miércoles, 27 de enero de 2021

INFLUENCIAS SOCIALES NORMATIVAS

 

Somos capaces de establecer diferentes tipos de relaciones sociales, y lo hacemos porque somos sujetos que formamos relaciones sociales complejas. Tenemos la capacidad social de establecer relaciones de simpatía y sociabilidad con los demás, sean individuales o grupales. Por esta razón, establecemos comportamientos coordinados y complejos con otras personas; por ejemplo, mientras unos trabajan otros cuidan la casa y los enfermos, otros buscan comida o fabricaban herramienta. Esta cooperación y división del trabajo nos proporcionan un entorno más seguro y estable, lo que nos permite sobrevivir y prosperar.

Esta forma de organización hace que tengamos que ocuparnos de otras personas que no están biológicamente relacionados con nosotros. Esta es una labor que trasciende el mero instinto de sobrevivencia. De esta manera, formamos amistades, lo cual significa que nos importa el bienestar de otras personas.

Aunque nuestra tendencia a pertenecer a grupos es útil para nuestra supervivencia, en algunos casos, formar parte de ciertos grupos puede anular nuestro buen juicio o nuestro sentido individual a la hora de actuar. Esto se debe a la presión que ejerce el grupo sobre nosotros, lo que nos fuerza a decir o hacer cosas porque el grupo quiere que así lo hagamos o digamos. En este caso, predomina la influencia social normativa.

Tal influencia prima sobre nosotros cuando no formamos un juicio u opinión propia sobre algo, o si la tenemos la abandonamos porque el grupo influye sobre nuestro parecer. Esto se da, cuando priorizamos la aprobación del grupo para no entrar en discordia con él o porque le damos prioridad a integrarnos al grupos. Esto se conoce como el síndrome de Solomon, del cual hemos tratado en otros artículos.

La influencia social normativa puede calificarse de conductual, porque actuamos como si estuviéramos de acuerdo con el grupo aun cuando no lo estemos. Aunque, a veces, no tenemos ningún inconveniente en decir las cosas claramente sin importar las críticas que se puedan generar, ya que los demás no pueden dictar cómo pensamos. Por ejemplo, si los demás se empecinan en decir que 2 + 2 = 18 o que la fuerza gravedad nos impulsa hacia arriba, nosotros no nos dejamos convencer y pensamos que ellos están equivocados. En estos casos, es porque la verdad nos resulta palmaria y manifiesta; pero en situaciones ambiguas es posible que los demás influyan en nuestro pensar.

Con la influencia social informativa consideramos a las personas como una fuente de información (sean fiables o no) para interpretar situaciones inciertas. Esto puede explicar porque nos apegamos a la opinión de los demás, en muchos casos. Ya que buscar y encontrar información adecuada requiere trabajo. Por eso si alguien, que pensamos sabe del tema, nos cuenta algo de ese asunto nos conformamos con esa información y la consideramos suficiente. Los chismes se basan en esto.

Estamos acostumbrados a tener a otras personas como recurso informativo en situaciones inciertas. Pues nos resulta fácil tener a éstas como referencia. Aunque hay ocasiones en las que basar nuestras decisiones y nuestros actos en otras personas nos puede acarrear consecuencias desagradables. Por ejemplo, tomemos el «efecto del espectador», éste se produce cuando no ayudamos a alguien que lo necesita porque otras personas no lo hacen. Esta reacción se debe a que tomamos a los demás individuos como referencia para decidir nuestras acciones en momentos que no tenemos claro cómo actuar y qué hacer. Asumimos, en este caso, un proceso imitación y lo llevamos a cabo al repetir el comportamiento de los demás.

Formar parte de un grupo puede hacer que pensemos y hagamos cosas que jamás haríamos estando solos. Estar en un grupo nos induce a desear la armonía del mismo; pues un grupo propenso a las peleas y discusiones no es agradable, es normal que la concordia sea algo que todos queremos lograr y mantener. En este caso, el deseo de armonía puede ser tan imperioso que terminamos pensando cosas que, de otro modo, consideramos irracionales o imprudentes. Cuando el bien del grupo adquiere preferencia sobre la racionalidad de las decisiones, nos hallamos ante lo que se conoce como pensamiento grupal.

El pensamiento grupal explica, en parte, porque los grupos adoptan a menudo una conclusión extrema, que los individuos de manera particular no harían. Influye el hecho de que queremos agradar al grupo y alcanzar un cierto estatus dentro de él. El pensamiento grupal produce un consenso en el que cada individuo está de acuerdo y coincide más intensamente porque cada quien quiere impresionar al grupo. Por tanto, todos terminan tratando de ser más que los demás en su adhesión al pensamiento colectivo.

Al alcanzar, tal pensamiento, cierto nivel de intensidad se produce la polarización grupal, muy común en la política y los deportes. Tal polarización se da cuando en el grupo las personas expresan puntos de vista más extremos, que los que tendrían si estuviesen solas. Esto es muy común y deforma la toma de decisiones individuales y colectivas; además, limita e impide la expresión pública de opiniones diferentes y externas. Ya que el deseo de armonía grupal imposibilita la diversidad de opinión y excluye a quien no esté de acuerdo con la opinión general.

La polarización grupal es preocupante porque son muchas las decisiones que se toman en el seno de grupos con intensa afinidad de opinión interna; los cuales son impermeables a las ideas y aportaciones externas. Muchas de las decisiones más desconcertantes son atribuibles a la polarización grupal. Por ejemplo, las malas decisiones de líderes que se traducen en la formación de muchedumbres enfurecidas.

Nosotros percibimos con mucha facilidad los estados emocionales de los demás. Estamos adaptados a captar esa clase de información a través de diversas señales, y cuando nos hallamos entre personas que están en un mismo estado emocional éste puede influir en nosotros. Un estado grupal altamente emotivo o excitado puede influir en nuestra individualidad. Las turbas indignadas y los disturbios callejeros son entornos perfectos para generar esas circunstancias. Cuando tales condiciones se cumplen experimentamos el proceso de des-individuación o de mentalidad gregaria.

Con la des-individuación perdemos la capacidad de contener nuestros impulsos y pensar con racionalidad, tendemos a reaccionar conforme a los estados emocionales de los demás y perdemos nuestra preocupación porque nos juzguen. La conjunción de estos factores hace que nos comportemos de modo destructivo cuando formamos parte de una turba.

Obed Delfín

Consultoría y Asesoría Filosófica

Facebook: https://www.facebook.com/coasfiobeddelfin/

Web: http://obeddelfin.wix.com/coasfi-obed-delfin

Blogger: http://obeddelfin.blogspot.com/

Wordpress: https://coasfiobeddelfinblog.wordpress.com/

Youtube: https://www.youtube.com/channel/UCm3hV2yxTGlWR81wvnyS19g

Email: coasfiobeddelfin@gmail.com


martes, 12 de enero de 2021

RUPTURAS EMOCIONALES

¿Por qué las rupturas emocionales son un golpe tan grande en nosotros?

Las rupturas emocionales, por lo general, son devoradoras y extenuantes. Son una experiencia desagradable. Y, por otra parte, son fuentes de inspiración de obras artísticas, musicales y poemas, que narran o cantan las desgracias de los humanos.

Aunque no sufrimos un mal físico, pues no hemos heridos ni lesionados sufrimos corporalmente. Lo que nos ha sucedido es que estamos cobrando conciencia de que esa otra persona ya no estará con nosotros y nuestra interacción emocional se ha perdido. En esta situación, quedamos tocados y tambaleantes durante semanas, meses y, en algunos casos según la gravedad e intensidad, durante el resto de la vida.

Las rupturas emocionales nos afectan porque las personas con quienes compartimos y nos relacionamos tienen una gran influencia sobre el bienestar nuestro y sobre toda nuestra personalidad, en general. Esto se hace evidente en nuestras relaciones emocionales.

La construcción de nuestras relaciones filiales y amorosas nos embarca en vínculos afectivos a largo plazo, en los cuales tenemos que reconocer que estamos inmersos en diversos estados emotivos. Esto lo apreciamos en las diversas manifestaciones de aprecio, por ejemplo, el día de san Valentín, las bodas, las comedias románticas, las baladas de amor, la producción poética, las tarjetas de felicitaciones y tantas otras más.

Nuestras relaciones emocionales son múltiples, ya que somos heteroemocionales, aunque esta palabra no existe. Construimos y reproducimos nuestras relaciones en diversas intensidades y grados; la monogamia emocional no existe en nosotros ni constituye ninguna norma. Por eso establecemos diversas relaciones emocionales a lo largo de nuestra vida.

No importa que tantas teorías existan de porqué los humanos nos sentimos impulsados a establecer distintas relaciones emocionales, teorías que van desde la biología hasta la cultura, el ambiente o la evolución. Con éstas o sin éstas igual seguimos construyendo nuestras relaciones. Lo importante, en última instancia, es que las establecemos y sufrimos por sus rupturas.

Tal vez construimos nuestras relaciones con el fin, sin saberlo por supuesto, de hacer mayores nuestras probabilidades de supervivencia como sujetos filiales.  Porque cuando estamos en una relación emocional nos sentimos relajados y menos preocupados por los inconvenientes y las molestias diarias; en ese momento hay en nosotros cierta suficiencia personal.

Sea cual sea la causa de lo anterior, lo cierto es que estamos predispuestos a buscar y formar relaciones emocionales de todo tipo, y esto se refleja en toda la serie de cosas raras que hacemos, por ejemplo, nos volvemos de fanáticos algún equipo de futbol, de un artista, de un edificio, de un grupo de gatos o de perros en facebook, y cosas así. El intento es establecer relaciones afectivas.

Nuestras atracciones filiales se rigen por muchos factores. Esto nos lleva a una dinámica en la cual determinamos ciertos atractivos en los demás y así nos parecen atrayentes. La atracción y el reconocimiento de esa atracción son parte de la construcción de nuestras relaciones. En este sentido, todos tenemos nuestras preferencias y tipos ideales; además, apreciamos patrones generales. Algunas de las cosas que encontramos atractivas en la otra persona son predecibles.

Muchas de las variedades de nuestros gustos son de origen cultural y epocal, pertenecen paradigmas o iconos de una época; lo cual hace que nuestros atractivos estén influidos por imposiciones de modas de momentos específicos, por eso cada generación genera sus atractivos con sus debidos referentes. En estas atracciones buscamos elementos que se nos parezcan, que nos sean afines; esto nos conduce, según algunos, al sesgo egocéntrico que poseemos.

La atracción y la vinculación emocional la asociamos al romanticismo y al amor (sea éste, erótico o filial), asuntos que se encuentran en establecer relaciones a largo plazo, estén orientadas a personas o animales. Por ello, experimentamos placer ante la presencia de lo que queremos y nos es grato.

Podemos considerar que en nuestras relaciones se expande la conciencia de nuestro yo, el éxito personal al estar en una relación, y la sensación de logro derivaba de que la otra persona nos tenga aprecio y quiera nuestra compañía en toda clase de contextos. La relación emocional la percibimos como una meta humana, e incluso, un estatus social.

Nuestra flexibilidad personal se expande por el hecho de estar en un compromiso afectivo. Ya que integramos a las otras personas en nuestros planes, objetivos y aspiraciones; asimismo las integramos en nuestros esquemas vitales y en nuestro modo general de pensar el mundo. Pasan a ser, en todos los sentidos, una parte muy grande de nuestra vida, porque ellas nos definen como individuos.

Pero llega el día en que una relación se termina, por la razón que sea. Por otra parte, hemos invertido mucho en conformar y conservar esa relación emocional: todos los cambios que experimentamos, todo el valor que atribuimos a estar en una relación, todos los planes que elaboramos, todas las rutinas filiales que hemos establecido. Si eliminamos todo eso de golpe, está claro que somos seriamente afectados. La mayor ruptura es la muerte de un ser querido, porque nos es imposible hacer algo.

Al producirse la ruptura, todas las sensaciones positivas a que estábamos acostumbrados se marchitan de manera abrupta, o en poco tiempo si percibimos la pérdida de la relación en el transcurso del tiempo. Se interrumpen nuestros planes para el futuro y lo que esperábamos del mundo en general. Todo deja de ser válido y de tener sentido. Esto representa una gran aflicción para nosotros, porque no gestionamos bien la incertidumbre y la ambigüedad. No estamos preparados, por lo general, para tales rupturas.

En lo social las rupturas nos resultan perjudiciales porque valoramos la aceptación y el estatus social. El hecho de que alguien a quien apreciamos nos considere no aceptable, nos resulta fatal; consideramos que esta persona ha golpeado nuestra identidad social y sentimos dolor. Por eso decimos que el amor duele.

Al romperse la relación emocional conservamos los recuerdos de la otra persona, los cuales pasan a estar relacionados con el hecho negativo de la ruptura. Esto socava la conciencia de nuestro yo. A esto le sumamos que estábamos acostumbrados a sentir algo gratificante que de pronto nos ha sido retirado y negado.

Por supuesto que disponemos de capacidad para lidiar con una ruptura. Podemos volver a poner nuestra vida en orden con el tiempo, aun cuando esto sea un proceso lento. Al centrarnos en los aspectos positivos de esa relación emocional estos se traducen en una recuperación y un crecimiento emocional más provechoso. Ya que, tenemos preferencia por los recuerdos de las cosas agradables y placenteras. Por ello, dedicamos gran parte de nuestra vida a consolidar y mantener relaciones emocionales, aunque sufrimos cuando éstas se vienen abajo y se produce la ruptura.

Obed Delfín Consultoría y Asesoría Filosófica

Facebook: https://www.facebook.com/coasfiobeddelfin/

Web: http://obeddelfin.wix.com/coasfi-obed-delfin

Blogger: http://obeddelfin.blogspot.com/

Wordpress: https://coasfiobeddelfinblog.wordpress.com/

Youtube: https://www.youtube.com/channel/UCm3hV2yxTGlWR81wvnyS19g

Email: coasfiobeddelfin@gmail.com

 

jueves, 7 de enero de 2021

THE BRIDGES OF MADISON COUNTY Y LA MUJER INVISIBLE

 

Esta película de 1995 nos muestra la permanente estafa que le hace el hombre a la mujer. Por estafa me refiero al hurto de la vida y de los sueños de la mujer por parte del hombre. La mujer abandona su condición de proyecto para entregarse a un presente a cambio de nada.

El hombre parece que no haber abandonado la condición de sujeto domesticador de hace 10 mil años atrás. Continúa a diario ejerciendo ese oficio de manera consciente e inconsciente, y parece que muy a su gusto.

Esta acción permanente es parte de la historia de la domesticación que incluye a los humanos y, en particular, a la mujer como objeto de dominio por parte del hombre. Por eso, la mujer entierra sus sueños para vivir en un presente vacío.

Se recrea, la mujer, en construir justificaciones que avalan la realidad en que vive, aunque ésta no sea la deseada. Sus sueños y sus anhelos los cubre bajo la capa de la cotidianidad. Del hacer diario que darle un sentido a lo que no lo tiene.

Es la pérdida de la condición del sujeto estético, en el sentido de Schiller. Porque ya no juega a ser humano, sino un ser domesticado. La libertad se deja a un lado o se abandona, para vivir de justificaciones forzadas.

Junto a la pérdida de los sueños se construye el día a día con su hacer interminable, que oculta las ilusiones de lo que se desea ser. Justificaciones y excusas hay muchas, incluso para escoger. Pero la realidad de lo anhelado es una.

En el caso de la película que nos ocupa, el detonante es el amor porque éste es siempre un anhelo no saciado. Es la condición de la menesterosidad. De lo busca llenarse y no puede. En este caso, el amor es algo simbólico, como el relato del «Banquete» de Platón.

Allí radica su fuerza y su dolor. El amor es el detonante del desgarramiento que sufre «Francesca Johnson» al encontrarse de frente con su desamparo y con su presente, que no es el que ella había soñado. Es otra realidad impuesta por las condiciones de la vida marital, que ella ha asumido.

La historia de los puentes de Madison es este conflicto existencial por la libertad pérdida que se reencuentra en un momento dado y en una situación dada, en este caso, la amorosa.  Pero donde el amor lo debemos entender como esa relación de Penía y Poros.

Es el autodescubrimiento de lo que se es, que ha quedado oculto bajo las capas de la vida como el marino de Glauco. Es un despertar, que se regocija en sí mismo. Pero, que a la hora de decidir tiene que decidir por sí; ya que nada más, en el caso de la película, garantiza la libertad deseada.

La escena final bajo la lluvia es monumental, Porque es un decidir por ella o por el otro. La conversación en la cocina es fundamental, porque pone las cartas sobre la mesa. Despliega el conjunto de posibilidades, y entre esas está que todo cambie. Que se vuelva a lo mismo que ella ha vivido hasta ahora. Por la condición de sujeto domesticador que signa la hombre.

En esta estafa el hombre vuelve a la mujer invisible, y ésta se deja sin saberlo. La convierte en una sombra de su hacer y pensar. La mujer se doblega por el peso de las obligaciones diarias, que asume como un propósito de vida. Una mujer vital y enérgica, abierta a la discusión, segura de sí misma hasta lo inverosímil, generosa con su tiempo y de carácter agradable asusta al hombre domesticador.

La llamada táctica del «negging» se usa para que algo que parece a cumplido sea, en realidad, una crítica o un insulto de baja intensidad, con el propósito de minar la confianza de la mujer y volverla vulnerable y más propicia a las posteriores insinuaciones de dominio.

Busca el domesticador una mujer de resignada calma, sin papel de figurante. Pues no desea que la mujer tenga personalidad. Queda ésta sometida a una ideología funesta, periclitada e instituciones autoritarias.

La convivencia se fundamenta en relaciones supuestas por el hombre, donde se insiste en la necesidad de tener a mano a un rival en quien descargar nuestras debilidades y faltas, si éste no existe hay que crearlo. Parece que para el hombre es necesario contar con un opuesto, un enemigo, pues esto le permite definir su identidad y le procura un obstáculo contra el cual mide su sistema de valores, y muestra al encararlo su valor como sujeto dominante y domesticador.

La función matrimonial de la mujer es quedar sometida a la autoridad del marido sin cuestionarla, simple obediencia social. Donde el hombre toma las decisiones y la mujer las sigue confiando ésta en la conducta, el afecto y la superioridad de la inteligencia de aquel.

En caso de disensión entre hombre y mujer, si intervienen familiares y amigos, de ambos se decantan, por lo general, por la institución masculina, porque se percibe que hay un conflicto de intereses con el status masculino de dominación.

En ambas películas, aunque solo he hablado de una, pensamos sobre el poder del silencio; en una sociedad donde el escándalo es asunto de todos los días. Tejido tal silencio por las relaciones de poder, en el sentido que le da Foucault, las cuales nos distraen y ocultan los asuntos neurálgicos de las relaciones mujer-hombre.

El ocultamiento y el silencio impuesto a la mujer nos impide descubrir un otro universo de sentimientos, de gustos, de sentidos y percepciones; ya que están opacados y ocultos en esa relación de poder que vuelve invisible el pensar-hacer femenino. Lo cual nos impide entender y disfrutar de esa otra parte de lo humano.

Obed Delfín Consultoría y Asesoría Filosófica

Facebook: https://www.facebook.com/coasfiobeddelfin/

Web: http://obeddelfin.wix.com/coasfi-obed-delfin

Blogger: http://obeddelfin.blogspot.com/

Wordpress: https://coasfiobeddelfinblog.wordpress.com/

Youtube: https://www.youtube.com/channel/UCm3hV2yxTGlWR81wvnyS19g

Email: coasfiobeddelfin@gmail.com


domingo, 15 de noviembre de 2020

MANIPULACIONES

Intercambiamos constantemente en muchos sentidos, y de manera amplia y diversa. Influimos en otras personas  y éstas, a su vez, influyen en nosotros. Esta es la dinámica diaria de nuestras relaciones interpersonales, y en la misma es muy común estar a disgusto por las manipulaciones que padecemos en el trabajo, en la familia, y una larga lista. El displacer por y en las cosas que hacemos conforma una fuente de desagrado y angustia en nuestro proceso vital.

El hecho de que las personas utilicen métodos consolidados y reconocidos de manipulación nos da a entender que éstos funcionan. Por tanto, no resulta extraño que se sigan aplicando sobre la personalidad de cada individuo, sus preferencias y su capacidad de atención particular.

La idea de tácticas de manipulación tan simples y conocidas por todos, incrementa la probabilidad accedamos a entregar una parte o toda de nuestra personalidad. Esto nos puede resultar un tanto absurdo visto desde afuera. Aun cuando sabemos y tenemos conocimiento que hay unos comportamientos que potencian la conformidad y la docilidad ante otros. Comportamientos que favorecen que ciertas personas lleguen a ciertos acuerdos y sometan su voluntad a otros.

Las manipulaciones muchas veces se dan por el miedo a ser juzgados en nuestro entorno social, lo cual nos provoca ansiedad y cierta confusión. Como compensación buscamos la aprobación de los demás como factor motivador. En el fondo, este factor está cargado de emociones que se relacionan con un contexto, por ejemplo, la vergüenza y el orgullo requieren del juicio de otras personas, el amor es algo que existe entre dos individuos.

No nos sorprende que unas personas consigan que otras hagan lo que ellas quieren, a partir de las tendencias o debilidades emocionales de la otra persona. Muchos se ganan la vida convenciendo a otros individuos, por ejemplo, los vendedores, para que le den dinero a cambio de un producto, éste emplea métodos para incrementar la docilidad de las personas. Los mecanismos de dominación y sumisión son responsables de que tales tácticas funcionen.

Aunque estas técnicas permiten tener control sobre una persona. No obstante, somos sujetos complejos para que haya una sumisión total, por mucho que ciertos manipuladores pretendan hacernos creer lo contrario. De todos modos, se emplean ciertas técnicas para conseguir que algunas personas se plieguen a los deseos de otros, aunque no sea manera absoluta. Siempre hay que tener cuidado con los manipuladores y sus técnicas.

Entre tales tácticas de manipulación tenemos la del «pie en la puerta». Esta consiste en que un amigo, por ejemplo, nos pide dinero prestado para un pasaje de autobús, accedemos y le damos el dinero. Otro día nos vuelve a pedir dinero para comprar algo de comida, y volvemos a acceder. Más adelante, nos dice para tomarnos unas cervezas siempre que nosotros invitemos, porque él no tiene dinero; en medio de las cervezas, este amigo como quien no quiere nos pide dinero para pagar una deuda, suspiramos y accedemos porque ya anteriormente hemos dicho que sí. Nos han manipulado con la técnica del «pie en la puerta», esa es la realidad.

Si ese “amigo” te hubiese dicho de entrada «que le prestaras dinero para pagar la deuda que tiene», posiblemente le hubieras dicho que no, porque te habría parecido una petición exagerada y un abuso de su parte. Sin embargo, al manipularte con esta técnica ha conseguido lo que quería y has caído igualmente en su trampa. En eso consiste la técnica del «pie en la puerta». Al acceder inicialmente a una petición modesta aumenta nuestra disposición a acceder a una petición posterior de mayor envergadura.

Este tipo de manipulación funciona porque es percibida como una petición pro-sociales, es decir, que la ayuda se percibe como algo que hará un bien a alguien; por ejemplo, comprarle comida o prestarle dinero a alguien para que vuelva a casa se percibe como una ayuda que hace un bien. Por eso esta petición tiene posibilidades de ser satisfecha.

El «pie en la puerta» requiere de un mínimo de coherencia para ser un método efectivo, por ejemplo, si primero se pide una cantidad pequeña de dinero luego funcionará al pedir una cifra mayor. Lo más probable es que alguna vez hemos padecida a esa persona que inicia pidiendo una pequeña ayuda y termina queriendo usarnos como su objeto de uso.

La persuasión depende del tono, de la presencia, del lenguaje corporal, el contacto visual, y otros elementos más; aunque en el mundo web no son elementos necesarios también funcionan. Y resultan porque parece que estamos ansiosos por mostrarnos solícitos ante las peticiones de los demás.

Otra técnica de manipulación es la de la «puerta en la cara». En este caso, es la persona que está siendo manipulada la que, presuntamente, le da con la puerta en las narices al manipulador. Sin embargo, aquel que ha cerrado la puerta siente cierto malestar por haberlo hecho y ese malestar despierta en la persona un deseo de compensar lo que ha hecho. Este sentimiento hace que la persona acceda luego a otra petición más asequible.

La técnica de la «puerta en la cara» consiste en que el manipulador saca provecho de quien no ha accedido a su primera solicitud. Digamos que alguien nos pide guardar un mueble en nuestra casa mientras se muda y respondemos que no. Luego, la misma persona, nos pide prestado nuestro vehículo para trasladar algunas de sus cosas, esta nos parece una petición más asequible y accedemos, decimos que sí. Lo hacemos porque tenemos el mal sentimiento de haber dicho que no y porque consideramos que esta petición es menos molestia que la primera. No obstante, la verdad es que hemos caído en la manipulación de la otra persona.

Otra técnica más de manipulación es la de la «bola baja». Ésta se asemeja a la del «pie en la puerta» porque es el resultado de haber accedido a una pequeña petición inicial, aunque tiene un desenlace distinto. Esta táctica consiste en que accedemos a algo y terminamos haciendo más de lo solicitado; por ejemplo, nos encargan un trabajo para finalizarlo en un plazo determinado y más adelante la persona que ha encargado el mismo incrementa la petición inicial.

Lo sorprendente es que, a pesar de la frustración y el enojo que la nueva exigencia genera, la mayoría de las personas acceden a realizarla de todos modos. Podríamos negarnos con sobrados motivos, ya que la otra persona ha roto el acuerdo previo y lo hace para su benefic. Sin embargo, nos amoldamos a esta petición, siempre y cuando no sea demasiado excesiva. La «bola baja» se usa para hacernos trabajar de más y gratis. En el ámbito profesional y laboral se denomina «pagar el noviciado», pues es muy común que se aplique esta técnica a quienes están iniciando en un trabajo.  

Tenemos que estar atentos para rechazar cualquier tipo de manipulación y evitar el consentimiento activo y voluntario de nuestra parte, ante estas técnicas de manipulación. Ya que someternos a ellas nos desvirtúan como personas y nos convierten en objetos de uso. No podemos permitir que nadie nos manipule, para ello debemos reforzar nuestra condición de sujetos libres y autónomos.

Obed Delfín Consultoría y Asesoría Filosófica

Facebook: https://www.facebook.com/coasfiobeddelfin/

Web: http://obeddelfin.wix.com/coasfi-obed-delfin

Blogger: http://obeddelfin.blogspot.com/

Wordpress: https://coasfiobeddelfinblog.wordpress.com/

Youtube: https://www.youtube.com/channel/UCm3hV2yxTGlWR81wvnyS19g

Email: coasfiobeddelfin@gmail.com

 

miércoles, 28 de octubre de 2020

NUESTRAS EXPRESIONES CORPORALES


Por lo general, nos cuesta esconder lo que realmente estamos sintiendo. Por otra parte, a la gente no le gusta ver una expresión de tristeza, pues le perturba esta emoción. Aun cuando tenemos motivos para esbozar un gesto de esta naturaleza, sea cual sea la razón de nuestra tristeza, la reprimimos y tratamos de mostrar una expresión alegre o neutra. Si alguien con buena intención intenta sacarnos una sonrisa puede empeorar nuestro estado de ánimo.

Las expresiones faciales, y las corporales en general, nos permiten deducir lo que alguien está sintiendo en un momento dado. Esto es leer las expresiones en el rostro o cuerpo de alguien. Por cierto, la lectura corporal constituye una herramienta útil de comunicación, cosa que no sorprende ya que poseemos una extensa variedad de expresiones; a esta lectura se le denomina semiología corporal y nos permite intercomunicarnos con los demás.

Ya es lugar común eso de que el 90% de la comunicación es corporal y un 10% verbal. Por eso, la mayor parte de nuestra comunicación interpersonal se efectúa por medio de la expresión corporal, de manera inconsciente. Más allá de que tales porcentajes sean ciertos o no, tenemos la capacidad de leer las diversas expresiones corporales. Y estas la debemos leer en un contexto determinado para no cometer errores de interpretación, ya que el contexto influye en la uso de las expresiones.

Disponemos de diversas formas para procesar del lenguaje corporal y el hablado. Qué expresar, qué decir y qué palabras relevantes debemos colocar en el orden correcto es importante para entendernos mutuamente; para entender los diversos significados y las interpretaciones posibles que de ellas deriven.

La expresión corporal es importantes porque nos permite detectar si alguien está enfadado, contento, asustado o alguna otra cosa le sucede. Pues, adoptamos involuntariamente expresiones asociadas con nuestro estado de ánimo y así revelamos lo que estamos sintiendo. Lo cual contribuye en la comunicación interpersonal. Alguien puede decirnos ciertas palabras y éstas tendrán distintas connotaciones si son pronunciadas con un estado de ánimo de felicidad, de enfado o de tristeza, y están asociadas a las expresiones que las acompañen.

Porque las expresiones corporales son bastante universales las podemos reconocer en los rostros e interpretar los semblantes y las posturas físicas. Por eso se ha vuelto común usar signos básicos para transmitir estados como la felicidad, tristeza, ira, sorpresa, y muchos otros más. Son los llamados emoticones, con los cuales transmitimos diversos de estados de ánimos en las redes sociales, sin elaborar un discurso escrito o verbal.

Las expresiones corporales son útiles porque transmiten un mensaje directo e inmediato. Si las personas, por ejemplo, que nos rodean tienen un semblante de miedo concluimos que hay alguna amenaza cerca, y nos preparamos para luchar o huir. Esto es más rápido que intentar entender un discurso verbal que nos quiere alertar sobre alguna amenaza presente.

Tales expresiones son de ayuda en las interacciones sociales. Ya que si hacemos o estamos haciendo algo y vemos en los demás un gesto de alegría o de agrado, sabemos que lo estamos haciendo de manera adecuada y nos hemos ganado su aprobación. Por el contrario, si tienen un gesto de desagrado o enfado sabemos que no lo estamos haciendo de manera correcta y debemos dejar de hacerlo o hacerlo de otra manera. En este sentido, las expresiones corporales nos ayudan a orientar nuestro comportamiento.

A través de emociones reconocemos las emociones de otras personas, de esto se genera la empatía. La relación entre las emociones y las expresiones corporales es fuerte, pero no infranqueable. Por eso algunas personas controlan sus expresiones corporales para no mostrar su estado emocional; por ejemplo, quienes que ponen «cara de póquer» para mantener una expresión neutra o falsa, con el objeto de ocultar sus sentimientos. Al estar atentos y ser conscientes de que algo se nos adviene nos facilita el dominio y control de nuestras expresiones. No obstante, lo inesperado hace que aparezcan espontáneamente nuestras expresiones.

Nuestras expresiones son voluntarias  o involuntarias. Las voluntarias son aquellas que adoptamos por elección como, por ejemplo, cuando ponemos cara de entusiasmo al mirar algo que nos resulta tedioso; éstas las transmitimos desde una perspectiva racional, al ser capaces de mentir. Las involuntarias son las producidas espontáneamente por las emociones reales; en éstas interviene el sistema límbico, que es franco.

La racionalidad del neocortex y el sistema límbico a veces entran en conflicto en ciertas situaciones, porque las normas sociales suelen obligarnos a no ser tan sinceros a la hora de dar nuestras opiniones, y tenemos que reprimirnos en muchos casos. Si el corte de cabello de alguien nos parece feo, no está bien visto que se lo digamos de manera tan sincera.

Tenemos la capacidad de detectar e interpretar las expresiones corporales, lo que éstas significan. Por eso podemos determinar si alguien está experimentando una contradicción interna entre la franqueza y las normas sociales, sonriendo forzadamente, por ejemplo. También la sociedad también considera grosero recriminarle a alguien que se está comportando de esa manera, con esto se genera cierto equilibrio social.

Lo importante ante las expresiones corporales es saberlas interpretar correcta y adecuadamente para que cometer desatinos, ya que muchas veces la persona está contenida en su emoción y no sabe qué hacer con ella; no sabe cómo expresar eso que está sintiendo y que se refleja en su cara. Saber manejar las situaciones que se presentan en nuestras relaciones interpersonales y donde las emociones están a flor de piel.

Obed Delfín Consultoría y Asesoría Filosófica

Facebook: https://www.facebook.com/coasfiobeddelfin/

Web: http://obeddelfin.wix.com/coasfi-obed-delfin

Blogger: http://obeddelfin.blogspot.com/

Wordpress: https://coasfiobeddelfinblog.wordpress.com/

Youtube: https://www.youtube.com/channel/UCm3hV2yxTGlWR81wvnyS19g

Email: coasfiobeddelfin@gmail.com


lunes, 26 de octubre de 2020

INFLUIRNOS MUTUAMENTE

 

Muchas veces decimos que no nos importa lo que los demás piensen y digan de nosotros. Incluso lo decimos con frecuencia y en voz alta para jactarnos de nuestra independencia, y hasta nos atrevemos de hacer cualquier cosa con tal de demostrar, a todo el mundo, que esto es así.

Sin embargo, el supuesto de que no nos importa lo que los demás opinan de nosotros es una actitud, que confirma que sí nos importa lo que dichas personas opinan de nosotros. Que no es tan verdad eso que nos trae sin cuidado. Pues, esos que pregonan que desprecian las normas sociales, terminan formando parte de algún grupo que los reconozca. Somos sujetos sociales, en fin.  

Lo primero que hacemos cuando no queremos conformarnos con las convenciones sociales que nos rodean es buscarnos otra identidad grupal, a la cual nos ajustamos placenteramente. Esto porque se da porque seguimos ciertos códigos comunes, por ejemplo, en el vestir. Y aunque no tengamos respeto por las convenciones y normas sociales, sí queremos la aceptación de quienes consideramos iguales.

No podemos resistirnos al impulso de formar parte de algún grupo. Esto parece estar arraigado en nuestro cerebro. Que nos aíslen socialmente, por rechazo o por lo que sea, lo consideramos un abuso psicológico y social. Esto muestra que el contacto humano tiene mucho de necesidad y de deseo.

La verdad es que gran parte de nuestra personalidad está dedicada a formar interacciones con otras personas, pues dependemos de los demás hasta extremos que no reconocemos.

Lo innato y lo adquirido tienen impacto en las cosas que hacemos y en lo que somos. A través de la información recibida y de la experiencia adquirida nos conformamos como seres sociales. Lo que las personas nos dicen, cómo se comportan o qué hacen y piensan, sugieren, crean, creen tienen repercusión directa en nuestro proceso de formación e intercambio humano.

Mucho de nuestro yo, de nuestro ser, por ejemplo: nuestra estima, nuestro ego, nuestras motivaciones, nuestras aspiraciones; se derivan de lo que piensan otros individuos y de cómo se portan con nosotros. Como dice Ortega y Gasset, nuestro yo es lo último que aprehendemos.

Si tenemos en cuenta lo que influyen otras personas en el desarrollo de nuestro ser personal y social, podemos señalar somos controlados por las normas y convenciones sociales y humanas. Esto quiere decir que los humanos inter-controlamos nuestro propio desarrollo. Desde siempre esto ha sucedido, es tan común que nos desarrollamos entre nosotros mismos. Esto, por otra parte, implica que los humanos por separado somos poca cosa. Por eso tenemos tan extendida nuestra interacción colectiva.

Entonces, cómo pretender que no nos importa lo que digan y piensen de nosotros. Puede ser que no nos importe lo que diga y piense el vecino con el cual no tenemos trato, o lo que diga y piense el vender de la esquina. Eso puede no importarnos y es cierto. Pero sí nos importa lo que digan las personas del grupo al cual pertenecemos o queremos pertenecer.

Ahora bien, el enredo mental que nos hagamos por lo que los demás piensen y digan de nosotros es nuestro problema. Es nuestro asunto personal. Ese enredo mental que viene porque sí nos importa lo que ciertas personas en particular piensen y digan de nosotros corresponde a nuestra forma de ser y de ver el mundo. Recodando a Epicteto podemos decir que por nuestra forma de pensar y ser: “te lamentarás, te confundirás, y terminarás culpando a los dioses y a los hombres de tu desgracia”.   

La realidad es que estamos interrelacionados unos con otros. Nos influimos mutuamente, e incluso a veces nos influyen personas que ni siquiera saben quiénes somos, o nosotros influimos en otras personas sin saberlo. Esa es la dinámica existente.

Unas personas nos importan y por eso nos importa lo que éstas piensen de nosotros. Otras no. En esto no hay ningún misterio, ni es ningún descubrimiento sensacional. Ahora si toda opinión directa o indirecta de cualquier persona empieza a alterarnos debemos estar atentos a esta situación, por qué algo nos pasa, algo está afectando nuestra opinión de nosotros mismos y nuestra estima.

Nuestra opinión no puede doblegarse sumisamente a la opinión o al decir de otro cualquiera. Hay cosas que nos importan y cosas que no, esta es la realidad. Lo mismo nos pasa con las personas. Unas nos importan y otras no. De las que nos importan nos interesan sus opiniones y lo que digan, de los demás no.

Nuestro yo en gran medida es un yo social, con ciertas particularidades que definen lo que somos. Ver una parte del conjunto de nuestras complejas relaciones es ser un poco simplista. Porque asimismo hay otras personas que sin saberlo nosotros están imaginando qué pensamos y qué decimos nosotros de ellas.

Por eso las relaciones humanas son complejas. Debemos recordar que nos influimos mutuamente, que estamos interrelacionados más de lo que pensamos e imaginamos. Por eso nos desarrollamos en nuestras interacciones diarias. Somos sujetos mezclados unos con otros, pero asimismo somos individualidades. Y esta individualidad es importante cultivarla, preservarla y cuidarla.    

Obed Delfín Consultoría y Asesoría Filosófica

Facebook: https://www.facebook.com/coasfiobeddelfin/

Web: http://obeddelfin.wix.com/coasfi-obed-delfin

Blogger: http://obeddelfin.blogspot.com/

Wordpress: https://coasfiobeddelfinblog.wordpress.com/

Youtube: https://www.youtube.com/channel/UCm3hV2yxTGlWR81wvnyS19g

Email: coasfiobeddelfin@gmail.com


lunes, 7 de septiembre de 2020


 

Alguna vez en la vida nos hemos tropezado, por lo menos, con un viejo de esos que se la pasan despotricando de la actual generación y ensalzando a la suya, sobre lo bien que ellos hacían las cosas en su tiempo. En verdad estos viejos solo están respondiendo al sesgo egotista del cerebro, que retoca realidades un tanto diferentes a lo sucedido. Este sesgo rediseña y reajusta los recuerdos de los sucesos vividos. Nos ofrece una película coloreada a nuestro particular gusto.

La mayoría de los viejos exageran sobre lo bien que ellos hacían las cosas antes. Incluso eso “de que antes era mejor” es una mera ilusión egotista. Tal sesgo le hace creer a los viejos que ellos eran más inteligentes y estaban mejor informadas que la actual juventud, pero la verdad es que solo viven una realidad bajo un sesgo retrospectivo, la cual les hace recordar que los hechos pasados fueron mejores que los actuales. Aunque lo más probable es que jamás tuvieron oportunidad de hacer nada bien.

No es que el viejo esté haciendo una invención con el mal propósito de auto-elogiarse o para engañarnos (aunque hay muchos que son muy embusteros), sino que sus recuerdos están sustentados en la noción del sesgo vanidoso. Lo que hace que el cerebro altera nuestros recuerdos para que potenciemos de esa manera nuestro ego; ya que esto nos hace sentir mejores, al tener la ilusión de haber estado mejor informados y en una mejor situación que en el presente.

Los fallos de la memoria a nuestro favor son muchos. Si incluimos el sesgo egocéntrico, que retoca y modifica nuestros recuerdos y nos presenta los acontecimientos pasados de un modo que nos hace quedar mejor de lo que en verdad fue, con esto tenemos un gran reforzamiento personal. Esto es lo que les sucede a los viejos cuando evocan un hecho en el que formaron parte, ellos tienden a recordar que su participación fue más influyente, más decisiva y más esencial de lo que realmente pudo ser. No solo a los viejos les sucede esto, nos sucede a todos y no importa la edad. Pero son ellos quienes hacen más alarde de su superioridad generacional. 

Como todos nuestros recuerdos se forman según nuestro punto de vista, la única perspectiva e interpretación que poseemos de ellos es nuestro yo. Esto, por supuesto, induce a que nuestra memoria de mayor prioridad a las ocasiones en que tuvimos un criterio acertado y nos olvidamos un poco cuando no lo fue. Esto hace que nuestra capacidad de juicio esté protegida y reforzada a nuestro favor, aunque no haya sido así como sucedió realmente. Permanentemente nos lanzamos flores a nosotros mismos.

Nuestro yo y nuestra memoria por medio del lenguaje, las emociones y nuestras percepciones sustentan el sesgo egotista. Todo lo que somos son los rasgos de nuestro cerebro, y éste hace que nos veamos y sintamos lo mejor posible. Minimiza toda la crítica negativa que pueda alterar nuestro ánimo. Esta es una de las formas que nuestro cerebro consigue que nos sintamos mejor, al mejorar nuestros recuerdos.

Esto hace que nuestra estima se eleve como parte integral de nuestro hacer personal. Ya que al perder nuestra estima padecemos un debilitamiento personal y social. Para funcionar con desenvoltura es importante contar con la confianza necesaria en nosotros mismos, es decir, la confianza de nuestro ego. Por eso el sesgo egotista nos conduce por medio de recuerdos manipulados.

Memoria y ego están interconectados. Hay un efecto de autogeneración de los recuerdos debido al ego, por lo que recordamos mejor aquellas cosas en que pensamos tuvimos una participación destacada. De allí que recordemos mejor lo que nosotros hicimos y dijimos bien, que lo que hicieron y dijeron los demás. Juzgamos retrospectivamente nuestras acciones recordando de la mejor manera posible lo que hicimos.

Recordamos que lo que hicimos, dijimos y elegimos en un momento dado fue lo mejor que podíamos hacer. Somos el héroe de nuestra propia película. Nos alabamos a nosotros mismos e impedimos entretenernos con posibilidades que no llegaron a materializarse.

El sesgo egotista nos hace criticar el presente y ver con buenos ojos el pasado, por eso criticamos los actos presentes de los demás. Si a esto le sumamos el sesgo egocéntrico tenemos que nuestra personalidad actual es mejor que la del pasado, sin que haya contradicción, pues ambos sesgos sirven para enfatizar cuánto hemos mejorado para sentirnos orgullosos de nosotros mismos. Por eso es que los viejos con sus recuerdos egotistas se consideran mejores que los jóvenes.  

La tendencia egotista crítica lo presente y ve el pasado con la ilusión de que fue algo mejor, aun cuando puede ser que no hubo ninguna mejora. Nuestro cerebro corrige nuestros recuerdos con regularidad para favorecernos. Si un viejo recuerda o describe un hecho en el que resalta su participación en él, lo más probable es que el recuerdo esté modificado por el sesgo egotista. Pues este sesgo lo que hace es actualizar el recuerdo con nuevas modificaciones a su favor.

Todos hacemos eso mismo con nuestros recuerdos, y siempre haremos lo mismo cada vez que los recordamos. Estas cosas que nos pasan sin que lo sepamos o nos demos cuenta. Así que la próxima vez que oigas decir a un viejo “que antes era mejor” o “que estos jóvenes o generación de ahora no sirve”, lo que está haciendo es dejarse conducir por el sesgo egotista y egocéntrico. Además, recuerda que tú haces y  harás lo mismo cuando empieces a recordar.

En las redes sociales se ve mucho el sesgo egotista. Con esas fotos que buscan rememorar un pasado mejor y el comentario “qué tiempos aquellos”. Y muchos de los que lo expresan no son viejos sino de una generación intermedia que ya está haciendo uso de tal sesgo y comportándose como los viejos que antes han criticado. No es algo que lo hagamos adrede, es que nuestro cerebro lo hace por nosotros.

Obed Delfín Consultoría y Asesoría Filosófica

Facebook: https://www.facebook.com/coasfiobeddelfin/

Web: http://obeddelfin.wix.com/coasfi-obed-delfin

Blogger: http://obeddelfin.blogspot.com/

Wordpress: https://coasfiobeddelfinblog.wordpress.com/

Youtube: https://www.youtube.com/channel/UCm3hV2yxTGlWR81wvnyS19g

Email: coasfiobeddelfin@gmail.com