lunes, 29 de junio de 2020

CUARENTENA EN EL AQUÍ Y EL AHORA




La cuarentena ha disuelto nuestro mañana, nuestro futuro. Nos ha confinado a la desmesuradamente del aquí y el ahora, tan grato este slogan a muchos, en teoría. La posibilidad de una muerte cierta ha desajustado nuestras expectativas, que siempre ponemos en el mañana.
En esta cuarentena solo vivimos en el ahora, en el aquí, porque no sabemos si al salir a la calle nos contagiamos y así perdemos toda posibilidad por una muerte irremediable. Esta situación trastoca nuestro pensar-hacer, pues por naturaleza estamos orientados hacia el futuro, siempre estamos haciendo planes para mañana, nunca permanecemos en el hoy. Es esta posibilidad la que la espada de Damocles nos ha arrebatado momentáneamente.
Nos planteamos nuestro futuro diariamente para enfrentarlo con determinación recurriendo a las ventajas que nos brinda nuestra historia personal, nuestro saber de las cosas. Sin embargo, es este saber lo que en este incierto presente no podemos ejercer, ya que nuestro derecho a pensar y desear un mañana está truncado porque una muerte anunciada a la vuelta de la esquina. 
El confinamiento nos niega la capacidad de seguir al ritmo que nos habíamos impuesto el vivir diario; nos impide intentar cualquier innovación, cualquier intercambio. Por ello nos sentimos incapaces de reaccionar y adaptarnos a esta situación. Por estos días vivimos de fantasmas marchitos porque el presente es insípido.
Es un golpe duro perder la batalla de nuestro saber, cuando hasta hace poco clamábamos con orgullo «Tenemos ideas y futuro». Ahora nos damos cuenta de que el tan cacareado “Aquí y ahora” es una oferta aburrida, para la cual se necesita una ética estoica. Además, si carecemos de imaginación creadora y flexibilidad intelectual seremos incapaces de innovar en esta situación, por el carácter imprevisto de la misma y por ser promotora del desorden existencial en que nos encontramos.
Esto nos sucede al ser ignorantes de la observación concreta y de la experiencia existencial; por ser parte de una educación dogmática y abstracta, en la cual permanecemos apresados a un corsé intelectual que nos impide prever y asimilar los cambios. De esta manera, nos anclamos a lo de siempre, a lo conocido, al limitar nuestras capacidades para aprender y protegernos de cuestionamientos de un sistema de castas. En esta situación no logramos superar los preceptos en los cuales nos encontramos imbuidos, incluso podemos insistir en permanecer en ellos.
Por otra parte, es muy común oír que somos un animal de costumbres. No obstante, esto es una verdad a medias, porque también en igual o mayor grado nos  atrae lo nuevo, nos gusta hacer cosas distintas, nos gustan las sorpresas. Buscamos nuevos objetos e intentamos cambiar de continuo, aunque sea con un corte de cabello. No nos contentamos con los caminos trillados, con lo de siempre decimos. Aunque tales cambios y novedades sean a nivel externo, nos gustan y las buscamos.
Este querer disfrutar de constantes novedades: de lo nuevo, de lo último, nos atrae mucho. Este disfrute nos ha sido arrebatado por la cuarentena, porque en esta cotidianidad impuesta no tenemos posibilidad de  lo nuevo, de meternos en problemas. Nos sentimos aburridos porque los problemas que trae lo nuevo nos ha sido arrebatado, está fuera de nuestro alcance. En este confinamiento estamos en una situación en que no podemos crearnos los problemas que queremos, ni siquiera podemos plantearnos los mismos. Esto nos tiene de manos atadas.
Todos nos encontramos en el vivir diario en situaciones que, por lo general, sabemos resolver. No obstante, los problemas existenciales nos resultan muy problemáticos, como los que nos ha generado la cuarentena. El descubrimiento de lo problemático existencial es un paso esencial para la creación de nuevas perspectivas y puntos de vistas, porque la formulación de problemas es una actividad de nuestro ser inteligente y habilidoso.
Los problemas son algo que nos sucede en el hacer de nuestro vivir, me refiero a nuestros asuntos cotidianos y normales. Por ejemplo, si nos planteamos cocinar algo, no nos limitamos a poner los alimentos tal cual la compramos a cocinar, nos planteamos: ¿Cómo vamos a preparar esto? Pues, no queremos hacer lo mismo de siempre, queremos hacer del simple cocinar y comer un arte.
Entonces, ¿por qué no sabemos plantearnos nuestros problemas existenciales, si es lo que tenemos más a mano?  Tal vez porque siempre estamos sedientos de lo externo, de lo que está a nuestro derredor, de esas cosas externas que nos causan novedad. Pues, lo novedoso es uno de nuestros incentivos naturales, de las necesidades innatas que guían nuestro comportamiento.
Por eso miramos, oímos, olfateamos, tocamos, degustamos de manera instintiva y concupiscente, para estar al tanto del mundo en que nos encontramos. Somos la desmesura de lo curioso. Al no estar estimulados por lo externo nos dormitamos, nos aburrimos o nos quejamos de un insomnio ontológico, que nos hace permanecer despiertos en ausencia de estímulos por la apabullante presencia de la nada, que es como un descomunal bostezo.
Si hemos inventado toda clase de actividades estimulantes y estupefacientes, ha sido para aplacar nuestra insidiosa manifestación de la nada que hace del aburrimiento un pariente miserable de la angustia. Si la cultura nació para llenar con su farmacopea de estímulos los aburridos días, entonces la causa de nuestras dificultades es ante todo de orden cultural, intelectual y ética. Al hacer de éstas algo inamovibles. Puesto que, nuestro futuro no está escrito en ningún sitio, nunca es demasiado tarde para reaccionar y edificar una cultura personal. Tal movimiento tiene que ver con nuestro autoconocimiento, con modificar nuestra condición existencial, con liberarnos del trabajo inútil e improductivo; con incrementar nuestras fortalezas, nuestras posibilidades y con el dominio de nuestros temores banales.
La imposición de este aquí y ahora se produce porque hemos perdido el aliento de nuestro futuro y la posibilidad de lo novedoso. Tenemos que dar un paso para reconocer nuestro pensar-hacer, para salir de este marasmo ético en que nos hemos sumergido en la cuarentena, y que posiblemente ya venía de antes.
Tenemos que aprender que nuestro pensar-hacer es una producción nuestra, que no debe pertenecer solo al reino de lo artificial, de lo desgajado y ajeno a lo natural. Nuestro pensar-hacer, bien entendido, es la novedad que tiene algo que aportar a nuestro natural humano, la forma de relacionarnos con nosotros mismos. Lo que no armoniza solo produce desorden, degeneración y caos.
Mediante nuestro pensar-hacer establecemos interacciones nuevas con nosotros mismos, con los demás humanos y con todos los seres del mundo. Con estas interacciones modificamos nuestras relaciones con nosotros mismos, también cambiamos nuestro entorno, lo humanizamos, lo hacemos a nuestra medida. Además, de adaptarnos al medio también lo modificamos, esta es una ventaja que tenemos y debemos aprovecharla para salir airosos como personas de esta cuarentena.
Obed Delfín Consultoría y Asesoría Filosófica

martes, 9 de junio de 2020

EL YO ENFERMO


Ese yo biográfico que somos es un ego, y nadie creo tiene dudas de eso. En la conversa entre Moisés y Dios, cuando el primero le dice: «Si voy a los israelitas y les digo: “El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros”; cuando me pregunten: “¿Cuál es su nombre?”, ¿qué les responderé?». Dijo Dios a Moisés: «Yo soy el que soy» Y añadió: «Así dirás a los israelitas: “Yo soy” me ha enviado a vosotros».
Si Moisés quedó complacido con esta explicación no sabemos. Tal vez nosotros no quedemos muy complacidos si le preguntamos a alguien ¿quién eres tú? y éste nos responde “Yo soy yo”. Aunque tiene toda la razón de responder de esa manera. Puede ser que Moisés no fuese muy curioso y se conformo con semejante respuesta, que dice todo y no dice nada.
Por otra parte, está aquella escena memorable entre Mafalda y Felipito cuando éste jugando con un yo-yo se encuentra a Mafalda y ésta curiosa le pregunta ¿qué eso? Por la falta de claridad, Mafalda termina llamando a Felipito egocéntrico, cosa que no hizo Moisés cuando bien podía haberlo hecho.




Es frecuente considerar que el egoísmo es un «solipsismo práctico», una actitud en la cual lo único que importa al sujeto es su «yo mismo». Por lo cual, el sujeto solipsista se diferencia y niega a los otros, puede estar contra los otros. En este sentido, el solipsismo niega la existencia o la subsistencia del mundo externo, ya veremos a que se refiere esta negación.
El solipsismo se define como la radicalización del subjetivismo, en el cual la conciencia se reduce al «yo solo», que en latín se escribe “solus ipse”. El mismo se basa en la individualidad del yo. El solipsismo, en sentido estricto, es aquel en que el sujeto está encerrado en los límites del «yo solo», sin posibilidad de salir al mundo de las relaciones interpersonal. El yo está encerrado en sí mismo, por lo cual el mundo solo está constituido en el yo y por el yo, es decir, solo vale para este yo.
El sujeto solipsista no se debe confundir con el sujeto narcisista. El narcisista está enamorado de sí mismo porque piensa que nadie lo está o puede estarlo de él; así mismo intenta, con criterio selectivo, atraer a otros a su mundo para que le ratifiquen lo encantador que es. El narcisista es un ser contradictorio y enmascara sus conflictos con fachadas de perfección, que necesita que otros reconozcan.
El solipsista, por su parte, comparte un ensimismamiento similar al narcisista. Pero, al mismo tiempo, niega que haya otras personas en el mundo, aparte de él mismo. El solipsista se reconoce a sí mismo como sujeto y, a la vez, niega que los otros lo sean, niega la existencia de los otros.
La mayoría de nosotros, si somos razonables, suponemos que los otros seres humanos son semejantes a nosotros; que son sujeto o personas como nosotros, que piensan y sienten al igual que nosotros. El solipsista no. Para él el universo olo gira en torno a él, porque él no está seguro de que los demás sean personas que piensan y sientan, que sean como él.
Todo solipsista piensa que está solo en el mundo, porque es único. Si no existen otras personas como él, entonces tampoco existen otros solipsistas. Él se considera un sujeto único, y no le importan los demás porque estos no existentes en tanto sujetos pensantes ni sintientes.
El solipsista cree, realmente, que no hace daño a los demás ni con su actitud ni con su comportamiento. Pues para él, repito, las demás no existen como personas; solo existente como cuerpos, como cosa extensa, no como sujetos emocionales ni mentales.
El solipsista no tiene capacidad para entender que los demás sufren, porque los demás no existen. Y si no existen como personas solo son instrumentos de uso. De allí su comportamiento indiferente para con las personas, ya que él se encuentra en sí y para sí mismo en el mundo. Los demás no cuentan, porque solo son cuerpos y solo cuerpos de uso.
Obed Delfín Consultoría y Asesoría Filosófica


viernes, 22 de mayo de 2020

QUÉ SIGNIFICA ESA REFERENCIA A LA ENSEÑANZA




Qué significa actualmente una referencia a la enseñanza cuando los jóvenes están atiborrados de información y, además, es tan fácil de buscar y localizar la misma. La enseñanza en este momento es un acto distinto a lo que era veinte años atrás, apenas una generación. De allí que debe pensarse qué es el enseñante y con él la enseñanza.
La enseñanza, en general, se caracteriza por tres aspectos: Primero, como un oficio de coyuntura, de ocasión y de conjetura, que a través de los signos mostrados se trataba de reconocer si el oyente comprendía o no, se preveían los cambios y se escogía la forma adecuada de abordar la entrega de información. Un oficio de coyuntura y conjetura que se apoya en una teoría educativa, la cual puede considerar las condiciones particulares y poner en juego la práctica del desciframiento.
En segundo lugar, la enseñanza es un arte de persuasión, el buen enseñante debe ser capaz de persuadir a sus oyentes. La enseñanza para esclavos, que es practicada por estos, es una enseñanza que se conforma con dar preceptos y fórmulas, dice lo que hay que hacer. Opuesta a ésta, existe la enseñanza libre para personas libres, y ejercida por sujetos libres; esta se caracteriza porque el enseñante y el aprendiz hablan el uno con el otro. El aprendiz muestra al enseñante cuáles son sus necesidades de aprendizaje y cuál es su régimen para aprender. A cambio, el enseñante le explica por qué su régimen no es productivo, por qué se le dificulta el aprendizaje y lo que tiene que hacer para aprovechar sus potencialidades; lo persuade para que sea más eficiente y eficaz. La buena enseñanza, la enseñanza de sujetos libres es el arte del diálogo y la persuasión.
La tercera característica que determina la enseñanza es el hecho de que ésta no concierne a tal o cual sujeto que desea aprender o a tal tema que se desea enseñar; sino que es un arte que considera la vida entera del alumno, su enseñanza y se hace cargo de ella. Es cierto, hay que dar información para que el aprendiz se informe. No obstante, lo importante es hacer ver a este que lo que requiere en verdad es la formación de sus potencialidades.
Con respecto a la formación de las potencialidades es que la tarea de la persuasión es importante y decisiva, para que el aprendiz realmente se forme y sepa cómo abordar cualquier dificultad. Para ello es menester que acepte evaluar sus potencialidades. La enseñanza, en este sentido, se refiere en igual medida a las potencialidades y a las circunstancias en que nos encontramos.
Si tomamos estos tres aspectos señalados de la enseñanza, sus diferentes notaciones y las relacionamos con la tarea del enseñante, advertimos que el papel del enseñante no es ejercer la función de un autócrata, ya que no asume las decisiones que le corresponden al alumno. El enseñante solo interviene cuando el alumno requiere cierta orientación para encauzar su potencial. En este caso, es necesario diagnosticar en qué consiste tal perturbación y, a la vez, ayudar a que a la persona restablezca el orden de las cosas.
El enseñante, en este sentido, asume un papel crítico en el orden de una crisis y de la conciencia que la otra persona tiene de las cosas que no funcionan adecuadamente. El papel del enseñante libre no es el papel del enseñante de esclavos que se conforma con decir: hay que hacer esto, no hay que hacer aquello, hay que tomar esto, no hay que tomar aquello. Por el contrario, el papel del enseñante libre es prescribir y al mismo tiempo persuadir, debe explicar por qué hay que hacer algo para que se entienda porque hay que hacerlo. En esta medida, el enseñante libre no es el autócrata que indica a la otra persona cómo debe gobernarse y qué tiene que obedecer.
El enseñante, actualmente, tiene que pensar bajo una forma persuasiva qué es el régimen de enseñanza con el fin de cuestionar el mismo. Porque el asunto es entender, comprender y saber cuál es la voz propia de cada enseñanza; entender cuál es la voz que corresponde a cada alumno y a cada situación. El problema del enseñante es que debe resolver en qué consiste es voz que se ajusta cada individuo particular, y repensarla. Le es necesario intuir las contradicciones de las potencialidades de los demás y respetar las mismas, para determinar la manera adecuada en cómo se le puede ayudar; a esto hay que agregar que la persuasión se debe traducir en acciones productivas.
El enseñante libre es alguien que no le impone al otro lo que éste tiene que hacer ni pensar, solo se dirige a la voluntad de la otra persona. Porque la idea es ayudar a la formación de esa otra voluntad. Es menester comprender que solo es posible dirigirse a ella si esa persona es ética y tiene la voluntad concreta de escuchar. Porque si no desea escuchar, entonces lo que se diga son solo palabras arrogadas al aire.
El enseñante que habla sin ser escuchado, habla al aire y al vacío. Para que el discurso del enseñante sea un discurso real es necesario que el mismo sea escuchado y entendido por aquellos a quienes se dirige. La existencia del enseñante tiene por condición que sea escuchado y que su discurso responda a las expectativas de quien lo escucha.
La enseñanza, como apreciamos, se fundamenta en la escucha. El enseñante se dirige a quienes quieren escucharlo, solo así puede ser persuasivo. El enseñante no puede hablar consigo mismo, eso no tiene sentido. Lo real del enseñante radica en que se dirige a la voluntad de otra persona, de uno que realmente desea aprender.
La escucha forma la realidad del enseñante, en eso consiste el papel del enseñante, en ser escuchado. En que él tiene una promesa de escucha. Si el discurso son solo palabras al aire es porque la escucha no se produjo y la promesa fue incumplida.
El enseñante tradicional, como lo vemos en la actualidad, ya no tiene quien lo escuche, por eso su inexistencia. De allí la pregunta inicial ¿qué significa esa referencia a la enseñanza?

Obed Delfín Consultoría y Asesoría Filosófica

viernes, 8 de mayo de 2020

COLABORACIÓN EFECTIVA




La importancia de la cooperación siempre ha sido considerada relevante. Pues, quienes han salido victoriosos ha sido porque han sabido cooperar de manera eficiente en los diferentes conflictos en que se han visto envuelto.
Tener mejores técnicas y herramientas es adecuado, pero a éstas se debe agregar ser capaces de colaborar de manera más eficaz. Los sujetos más disciplinados superan, a la larga, a los desorganizados y los equipos mejor cohesionados prevalecen sobre los desorganizados.
Equipos minoritarios señorean sobre las masas porque están mejor organizados y saben cómo cooperar eficazmente en defensa de sus intereses. Por el contrario, las masas son desorganizadas e incapaces de llevar a cabo una colaboración efectiva. En las relaciones de poder, los equipos minoritarios se aseguran de que las masas no aprendan a cooperar. Los mismos se mantienen en el poder gracias a una organización eficaz, solo caen cuando se convierten en una organización deficiente.
Los cambios en una sociedad los hacen pequeñas redes de cooperación y no las grandes masas. Para producir algún cambio debemos preguntarnos: ¿cuántos de los que nos apoyan son capaces de colaborar eficazmente con nosotros? Además, los cambios se producen cuando un equipo se sitúa en el lugar y momento adecuado.
La cantidad importa, pero es con la cooperación efectiva con la que podemos asumir el control de algo. Por tanto, es fundamental tener una organización eficiente en nuestro hacer, de resto podemos naufragar y no alcanzar el éxito.
Obed Delfín Consultoría y Asesoría Filosófica

sábado, 2 de mayo de 2020

FORZADOS AL PLACER




Hemos llegados, sin saberlo, a estar forzados a realizarnos en el placer y, paradójicamente, éste se ha convertido en un instrumento de tortura. Si no lo buscamos somos considerados sujetos raros. Nadie pregunta: ¿Cuál es el placer que en verdad necesitamos? Ninguna respuesta nos hará llegar ni a un mediano consenso.
La búsqueda del placer parece más una maldición que una bendición, y esto nos pasa por delante de manera inadvertida, quiero decir la maldición del placer. Éste se hace una maldición cuando estamos condenados a buscar el placer por obligación y, lo que es más desquiciante, por imitación.
No nos damos cuenta que estamos condenados a esta situación, porque esto nos sucede de manera sutil y sofisticada, hasta tal punto que creemos que buscar el placer es una idea nuestra, una idea propia. Como eso de ser originales. Nos han sugestionado hasta convencernos que estamos obligados a buscarlo. Pero cuidado, buscar el placer no es lo mismo que tenerlo.
La tiranía y la condena del placer es parte de una fórmula interesada en un placer sentimental, emocional y ligero. Además, de algo instantáneo y fácil de adquirir sin ningún esfuerzo de formación.
Con esta fórmula nos han convertido en dependientes emocionales y castigados a buscar dosis de placer, probablemente postizo. Sin darnos cuenta hemos caído en la búsqueda incesante de placer, en cualquiera de sus variantes. La cual se enmarcan dentro de las actuales tendencias de moda.
Estas tendencias se enfocan en el consumo de nuestras experiencias emocionales, en las sensaciones que nos perturban, que nos trastornan, que nos excitan y que son capaces de alterar nuestro estado de ánimo. Eso sí enfocadas exclusivamente en las llamadas emociones positivas, porque son las que mejor se venden y comercializan.
Por otra parte, cada día se diseñan nuevas dosis de placer, cada vez más apetecible y con ofertas más estimulantes. Son tantas que resulta imposible probarlas todas y en esto consiste, realmente, la maldición. Pues queremos saborear todas esas dosis y así caemos en la trampa de la hiperactividad del placer. La cual es muy tentadora.
Si por alguna razón no conseguimos alguna de estas dosis caemos el síndrome de abstinencia, ya que buscamos consumir el mayor número de porciones de placer. Para eso elaboramos listas para chequear si conseguimos las dosis de consumo nos proponen, por ejemplo: asuntos que están de moda, viajes que no nos podemos perder, el último gadget en el mercado, las clases de zumba-yoga-boxing, las sesiones de mindfulness o celebrar muchos brunch. En nuestra lista tachamos cada dosis consumida después de compartirlas en las redes sociales, porque esto último también forma parte del placer.
Como la oferta de placeres es bastante amplia logramos estar ocupados y enganchados a tal hiperactividad. Pero muchas de estas dosis tienen fecha de caducidad, por lo que el tiempo nos apremia y no queremos quedarnos rezagados o quedar fuera de la tendencia actual. En este apresuramiento hace su aparición la ansiedad, que nos castiga si nos quedamos rezagados o nos detenemos.
Vivimos obsesionados con ese placer encapsulado en pequeñas raciones, prefabricado con la idea popular de lo instantáneo y asociado al hiperconsumo emocional. En el cual, no hay cabida para detenerse a reflexionar.
En la sociedad del culto al instante, a lo inmediato se nos ha impuesto la dictadura del placer solo como acción, que desplaza la reflexión serena y pausada al olvido. Por lo cual, en este olvido del pensamiento analítico que agoniza ante la desmesura del placer prefabricado se hace necesario avivarlo.
Reflexionar sobre esa clase de placer es importante. Porque toda acción es un valor y necesitamos saber si la misma es cierta o no. No es el rechazo al placer, sino a ese placer mercantilizado, a esa apariencia que nos empuja a accionar sin pensar reflexivamente.
Hay que pensar el placer de un modo sutil y sin apuros, de manera elegante. Con un pensamiento analítico para ser más eficaces en nuestro pensar-hacer, sin cortinas de humo que desvíen nuestra atención hacia asuntos banales.
Poner el foco de atención solo en el placer porque es placer es conformar un sujeto anestesiado y adulterado, bajo el yugo de la hiperactividad del ímpetu, de la pasión, de la vocación y el entusiasmo, con la intención de convertir a ésta en un hábito sano. Mientras se debilita el pensamiento crítico, se crean situaciones necesarias para que éste no tenga cabida, por lo cual abundan sujetos desequilibrados y disfuncionales.
En estas circunstancias, debemos atender aquella recomendación de Seneca, que decía: “Trabaja sólo en aquello que puede hacerte feliz. Arroja y pisotea esos objetos que brillan por fuera, que te prometen otros o por otro motivo; atiende al auténtico bien y goza de lo tuyo”.
Obed Delfín Consultoría y Asesoría Filosófica

martes, 21 de abril de 2020

DISTANCIAMIENTO O COOPERACIÓN SOCIAL


El amigo Antonio Volpicelli planteaba en estos días la siguiente pregunta: ¿Distancia o distanciamiento social? A tal interrogante, él hacia el siguiente planteamiento: “A propósito de las reglas para disminuir las posibilidades del contagio de la peste, considero inapropiado el uso del término "DISTANCIA SOCIAL" o "DISTANCIAMIENTO SOCIAL", entendiendo que van más hacia la separación o segregación de individuos dentro de un colectivo, grupo, etnia, raza o creencia, como forma histórica ya desaprobada por los criterios universales de igualdad estrictamente "SOCIAL". Quizás esos términos van en contra de mantener y preservar de por sí, ese acercamiento tradicional, muy necesario, de carácter familiar, de amistad y de contactos o relacionados, que antes disfrutábamos a plenitud y que tendríamos el derecho y el deber de preservar después de pasar esta gran contingencia pandémica. Es probable que términos más cónsonos y coherentes sean "DISTANCIA FÍSICA", "DISTANCIA SANITARIA" o "DISTANCIA PROFILÁCTICA", porque precisamente el rigor que se nos impone hoy está dirigido hacia esa "separación" de al menos seis pies (1,8 metros) que todos debemos respetar para cuidar nuestra integridad física, para salvaguardar nuestra salud, o para evitar el contagio de enfermedades, como lo queramos ver, para enfrentarnos en este momento al terrible virus MADE IN CHINA”.
El planteamiento del Volpi es correcto y muy acertado. Además debemos agregar que si haber vamos, en realidad, nosotros vivimos en un permanente distanciamiento social, sea por las razones que sean. Nos mantenemos distanciados de los demás y no queremos o nos negamos a interactuar con ellos. No queremos ser polites, solo queremos ser bestias o dioses como diría Aristóteles.
En el distanciamiento en que vivimos, por ejemplo, desconocemos a nuestros vecinos y no nos interesan, ellos igual para con  nosotros. Cualquier intento de conversación trivial se asume como una agresión a nuestra intimidad o espacio vital. Somos, por lo general, sujetos asociales e indiferentes al mundo y así queremos preservarnos, incluso nos glorificamos de ello. Con la imposición del distanciamiento social, por motivo de la peste, posiblemente no estaremos convirtiendo en sujetos más abandonados de nuestro entorno, y al terminar la misma nos estaremos viendo unos a otros como enemigos potenciales a los cuales tenemos que temer. Ante cualquier futuro estornudo o tos pensaremos en la exclusión social de tal persona.
A cuento de qué viene ahora a plantearse el llamado “distanciamiento social”, si éste ya existe y es practicado de hecho; además, lo aupamos en nuestras relaciones interpersonales. Este “distanciamiento social” nos propone, soterradamente, la permanencia de tensiones entre nosotros, en las cuales debemos convertirnos en sujetos armados y, por tanto, autosuficiente como una bestia o un dios, en aquel sentido aristotélico. La misma procura que tengamos muy poca necesidad de los demás, muy pocos motivos para tratar a los demás amablemente; pues las interacciones amables exigen que no hallan las asperezas defensivas propias de la propuesta del distanciamiento social en la actual peste.
La exclusión y el alejamiento social en vez de mostrarnos el  sentimiento de nuestra imperfección, más bien nos procura el intento de protegernos contra amenazas y heridas que nos pueden infligir los demás, los demás son nuestros enemigos. Y esto entraña competición que conduce a un comportamiento colérico y agresivo contra los demás, a los cuales consideramos amenas por su sola presencia. Los cuales ya pueden estar teñidos por el resentimiento y la envidia, tales sentimientos llevan al deseo de dañar a los otros que podemos ver como obstáculos a nuestra supervivencia. Tal vez, el término “distanciamiento” sea un anglicismo mal empleado en la lengua española en este momento, el cual hay que corregir como recomienda Volpicelli.
La experiencia del distanciamiento social que hemos estado viviendo desde hace años tiene muchas deficiencias y vulnerabilidades, las cuales nos llevan a montar rebuscadas estratagemas de autoprotección, con las que creemos apuntalar los límites de nuestro vivir. Tales estratagemas no tienen éxito, pues nuestra finitud no puede ser derrotada. Por lo cual, hacemos intentos cada vez más frenéticos de asegurar nuestra mala individualidad, por lo que somos arrastrados a conductas cada vez más agresivas contra los demás y, a la vez, propiciamos otras formas de vulnerabilidad.
En vez de abogar por la cooperación o la sinergia social, lo que se nos pide es que nos distanciemos, que nos separemos más de lo que estamos. Alguien puede decir que no es esa la intención, que lo que se busca es el resguardo sanitario que debemos tener unos con otros. En este caso, es correcta la apreciación del amigo Volpicelli cuando recomienda el uso del término español de “distancia sanitaria”. Y en verdad, en el caso de la peste, lo que hay que mantener es una distancia sanitaria como bien lo apunta el amigo.
Pensar que la confusión entre “distanciamiento” y “distancia” es inocente cuesta creerlo, porque después de Auschwitz, como dice Umberto Eco, el mundo perdió su inocencia y no creo que la misma haya renacido de pronto. La semiología oculta del mensaje de tal distanciamiento nos puede estar diciendo por debajo de cuerda: «sepárate de todo el mundo porque no los necesitas» promoviendo y ahondando así en ese mal individualismo que nos acogota desde hace tiempo; un distanciamiento social donde los otros son nuestros enemigos, ya que atentan contra nuestra vida. Por lo cual, no es extraño que la misma, en alguno casos, haya desembocado en agresiones de unos contra otros.
En esta peste lo que necesitamos es cooperación y solidaridad. Lo que debemos es estar al tanto de cómo están los amigos, los familiares, los vecinos, los conocidos. Tener la mano tendida hasta donde podamos. Recordemos que somos sujetos débiles y menesterosos, no seres autosuficientes. En la cooperación reforzamos nuestro apego a la vida como algo valioso.
Toda peste requiere de cuarentena, tal medida no es nada extraordinaria. Se ha aplicado desde hace milenios. La misma debe ser la práctica médica por excelencia y tal vez la única que ha perdurado. Pero eso no conduce a que ahondemos en nuestro distanciamiento social, que cada día es más abismal. Y ahora virtual o digital.
La cooperación y la solidaridad no quieren decir que estemos uno encima de otros, sino atentos de los otros. La distancia o proxemia profiláctica es parte de la cooperación social. La cooperación en este caso radica en que hay que debemos cuidarnos unos a otros, con el fin de evitar que la peste entre a nuestras ciudades y casas. Que ha sido el mayor terror de la humanidad.
Por otra parte, en la presente peste estamos confiando más en la ciencia que en nuestra prudencia. La primera trabaja con ahínco, pero nada puede hacer sino nos convertimos en sujetos imprudentes y con poca cooperación. La peste, en tal caso, desbordará a la ciencia. La prudencia la contendrá.
Obed Delfín Consultoría y Asesoría Filosófica


domingo, 19 de abril de 2020

ENCARGARNOS DE NOSOTROS MISMOS


Para encargarnos de nosotros mismos debemos considerar dos elementos. El primero, consiste en dirigir permanentemente la mirada sobre nosotros mismos, con el fin de conocer cuáles son nuestras capacidades y cuáles los asuntos que debemos hacernos cargo en nuestro diario vivir.
Cuánto más nos demoramos en reconocer éstos, más tardamos en realizar una interpretación y una toma de decisiones adecuadas, más tardamos en generar alternativas de solución y horizontes de acción.
Al encarar nuestras circunstancias con efectividad producimos acciones acertadas y productivas. Lo contrario, son acciones desacertadas e improductivas. Por ello, en los momentos de crisis de sentido es necesario actuar con phronesis, pues por medio de ésta definimos las acciones adecuadas a tomar con respecto a nuestras creencias y estados de ánimo.
Con una capacidad adecuada de pensar y una toma de decisiones efectiva podemos enfrentar nuestras circunstancias y llevar a cabo nuestras ideas. Además, debemos conseguir herramientas y formas de organizarnos para desenvolvernos eficientemente en nuestro entorno. De lo contrario, solo seremos una abstracción.
Vivimos en medio de actividades, circunstancias y desempeños no estructurados; en éstas encontramos nuestras certezas, la tranquilidad de la costumbre y la solidez de lo evidente. Nuestro hacer es, en este sentido, precario. Por lo cual, es necesario sostenernos en nuestra voluntad de poder, esto requiere capacidad de aprendizaje, de diseño y adaptación. Aprendizaje para incluir nuevas prácticas y visiones en nuestro vivir. Adaptación para vivir en un mundo inicialmente ajeno o incómodo. Diseño para abordar nuevas prácticas, tecnologías y formas de relaciones.
El segundo elemento en este encargarnos de nosotros mismos, consiste en entender cómo se configura el lenguaje en el mundo cotidiano. Ya que por y en él se consolidan las creencias que la tradición nos provee. En nuestro lenguaje conviven nuestras concepciones de lo bueno y lo malo, de lo bello y lo feo; a través de él organizamos la visión de lo que somos y de nuestras relaciones interpersonales. Por otra parte, por medio del lenguaje preguntamos y cuestionamos, con lo cual podemos abrir nuevas posibilidades de acción.
El lenguaje, en su cotidianidad, es la mejor expresión del mundo en que estamos inmersos y de las posibilidades que tenemos en él. Por lo cual, al desafiar nuestros relatos podemos transformarnos y desarrollarnos. Al desafiar nuestras erradas interpretaciones les restamos a éstas su capacidad de acción sobre nosotros.
Desafiar y movilizar los relatos que nos encapsulan en el resentimiento y en la mediocridad es necesario. Porque debemos abrir otros vínculos, otros relatos que nos conecten racionalmente con el entusiasmo, nos coloquen en el camino del protagonismo y nos saquen de la cuneta de la victimización.
En el lenguaje hay una relación de costo-beneficio, seductora por su capacidad de acción; la misma nos liga con la actividad humana y nos pone en riesgo si no la sabemos manejar. En esa relación debemos concebirnos tanto como usuarios de un universo de recursos, como responsables del cuidado y mantenimiento de los mismos. En otros términos, lo que nos dice Heidegger, es que somos nosotros los que cuidamos y dotamos de sentido al mundo.
Nuestra crisis como sujetos, nuestra fractura como personas, está en la acumulación de información como mera tecnificación y su vínculo para convertirnos en fuerza laboral capacitada para el trabajo. En ello hemos aplicado sobre nuestro hacer la lógica del uso y de la relación instrumental, que solo nos permite la función de trabajar, proveer, arreglar y conseguir. De este modo, hemos perdido todos los momentos de sentido y de conexión con lo profundamente humanos que hay en nosotros mismos y en los demás.
Nuestra pérdida de sentido se expresa en el auto-aburrimiento; el cual nos asalta y domina cuando nos quedamos solos con nosotros mismos y no sabemos qué hacer. No sabemos estar con nosotros mismos. Somos extraños y ajenos a nosotros mismos, a nuestro pensar-hacer. Nos desconocemos.
Por el contrario, en la vida pública nos sentimos bien en la medida en que ésta nos distrae nuestro vivir. En la medida en que nos distrae del aburrimiento personal y nos lleva del hogar a la desidia del trabajo; del trabajo sin sentido al “hoy es viernes y el cuerpo lo sabe”. Convencidos de que nuestra trascendencia radica solo en alcanzar bienes de consumo, que nunca nos alcanzan para vivir.
Aunque los bienes de consumo son necesarios, la responsabilidad sobre el cuidado de nosotros mismos  y la construcción de sentido son fundamentales para llegar a convertirnos en sujetos plenos. Para convertirnos en personas en todo el sentido de la palabra. Esto es, para encargarnos de nosotros mismos.
Obed Delfín Consultoría y Asesoría Filosófica