miércoles, 29 de junio de 2016

FALLAS Y DESARROLLO DE NUESTRA ORGANIZACIÓN FUNCIONAL: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

Las fallas en nuestra organización funcional pueden darse en nuestro hacer personal, profesional, laboral, organizacional, empresarial… Porque todo nuestro pensar-hacer es una organización funcional, aunque éste no esté planificado. No obstante, los éxitos o fracasos que alcancemos devienen de si nuestra organización funcional es eficiente o no. Expondremos varios aspectos, aunque nunca serán todos.

 La primera falla es la DISPERSIÓN Y CONSECUENTE PÉRDIDA DE AUTORIDAD DE MANDO. La pérdida de nuestra autoridad funcional nos lleva a la merma para controlar el funcionamiento de nuestro pensar-hacer, nos volvemos erráticos, deficientes e ineficaces. Así mismos, adquirimos una minusvalía funcional en nuestras relaciones. Ya que, comenzamos a manejar nuestras situaciones de manera torpe, distraída, porque perdemos el control en el funcionamiento de nuestros inteligencias.

Segundo aspecto es la SUBORDINACIÓN MÚLTIPLE. Si en nuestra organización funcional tenemos dificultad para determinar la distribución de prioridades, esto nos trae los problemas para limitar nuestras responsabilidades. Como dice Covey, sino sabemos determinar lo que es importante y lo que es urgente esto nos lleva a una pérdida de tiempo y a confusiones imprevisibles. Igualmente nos hacemos erráticos, desacertados en nuestra tomas de decisiones. Todo nos parece que tiene igual importancia. Por lo que, no podemos ni sabemos definir que va primero, ni en cual orden de prioridades debemos actuar. Estamos en una situación de confusión. Tenemos que aprender a subordinar cosas, para así establecer escalas de prioridad eficientes.  

Tercer elemento que debemos considerar en nuestra organización funcional, es la TENDENCIA A LA COMPETENCIA DE ESPECIALISTA. Esto es, todo lo sabemos hacer, somos excelentes en todo. Tal cosa es falsa. Según nuestra inteligencia múltiple nos desenvolvemos adecuadamente en algunos ámbitos, es decir, tenemos fortalezas para algunas cosas, para otras no. Sabemos hacer algunas cosas inteligentemente, para otras somos torpes. Por ejemplo, para futbolista derecho no es recomendable que patee a la portería con la pierna izquierda, porque lo más probable que falle la oportunidad de gol. Así somos con nuestras inteligencias. Somos especializados, por decirlo de alguna manera, en determinadas actividades, por lo que no podemos imponernos en nuestras funciones a hacerlo todo. Debemos delegar, para enfocarnos en los problemas que estamos inteligentemente preparados para resolver; en lo demás buscamos ayuda. Sin orgullos tontos.

Un cuarto aspecto a considerar es la TENDENCIA A LA TENSIÓN Y A LOS CONFLICTOS. Esto se da cuando somos uno de esos criticones, todo lo sabemos y en todo nos metemos, sin que nadie nos llame por supuesto. Damos opinión sobre lo divino y lo profano. Con lo cual generamos tensiones y conflictos a nuestro alrededor, que poco a poco nos pasa factura. Nos convertimos en sujetos tóxicos. Estamos en una permanente competencia. Por lo cual, la visión de conjunto de nuestra vida, es decir, de nuestra organización funcional. Esto nos lleva a una permanente divergencia, y una multiplicidad de objetivos, que por lo general, son antagónicos.  Producimos por ensalmo tensiones y conflictos con nosotros mismos y con los demás. Somos cuestionadores vacuos y sin sentidos. Después apelamos a que somos unos incomprendidos y terminamos en que nadie nos trate. Nos lo ganamos.

El quinto aspecto a considerar es la CONFUSIÓN EN CUANTO A LOS OBJETIVOS. Cuando estos nos pasa hemos perdido la brújula y con ella el rumbo. No sabemos qué es lo que queremos. Al poseer una brújula defectuosa vamos sin sentido, nuestro pensar-hacer es errabundo. Uno cosa o la otra nos es igual, ya que no están ni definidos ni determinados nuestros objetivos. Todo es igual al mismo tiempo. No sabemos exactamente qué hacer, la vida se nos vuelva algo gris. No sabemos a dónde dirigirnos, estamos como Alicia en la encrucijada. Queremos ir a algún lugar pero cualesquiera nos dan igual. Sin objetivos, las metas se vuelven difusas, borrosas, inmateriales. Caemos en la molicie. Somos parte del problema. Queremos hacer todo y nada. Somos una paradoja.       

Para superar la anterior falla funcional debemos plantearnos OBJETIVOS CORPORATIVOS. Es decir, debemos plantearnos objetivos que contribuyan al éxito de nuestra empresa, de nuestro emprendimiento, de nuestro pensar-hacer. A eso que nos hemos propuesto hacer en la vida y que responde a las destrezas de nuestra inteligencia múltiple. La administración de de nuestros objetivos no es un fin en sí mismo, es una manera de apoyar las metas que nos hemos planteado. Asimismo, debemos proponernos OBJETIVOS FUNCIONALES. Que contribuyan a mantener nuestros recursos, en todos los sentidos, a un nivel apropiado a las necesidades de nuestra organización funcional. Debemos hacer una administración personal que se adecua a nuestras necesidades produciendo las mayores ganancias de los recursos que poseemos.

Asimismo, debemos plantearnos OBJETIVOS SOCIALES. Esto quiere decir que debemos responder a los desafíos sociales a partir de una ética coherente. Con ello reduciremos las tensiones y las demandas inadecuadas a nuestros fines que la sociedad ejerce sobre nuestro pensar-hacer; si no hacemos frente a tales tensiones terminamos por disminuir y fulminar nuestra organización funcional. Ya que tales demandas que no son adecuadas a nuestras metas van ganando terreno en nuestro hacer, y terminamos por enajenarnos en ellas. Terminamos siendo otro. Nuestra personalidad se fortalece en la medida que nos planteamos objetivos sociales, es decir, objetivos éticos.   

Los anteriores objetivos desembocan en la propuesta de OBJETIVOS PERSONALES. Necesitamos tener presente que cada uno nosotros es integrante absoluto de la organización funcional que nos hemos planteado. Por lo cual, aspiramos a lograr metas personales legítimas. Reconocemos, entonces, que una de nuestras funciones es apoyar las aspiraciones que nos constituyen, que nos hemos propuesto, las cuales configuran nuestro hacer. Los objetivos personales nos hacen ver como sujetos de acción. Como sujetos de nuestra propia autonomía.

Tales objetivos nos llevan pensar en función de una justicia organizacional, que tiene efectos más allá de las actitudes, del compromiso y del esfuerzo). Se trata que apreciemos nuestra sustantividad y los efectos que ésta tiene en nuestros logros. Esto nos lleva a tratarnos con equidad y plantearnos, por una parte, una JUSTICIA DISTRIBUTIVA, esto es, a darnos los incentivos necesarios para seguir adelante. Por otra parte, proponernos una JUSTICIA PROCEDIMENTAL, es decir, determinar los procedimientos por medio de los cuales adoptamos las decisiones para distribuir nuestros incentivos.

Podemos plantearnos nuestra organización funcional desde tres enfoques. El primero, el ENFOQUE FUNCIONAL, éste lo orientamos a integrar la razón de nuestro ser; la búsqueda de relaciones equitativas, flexibles e integradas para aumentar nuestra productividad, mejorar nuestra eficacia, para asegurar los compromisos en el cumplimiento de nuestros objetivos. El segundo, el ENFOQUE ORGANIZATIVO. Con éste buscamos dar la calidad a lo que estamos haciendo; intentamos conciliar nuestras necesidades con los objetivos planteados. Usamos instrumentos, herramientas y programas para el desarrollo y cumplimiento de nuestro hacer exitoso. Por último, el ENFOQUE ESTRATÉGICO. Lo concebimos como una función de asesoramiento de las estrategias necesarias, para fomentar una organización de aprendizaje capaz de cumplir exitosamente las metas propuestas.


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martes, 21 de junio de 2016

NUESTRO PATRÓN MENTAL DE ÉXITO: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

Importante es saber cuál es nuestro patrón mental de éxito. Porque cada uno de nosotros tenemos un esquema mental de éxito y con éste realizamos nuestros haceres en el mundo. Éste determina cual será o es nuestra trayectoria para el éxito o no. No obstante, nos preguntamos ¿Qué es el patrón mental de éxito?

Este patrón es un plano o un diseño específico (personal) de nuestra relación con el mundo, con los demás, con nuestro pensar-hacer, con el éxito. Es nuestro modo de ser, de actuar, de nuestra relación con resultados exitosos. El modo de cómo producimos el mismo es Deseo + Razón + Acción = Resultados (D + R + A = R) Es, como apreciamos, la sumatoria de diversos elementos con el fin puesto a unos resultados. Resultados que han de ser felices, para que los mismos sean exitosos.
 
El deseo desea algo, es el primer movimiento como diría Aristóteles es lo que mueve. A éste deseo se suma la razón, que en este caso es una razón deseante, la cual organiza y encauza al deseo con vista a un fin. La razón en conjunción con el deseo está dirigida a un acto, a una acción. El deseo mueve a la razón y ésta dirige a aquella a una acción productiva. Y toda acción produce, entonces, un resultado. Si cada elemento se ha producido en armonía con el otro, podemos esperar que el resultado sea exitoso. Por el contrario, el resultado podría no ser exitoso.  

Podemos expresarlo en otros términos, es decir, inteligencia del deseo (Inteligencia Emocional) + Inteligencia de la razón (Inteligencia Racional) + Inteligencia en las acciones (Praxis Racional) = Resultados (Exitosos). Porque estamos tras la búsqueda de resultados beneficiosos. Cuando este esquema falla no encontramos los resultados que deseamos. Ahora bien, esta formulación no contempla a un sujeto aislado, sino que está en función de relaciones con el mundo, para ello es la razón. Además, no es un esquema lineal, aunque así pareciera. Tiene bucles.    

También lo podemos expresar de esta manera: Pensamiento → Sentimiento → Acciones = Resultados (P → S → A = R). Se produce en nosotros un Pensamiento de algo, una idea que nos lleva a un Sentimiento que desea, una emoción que nos impulsa a realizar una Acción para lograr un Resultado que satisfaga aquel primer Pensamiento. Acá parece circular. Sin embargo, lo mismo ocurre en el anterior esquema, el resultado debe satisfacer al deseo o pensamiento inicial. 

Como apreciamos nuestro patrón mental de éxito está conformado por la combinación de: pensamientos, razón, deseos, sentimientos, acciones con vista a un resultado. Somos dueños de nuestros deseos, pensamientos y acciones. Pero debemos trabajar para ser dueños de nuestros resultados también. Porque a veces los resultados no son los que esperábamos o no somos propietarios de éstos. Aunque somos responsables del éxito o del fracaso.

Tal como hemos expuesto el esquema de nuestro patrón mental éste resulta muy aséptico. Entonces nos interrogamos ¿Cómo se formó nuestro patrón mental de éxito? Acá es bueno aclarar una cuestión, muchas veces y es lo más común, nuestro patrón mental es más un patrón de fracaso o de conformidad que de éxito. Por ello, es importante que nos planteemos estas dos preguntas: ¿Cuál es nuestro patrón mental de éxito? Y ¿Cómo se formó éste? Porque en gran medida trabajamos más con un «patrón mental de conformidad o de fracaso»

¿Cómo se ha formado nuestro patrón mental? —Voy a excluir de éxito, por el momento— Nuestro patrón mental se ha formado, en primera instancia, a partir del «conjunto información que hemos recibido», de nuestra familia, amigos, escuela, trabajo, entorno social… En segundo lugar, se ha conformado de la manera en cómo hemos «procesado esa información» que hemos recibido a lo largo de nuestra vida, de nuestras interacciones sociales y de nuestras reflexiones. En tercer lugar, se ha conformado a partir de esa «visión del mundo» que hemos elaborado para nosotros. En cuatro término, se ha conformado a partir de «cómo hemos manejado nuestras circunstancias». Estos cuatros elementos son los que han conformado nuestro patrón mental, sea éste de éxito, fracaso o conformidad.

Según sea nuestro patrón mental tenemos «un modo» de pensar y tratar el éxito. ¿Hemos aprendido a cómo pensar acerca del éxito? ¿A cómo tratar con relación a él? Porque muchas veces, e insisto es muy común, que tratamos al éxito con rechazo, esto es, lo rechazamos. Incluso, le tenemos miedo. Eso se debe a nuestro patrón mental. Por ejemplo, en nuestra familia nos enseñaron a trabajar, a ser responsables; pero no a ser exitosos. Son dos cosas diferentes.  

Ahora bien, pensar y tratar con el éxito es un «proceso de aprendizaje». Y como en todo proceso de aprendizaje éste trato y este pensar se aprenden. Este aprendizaje se ha de convertir en norma, en ley. En comportamiento adecuado a un fin; en respuesta automática ante la vida. Aprendizaje que terminará por dirigir nuestras vidas hacia el éxito.

A partir de lo anterior tenemos que el proceso de aprendizaje nos coloca en un esquema del tipo: Aprendizaje → Pensamiento → Sentimientos → Acciones = Resultados (A → P → S → A = R) o Aprendizaje + Deseo + Razón + Acción = Resultados (A + D + R + A = R). Recordemos que nuestro patrón mental, como hemos visto, es un proceso social. Por tanto, el aprendizaje es un factor relacional en la modificación de ese patrón que hemos conformado.

El aprendizaje nos da la libertad de revisar, interceder y modificar nuestro patrón mental. Si éste es un esquema de fracaso o de conformidad lo podemos re-configurar para que sea un verdadero patrón mental de éxito. La condición está en re-estructurar el aprendizaje y el condicionamiento que rige nuestro pensar-hacer, para así lograr un esquema mental adecuado a unos resultados exitosos.

Ahora bien, para que uno se plantee realizar un cambio es porque debe pasar algo, darse alguna situación. ¿De dónde proviene un deseo o pensamiento de cambio? Proviene de una insatisfacción. De no estar satisfecho de algo y ser consciente de ello. A partir de eso asumimos llevar a cabo un conjunto de acciones para cambiar esa situación.

Tales circunstancias, que ahora nos abruman, se han ido conformando a través del tiempo. Viene, entonces, la siguiente pregunta ¿Cómo hemos llegado a estar condicionados? ¿Cómo hemos podido estar atrapados en esa situación? Por varias causas, entre éstas tenemos, en primer lugar, el «Condicionamiento Verbal», es decir, lo que hemos estado oyendo permanentemente, por ejemplo, el éxito es malo; entonces, se hace necesario preguntarnos ¿Qué hemos estado oyendo durante toda nuestra vida? En segundo término, el «Condicionamiento de Modelos de Referencia», lo que hemos visto e imitado, antes dije que por ejemplo nuestra familia nos ha enseñado a trabajar y ser responsables; eso hemos visto, trabajamos y somos responsables pero hasta allí; Debemos que preguntarnos ¿Qué hemos visto, qué estamos imitando? Tercero, el «Condicionamiento de Incidentes Concretos», esto es, las experiencias de nuestra vida, los asuntos en que nos hemos vistos envueltos, cómo hemos resuelto o interactuado en esas situaciones; en este caso, tenemos que preguntarnos ¿Qué hemos experimentado? o ¿Cuáles han sido nuestras experiencias hasta ahora?

Al comprender estos diversos condicionamientos de nuestro pensar-hacer podemos reestructurar, reorientar, desde el aprendizaje nuestro patrón mental de éxito. Como apreciamos estamos ante una situación reflexiva-praxis para poder superar nuestro modo de vida, darle un giro hacia unos resultados que deseamos llevar a cabo, y así alcanzar una vida exitosa.


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martes, 14 de junio de 2016

NUESTRO APRENDIZAJE PARA RESULTADOS EXITOSOS: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

Tenemos que observar permanentemente nuestros resultados. Para saber si éstos nos gustan o no. Porque tales dicen mucho de los que somos y hacemos, esto es, de nuestro pensar-hacer. ¡Cuidado con ellos! Porque de alguna manera son como una matriz de evaluación de nosotros mismos.

Cuando atendemos a nuestros, a la vez, tenemos que poner atención al ser que somos. Repito a nuestro pensar-hacer. Ya que esto que somos  es lo que produce nuestros resultados. Si deseamos producir resultados diferentes a los que hemos alcanzados o estamos alcanzando. Entonces, tenemos necesariamente que modificar lo que somos. Tenemos que modificar nuestro pensar-hacer. No podemos creer que cambiaremos nuestros resultados manteniendo nuestro mismo modo de pensar.

Si queremos resultados diferentes en nuestra vida tenemos que analizar, en primer lugar, nuestro «patrón mental de éxito» en función de lo que estamos alcanzando o no. Tenemos que saber y entender cómo está constituido tal patrón, pues de él devienen nuestros resultados. Nuestro patrón mental determina nuestro hacer, y en consecuencia lo que logramos o dejamos de lograr.

Nuestra vida fluye a través del patrón mental que hemos ido construyendo, o el cual hemos conformado. Nos regimos por éste. Buscamos la luz, la oscuridad o ambas, según el patrón mental que nos planteamos. Damos respuestas a los asuntos en que interactuamos desde un patrón mental determinado. Que nos define como sujetos y define nuestras actuaciones.

Los resultados obtenidos nos sirven para analizar nuestra situación, nos hacemos cargos de ellos para entender que ha estado pasando. A partir, de este análisis comenzamos a poder cambiar los resultados que están por venir, pues nuestras acciones derivaran de un enfoque diferente. Ya que, nuestro patrón mental hemos tenido que reconfigurarlo.

En nuestro hacer vivimos en cuatro ámbitos. Éstos son el físico, mental, emocional y espiritual. Los cuales están relacionados entre sí y se influyen unos a otros. Si modificamos uno cambiamos los otros. Por ejemplo, nuestro mundo físico o material está condicionado por los otros tres; si deseamos cambiar las condiciones de nuestro mundo material tenemos que cambiar las condiciones desde los otros tres ámbitos. Los resultados que ahora deseamos lograr, los podemos alcanzar a partir de los cambios que hagamos de nuestro mundo mental, emocional y espiritual.

De este modo, la carencia de éxitos materiales es el resultado de nuestro mundo mental, emocional y espiritual. Para cambiar nuestro «universo de resultados» es necesario transformar nuestro pensar-hacer. El mundo que es causa de nuestros resultados.

Porque nuestro universo de resultados es producto de nuestra toma de decisiones; y ésta está determinada por nuestro patrón mental de éxito. Sean los resultados que sean. Si Los resultados obtenidos nos resultan deficientes o no están bien, es porque nuestro patrón mental es deficiente o no es adecuado para la búsqueda de tales resultados. Tenemos acá una relación de causa-efecto.
Ahora bien, esto no es un problema irresuelto. Pues tenemos la libertad de poder transformar nuestro patrón mental y con él los resultados que deseamos obtener. Para ello está el aprendizaje. Lo que oímos y vemos lo aprendemos; lo que pensamos-hacemos lo aprehendemos. Por tanto, cada «aprendizaje » nos tiene que llevar a una acción en la búsqueda del éxito. Cada quien determina cual es su «universo de éxito» y de qué trata éste.

Porque el aprendizaje tiene que contener la intención de emprender una acción, y de adoptar una posición precisa para lograr un resultado determinado o que nos proponemos. Con el aprendizaje debemos manifestar nuestra intención de hacer o ser algo. No puede ser un aprendizaje que se queda en sí mismo. En tal caso, el aprendizaje no tiene sentido. Por cuanto todo aprendizaje, en tanto aprendizaje, contiene en sí una transformación. En este caso, es un aprendizaje que tiene la mira puesta en alcanzar resultados exitosos.

Con el aprendizaje para el éxito asumimos una postura ante un hecho determinado que queremos realizar. Y desde esta postura emprendemos todas las acciones necesarias para realizar de ese objetivo o hacer realidad el mismo. Al llevar a cabo un aprendizaje para el éxito  se abre un torrente de actitudes adecuadas para éste. Aprendemos a preservar y canalizar nuestras actitudes y disposiciones. Aprendemos a mantener en lo más alto nuestra capacidad de proyectar hacia un presente y un futuro, a proyectar nuestro pensar-hacer en la búsqueda de una vida exitosa.

            Tal aprendizaje lo realizamos en función de transformar nuestro patrón mental en un patrón mental enfocado al éxito. Porque todos tenemos un patrón mental determinado, pero generalmente éste no está dirigido al éxito. Entonces, debemos comenzar un aprendizaje para el éxito, para así llegar alcanzar los resultados felices y satisfactorios.  


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martes, 26 de abril de 2016

UN PENSAR-HACER PARA EL ÉXITO: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

Para la conformación de un patrón mental de éxito podemos hacer uso de herramientas externas, es decir, hacer uso de técnicas de emprendimiento, de administración y estrategias de inversión del emprendimiento. Es importante adquirir herramientas de primera calidad, para ser un artesano de primera. Muchas de estas herramientas se adquieren en talleres, conferencias, programas de formación, estudios académicos… Siempre hay que separar el grano de la paja, como dice el dicho.    

Junto a las herramientas externas, está ese artesano de primera que debemos llegar a ser.  Para ello debemos ir configurando la persona adecuada, en el lugar y en el momento justo. Esto es, desarrollar las herramientas internas. Para esto debemos comenzar por hacernos y responder un conjunto de preguntas, por ejemplo: ¿Quién soy? ¿Cómo pienso? ¿Cuáles son mis creencias? ¿Cuáles son mis hábitos? ¿Cuáles mis rasgos de carácter? ¿Cómo me siento con respecto a mi mismo? ¿Qué grado de confianza tengo en mi mismo? ¿Cómo me relaciono con los demás? ¿Cuánto confío en los demás?  ¿Siento que verdaderamente merezco el éxito? ¿Cuál es mi actitud para actuar a pesar de: los inconvenientes, preocupaciones, miedos, las molestias?

¿Qué se anida en todas estas pregunta? La duda. Y podemos agregar la duda socrática o cartesiana. Esa duda que nos incita a buscar las respuestas y las acciones adecuadas a un fin, a una meta. Y esa meta, en el caso que nos compete, es el éxito. Para qué tanta pregunta, podemos decir. Este desdén por la pregunta es algo muy común, porque parece que nos la sabemos todas más una. Y como resultado, por lo general, tenemos un sujeto confuso, carente de metas; que navega en un océano sin brújula, sin sentido. Pero que nunca se cuestiona, porque todo está bien.   

Lo cierto, es que nuestro pensar-hacer constituye la parte fundamental y determinante de nuestro éxito y prosperidad. O de nuestro fracaso e infelicidad. Una de las claves esenciales del éxito consiste en elevar y proyectar nuestra energía optimista. Con esto atraeremos a la gente y éxito hacia nosotros. Es el principio de atracción y repulsión expuesto por Empédocles.

          Al configurar las herramientas internas conformamos en sujeto en su pensar-hacer, es decir, nos configuramos a nosotros. Y en consecuencia construimos nuestro patrón mental del éxito. ¿Por qué es importante este patrón? Porque si no estamos preparados y sintonizados para el éxito, en caso de alcanzarlo, lo más probable es que nos dure poco y terminemos perdiéndolo. Será un éxito efímero.

La mayoría de las personas no tienen la capacidad interna para crear y manejar el éxito. De allí que éste se les escapa constantemente de las manos, se les diluye; lo derrochan. Esto se da porque no hay un sujeto adecuado para el manejo del éxito. Se embotan y éste los abruma. Más complicado estas personas no están preparadas para afrontar los retos que acompañan al éxito. El éxito los asalta, más que ellos lo construyan. 

Cuando este fracaso se da tendemos a regresar a nuestro lugar original de seres sin éxito. Porque éste nos resulta un lugar más cómodo de manejar y estamos habituados a manejarlo. Algo como la fábula de la «Zorra y uvas verdes» ¿Por qué se da este fenómeno? O porque no tenemos la capacidad emocional habituada al éxito o no tenemos un patrón mental de éxito adecuado. Incluso, podríamos estar hablando de una forma inadecuada de éxito. Por ser, en este caso, tan perecedero.

Tenemos realmente éxito cuanto elaboramos y llevamos a cabo nuestro patrón mental de éxito. La mayoría actuamos de manera inconsciente a esto. O solo deseamos el éxito, como solo deseo. Para hablar propiamente de éxito, éste tiene que generarse a partir de un patrón mental exitoso, de un patrón mental de riqueza. En ese caso, sería un pensar-hacer constante, sólido. Y no algo voluble.


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jueves, 21 de abril de 2016

EL ÉXITO, ENTRE EL DESEAR Y EL HACER: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

Sin darnos cuenta muchas veces, y son muchas, sin ser conscientes de esto tenemos miedo al éxito y a la riqueza. El éxito es el logro de un resultado feliz, la riqueza una consecuencia de aquel. Ahora bien, muchas veces tenemos solo el deseo de alcanzarlo. Bien sabemos que esto no es suficiente; pues el mero deseo no es el éxito, es solo el deseo de éste. Y esto es una tranca, porque cómo pasar del deseo al éxito propiamente.

Entre el deseo que tenemos de lograr el éxito y el éxito mismo falta un eslabón. ¿Cuál es este eslabón? Alguno podría decir que es la acción, el hacer; ya que no es suficiente el desear, sino que es fundamental el hacer. Y esto es cierto. Sin embargo, para el hacer es necesario un conjunto de disposiciones con vista a un fin. Sin estas disposiciones no somos nada. O en otros términos estamos condenados a no hacer nada o nuestro deseo es vacío.

Tal conjunto de disposiciones, en este caso, está determinada por nuestro patrón mental del éxito; y éste acecha en nuestro subconsciente. Si nuestro patrón está programado para el éxito, nos dirigiremos al éxito. En caso contrario, nada de lo que aprendamos, o sepamos y de lo que hagamos nos conducirá a éste. Seremos como la brújula de Sparrow, que apunta hacía cualquier parte, mientras no determinemos que es lo que más queremos. Nuestro patrón mental es el eslabón entre el deseo del éxito y el éxito mismo. Y a éste es que tenemos que atender antes.

Todo patrón este es modificable, puede ser cambiado. En caso, que el mismo no esté sintonizado con nuestro deseo del éxito. Por ello, debemos interrogarnos ¿cómo pensamos y actuamos con respecto al éxito? Porque aunque mucha gente habla del éxito. Sin embrago, le tiene miedo a éste, como ya dijimos antes. Habla del mismo, pero su pensar no está sintonizado con tal, y su hacer tampoco. Algo así, como aquel que quiere ganar la lotería pero nunca compra el boleto; aquel que quiere graduarse pero no estudia. La razón es que entre el deseo o pseudo-deseo y el patrón mental del éxito hay un abismo insalvable.

Con respecto a patrón mental de éxito, nos debemos plantear al menos estas preguntas: ¿Cuál es nuestra experiencia con respecto al éxito y la riqueza? ¿Cuál es nuestro patrón mental del éxito? ¿De dónde procede éste? ¿Cómo se ha configurado? ¿Qué le está pasando a nuestro potencial con respecto al éxito? Estas interrogantes nos llevan hacer algo de reflexión. Pues nos inducen a examinar nuestras creencias, ya que tenemos algunos juicios muy arraigados. Que no hemos evaluados conscientemente.

Si nos va mal y nosotros queremos que nos vaya bien, es porque hay algo que no estamos haciendo bien, y esto no lo sabemos. Parece algo evidente y muy transparente de ver; pero es ese el problema, que tan claridad deslumbra. No sabemos qué estamos haciendo mal, y tampoco sabemos por qué lo estamos haciendo mal. Muchas veces, porque toda la vida lo hemos hecho de esa manera, y peor aún porque toda la vida lo hemos pensado de esa misma manera. El problema es nuestro pensar-hacer. Algo no funciona en esta unidad. Porque creemos que ambas actividades están separadas.

Aquella reflexión nos llevará preguntarnos ¿cómo debemos platearnos un pensar-hacer para ser un sujeto exitoso? Un pensar-hacer que está signado por nuestro patrón mental del éxito, o éste es nuestro pensar-hacer. Un sujeto exitoso, aquel que alcanza resultados felices, tiene que cumplir los compromisos que se establece. Por acá inicia la cuestión. Plantearnos una filosofía del éxito. ¿En qué consiste ésta?

Puede iniciar, por un primer aprendizaje por modelaje, es decir, estudiar a la gente exitosa, ver cómo piensan y hacen. Para plantearnos estrategias de emprendimiento, estrategias de pensamiento. Comprometernos a lograr el éxito, no quedarnos en el deseo del mismo. Trabajar para ganar, lo otro es trabajar para trabajar. Centrarnos en las metas que nos planteamos, evitar el divagar sin sentido.

De este modo, podemos generar un patrón mental de éxito dirigido al éxito. Recordemos que el cerebro emocional y racional, como lo denomina Goleman, pueden ser nuestro mayor obstáculo para lograr el éxito. Por lo que, debemos asumir un pensar-hacer que estimule el logro del éxito. Porque como señala Goleman “el optimismo —al igual que la esperanza— significa tener una fuerte expectativa de que, en general, las cosas irán bien a pesar de los contratiempos y de las frustraciones”.  

Lo que estamos haciendo, entonces, es diseñar un programa de filosofía del éxito, donde combinamos nuestro ser interior con el ser exterior con el fin de alcanzar resultados exitosos. Que consiste en comprender el ser interior del éxito para ganar el éxito. Aprendemos a pensar en el éxito para hacernos exitoso. Construimos y aprehendemos un patrón mental de éxito programado verdaderamente para el éxito.  

Pues, en muchas ocasiones, lo que llega a constituir nuestro mayor obstáculo en la vida es lo que creemos que sabemos. Pero resulta que no sabemos por qué lo creemos, de dónde ha salido esa creencia, y cómo aplicamos o realizamos ésta en nuestra hacer. Es esencial que reconozcamos por qué nuestro pensar-hacer nos ha llegado a poner en el lugar que nos encontramos. De este modo, podemos iniciar la construcción de un patrón mental adecuado al éxito de nuestra vida.


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martes, 19 de abril de 2016

EUGENITA TIENE MIEDO: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

Eugenita tiene miedo. Desde que su corazón dejo de moverse al ritmo de New Orleans, y asumió la forma atonal de Arnold Schoenberg comenzó el miedo a poblar cada momento de su hacer. Aunque ella no supo que fue lo que sucedió para que se produjera ese cambio de ritmo, su cerebro siempre lo ha sabido. Porque éste que es nuestro hacedor, asimismo es nuestro gran destructor. Ya que siendo él, el ser en cuanto ser nunca nos deja quietos. Esa masa perversa de neurotransmisores nos perturba y se cobra cada cosa de esta vida.

            Eugenita conscientemente no lo entiende. Sin embargo, allí está el miedo acechando. Inventando cada peligro. Buscando la inseguridad de la vida para hacerse más acucioso, más vengador. Miedo endeble para sentir que no podrá llegar hacer lo cotidiano, lo que siempre ha hecho. La impotencia ante el abismo. Esto es lo sublime que acecha sin tocar, pero roza. De allí esa aprensión oculta que no da tregua. El paraíso siempre está lejos.

            Cada incertidumbre aviva esa sospecha. De allí los sueños recurrentes que han aparecido. El perderse y no encontrar lo que se ha perdido, que es ella misma. La conciencia en el subconsciente se hace desgraciada aflorando en la oscuridad del sueño. Ataca sin compasión, acrecienta la turbación y hace la vida una zozobra. Nos vuelve vulnerables ante esta vida, porque ante ésta se presenta inmisericorde la muerte. Y ante ésta Eugenita es humana demasiado humana. Algo la perturba, algo irresuelto. Solo su dios lo sabe.

            Eugenita está muriendo. Muriendo con miedo y eso es más doloroso. Se extravía en las brumas del sueño y de la vida vivida. Los arquetipos del desasosiego se muestran fantasmales, sin permitir asirlos. El cuerpo se ha debilitado y el espíritu también. En última instancia, somos cuerpo. Esa estrecha línea de la vida se va angostando a cada momento, pocas alegrías muchas angustias para un cuerpo ya endeble. Saturno ocupa el lugar de cualquier otro dios, éste ahora mueve los hilos de cada instante de su vida. Dios poderoso y de temer. Nació ella en «La Saturnalia» esa fiesta en honor a Saturno, en la que había libertad para hablar y actuar, y se actuaba con placer y alegría. Sin embargo, el Dios de la melancolía, de ese abatimiento que disminuye el rendimiento y los límites de la actividad vital, es demasiado feroz. 

Las Moiras ya van tejiendo el final de su huso, y con ello el fin del destino. Ya todo se va escribiendo irremediablemente. Eso lo sabe el subconsciente, que es lo más alerta que tenemos. Y éste se repliega contra sí mismo. Se esconde de sí mismo, y hace su aparición en esos momentos desgranando lo ominoso de nuestra vida. Tan endeble, como una barca abatida por la tempestad; encallada en la orilla de los recuerdos que se escurren entre sus manos arrugadas de anciana. En la peinadora reposan, a la espera, los zarcillos de plata y coral rosado con más de treinta años de un deseo mortuorio.

La mirada se pierde en el desamparo, en la búsqueda de otros tiempos alejados. No en este presente de temores y ofuscamientos. Tal vez su alma añora encontrarse con Feliciano y Eulalia, volver a ser la niña que correteaba entre la neblina del tiempo.  Porque las cadenas que atan el alma al cuerpo ya son frágiles. Así el amor florece en la abundancia y perece en la penuria, y llora la muerte como obra del Saturno destructor en el cual se duele su propio destino. 

            La muerte sobre la vida se sabe vencedora. El escabullirse no es solución. El querer evadir lo que es, es solo retrasar lo que el cuerpo sabe. Ese constante nerviosismo que nubla el entendimiento; que prima sobre un moverse sin sentido y sin dar tiempo a la reflexión. La preocupación sin medida que no distingue lo importante y lo fútil; que no distingue donde debe hacer pausa. Que quiere abarcar todo, es una preocupación destructiva. Pues termina por no reconocer límites. Se apodera de toda acción, de todo hacer. El cerebro asesina a su portador. Mata al mensajero.

            El cuerpo se va vaciando de sus dioses, y en su lugar es habitado por sus demonios. Que logran desunir nuestra potencia y nuestro vivir; desunen el dominio de nosotros mismos y de nuestra belleza gestual. Socavan nuestra voluntad de poder, hasta dominarnos con su voracidad. Ahuyentan de este modo la felicidad, y aumentan los sentimientos negativos y los estados preocupación menguando el caudal de la energía disponible. Se da una sensación de intranquilidad, que hace que el cuerpo no se recupere de las emociones perturbadoras. No hay reposo ni para el cuerpo ni para la mente que se siente extraviada. El entusiasmo se contrae y la disponibilidad para afrontar cualquier tarea se disuelve. La consecución de una variedad de objetivos ya no existe. Solo la laguna, como dice Bumbury, que llamamos la eternidad.

            Se convierte la vida en algo unidimensional. Triste espectáculo el del miedo y la tristeza.   Esta última marchita la energía y el entusiasmo de nuestro hacer vital; del horizonte desaparecen las diversiones y los placeres. La tristeza se abraza a la depresión disminuyendo la vida corporal y anímica. Nos convertimos en fantasmas. Atrapada en la telaraña de una tensión emocional prolongada, que obstaculiza sus facultades intelectuales y su capacidad de hacer. Esto la lleva a la inseguridad de resolver su diario hacer, a vivir en su miedo. No hay sosiego para recorrer todas las partes de su vida, ni para mirar con calma hacia adelante.

La vida se hace más breve y más llena de inquietudes, al temer el futuro. Un futuro que es cada día más inmediato. Atrapada en sus emociones se siente desbordada por éstas y le resulta difícil escapar de ellas; su estado de ánimo la esclaviza. Se hace voluble y pierde consciencia de sus sentimientos, éstos la abruman; siente que su ser emocional se disipa y no puede escapar de sus estados de ánimo negativos.

En este tránsito de la vida, antes que llegue el desamparo del adiós, atender las consolaciones del viejo Seneca y seguir sus palabras se hace necesario, al decir éste “no me atrevería a enfrentarme a tu dolor, en el que incluso los hombres de buen grado se estancan y languidecen, ni habría esperado, en una ocasión tan desaconsejable, ante un juez tan desfavorable, frente a una acusación tan desagradable, poder conseguir que absolvieras a tu suerte. Me dieron seguridad tu fortaleza de espíritu, ya puesta a prueba, y tu valor, que demostraste en una dura experiencia”.


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sábado, 16 de abril de 2016

DE LA BIOGERENCIA A LA PSICOGERENCIA: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

Películas, novelas, músicas, discursos, conferencias… Todo sirve de pretexto para celebrar la emoción. El éxito de las anteriores manifestaciones culturales se basa fundamentalmente en el ambiente emocional que suscitan. Lo emocional se empareja ahora con el cociente intelectual, patrón de referencia para la educación. Pues se buscaba conocer y medir el cociente intelectual para conocer el alcance educativo, laboral, social de la personal. A partir de éste que se perfilaba la orientación y los escalafones que podía alcanzar la persona; se preveían las puestas que se abrirían o se cerrarían ante cada quien. Es relevante tener en cuenta que, en nuestros días, es el cociente emocional con el que se intenta medir lo que antes se medía con el cociente intelectual. Porque estos da otra perspectiva sobre el mundo, en general.

Artículos, investigaciones y gestión de recursos humanos encuentran ahí su fuente de inspiración. Esto merece atención, porque en el nuevo imaginario se está forjando a partir del factor emocional, y éste ocupa un lugar destacado. Para evaluar este retorno al afecto, es importante tener presente que la visión eurocentrica se basaba en la valoración, e incluso hiper-valoración, de la razón soberana. En este sentido, para el sujeto moderno lo que prevalecía era el libre examen y el pensamiento crítico. Un libre albedrío que obedecía exclusivamente a la razón.

Esto es lo que se impone como ideal insuperable, restrictivo para todos y cada uno. El concepto del contrato social se elabora a partir de la supremacía del individuo racional, que piensa de una manera autónoma y es dueño de sus emociones; por eso es capaz de contratar con otros individuos, quienes también poseen estas mismas cualidades.
Los logros del mundo moderno se fundamentan en la razón y en la racionalidad de los individuos. Sin embargo, al mismo tiempo su crisis tiene posiblemente las mismas causas. No es la primera vez, que la decadencia de una sociedad tiene su causa en la saturación del racionalismo del cual se nutría.

La crisis en una sociedad se da cuando ésta deja de ser consciente de lo que es, y entonces pierde la confianza en lo que es. Es en este momento, cuando se expresa una visión más compleja y completa de la condición humana. No ya el individuo que sólo reconoce en sí mismo el aspecto intelectual; sino que se reconoce como persona plural, que junto con lo cognitivo valorara los afectos, las emociones y las pasiones. Esto es lo que está caracterizando el espíritu de la época.

No asombra que se busque calcular el cociente emocional. Se pretende cuantificar lo que pertenece a la categoría de lo imponderable. Sin embargo, se trata de un síntoma interesante. Así se concibe al animal humano como un sujeto traspasado por pulsiones que hacen que sea lo que es, y no solo un sujeto racional. Lo emocional se va apoderando, poco a poco, todos los ámbitos de la vida social, personal, laboral, educativa...

Las empresas y sus gerentes han aprendido que no pueden gestionar los recursos humanos a partir de los vestigios del racionalismo imperante, reglas que constituían el fundamento de todas las escuelas de gestión. Lo cualitativo emocional se ha impuesto. A partir de entonces se ha tenido en cuenta la noción de los equipos afectuales o emocionales. Ya no se desdeñan las afinidades afectivas. En definitiva, se ha considerado lo humano en toda su plenitud y complejidad.

El factor emocional se manifiesta, asimismo, en el marketing, en la publicidad; éstas ya no se dirigen solo al intelecto del consumidor, sino a la totalidad de sus sentidos. De allí el éxito neuromarketing. Se trata de una de las características fundamentales de la cultura publicitaria. Se plantea, cómo movilizar el inconsciente colectivo, con el fin de incitar en el consumidor el efecto de la pulsión afectiva que lo predispone a la compra y lo incita al consumo.

Encontramos, la emocionalidad en múltiples campañas y ámbitos que permean la vida social. Por ejemplo, cuando se pretende es persuadir la atención de la población sobre tal o cual causa humanitaria, sobre los padecimientos animales, sobre las catástrofes naturales, sobre la depresión, sobre las relaciones interpersonales y sociales, se pone el acento en las emociones comunes. Los nuevos gurús posmodernos saben «poner el dedo sobre la llaga emocional». El verbo sensibilizar comprime nuestra época. Se pone el empeño en suscitar la emoción común, la emocionalidad colectiva y personal.

El factor emocional se manifiesta incluso en el ámbito de lo político, hasta entonces considerado ámbito de la razón. Resulta evidente sea cual sea la tendencia política de izquierda, conservadora o de derecha, ahí está la comunicación emotivista. El look, la puesta en escena y el espectáculo predominan las campañas electorales y las congregaciones políticas. La consecuencia es que lo político no busca convencer, sino seducir, es publicidad emocional. El desplazamiento de la convicción a la seducción es lo que determina el debate político contemporáneo.

El retorno masivo a lo emocional constituye el elemento referente de la decadencia de la modernidad. No obstante, el final anuncia un renacimiento, el acabamiento de un mundo no es el fin del mundo.

Tenemos que atender que el término emocional, en contraste con la utilización mercantil que hacen de él los gurús apresurados, no remite a una categoría psicológica. El término emotivo, en este caso, constituye una proximidad de la comunidad. En este sentido, lo emocional es un estado de ánimo colectivo, una atmósfera común.

Representa un espíritu de la época. Un ambiente clima algo vaporoso, un punto impalpable; que determina lo que éste es y la manera de relacionarse con los otros. Lo emocional en esta función contagiosa es el retorno del aspecto comunitario en la vida social. El cual permite captar más allá de la decadencia del racionalismo moderno, el retorno al principio vital del estar-juntos. Expresa, entonces, la integración de las capacidades humanas, esto es, la integración de la razón y de la dimensión afectiva-emocional.


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