BUEN JEFE: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

“Cuando el gato no está, los ratones bailan”
Refrán

Todos soñamos con tener algún día un buen jefe. En vez de tener ese sueño ¿por qué no realizamos ese sueño y somos nuestro buen jefe para con nosotros mismos? Seamos para nosotros mismos el directivo excelente, el jefe perfecto que hemos soñado, aquel que supervisa de manera reflexiva y productiva nuestro pensar-hacer.

Al ser nuestro jefe debemos darnos ánimos con una simple mirada, sin necesidad de gritarnos para hacernos respetar. Simplemente debemos estar ahí dispuestos para nosotros mismos, para que con nuestra presencia sea suficiente para ocuparnos de lo que nos corresponde hacer.

En muchos textos y manuales hemos leído que para ser un buen jefe es necesario saber delegar[1]. Debemos aprender a delegar en lo referente a la organización del trabajo que tenemos que hacer y de las tareas que nos proponemos realizar. Debemos, así mismo, evaluar la valoración y la autonomía de los que colaboran con nosotros. Un aspecto muy importante es saber elegir nuestros colaboradores, si quieres le podemos dar el nombre correcto: amigos.

Además, de elegir y tener los colaboradores correctos es muy importante el saber estar ahí para con nosotros mismos, esto es, el supervisarnos, el vernos a nosotros en lo pensamos y hacemos. Porque nosotros somos lo más importante en esta empresa que es nuestro vivir.

Si estamos hablando de ser nuestros propios jefes ¿cómo podemos hablar de delegar? ¿Delegar qué? Muchas veces nos tomamos «las cosas a pecho», queremos hacer todo como si nadie más pudiese hacer lo que nosotros hacemos. Entonces, ¿qué tiempo tenemos para ser nuestros jefes? Si estamos intentando resolver el vivir de los demás. Que cada quien resuelva su vivir, que haga lo que le corresponde hacer. Somos colaboradores unos de otros. No podemos vivir por el otro.

Si deseamos ser nuestro propio jefe nuestra actitud se debe adecuar al contexto, esto es, a las circunstancias. Por ejemplo, ya indicamos que debemos aprender a delegar, pues con esto conseguimos fortalecer y conservar de manera productiva nuestro pensar-hacer. Por tanto, debemos calibrar nuestro hacer y el tiempo que dispones para efectuarlo según la importancia de cada tarea.

Cada cosa a su tiempo. No podemos malgastar nuestro tiempo, porque eso quiere decir que malgastamos nuestro pensar-hacer. Muchas veces nos movemos inútilmente de un lado para otro aparentando que estamos saturados de haceres, esto provoca un estrés improductivo en lo personal y en las personas que nos rodean. Si agotamos a los demás éstos dejan de ser nuestros colaboradores. Por tanto, debemos a administrar nuestro pensar-hacer, hacerlo productivo para con nosotros y los demás.

Tenemos que aprender a ser eficaces cuando es necesario y resolver los problemas en su momento. No podemos dejar las cosas al abandono, porque éstas se acumulan y comienzan a ganar intereses. De aquí, lo relevante de aprender a distinguir lo importante de lo urgente. Ser eficaces es saber emplear la justa medida de nuestra energía en resolver algo. Mucha gente emplea más energía de la necesaria, a la larga eso cansa y agota. La justa medida recomendaba Aristóteles.

En esto de ser nuestro propio jefe, debemos ser buenos y eficaces observadores. Debemos ser siempre un buen observador para estar atentos a las novedades que se dan en nuestras circunstancias. Recordemos que la mayoría de éstas están más allá de nuestro alcance. Las situaciones de nuestro entorno varían y, por tanto, nuestro enfoque debe variar. Para atender adecuadamente esas variaciones es necesario ser un observador atento.

Debemos aprender a reaccionar de manera apropiada. Esto quiere decir en el momento oportuno y con la actitud adecuada con vista a resolver la situación que se presenta. Ni muy pronto ni muy tarde. En el momento oportuno. Si llevamos esta justa medida en nuestro pensar-hacer produciremos una cooperación armónica, la cual será muy beneficiosa. Será una inversión provechosa a corto y largo plazo.


Debemos tomarnos uno o varios descansos regularmente para oxigenar nuestro pensar-hacer. De esta manera, nos informamos sobre qué esta pasando a nuestro alrededor y cultivar nuestras relaciones sociales. Los intercambios interpersonales cuando son adecuados son muy productivos. Además, es importante decirle a los demás las cosas que estamos haciendo, es decir, darnos publicidad. Hacer marketing personal.

No hagamos como que trabajamos porque esto siempre se nota. La gente percibe lo falso. Y así nunca podremos ser el jefe de nosotros mismos. Si vamos a ser nuestro propio jefe debemos ser sinceros y auténticos, no falsos. Por ello, no aparentemos que estamos desbordados, eso solo es una muestra de ineficacia. Por el contrario, debemos preservar una actitud firme, benévola y estimulante para mantener presente nuestro pensar-hacer.

De esta manera, llegaremos hacer el jefe que hemos soñado. Pero, entiéndase, nuestro propio jefe; y así ofreceremos lo mejor de nosotros mismos sin fanfarronear.

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sábado, 6 de julio de 2019

ENTREGAR NUESTRA CONFIANZA: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

«No podemos fiarnos de nadie» o «no confíes en nadie». Es una expresión de los adultos, la cual tiene sus causas en nuestras fallidas relaciones interpersonales. Ejemplos no vale la pena dar, pues hay muchos y variados. Cualquiera podría contar un largo rosario anécdotas que nos llevarían a darle la razón.

No obstante, todos sabemos que para llevar adelante nuestro vivir tenemos que confiar en alguien o en algo. Por ejemplo, yo tengo que confiar que en esa silla en la cual me voy a sentar aguantará mi peso, que la misma es sólida y resistente. En caso contrario, posiblemente suframos de alguna patología clínica. ¿Qué hacer en esta dualidad?

Claro, quien nos dice que «no confiemos en nadie» está esperando que depositemos nuestra confianza en él. Esto es paradójico, en verdad. Pero así funciona. Esta dualidad es intensa y refleja que, por una parte, hay gente y cosas en las cuales no debemos ni podemos confiar; por otra, sí hay gente y cosas en las cuales debemos y tenemos que confiar. En este sí y no debemos transitar nuestro vivir, que es como apreciamos un conjunto de evaluaciones y elecciones.

Pongamos en este artículo el acento en aquellos en quienes podemos confiar. Y esto se da cuando aceptamos a alguien y esta persona entra a formar parte de nuestra vida, se hace parte de ella. Aunque a nuestro oído venga el aguafiestas de la desconfianza y nos susurre que esa persona nos puede fallar en algún momento, tenemos que vivir en esa confianza. Pues, de otro modo viviremos en una permanente paranoia, que no será muy adecuada a nuestra salud ni personal ni social.

En el momento en que elegimos a alguien para confiar en él lo hacemos compañero de nuestro vivir, y esta elección no es casi nunca el acto de una toma de decisiones. Sencillamente es un acto espontaneo, de empatía y entrega. En la mayoría de los casos, al depositar nuestra confianza en alguien no existe ninguna reflexión ni nada parecido, solo lo hacemos porque nos dejamos guiar por nuestro olfato interpersonal, por nuestra intuición o instinto básico; por nuestras emociones básicas.

Depositamos en la otra nuestra confianza, así de sencillo. En un acto ciego. Al confiar en otra persona en lo personal, laboral… adoptamos una postura de estar seguros, de estar protegidos. De contar con la otra persona o de contar con los demás. Esto es lo que nos permite construir nuestras relaciones interpersonales y en gran medida nuestra relación intrapersonal.

La confianza puesta en el otro se muestra y demuestra de distintas formas. Aunque «demostrar», en este caso, es una palabra dura. Por cuanto en la confianza no debe caber el demostrar, y cuando esta prueba se exige es qué algo pasa. Algo supera o está más allá de la frontera de la misma confianza. En este caso, es necesaria la reflexión, la pregunta: ¿qué está pasando? ¿Por qué se solicita esa demostración? Algo está o se ha puesto en riesgo.  

¿Qué confianza otorgamos nosotros a los demás? ¿Hasta qué punto confiamos? A menudo nos sucede que tras una decepción sentimental, amorosa o de amistad, nos cuesta recobrar la confianza en los otros. Y peor aún, nos volvemos paladines de la desconfianza y de su discurso, esto porque estamos dolidos y resentidos; sin entender que esa ha sido una circunstancia que nos ha tocado desgraciadamente vivir. Ojo, no me refiero acá al abuso y a la estafa emocional premeditada, pues ahí lo que hubo es uso de la persona y ésta no se dio cuenta que la estaban usando.

Por otra parte, podemos pensar y hasta auto-aconsejarnos: «vamos a confiar en el otro pero estaremos alerta, atentos a la mínima señal». No obstante, esta actitud recelosa terminará perjudicando nuestro vivir, nuestra salud. Como antes señalamos. ¿Cómo podemos ser felices viviendo continuamente con el temor de que el otro nos traicione en cualquier momento? Es imposible.

Una actitud permanentemente recelosa nos hará ver conspiraciones por todas partes. Lo más probable es que cualquier gesto, palabra la malinterpretemos como un futuro paso en falso o una posible mentira. Vivir en la desconfianza deber ser muy estresante y agotador. «Mejor vivir solos» podríamos decirnos, es una estupidez. En ese caso, lo mejor es ir al psicólogo o al psiquiatra, es lo más recomendable.

La única salida para recuperar la calma y la alegría de vivir es volver a confiar en alguien. Las heridas interpersonales no matan. Lo que nos puede matar es nuestra condición psíquica, y eso no es área de la consultoría filosófica. Por eso la recomendación de ir al psicólogo o al psiquiatra, si la perturbación nos rebasa.

La desconfianza o la previsión son algo innato, y creo que radica en la emoción del miedo y en el instinto de supervivencia. Un cachorro, por ejemplo, de gato solo confía en la madre, si una persona se le acerca él huye y trata de defenderse. Pero eso no excluye que después de unos cuantos mimos y caricias él también termine entregando su confianza a un humano. Comparte, entonces, su confianza entre su madre y el humano.   

Primero, desde nuestra primera infancia lo primero que hacemos es que  no otorgamos nuestra confianza a cualquiera, ni abrimos nuestros sentimientos a cualquiera de forma inmediata. Vamos entregándonos de manera gradual, como todo animal social. Esa es realmente nuestra dinámica interpersonal.

Segundo, nos fiamos de nuestra intuición cuando empezamos a conocer a alguien, y casi siempre acertamos. Y cuanto «sentimos» que hemos encontrado a una persona adecuada, ya sea para una historia de amor o para una buena amistad, no te cierres a la felicidad por mantener una actitud de miedo o desconfianza.

Para confiar en los demás debemos liberarnos de nuestros miedos. No tenemos, aparentemente, otra elección. Para confiar debemos apaciguar nuestros miedos, dominarlos y confía con criterio. Tal vez, así podamos vivir una oportunidad de ser felices.

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miércoles, 3 de julio de 2019

NOSOTROS Y EL ENFERMO: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

Cuando nos toca cuidar a un enfermo quedan comprometidas varias cosas de nuestro pensar-hacer. Quedan comprometidas, entre otras, nuestro tiempo, nuestro estado de ánimo y nuestra actitud. Que no es decir poca cosa.

El tiempo. Al cuidar de un enfermo nuestro tiempo queda comprometido, porque ese lapso que dedicábamos a nosotros solos ahora tenemos que compartirlo en la atención de aquel. Pues, el enfermo en su estado es solo un sujeto pasivo, un receptor de atención, él por los momentos no contribuye con su hacer.

Nuestro tiempo está comprometido. Porque ya no es todo nuestro, tenemos que dedicarlo a resolver lo que el otro no puede hacer por su propia mano. Ahora tenemos un tiempo dividido en dos, por lo que éste es menor. Por esa razón quien cuida a un enfermo no le alcanza el tiempo «para más nada», dice el cuidador.

Y no le puede alcanzar porque ahora tiene que dividir el tiempo en dos. Lo mismo les pasa a las madres, tanto hijos tiene tanto debe dividir su tiempo para emplearlo en cuidar de los hijos, poco queda para el cuidado propio o queda una fracción más pequeña del tiempo original.

¿Qué podemos hacer? En el caso del tiempo, si están a la mano otras personas la solución más adecuada es la cooperación. A menos que se disponga del dinero suficiente para emplear un servicio de atención al enfermo. Pero, por lo general, los recursos monetarios siempre están limitados. Entonces, si se dispone de otras personas lo adecuado es trazar un plan de acción para cuidar al enfermo. Si se está solo y no se dispone de nadie más hay que «hacer de tripas corazón» y entender, como diría Ortega y Gasset, que cada uno vive sus circunstancias.

 Estado de ánimo. Si el tiempo se tiene que dividir, el estado de ánimo se tiene que reorganizar. Y esto es más complicado. Porque éste está conformado por nuestras diversas emociones y compromete nuestra inteligencia emocional. Además, junto al estado de ánimo debemos considerar nuestro carácter personal.

El enfermo y la enfermedad contienen en sí las emociones básicas de la  tristeza y el miedo. Y si nosotros no poseemos una inteligencia emocional adecuada para esta situación, ésta puede dar al traste con nuestro estado de ánimo. Ya que podemos hundirnos en esas dos emociones y convertirnos en sujetos disfuncionales. Por lo tanto, en este caso es necesario el gobierno de las emociones para preservar un estado de ánimo adecuado a la situación que estamos viviendo.

En el caso de nuestro estado de ánimo hay factores psíquicos más vulnerables, más comprometedores. Pues, al no contar con un estado de ánimo adecuado para atender al enfermo, podemos terminar padeciendo dolencias psíquicas de difícil retorno. Además, de problemas corporales.

¿Qué podemos hacer? Buscar ayuda. Podríamos decir buscar ayuda especializada. Pero esto no es posible en la mayoría de los casos. Pues, no sabemos a quién acudir o los recursos monetarios por ser limitados deben dedicarse al enfermo. No obstante, las amistades y los conocidos son el principal recurso de ayuda. ¿Por qué?

Porque cada familia, cada amistad, cada conocido tiene una historia que contar y una experiencia práctica que compartir. Por otra parte, como el conocimiento se ha divulgado a través de la radio, la televisión e internet hay mucho conocimiento a la mano con respecto a cómo llevar una situación de este tipo. Y éste es utilizable de manera pragmática, lo que tenemos que hacer es evaluarlo para ver si es adecuado a nuestra situación y de allí elegir lo que nos conviene.

Nuestra actitud. Pesa sobre nuestra actitud el estado de ánimo y el carácter que tengamos. Si somos impacientes tendremos que abordar esto de una manera adecuada, porque los enfermos requieren paciencia, que pocas veces tenemos. Nuestra actitud para con nosotros y los otros debe ser pensada, analizada para ver cómo la afrontamos en esta circunstancia.

La enfermedad siempre es algo que nos toma por sorpresa. No estamos preparados para asumir al enfermo, porque tenemos planes que realizar, y éstos se pueden ver interrumpidos o pospuestos abruptamente por el estado del enfermo. Muchas veces, cuando nuestros planes quedan alterados buscamos una solución para nosotros y no para el enfermo, y esto genera un conflicto. Lo cuál nos pide interrogarnos sobre ¿cuál es nuestra actitud ante esta situación?

Que se trastoquen nuestros planes influye sobre nuestra actitud, pues no somos invulnerables a los imprevistos. En este caso, debemos que tener una actitud realista y atenta enfocada en los acontecimientos que se están sucediendo. Por lo general, la gente tiende ha decir hay que tener una actitud positiva. Pero ¿qué quiere decir tal cosa? ¿Qué es tal cosa? Esto lo que quiere decir es que seamos optimistas. Sin embargo, más que ser optimistas debemos ser analíticos y realistas, para comprender lo que estamos viviendo nosotros y el enfermo.

¿Qué podemos hacer? Que nuestra actitud queda comprometida al cuidar de un enfermo es un hecho cierto. Por eso la atención que debemos prestarnos a nosotros mismos es importante, esto es, el conocernos a nosotros mismos para así también saber cuidar de nosotros.

Actualmente hay mucha autoayuda en el mercado. La mayoría tiene una concepción triunfalista y optimista ilimitada, que hace que todo sea posible de alcanzar. Por eso mismo, tales concepciones son engañosas y hay que tener cuidado con sus predicamentos.

Por el contario, las concepciones estoicas y epicúreas nos permiten asumir la vida con entereza, templanza y serenidad. Pues, éstas  son realistas y sinceras; nos hacen asumir una actitud adecuada ante las circunstancias para afrontar la rudeza del mismo. En éstas no hay cabida para las vanas esperanzas ni para los engaños. Pues, la vida se nos presenta de una manera y nosotros estamos en ella resolver lo que nos cae en cuenta.

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sábado, 29 de junio de 2019

MARCAR NUESTRO TERRITORIO: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

Marcar nuestro territorio es algo importante, sea éste personal o de cualquier otro tipo. Por cuanto, nos definimos en nuestro pensar-hacer. Marcar nuestro territorio es gustar del hogar, no me refiero al hogar en su sentido familiar; sino a aquello que nos define a cada uno, aquello que somos en nuestro hacer. Marcar, en este sentido, es establecer una definición. Por tanto, para hacer tal cosa tenemos que definirnos a nosotros mismos.

Al marcar nuestro territorio determinamos porque nos gusta nuestro hacer, nos hacemos casa  que habitamos; y esto nos convierte en un sujeto visible. Ese territorio, que llamamos casa es nuestro ser, es nuestro dominio con las fortalezas que tengamos, en él somos el único dueño y señor. Es nuestro señorío y en habitamos. Cada uno vive en el suyo. Si esto no es así, entonces vivimos una vida inauténtica.

En este determinar nos convertimos o llegamos a ser el jefe de lo que somos. A servirnos a nosotros mismos, a ser abiertamente obstinados y hacer lo que nos place; provocamos nuestras esperanzas y aspiraciones al ser dueños de ellas. Por amor a nosotros atendemos nuestras propias necesidades y deseos. Por ello, cada cual debe marcar sus límites para vivir en paz.

En este amarnos nos interesa el cuidado y la protección que brindamos a pensar-hacer, que nos brindamos a nosotros, a nuestro territorio. Tenemos que tener en cuenta que nuestro territorio colinda con otros territorios, que compartimos lugares comunes, es decir, que convivimos; por lo cual nuestro territorio se extiende más allá de lo que penamos. Por lo tanto, no debemos sorprendernos de esos largos paseos que intercambiamos con otras personas.

Tanto marcar el territorio como el amarnos nos hace que estemos ligados a nosotros y a los otros, porque esto representa el centro de nuestro universo de confort y el marco de nuestro bienestar. A partir de esto dos elementos se desarrollan el cuidado y el conocernos a nosotros mismos.

Hay una relación directa entre la felicidad anímica, el cuidado y el conocernos que se da a partir del marcar nuestro territorio. Pues, ese territorio lo decoramos, lo embellecemos, mantenemos su limpieza, su orden. Por eso deseamos pasar en nuestro estar e invitamos a otros a él, porque percibimos un vínculo entre nuestro territorio y nuestro estado emocional. Hay coherencia.

Esta coherencia es una acción refleja, una visualización de nuestro bienestar y de la imagen que uno tiene de sí mismo. Entonces debemos preguntarnos: ¿cómo nos sentimos en nuestro territorio? ¿Nos encontramos a gusto y estamos cómodamente instalados en él? ¿Nos gusta compartir el mismo con nuestros amigos? ¿Estamos orgullosos de él? ¿Hemos creado las condiciones para nuestro placer?

Nuestro territorio refleja nuestro bienestar. Es nuestro refugio, el lugar donde podemos descansar, tomar fuerzas y aislarnos del ajetreo exterior. Por eso es nuestra casa, nuestro habitar. Ese territorio es el centro de nuestra felicidad, por lo cual podemos extender nuestras fronteras para ese territorio, nuestra zona de confort y de seguridad, al intercambiar con otras personas.

Nuestro territorio tiene que ser confortable; tiene que ser un lugar en el que podamos descansar, cuidarnos, centrarnos y recibir a las personas que queramos. Por ello en él debemos cultivar la comodidad y la belleza del mismo para sentirnos bien con nosotros y con los demás.

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sábado, 22 de junio de 2019

ENTENDER Y PADECER: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

“Todos saben cómo vencer el dolor salvo aquel que lo padece”
Shakespeare

Todos sabemos que padecer y entender no siempre se incluyen en nuestro saber. Podemos entender algo sin padecerlo o padecer algo sin entender lo qué es. Un joven puede entender que un cuerpo viejo padezca de dolores, de achaques; pero él no los padece. O el viejo padece de los achaques propios de la vejez pero él no lo entiende.

O podemos entender el dolor de otro por la pérdida de un ser querido; sin embargo, nosotros no padecemos de ese dolor. El entender nos puede permitir vencer el dolor pero, como dice la cita de Shakespeare, menos aquel que lo padece. Por cuanto, el padecer nos abruma y nubla nuestro entender.

Es muy fácil recomendar a alguien que no se deje abrumar por la situación que padece, qué trate de entender lo que le sucede. No obstante, el padecer es algo radical, está muy arraigado como para hacerlo a un lado de una manera tan fácil. Por eso cuando padecemos una tristeza que apenas logramos comprender ésta no envuelve y arrastra.

Ante eso podríamos creer que todo padecer es mayor que el entender, y tal vez sí lo es porque no nos permite tener una bocanada de entendimiento. No obstante, en todo padecer hay un momento de claridad, una salida de sol en medio de la lluvia. Y son esos momentos lo que os permiten un pensar más o menos sereno.

Ahora bien, todo padecer, como hasta ahora lo hemos presentado, no tiene la capacidad o necesariamente no están grande como para nublar nuestro entendimiento. Hay «padeceres», y vamos a llamar a éstos cotidianos o de todos los días, y se dan por las circunstancias del vivir diario. Pero también tienen la particularidad de que nos abruman. ¿Por qué de este abrumar?

Siempre padecemos porque somos, casi siempre, efectos de las circunstancias. Lo cual no quiere decir, tal vez, que éstas sean tan grandes como para que no podamos ver a través de ellas. Porque muchas veces las cosas más pequeñas nos apartan de nuestro entendimiento, nos distraen. Creo que Pascal habla al respecto del zumbido de una mosca que nos distrae debido a nuestra fragilidad.

Este es otro tipo de padecer, el padecer por nuestra fragilidad en el mundo. Cualquier cosa nos distrae. Tal vez, por eso aquello que decía Cabral «no estas deprimido sino distraído». Y esto en el padecer si es algo que debemos tener muy en cuenta, estar muy atentos a ello. Porque la distracción por los «padeceres» de cada día nos puede hacer perder el entender lo que estamos viviendo y padeciendo.

Y repito de estos padeceres es algo de lo cual debemos estar muy atentos. Se dan a cada momento de nuestro vivir y se dan diario. Nos distraen y terminan siendo más grandes de lo que en verdad son.  Los magnificamos y por eso acaban abrumándonos, ante estos tendríamos que asumir una postura cercana o seguir a los estoicos o a los epicúreos. Que tratan de hacernos ver que las cosas mundanas no pueden sobrecogernos.

Ante este padecer debemos entender. Porque de lo contrario pasaremos nuestro vivir en un permanente estado de angustia o desconcierto, aun cuando estemos en un estado de bienestar. Que al verse, ese estado de bienestar, mínimamente afectado caeremos en un estado de depresión e incertidumbre.   

Pasaremos de un estado de bienestar a una incomprensión de lo que nos rodea. Y apelaremos a esa expresión consoladora que en estos últimos años se ha producido en Venezuela «éramos felices y no lo sabíamos». Tal vez, en verdad no había ninguna felicidad, lo que había era otro estado de distracción producido por otras circunstancias; y en esa otra bruma no habíamos entendido que nuestro vivir es finito y esta finitud siempre nos roza.

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sábado, 15 de junio de 2019

SOLUCIÓN O EVITACIÓN DE LOS CONFLICTOS: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

Evitar los conflictos resulta más fácil que solucionarlos. Con evitar me refiero, en este caso, a eludirlos cuando ya éstos están presentes o se han hechos manifiestos. También consideramos que evitar es no participar en ningún tipo de conflicto, acá evitar tiene otro sentido y significado. Por otra parte, conflicto no puede ser visto solo como un aspecto negativo o como algo que nos llega de afuera. Puesto que, el conflicto puede ser algo que nos planteamos con el ánimo de resolver.

Cuando hablamos de conflicto, en muchos casos, nos referimos a éste como un enfrentamiento o situación desagradable, razón por la cual evitamos participar en él. Esto es en su aspecto negativo, esto es, algo que nos resulta doloroso. En un sentido positivo, el problema o conflicto designa una dificultad que requiere una acción intelectual y de experiencia para resolverlo. En este caso, el conflicto es un eslabón de la cadena: problema-indagación-solución.

Ahora bien, para la resolución de todo conflicto llevamos a cabo un conjunto de acciones que involucran nuestros conocimientos y creencias, las cuales desplegamos para la solución del mismo. Esto lo hacemos en la medida que tenemos que analizar el despliegue del mismo, los mecanismos sobre los cuales se fundamenta, el dinamismo, el sentido y la significación en el marco de la dimensión de nuestro pensar-hacer y de las interrelaciones con los demás.

Los conflictos en nuestras relaciones interpersonales tiene muchas causas, por ejemplo, defender nuestro territorio personal, laboral o familiar; o muy común los mal entendidos al hablar sobre algo. Ahora bien, ¿son en verdad conflictos o simples roces de convivencia? Con respecto a los conflictos, creo que es importante distinguir lo importante de lo cotidiano. Con cotidiano me refiero a esos roces intrascendentes de cada día, por ejemplo, un empujón sin intención el cual se resuelve con una disculpa, con un gesto de amabilidad urbana.

No hay que hacer un drama de cada roce. Porque terminaríamos por creer que cada asunto que nos pasa es un conflicto en su sentido más grave, más bien esto puede ser un asunto patológico que requeriría de una consulta con un especialista. Y no es el caso que acá trato de exponer.

Otro aspecto del conflicto, el cual he tratado en otros artículos, es distinguir el problema de la persona. En filosofía, en el campo de la lógica, se llama a esto argumento «Ad hominen» que significa argumento “contra el hombre”, el cual que es un falacia; el mismo busca desacreditar a la persona que ha hecho un reclamo, por ejemplo, al replicar sobre quién es esa persona. En la política es muy común ver esto, por ejemplo, cuando se desacredita a una persona porque pertenece a un determinado partido político, y con eso se evita abordar la denuncia o el reclamo que la persona realiza. Lo que se busca es enfrentar el problema o el conflicto que alguien ha planteado.
Todo conflicto necesita el despliegue de estrategias. El conflicto hay que enfrentarlo con el fin de solucionarlo, no para agrandarlo. El dicho popular dice: «echarle gasolina a la candela», con eso se refiere a que no hay disposición de solución sino de hacer que el problema se haga más dificultoso.

Para la solución de nuestros conflictos tenemos que ser audaces con el conocimiento que poseemos y con el que tenemos que adquirir. Este último, lo adquirimos de manera rápida consultando a otras personas que nos pueden ayudar.

Al principio señalé que evitar también tiene el sentido de no participar en conflictos, en la forma de no generar problemas. Esta es la actitud general de no ser beligerantes, para utilizar un término agresivo, por medio del cual evitamos producir conflictos. Es un talante activo que deviene de una actitud prudente, sensata de llevar adelante nuestro vivir. De antemano, prevemos no generar roces.

Esta postura ante los conflictos es juiciosa y debemos cultivarla, porque nos hace estar atentos a nuestro entorno; a lo que en él sucede. Así prevemos  ciertos sucesos que pueden desencadenar un conflicto. A esto también lo llamamos evitar. El afrontar y el evitar en este sentido el conflicto es una actitud activa y responsable. Pues, siempre estamos dándole la cara de manera reflexiva a lo que sucede.

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sábado, 8 de junio de 2019

SABER DECIR SÍ, SABER DECIR NO: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

En estos últimos tiempos se ha puesto de moda, y porque se ha puesto de moda, se le ha dado preeminencia al hecho de aprender a «decir no», como si «decir no» fuese más importante que «decir sí». El argumento deviene del hecho de que a muchas personas les resulta más fácil «decir sí» por sumisión, miedo… que «decir no».

Con eso lo que se busca es promover una actitud de resistencia, una actitud de indocilidad ante la postura de sumisión. El «no» se convierte en una acción para detener el abuso y el aprovechamiento de los demás sobre uno. Eficaz o no, como toda acción puede dar resultado y si no es reflexionada podría darlo a corto plazo. Tal vez, sería más eficaz indagar sobre las causas que producen que uno tenga una actitud sumisa y dócil ante los demás.

Es tan fundamental aprender a «decir no» como aprender a «decir sí», porque cada respuesta depende de un contexto, de unas circunstancias, y por supuesto de una disposición y una reflexión determinada. La respuesta no depende de un apriori, ni de una moda. La respuesta depende de un sujeto que se conoce a sí mismo o no, y esto es lo más importante en último término.

Pretender inculcar una actitud de rebeldía no tiene sentido, porque hay personas que no tienen esa disposición. Incluso imponer un «decir no» es una imposición como cualquier otra. Aunque hay personas que no les gusta que les digan lo que tienen que hacer, hay otras que sí. Hay personas que están dispuestas y sin ningún problema a obedecer una orden, la cual no tiene que ser dada de manera imperativa.

Decir que a los humanos no nos gusta recibir órdenes es mentira. Las ordenes están presentes todos los días sea de manera directa o indirecta; están en el trabajo, en la casa, en los códigos sociales del entorno en que nos movemos. Esto es lo que se ha llamado el «contrato social» que nos permite interactuar como sujetos sociales.

Nuestro aprendizaje está en función de las perspectivas que tenemos del mundo en que actuamos. Unos son testarudos, otros no. Lo importante, tal vez, sería mostrar el menú de opciones del cual podemos disponer y que nosotros reflexionemos sobre nuestras circunstancias y lo qué debemos hacer en éstas.

Decir no, decir sí, o decir quizás, tal vez, más tarde, déjame pensarlo: depende de unas circunstancias y de un sujeto que en ellas está. Por tanto, más que aprender a decir no, lo que es importante es la reflexión ante la petición que se nos hace o que nos hacemos a nosotros mismos. Porque todo mandato no proviene de afuera, muchos mandatos son propios, son nuestros.

Lo que podríamos es preguntarnos: ¿Por qué se ha puesto de moda o se ha convertido en importante decir no? Algo ha sucedido para que esta negación se haya convertido en algo relevante. ¿Acaso nos hemos dado cuenta de nuestro estado de alienados? ¿De que estamos en un afuera de nosotros? Sin embargo, por ser una moda este apriori del no posiblemente pase en el algún momento a un segundo plano, sin importancia alguna.

Los gurús del «no» nos quieren imponer el no como si esto no fuese un mandato, una orden. Lo que debemos hacer es analizar si las necesidades de los demás nos incumben, si debemos seguir directrices que no tienen nada que ver con nosotros o si los asuntos de los demás nos hacen vivir en un estado de sumisión. Las respuestas que demos a esto será nuestra responsabilidad y de ésta nos haremos cargo.

La facultad de «decir sí» puede ser una actitud, una disposición personal a no negarse a hacer un favor. Y en eso no hay nada reprochable. Lo reprochable no está en la persona que dice sí, sino en aquella que se aprovecha de esa persona. No confundamos quién es el culpable. El victimario es quien convierte al otro en victima. El jefe o el esposo, por ejemplo, que se aprovecha o manipula al otro para su beneficio propio.

Lo que debemos fomentar es la capacidad de análisis de la toma de decisiones para que atendamos analíticamente a lo que las personas son y quieren, y atendamos a las circunstancias en que nos encontramos antes de decidir. Para que, de esta manera, podamos proteger nuestra libertad de acción y decisión.

Aprender la toma de decisiones es aprender a salvaguardar nuestro vivir, nuestra capacidad para actuar; también es saber hacernos respetar en un entorno que muchas veces se aprovecha de nuestras capacidades y fortalezas.

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