jueves, 6 de agosto de 2020

POBREZA E IMPOTENCIA




La pobreza y la impotencia, que aquella entraña, nos convierten en sujetos improductivos, por lo cual tenemos que rechazar toda simpatía hacia ellas. Tal rechazo es fundamental porque nos permite afrontar y estructurar un hacer productivo. La impotencia se produce porque la pobreza nos impide u bloquea de los artificios y de la astucia necesaria para salir de esa situación determinada. Cuando nos faltan tales medios caemos en la improductividad. En esta condición naufraga y se hunde nuestro espíritu de astucia, o porque la solución es ajena a nosotros o no la encontramos en nuestro pensar-hacer.

Al estado de impotencia se suman la apatía y la resignación, al carecer y vernos impedidos de los medios adecuados para dar solución a nuestros problemas. Nos encontramos en un estado de infelicidad sin deseos. Por lo cual, nos entregamos al desánimo y a la apatía al no encontrar esa posibilidad, esa salida que nos permita abandonar la situación tan desfavorable que vivimos.

Tanto la pobreza como la impotencia nos imponen el olvido de los medios necesarios para alcanzar una salida exitosa. Tal olvido nos conduce a asumir una condición errática en nuestro hacer y da un diagnóstico de lo que en tal situación nos convertimos. Nos hacemos seres menesterosos, inactivos e improductivos.

La impotencia nos arrastra a inclinaciones cada vez más ineficaces e inservibles. En tal estado nos sentimos indefensos y amenazados, por ello estamos dispuestos a desprendernos cada vez más de nuestros propios recursos. Cuando la impotencia y la pobreza nos subyugan nos impiden visualizar nuestros recursos.

Los griegos, en su panteón de dioses, tenían a la diosa Amecania que representa la impotencia y a su hermana Penia que simboliza la pobreza. Esta última es según Platón, en el Banquete, la madre de Eros, el pícaro que dirige a los humanos hacia aquello que carecen. Impotencia y Pobreza se entrelazan y desempeñan un papel muy determinante en nuestro hacer o mejor dicho en nuestro no—hacer, se manifiestan, a la vez, como algo impuesto por doquier. Está en las manos de tales diosas imponernos el estado de miseria, estamos a merced de pobreza e impotencia. Debemos estar atentos y tener presente que Penia y Amecania van juntas.

Los sofistas, pensadores liberales estos, estaban convencidos de que nunca es apropiado sucumbir a la impotencia. Pues, para ello tenemos el lenguaje y con éste siempre poseemos recursos para sortear cualquier situación, con él tenemos defensas, consejos y técnicas para salir de las circunstancias adversas. Para los sofistas, el lenguaje nos da el derecho a la no-impotencia, pues éste nos permite abordar las diferentes situaciones en que vivimos con una praxis de la astucia.

Tal astucia nos lleva a asumir la versatilidad productiva de nuestro pensar, la búsqueda de múltiples mecanismo para alcanzar soluciones con nuestro pensar-hacer. Con el lenguaje abordamos y eludimos la salida de esa impotencia auto-culpable, pues la auto-culpabilidad refuerza la condición de sujetos impotentes.

Dejamos de lado y no hablamos del hijo de Penia, Eros. A quien solo concebimos como amor, y en particular como amor erótico o romántico. Eros es más que eso, él es el impulso que nos proyecta más allá a alcanzar lo que deseamos, a salir de la situación de impotencia y pobreza en que nos encontramos para lograr un estado de prosperidad. Es el impulso vital y radical de nuestro pensar-hacer para abandonar la pobreza y la impotencia.

A partir del lenguaje como instrumento sofista y del Eros como impulso vital,  tenemos estar atentos para aprender de aquellos que sobresalen para abandonar la condición improductiva en que nos sume la pobreza y la impotencia. Tenemos que abandonar los puntos de vista desesperanzadoramente estrechos, afrontar y vencer la impotencia y la pobreza con nuestra astucia. Tenemos que conocer y realizar nuestros recursos al llevarlos a un hacer productivo y exitoso.

Obed Delfín Consultoría y Asesoría Filosófica

Facebook: https://www.facebook.com/coasfiobeddelfin/

Web: http://obeddelfin.wix.com/coasfi-obed-delfin

Blogger: http://obeddelfin.blogspot.com/

Wordpress: https://coasfiobeddelfinblog.wordpress.com/

Youtube: https://www.youtube.com/channel/UCm3hV2yxTGlWR81wvnyS19g

Email: coasfiobeddelfin@gmail.com


martes, 4 de agosto de 2020

ESTIMACIONES FUNDAMENTALES


Nuestro hacer es la estructura en que se asienta nuestro estar en el mundo. Nuestro hacer está determinado y determina el modo cómo pensamos e imaginamos nuestro entorno y las relaciones que establecemos con él. Lo que elegimos hacer tiene que ver, por una parte, con nuestras circunstancias externas y, por otra, con lo que somos, es decir, cómo evaluamos nuestros valores, nuestra prosperidad, nuestras fortalezas e intereses.
Vivir es una cuestión de cómo valoramos nuestro pensar-hacer y el mundo. Tales valorizaciones es lo que hace que haya cosas que nos atraigan y nos causen rechazo. Es importante entender esto, porque significa que cualquier decisión que asumamos la misma está regida por nuestras apreciaciones, ya que hacemos lo que hacemos a partir de un conjunto de tasaciones. Por esta razón los cambios son difíciles, ya que en ellos se compromete lo que valoramos como algo cierto y beneficio; no solo buscamos cambiar lo que hacemos sino los criterios de valor que le damos a las cosas.
Por ejemplo, algunas personas les gusta ser empleados, otras no; algunas desean realizar empresas, otras no están interesadas en ello. Esto se da porque tenemos intereses y valoraciones fundadas en un conjunto de juicios acerca de las cosas. Nuestras apreciaciones se reflejan en nuestro hacer, determinan lo que hacemos y pensamos. Juzgamos por las tasaciones que nos imponemos y éstas nos permiten evaluar si algo nos interesa o no.
Podemos identificar nuestras estimaciones si atendemos nuestras opiniones y las cosas que elegimos. Por ello, debemos aprender a escucharnos y a ver lo que elegimos para identificar cuáles son nuestras valoraciones fundamentales, pues éstas inciden y provienen de nuestro pensar-hacer. Si tenemos como valor fundamental nuestra seguridad cotidiana lo más probable que digamos cosas como: «tengo un empleo y una vida segura y estable».  
Todos vemos o evaluamos la vida desde la perspectiva de nuestro conjunto de valoraciones. Por eso lo que es emocionante para alguien, puede resultar aterrador para otro. Quien tiene en gran estima su hacer personal puede expresar: «si quieres que algo se haga bien, hazlo tú mismo», estas personas se muestran orgullosos de lo que hacen por sí mismos. Ese es uno de las estimaciones que rigen su vivir.
A otras personas les gusta formar y ser parte de equipos humanos, en el trabajo, en el club, en el vecindario; éstas valoran la construcción de cooperaciones efectivas, la importancia de pertenecer a un equipo y el trabajo colectivo, quieren cooperar y trabajar con la mayor cantidad posible de gente. Esta valoración rige su pensar-hacer.
Todos tenemos estimaciones con respecto a nuestro hacer, las mismas nos llevan a elegir las acciones que realizamos. Por eso invertimos en las cosas que nos interesan, porque éstas dependen de nuestras apreciaciones y de nuestro universo de estimaciones. Por él determinamos las diferentes perspectivas con las cuales abordamos las diversas situaciones a que nos enfrentamos constantemente.
Para tener conocimiento de nuestro pensar-hacer debemos conocer nuestras estimaciones fundamentales. Ambos se determinan mutuamente y perfilan lo que somos, hacemos y pensamos. Debemos estar atentos a esto, porque es importante para apreciar y estimar nuestro vivir, y saber que si intentamos hacer cambios en nuestra vida tenemos que ser conscientes que debemos cambiar ciertas estimaciones en nuestro pensar-hacer.
Obed Delfín Consultoría y Asesoría Filosófica


lunes, 29 de junio de 2020

CUARENTENA EN EL AQUÍ Y EL AHORA




La cuarentena ha disuelto nuestro mañana, nuestro futuro. Nos ha confinado a la desmesuradamente del aquí y el ahora, tan grato este slogan a muchos, en teoría. La posibilidad de una muerte cierta ha desajustado nuestras expectativas, que siempre ponemos en el mañana.
En esta cuarentena solo vivimos en el ahora, en el aquí, porque no sabemos si al salir a la calle nos contagiamos y así perdemos toda posibilidad por una muerte irremediable. Esta situación trastoca nuestro pensar-hacer, pues por naturaleza estamos orientados hacia el futuro, siempre estamos haciendo planes para mañana, nunca permanecemos en el hoy. Es esta posibilidad la que la espada de Damocles nos ha arrebatado momentáneamente.
Nos planteamos nuestro futuro diariamente para enfrentarlo con determinación recurriendo a las ventajas que nos brinda nuestra historia personal, nuestro saber de las cosas. Sin embargo, es este saber lo que en este incierto presente no podemos ejercer, ya que nuestro derecho a pensar y desear un mañana está truncado porque una muerte anunciada a la vuelta de la esquina. 
El confinamiento nos niega la capacidad de seguir al ritmo que nos habíamos impuesto el vivir diario; nos impide intentar cualquier innovación, cualquier intercambio. Por ello nos sentimos incapaces de reaccionar y adaptarnos a esta situación. Por estos días vivimos de fantasmas marchitos porque el presente es insípido.
Es un golpe duro perder la batalla de nuestro saber, cuando hasta hace poco clamábamos con orgullo «Tenemos ideas y futuro». Ahora nos damos cuenta de que el tan cacareado “Aquí y ahora” es una oferta aburrida, para la cual se necesita una ética estoica. Además, si carecemos de imaginación creadora y flexibilidad intelectual seremos incapaces de innovar en esta situación, por el carácter imprevisto de la misma y por ser promotora del desorden existencial en que nos encontramos.
Esto nos sucede al ser ignorantes de la observación concreta y de la experiencia existencial; por ser parte de una educación dogmática y abstracta, en la cual permanecemos apresados a un corsé intelectual que nos impide prever y asimilar los cambios. De esta manera, nos anclamos a lo de siempre, a lo conocido, al limitar nuestras capacidades para aprender y protegernos de cuestionamientos de un sistema de castas. En esta situación no logramos superar los preceptos en los cuales nos encontramos imbuidos, incluso podemos insistir en permanecer en ellos.
Por otra parte, es muy común oír que somos un animal de costumbres. No obstante, esto es una verdad a medias, porque también en igual o mayor grado nos  atrae lo nuevo, nos gusta hacer cosas distintas, nos gustan las sorpresas. Buscamos nuevos objetos e intentamos cambiar de continuo, aunque sea con un corte de cabello. No nos contentamos con los caminos trillados, con lo de siempre decimos. Aunque tales cambios y novedades sean a nivel externo, nos gustan y las buscamos.
Este querer disfrutar de constantes novedades: de lo nuevo, de lo último, nos atrae mucho. Este disfrute nos ha sido arrebatado por la cuarentena, porque en esta cotidianidad impuesta no tenemos posibilidad de  lo nuevo, de meternos en problemas. Nos sentimos aburridos porque los problemas que trae lo nuevo nos ha sido arrebatado, está fuera de nuestro alcance. En este confinamiento estamos en una situación en que no podemos crearnos los problemas que queremos, ni siquiera podemos plantearnos los mismos. Esto nos tiene de manos atadas.
Todos nos encontramos en el vivir diario en situaciones que, por lo general, sabemos resolver. No obstante, los problemas existenciales nos resultan muy problemáticos, como los que nos ha generado la cuarentena. El descubrimiento de lo problemático existencial es un paso esencial para la creación de nuevas perspectivas y puntos de vistas, porque la formulación de problemas es una actividad de nuestro ser inteligente y habilidoso.
Los problemas son algo que nos sucede en el hacer de nuestro vivir, me refiero a nuestros asuntos cotidianos y normales. Por ejemplo, si nos planteamos cocinar algo, no nos limitamos a poner los alimentos tal cual la compramos a cocinar, nos planteamos: ¿Cómo vamos a preparar esto? Pues, no queremos hacer lo mismo de siempre, queremos hacer del simple cocinar y comer un arte.
Entonces, ¿por qué no sabemos plantearnos nuestros problemas existenciales, si es lo que tenemos más a mano?  Tal vez porque siempre estamos sedientos de lo externo, de lo que está a nuestro derredor, de esas cosas externas que nos causan novedad. Pues, lo novedoso es uno de nuestros incentivos naturales, de las necesidades innatas que guían nuestro comportamiento.
Por eso miramos, oímos, olfateamos, tocamos, degustamos de manera instintiva y concupiscente, para estar al tanto del mundo en que nos encontramos. Somos la desmesura de lo curioso. Al no estar estimulados por lo externo nos dormitamos, nos aburrimos o nos quejamos de un insomnio ontológico, que nos hace permanecer despiertos en ausencia de estímulos por la apabullante presencia de la nada, que es como un descomunal bostezo.
Si hemos inventado toda clase de actividades estimulantes y estupefacientes, ha sido para aplacar nuestra insidiosa manifestación de la nada que hace del aburrimiento un pariente miserable de la angustia. Si la cultura nació para llenar con su farmacopea de estímulos los aburridos días, entonces la causa de nuestras dificultades es ante todo de orden cultural, intelectual y ética. Al hacer de éstas algo inamovibles. Puesto que, nuestro futuro no está escrito en ningún sitio, nunca es demasiado tarde para reaccionar y edificar una cultura personal. Tal movimiento tiene que ver con nuestro autoconocimiento, con modificar nuestra condición existencial, con liberarnos del trabajo inútil e improductivo; con incrementar nuestras fortalezas, nuestras posibilidades y con el dominio de nuestros temores banales.
La imposición de este aquí y ahora se produce porque hemos perdido el aliento de nuestro futuro y la posibilidad de lo novedoso. Tenemos que dar un paso para reconocer nuestro pensar-hacer, para salir de este marasmo ético en que nos hemos sumergido en la cuarentena, y que posiblemente ya venía de antes.
Tenemos que aprender que nuestro pensar-hacer es una producción nuestra, que no debe pertenecer solo al reino de lo artificial, de lo desgajado y ajeno a lo natural. Nuestro pensar-hacer, bien entendido, es la novedad que tiene algo que aportar a nuestro natural humano, la forma de relacionarnos con nosotros mismos. Lo que no armoniza solo produce desorden, degeneración y caos.
Mediante nuestro pensar-hacer establecemos interacciones nuevas con nosotros mismos, con los demás humanos y con todos los seres del mundo. Con estas interacciones modificamos nuestras relaciones con nosotros mismos, también cambiamos nuestro entorno, lo humanizamos, lo hacemos a nuestra medida. Además, de adaptarnos al medio también lo modificamos, esta es una ventaja que tenemos y debemos aprovecharla para salir airosos como personas de esta cuarentena.
Obed Delfín Consultoría y Asesoría Filosófica

martes, 9 de junio de 2020

EL YO ENFERMO


Ese yo biográfico que somos es un ego, y nadie creo tiene dudas de eso. En la conversa entre Moisés y Dios, cuando el primero le dice: «Si voy a los israelitas y les digo: “El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros”; cuando me pregunten: “¿Cuál es su nombre?”, ¿qué les responderé?». Dijo Dios a Moisés: «Yo soy el que soy» Y añadió: «Así dirás a los israelitas: “Yo soy” me ha enviado a vosotros».
Si Moisés quedó complacido con esta explicación no sabemos. Tal vez nosotros no quedemos muy complacidos si le preguntamos a alguien ¿quién eres tú? y éste nos responde “Yo soy yo”. Aunque tiene toda la razón de responder de esa manera. Puede ser que Moisés no fuese muy curioso y se conformo con semejante respuesta, que dice todo y no dice nada.
Por otra parte, está aquella escena memorable entre Mafalda y Felipito cuando éste jugando con un yo-yo se encuentra a Mafalda y ésta curiosa le pregunta ¿qué eso? Por la falta de claridad, Mafalda termina llamando a Felipito egocéntrico, cosa que no hizo Moisés cuando bien podía haberlo hecho.




Es frecuente considerar que el egoísmo es un «solipsismo práctico», una actitud en la cual lo único que importa al sujeto es su «yo mismo». Por lo cual, el sujeto solipsista se diferencia y niega a los otros, puede estar contra los otros. En este sentido, el solipsismo niega la existencia o la subsistencia del mundo externo, ya veremos a que se refiere esta negación.
El solipsismo se define como la radicalización del subjetivismo, en el cual la conciencia se reduce al «yo solo», que en latín se escribe “solus ipse”. El mismo se basa en la individualidad del yo. El solipsismo, en sentido estricto, es aquel en que el sujeto está encerrado en los límites del «yo solo», sin posibilidad de salir al mundo de las relaciones interpersonal. El yo está encerrado en sí mismo, por lo cual el mundo solo está constituido en el yo y por el yo, es decir, solo vale para este yo.
El sujeto solipsista no se debe confundir con el sujeto narcisista. El narcisista está enamorado de sí mismo porque piensa que nadie lo está o puede estarlo de él; así mismo intenta, con criterio selectivo, atraer a otros a su mundo para que le ratifiquen lo encantador que es. El narcisista es un ser contradictorio y enmascara sus conflictos con fachadas de perfección, que necesita que otros reconozcan.
El solipsista, por su parte, comparte un ensimismamiento similar al narcisista. Pero, al mismo tiempo, niega que haya otras personas en el mundo, aparte de él mismo. El solipsista se reconoce a sí mismo como sujeto y, a la vez, niega que los otros lo sean, niega la existencia de los otros.
La mayoría de nosotros, si somos razonables, suponemos que los otros seres humanos son semejantes a nosotros; que son sujeto o personas como nosotros, que piensan y sienten al igual que nosotros. El solipsista no. Para él el universo olo gira en torno a él, porque él no está seguro de que los demás sean personas que piensan y sientan, que sean como él.
Todo solipsista piensa que está solo en el mundo, porque es único. Si no existen otras personas como él, entonces tampoco existen otros solipsistas. Él se considera un sujeto único, y no le importan los demás porque estos no existentes en tanto sujetos pensantes ni sintientes.
El solipsista cree, realmente, que no hace daño a los demás ni con su actitud ni con su comportamiento. Pues para él, repito, las demás no existen como personas; solo existente como cuerpos, como cosa extensa, no como sujetos emocionales ni mentales.
El solipsista no tiene capacidad para entender que los demás sufren, porque los demás no existen. Y si no existen como personas solo son instrumentos de uso. De allí su comportamiento indiferente para con las personas, ya que él se encuentra en sí y para sí mismo en el mundo. Los demás no cuentan, porque solo son cuerpos y solo cuerpos de uso.
Obed Delfín Consultoría y Asesoría Filosófica


viernes, 22 de mayo de 2020

QUÉ SIGNIFICA ESA REFERENCIA A LA ENSEÑANZA




Qué significa actualmente una referencia a la enseñanza cuando los jóvenes están atiborrados de información y, además, es tan fácil de buscar y localizar la misma. La enseñanza en este momento es un acto distinto a lo que era veinte años atrás, apenas una generación. De allí que debe pensarse qué es el enseñante y con él la enseñanza.
La enseñanza, en general, se caracteriza por tres aspectos: Primero, como un oficio de coyuntura, de ocasión y de conjetura, que a través de los signos mostrados se trataba de reconocer si el oyente comprendía o no, se preveían los cambios y se escogía la forma adecuada de abordar la entrega de información. Un oficio de coyuntura y conjetura que se apoya en una teoría educativa, la cual puede considerar las condiciones particulares y poner en juego la práctica del desciframiento.
En segundo lugar, la enseñanza es un arte de persuasión, el buen enseñante debe ser capaz de persuadir a sus oyentes. La enseñanza para esclavos, que es practicada por estos, es una enseñanza que se conforma con dar preceptos y fórmulas, dice lo que hay que hacer. Opuesta a ésta, existe la enseñanza libre para personas libres, y ejercida por sujetos libres; esta se caracteriza porque el enseñante y el aprendiz hablan el uno con el otro. El aprendiz muestra al enseñante cuáles son sus necesidades de aprendizaje y cuál es su régimen para aprender. A cambio, el enseñante le explica por qué su régimen no es productivo, por qué se le dificulta el aprendizaje y lo que tiene que hacer para aprovechar sus potencialidades; lo persuade para que sea más eficiente y eficaz. La buena enseñanza, la enseñanza de sujetos libres es el arte del diálogo y la persuasión.
La tercera característica que determina la enseñanza es el hecho de que ésta no concierne a tal o cual sujeto que desea aprender o a tal tema que se desea enseñar; sino que es un arte que considera la vida entera del alumno, su enseñanza y se hace cargo de ella. Es cierto, hay que dar información para que el aprendiz se informe. No obstante, lo importante es hacer ver a este que lo que requiere en verdad es la formación de sus potencialidades.
Con respecto a la formación de las potencialidades es que la tarea de la persuasión es importante y decisiva, para que el aprendiz realmente se forme y sepa cómo abordar cualquier dificultad. Para ello es menester que acepte evaluar sus potencialidades. La enseñanza, en este sentido, se refiere en igual medida a las potencialidades y a las circunstancias en que nos encontramos.
Si tomamos estos tres aspectos señalados de la enseñanza, sus diferentes notaciones y las relacionamos con la tarea del enseñante, advertimos que el papel del enseñante no es ejercer la función de un autócrata, ya que no asume las decisiones que le corresponden al alumno. El enseñante solo interviene cuando el alumno requiere cierta orientación para encauzar su potencial. En este caso, es necesario diagnosticar en qué consiste tal perturbación y, a la vez, ayudar a que a la persona restablezca el orden de las cosas.
El enseñante, en este sentido, asume un papel crítico en el orden de una crisis y de la conciencia que la otra persona tiene de las cosas que no funcionan adecuadamente. El papel del enseñante libre no es el papel del enseñante de esclavos que se conforma con decir: hay que hacer esto, no hay que hacer aquello, hay que tomar esto, no hay que tomar aquello. Por el contrario, el papel del enseñante libre es prescribir y al mismo tiempo persuadir, debe explicar por qué hay que hacer algo para que se entienda porque hay que hacerlo. En esta medida, el enseñante libre no es el autócrata que indica a la otra persona cómo debe gobernarse y qué tiene que obedecer.
El enseñante, actualmente, tiene que pensar bajo una forma persuasiva qué es el régimen de enseñanza con el fin de cuestionar el mismo. Porque el asunto es entender, comprender y saber cuál es la voz propia de cada enseñanza; entender cuál es la voz que corresponde a cada alumno y a cada situación. El problema del enseñante es que debe resolver en qué consiste es voz que se ajusta cada individuo particular, y repensarla. Le es necesario intuir las contradicciones de las potencialidades de los demás y respetar las mismas, para determinar la manera adecuada en cómo se le puede ayudar; a esto hay que agregar que la persuasión se debe traducir en acciones productivas.
El enseñante libre es alguien que no le impone al otro lo que éste tiene que hacer ni pensar, solo se dirige a la voluntad de la otra persona. Porque la idea es ayudar a la formación de esa otra voluntad. Es menester comprender que solo es posible dirigirse a ella si esa persona es ética y tiene la voluntad concreta de escuchar. Porque si no desea escuchar, entonces lo que se diga son solo palabras arrogadas al aire.
El enseñante que habla sin ser escuchado, habla al aire y al vacío. Para que el discurso del enseñante sea un discurso real es necesario que el mismo sea escuchado y entendido por aquellos a quienes se dirige. La existencia del enseñante tiene por condición que sea escuchado y que su discurso responda a las expectativas de quien lo escucha.
La enseñanza, como apreciamos, se fundamenta en la escucha. El enseñante se dirige a quienes quieren escucharlo, solo así puede ser persuasivo. El enseñante no puede hablar consigo mismo, eso no tiene sentido. Lo real del enseñante radica en que se dirige a la voluntad de otra persona, de uno que realmente desea aprender.
La escucha forma la realidad del enseñante, en eso consiste el papel del enseñante, en ser escuchado. En que él tiene una promesa de escucha. Si el discurso son solo palabras al aire es porque la escucha no se produjo y la promesa fue incumplida.
El enseñante tradicional, como lo vemos en la actualidad, ya no tiene quien lo escuche, por eso su inexistencia. De allí la pregunta inicial ¿qué significa esa referencia a la enseñanza?

Obed Delfín Consultoría y Asesoría Filosófica

viernes, 8 de mayo de 2020

COLABORACIÓN EFECTIVA




La importancia de la cooperación siempre ha sido considerada relevante. Pues, quienes han salido victoriosos ha sido porque han sabido cooperar de manera eficiente en los diferentes conflictos en que se han visto envuelto.
Tener mejores técnicas y herramientas es adecuado, pero a éstas se debe agregar ser capaces de colaborar de manera más eficaz. Los sujetos más disciplinados superan, a la larga, a los desorganizados y los equipos mejor cohesionados prevalecen sobre los desorganizados.
Equipos minoritarios señorean sobre las masas porque están mejor organizados y saben cómo cooperar eficazmente en defensa de sus intereses. Por el contrario, las masas son desorganizadas e incapaces de llevar a cabo una colaboración efectiva. En las relaciones de poder, los equipos minoritarios se aseguran de que las masas no aprendan a cooperar. Los mismos se mantienen en el poder gracias a una organización eficaz, solo caen cuando se convierten en una organización deficiente.
Los cambios en una sociedad los hacen pequeñas redes de cooperación y no las grandes masas. Para producir algún cambio debemos preguntarnos: ¿cuántos de los que nos apoyan son capaces de colaborar eficazmente con nosotros? Además, los cambios se producen cuando un equipo se sitúa en el lugar y momento adecuado.
La cantidad importa, pero es con la cooperación efectiva con la que podemos asumir el control de algo. Por tanto, es fundamental tener una organización eficiente en nuestro hacer, de resto podemos naufragar y no alcanzar el éxito.
Obed Delfín Consultoría y Asesoría Filosófica

sábado, 2 de mayo de 2020

FORZADOS AL PLACER




Hemos llegados, sin saberlo, a estar forzados a realizarnos en el placer y, paradójicamente, éste se ha convertido en un instrumento de tortura. Si no lo buscamos somos considerados sujetos raros. Nadie pregunta: ¿Cuál es el placer que en verdad necesitamos? Ninguna respuesta nos hará llegar ni a un mediano consenso.
La búsqueda del placer parece más una maldición que una bendición, y esto nos pasa por delante de manera inadvertida, quiero decir la maldición del placer. Éste se hace una maldición cuando estamos condenados a buscar el placer por obligación y, lo que es más desquiciante, por imitación.
No nos damos cuenta que estamos condenados a esta situación, porque esto nos sucede de manera sutil y sofisticada, hasta tal punto que creemos que buscar el placer es una idea nuestra, una idea propia. Como eso de ser originales. Nos han sugestionado hasta convencernos que estamos obligados a buscarlo. Pero cuidado, buscar el placer no es lo mismo que tenerlo.
La tiranía y la condena del placer es parte de una fórmula interesada en un placer sentimental, emocional y ligero. Además, de algo instantáneo y fácil de adquirir sin ningún esfuerzo de formación.
Con esta fórmula nos han convertido en dependientes emocionales y castigados a buscar dosis de placer, probablemente postizo. Sin darnos cuenta hemos caído en la búsqueda incesante de placer, en cualquiera de sus variantes. La cual se enmarcan dentro de las actuales tendencias de moda.
Estas tendencias se enfocan en el consumo de nuestras experiencias emocionales, en las sensaciones que nos perturban, que nos trastornan, que nos excitan y que son capaces de alterar nuestro estado de ánimo. Eso sí enfocadas exclusivamente en las llamadas emociones positivas, porque son las que mejor se venden y comercializan.
Por otra parte, cada día se diseñan nuevas dosis de placer, cada vez más apetecible y con ofertas más estimulantes. Son tantas que resulta imposible probarlas todas y en esto consiste, realmente, la maldición. Pues queremos saborear todas esas dosis y así caemos en la trampa de la hiperactividad del placer. La cual es muy tentadora.
Si por alguna razón no conseguimos alguna de estas dosis caemos el síndrome de abstinencia, ya que buscamos consumir el mayor número de porciones de placer. Para eso elaboramos listas para chequear si conseguimos las dosis de consumo nos proponen, por ejemplo: asuntos que están de moda, viajes que no nos podemos perder, el último gadget en el mercado, las clases de zumba-yoga-boxing, las sesiones de mindfulness o celebrar muchos brunch. En nuestra lista tachamos cada dosis consumida después de compartirlas en las redes sociales, porque esto último también forma parte del placer.
Como la oferta de placeres es bastante amplia logramos estar ocupados y enganchados a tal hiperactividad. Pero muchas de estas dosis tienen fecha de caducidad, por lo que el tiempo nos apremia y no queremos quedarnos rezagados o quedar fuera de la tendencia actual. En este apresuramiento hace su aparición la ansiedad, que nos castiga si nos quedamos rezagados o nos detenemos.
Vivimos obsesionados con ese placer encapsulado en pequeñas raciones, prefabricado con la idea popular de lo instantáneo y asociado al hiperconsumo emocional. En el cual, no hay cabida para detenerse a reflexionar.
En la sociedad del culto al instante, a lo inmediato se nos ha impuesto la dictadura del placer solo como acción, que desplaza la reflexión serena y pausada al olvido. Por lo cual, en este olvido del pensamiento analítico que agoniza ante la desmesura del placer prefabricado se hace necesario avivarlo.
Reflexionar sobre esa clase de placer es importante. Porque toda acción es un valor y necesitamos saber si la misma es cierta o no. No es el rechazo al placer, sino a ese placer mercantilizado, a esa apariencia que nos empuja a accionar sin pensar reflexivamente.
Hay que pensar el placer de un modo sutil y sin apuros, de manera elegante. Con un pensamiento analítico para ser más eficaces en nuestro pensar-hacer, sin cortinas de humo que desvíen nuestra atención hacia asuntos banales.
Poner el foco de atención solo en el placer porque es placer es conformar un sujeto anestesiado y adulterado, bajo el yugo de la hiperactividad del ímpetu, de la pasión, de la vocación y el entusiasmo, con la intención de convertir a ésta en un hábito sano. Mientras se debilita el pensamiento crítico, se crean situaciones necesarias para que éste no tenga cabida, por lo cual abundan sujetos desequilibrados y disfuncionales.
En estas circunstancias, debemos atender aquella recomendación de Seneca, que decía: “Trabaja sólo en aquello que puede hacerte feliz. Arroja y pisotea esos objetos que brillan por fuera, que te prometen otros o por otro motivo; atiende al auténtico bien y goza de lo tuyo”.
Obed Delfín Consultoría y Asesoría Filosófica