sábado, 1 de diciembre de 2018

EL DILEMA DE DADÁ O LA NO MENDICIDAD EN LA VIDA: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA

En estos días al ir a comprar un pasaje en autobús pensaba que se podía pagar el mismo con punto de venta. Pero el asunto no era así, la modalidad era una parte en efectivo y otra con punto de venta. Al querer apelar a la discrecionalidad del empleado éste me dijo: «las reglas son las reglas».

Y tenía toda la razón el empleado, las reglas son las reglas y en todos los ámbitos hay reglas. Uno, por lo general, lo que hace es apegarse al lugar donde las reglas le resultan más adecuadas y favorables. Pero siempre habrá reglas que seguir. Uno puede apelar a la libertad; sin embargo, nuestra libertad está condicionada por nuestra misma finitud.

Uno puede romper las reglas existentes al no estar de acuerdo con éstas, pero terminará construyendo otras reglas. Aquí es donde está el dilema de Dadá. Algunos señalan que Dadá es el anti-arte, uno puede pensar que se refieren a que éste es otro arte o un arte enfrentado al existente. Sin embargo, Dadá es el no-arte.

Es por esta razón que este no-movimiento-artístico no puede perdurar. Porque de hacerlo tendría que crear otras reglas. Y no se quiere someter a ello. El Dadá se manifiesta como el no-arte, y de allí su efímera vida. Es el grado cero del arte, para usar de la mala manera la expresión de Barthes. Pues, si intenta vivir tendría que construir reglas de arte, convertirse en arte y se niega a ello.

Ante esta disyuntiva, Dadá decide perecer. Traición le han hecho los historiadores y críticos de arte que lo han incluido en el arte. Olvidar a Dadá es difícil, la ruptura es muy violenta y desgarradora en esa época heroica donde todo el arte moderno se manifestaba como arte nuevo. 

El darnos cuenta de que «las reglas son las reglas» nos permite vislumbrar el mundo con una voluntad de poder diferente. Las reglas están allí, nosotros las acatamos, asunto nada extraordinario, o buscamos un ámbito con otras reglas más convenientes a nuestro pensar… Al tener conciencia de esto nos evitamos a nosotros mismos la condición de mendicidad.

Ese imperativo de «las reglas son las reglas» es la otra parte de la voluntad de poder o es otra voluntad de poder que se pone delante de nosotros. Si acepto esto no tengo que apelar a la mendicidad para lograr algo, sencillamente o me aparto de ellas o las acepto, o busco cualquier otra opción para llevar adelante mi voluntad de poder.

En el caso de Dadá, éste decide perecer, porque Dadá no mendiga nada al arte, solo lo niega. Nosotros tenemos más opciones. Porque somos una voluntad de vivir. Lo contrario, sería o la voluntad de la nada o la no-vida. En nosotros el conjunto de decisiones posibles es más amplio. Lo que si debemos evitar en tanto voluntad de poder es el grado de mendicidad.
El estado de indigencia es posible evitarlo al tener certeza del hecho de que «las reglas son las reglas» y con ellas puedes hacer lo que quieras, pero no pueden humillarnos.

Las reglas solo son eso, reglas. Son instrumentos para relacionarnos personas e instituciones. Son parte de nuestro pensar-hacer. En tanto instrumentos nos facilitan la vida en unos casos, en otros nos pueden permitir pensar en cómo resolver algo que no puedo solucionar con tales reglas.

Si uno piensa que las reglas son obstáculos e impedimentos, solo está justificando su no-hacer. Y achacamos a las reglas nuestra inoperatividad. Debemos tener cuidado con esta salida fácil a la búsqueda de soluciones. Porque justificamos lo que no tiene justificación.

Al asumir las reglas como lo que son, es decir, instrumentos. Abandonamos la idea del «pobrecito», de querer que nos traten con esa mirada de huérfanos, abandonamos la mendicidad en nuestro pensar-hacer. Asumimos la vida como lo que es, un conjunto de acciones prácticas. Y estamos en ésta para intervenir o no en ella.

Ante las reglas tenemos nuestra decisión, que involucra lo personal y lo social. Nuestra decisión es más importante que las reglas, porque aquella es dinámica y éstas son estáticas. La regla permanece. La decisión, por el contrario, se modifica según la circunstancia y somos dueños de ella.

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sábado, 17 de noviembre de 2018

LA VIDA UN ASUNTO DE CONVIVENCIAS: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA


Debemos ser capaces de escuchar lo que se está diciendo sin rechazarlo ni aceptarlo, solo prestar atención a todo eso. Debemos poder escuchar de tal modo que si se dice algo nuevo no lo rechacemos de inmediato, con esto evitamos el síndrome de Herodes. Escuchar con apertura quiere decir que escuchamos con atención, no que aceptamos todo lo que oímos.

Si aceptamos lo que escuchamos sin la mediación de la reflexión crítica eso sería absurdo, porque lo que hacemos, entonces, es erigir una autoridad. Pues, donde hay autoridad no existe un pensar analítico ni un pensar-hacer-sentir propio; esto conlleva a que no pueda haber el descubrimiento de lo nuevo, de lo diferente. La mayoría de nosotros, muchas veces, nos inclinamos a aceptar tal o cual cosa sin un verdadero entendimiento crítico; por ello existe el peligro de que nuestra aceptación sea sin reflexión ni indagación, sin examinar el asunto de manera profunda.

La aceptación irreflexiva de lo escuchamos afecta nuestra acción y nuestra actividad; por ende, nuestra vida, que es relación. ¿Qué entendemos por actividad? ¿Qué por acción? Estamos tan inmersos en éstas que nos parece natural no preguntar qué es cada una de ella. Nuestra  vida se basa en la acción y en la actividad. Si nos observamos, nos veremos haciendo una serie de cosas a diario; estamos inquietos consumidos por el movimiento, haciendo algo a toda costa, avanzando, logrando o luchando por conseguir algo. ¿Qué lugar ocupa la actividad en nuestras relaciones o convivencias?

La vida, en general, es asunto de convivencias; ya que no podemos existir en el aislamiento. Si la vida que es un conjunto de relaciones, entonces ésta es en sí un conjunto de actividades, de convivencias significantes o con significados. Por eso, cuando dejamos de estar activos tenemos esa sensación de aprensión; sentimos que no estamos ni vivos ni alertas, por lo cual buscamos continuar en actividad. De allí que nos atemoriza el estar solos. El salir solos, el estar sin nadie, sin un libro, sin internet, facebook o instagram… sin conversar; sentimos miedo de estar tranquilos sin hacer algo en todo momento, sea con las manos o con la mente.

Comprender nuestra actividad nos lleva a entender lo que es la vida de relación. Si consideramos que la convivencia es una distracción o una huida de algo, entonces la convivencia la convertimos en una actividad; en algo exterior. Y esto no es extraño; pues muchos de nosotros consideramos que nuestra vida de relación es en su mayor parte una distracción y, por tanto, solo una serie de actividades.

 No obstante, la convivencia tiene significación cuando ésta es un proceso de autodescubrimiento, cuando nos revela a nosotros mismo en la acción de convivir. Pero, por lo general, nosotros no deseamos ser puesto al descubierto en la convivencia. Por el contrario, la convivencia nos sirve como medio para ocultar nuestra insuficiencia, nuestras dificultades, nuestra incertidumbre. De este modo, nuestra vida de relación la convertimos en mera actividad. Por lo cual, convertimos nuestra convivencia en algo ingrato; y mientras ésta no sea un proceso de autodescubrimiento la misma será un medio para huir de nosotros mismos.

El conocimiento de nosotros mismos radica en el despliegue de nuestras relaciones: sea con las cosas, con las personas o con las ideas. Si la convivencia y la acción se basan en algo utilitario entonces éstas se convierten en una actividad desprovista de comprensión. Esto quiere decir, que es simplemente la aplicación de una fórmula, una norma, una idea, por lo cual resulta restrictiva, limitadora, coercitiva.

Lo utilitario es el resultado de una necesidad, de un deseo, de un propósito. Si nos relacionamos con los otros porque solo necesitamos a éstos en un sentido fisiológico o psicológico, es evidente que tal relación se basa en un uso, ya que solo deseamos algo de ellos. Tal relación no puede ser ni convivencia ni un proceso de autodescubrimiento. Es simplemente un uso, en el cual se establece un hábito utilitario. Tal relación será siempre una tensión, un dolor, una contienda, una lucha que nos causa zozobra.

¿Es posible relacionarnos sin lo utilitario? Sabemos que, muchas veces, nuestras interrelaciones están signadas por la competencia, la lucha, el dolor, o simple el hábito. Si podemos entender de un modo pleno nuestra relación con los amigos, tal vez, tendremos la posibilidad de comprender la relación con otros. Pues, si no entendemos nuestra relación con un amigo o persona conocida, cómo  pretendemos comprender nuestra relación con los demás. Si nuestra relación con los amigos se basa en nuestra necesidad, en nuestra satisfacción; entonces, nuestra relación con la sociedad tiene la misma característica. Es utilitaria.

Si nuestras relaciones son utilitarias necesariamente en ellas tienen que surgir las disputas, con uno mismo y con los demás. De ahí las disputas, el antagonismo, la confusión que hay en nosotros y en nuestro entorno.


Para comprender este problema tenemos que ahondar la cuestión del conocimiento propio, porque sin conocernos, sin saber lo que somos, no podemos tener las debidas relaciones con los demás. Mientras no nos entendamos a nosotros mismos, nuestra convivencia no podrá ser verdadera. Ahora bien, no puede haber conocimiento propio, mientras utilicemos nuestras convivencias como simples medio de satisfacción, de escape, como distracción.

El conocimiento de nosotros mismos es un comprendernos mediante la vida de relación; por esto, debemos estar dispuestos a ahondar el problema de nuestra convivencia y exponernos ante ella. Porque, sin relaciones no podemos vivir. Si queremos valernos de la convivencia para sentirnos cómodos, satisfechos, para ser algo o alguien. O nos servimos de la convivencia para protegernos a nosotros mismos, para permanecer dentro de lo conocido; entonces, toda relación se reduce al nivel del hábito, de la seguridad. Por tanto, la convivencia se convierte en mera actividad de uso. De allí, nuestro fracaso personal y social.

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sábado, 10 de noviembre de 2018

APEGO Y DESAPEGO O LAS TRAMPAS DE LA PROPAGANDA: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA


Hay una invitación indiscriminada al desapego. No obstante, ¿por qué nos debemos desligar del apego? Acaso por qué alguien nos lo dice. Porque hay instructores de cualquier otro tipo que nos han hablan de ello. Nos dicen y se hace propaganda de que «tenemos que encontrar la realidad, que debemos renunciar a esto o aquello, que debemos abandonarlo todo y que solo así hallaremos la realidad». Y, de este modo, nos vamos sumando a la idea del desapego, sin reflexionar mucho sobre eso  y sin que sea nuestra tal convicción.

Existen los diversos instructores que nos inculcan la propensión al desapego; estos nos dicen «debes vivir desligado de las cosas». Sin embargo, ante esta afirmación debemos preguntarles ¿por qué tenemos que estar desapegados de las cosas? ¿Qué es ese desapego del cual me hablas? ¿Cómo sabes de antemano que tenemos un apego? ¿No será acaso una temática de moda, como tantas otras, que pronto caducará? O es ¿qué tú tienes un problema personal con el apego-desapego y quieres hacer de eso una doctrina universal?

Nuestro asunto personal es saber ¿Por qué existe el apego? Y en tal caso ¿por qué estamos apegados a algo? Es algo en lo cual debemos reflexionar, no asumir posturas ya fabricadas ni algo que nos impongan. Si podemos hallar respuesta a esto, lo más probable es que el problema del desapego no exista. Tal vez, estamos apegados a atracciones, a sensaciones, a asuntos de nuestra mente, cosa nada extraño. Pero si podemos descubrir por qué estamos apegados, tal vez hallaremos una respuesta adecuada que no consiste en cómo lograr el desapego.

¿Qué sucedería si en toda esta habladuría del desapego resulta que no estamos apegados? Que no estamos apegados a nuestros bienes, si es que tenemos algo; a nuestras características e idiosincrasia, a nuestras virtudes, creencias e ideas; o a nuestra posición social, si algo así existe; e incluso que no estamos apegados ni a nuestro propio nombre. Que no estamos apegados a todas esas cosas que forman nuestro «yo».  ¿Qué ocurriría? ¿Dónde quedaría esa charlatanería?

Digamos que no estamos apegados a esas cosas que hemos mencionado; entonces nos damos cuenta que somos una nada. Porque si no estamos apegados a nuestras comodidades, a nuestra posición, a nuestra vanidad, nos sentimos súbitamente perdidos porque no tendríamos un «yo», una personalidad. El temor a este vacío, de no ser nada, de no ser un «yo» hace que nos apeguemos a cualquier cosa; sea esta nuestra familia, nuestra pareja, una fotografía, un automóvil, nuestro país; no importa lo pequeño o grande que sea. Nos apegamos a algo para construir y poder tener un «yo». Pues, el yo se construye con relación a algo.

El temor de no ser nada hace que uno se adhiera a algo, y este proceso de aferrarse a algo implica conflicto y dolor; que en muchos casos no es una experiencia ni desgarradora ni traumática aunque aquello a que nos aferramos muchas veces se desintegre, sea nuestra posición, nuestros bienes, nuestra pareja. Aferrarse a algo no siempre es algo doloroso ni genera conflicto, sino que es algo placentero. Ver el apego como algo doloroso es una interpretación donde predomina la experiencia negativa, pero esta no es la única interpretación. Hay apegos placenteros, no me refiero a asuntos patológicos.

En muchos casos, en el proceso de retener hay menos dolor que en el de desprendernos; digamos la muerte, ante ésta queremos retener con vida a la persona que amamos pues esto nos resulta menos doloroso que su muerte. Sin embargo, para evitar el dolor decidimos racionalmente que hay que estar desligados, desapegados porque así nos lo han dicho. En este sentido, nos quiere ser negada la experiencia del displacer, del dolor. Pero, eso debe ser parte de una sociedad aséptica, liberada de todo padecer. Algo por demás difícil.

Si nos examinamos vemos que el miedo a la soledad, el miedo a no ser nada, el miedo al vacío, nos hace apegarnos a algo, eso cierto. Pero también podemos observar que todos esos miedos no son miedos patológicos, sino miedos naturales; parte de nuestra naturaleza emocional en la cual conviven simultáneamente  emociones positivas y negativas. Entonces ¿Por qué negar unas y alabar a las otras?  ¿Acaso el apego no es algo natural entre los mamíferos?

En el apego hay dolor si tenemos una conducta patológica, enfermiza que nos lleva a sufrir. Y para evitar ese dolor que todo animal padece, entonces tratamos de cultivar el desapego como la panacea universal; y así persistimos en ese círculo doloroso en el cual siempre hay lucha. Ahora bien, una patología creo que no se sana con meras palabras, con decir no sientas esto o aquello; la patología es algo más complicado y requiere de diagnósticos clínicos. Y no estamos hablando de conductas de este tipo.

¿Por qué no podemos ser como la nada, algo inexistente? Porque somos cuerpo y éste no admite la nada, porque sería la negación de sí mismo. O está el cuerpo o está la nada. Nosotros y el mundo somos cuerpos, de allí la dificultad de admitir la nada, más allá de ser un concepto, un término o una sensación. Si nos concebimos como cuerpo no hay problema de apego o desapego, porque un cuerpo sano no cae en lo patológicamente enfermizo ni del apego ni del desapego. Solo vive su existencia, que incluye el pensar y el sentir. Y ambos procesos son naturales en él.

Si la vida es un conjunto de relaciones no hay cabida para el vacío, porque una relación es sustituida por otra. Ahora bien,  si vivimos en un «vacío deprimente» existencial es porque nuestras relaciones no funcionan, o tal vez porque somos sujetos disfuncionales. Sin llegar a ser patológicamente enfermizos. Por otra parte, si nuestras relaciones son convivencias, entonces éstas son un proceso de apego y desapego permanente.

¿Podemos negar en nuestra vida las relaciones? Si nos apegamos a alguien es porque hemos establecido una relación con esa persona. Cuando nos apegamos a alguien es porque estamos en una relación con esa persona. No sé de qué intensidad sea ese apego, pero es una relación. Entonces, ¿cómo podemos negar, a la vez, la relación y el apego y afirmar la vida?

Muchas veces sentimos la necesidad de la otra persona porque estamos perdidos, o nos sentimos desdichados o solos. ¿Tiene algo de extraño esto? ¿Es extraño a nuestra naturaleza, acaso? La otra persona se convierte en una necesidad para nosotros, en alguien útil, en alguien que llena nuestro vacío. En este tránsito, nosotros no somos lo importante, lo importante es la seguridad que la otra persona representa para nosotros; lo importante es que esa persona llene nuestra necesidad. ¿Es algo extraño a nuestra naturaleza sentir esa necesidad del otro?

Entendamos, hablamos de un tránsito no de un estado permanente de necesidad, porque de ser permanente sería un estado enfermizo. Y en un estado patológico no existe convivencia alguna con la otra persona; pues a la persona la convertimos en un fármaco, en una necesidad, en una cosa necesaria, en algo utilitario. Y esto nos es ni relación ni convivencia.

Vivimos, y esto es un estar en relaciones. La vida es relación. En la vida nos distraemos, nos sentimos perdidos, nos sentimos vivir. Ahora bien, la convivencia no es una distracción para sentirnos vivos, es un compromiso con nosotros y con los otros. No podemos vivir en el aislamiento, ello no es posible. Tal vez, por unos muy pocos días, porque al necesitar salir a comprar unos víveres, digamos, ya establecemos un conjunto de relaciones con nuestro entorno. 

La vida en tanto relación nos hace sentir vivos. El reñir unos con otros, el sostener luchas, disputas; también buenas amistades, buenas conversas, todo esto nos produce una sensación de vida. De manera que la convivencia no se convierte en una mera distracción. Pues, solo una persona sensible y despierta al afecto puede estar relacionada con la vida y sus relaciones.

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sábado, 3 de noviembre de 2018

LA EXPERIENCIA EXISTENCIAL Y LA PROPAGANDA: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA


Cuando contamos algo a otra persona aprendemos de una manera nueva a presentar las cosas que pensamos y sentimos; puede ser que nos hagamos más sagaces en la manera de transmitir lo que deseamos decir. La narración puede convertirse en un buen relato y puede abrirnos a una mejor comprensión del mismo, si mientras relatamos reflexionamos en ello. Ahora bien, si no comprendemos aquello que narramos ¿cómo será posible que lo expliquemos a otros?

Si no comprendemos lo que decimos porque no lo hemos analizado o por alguna otra causa, sin darnos cuenta, lo que hacemos es propaganda. Le hacemos propaganda al gobierno de turno o a la oposición de turno; al predicador en el cual creemos; al autor del libro que hace poco leímos, al instructor que admiramos. No entendemos ni hemos reflexionado sobre tal o cual cosa y, sin embargo, hablamos o repetimos eso a otras personas, y nos figuramos que exponemos una verdad que puede repetirse.

O creemos que por tener algún tipo de experiencia en algo podemos explicar ésta a los demás. La experiencia la podemos comunicar verbalmente, pero ¿nos será posible relatar a los demás la vivencia de nuestra experiencia? Si no hemos reflexionado sobre lo que hemos vivido ¿podemos describir la experiencia? Nos resulta difícil, casi siempre, transmitir el estado de esa vivencia. De allí, que al intentar narrar la verdad existencial de esa experiencia ésta deja de ser verdad.

El repetir una verdad existencial resulta complicado. Es más fácil repetir una mentira, porque ésta es una construcción artificial. Por el contrario, al querer repetir una experiencia existencial ésta pierde su sentido. La mayoría de nosotros no experimentamos sino que nos ocupamos en repetir la experiencias de otros. Al individuo que experimenta de manera directa no le interesa la repetición, ni trata de convertir a otros, esto es, no le interesa hacer propaganda. La propaganda es la repetición de la experiencia de otro.

Por desgracia, a la mayoría de nosotros nos interesa más la propaganda que la experiencia existencial, porque mediante aquella tratamos de convencer a otros, de ganar adeptos; y también porque queremos ganarnos la vida explotando a los demás. En este sentido, la propaganda se convierte en una estafa.

Nos hallamos atrapados entre la verbalización y la experiencia; aunque más inclinados, y muchos más, a la verbalización y la propaganda. Pocas veces nos dedicamos a experimentar, a establecer comunión con las cosas en el entorno en que habitamos, trabajamos... Por ello, es que deseamos hacer propaganda, aunque la experiencia existencial no puede ser objeto de propaganda. De este modo, no construimos relaciones ni experiencias y vamos careciendo de vida.

Tal carencia es nuestra dificultad actual. Deseamos hacer propaganda a otros sin haber experimentado, y en este hacer propaganda creemos experimentar. Ese creer es una mera sensación, una mera satisfacción que carece de sentido, y tiene poca validez; ya que no se apoya en ninguna realidad existencial. Una realidad vivida al ser comunicada no origina trabas, porque no es propaganda. Pues la vivencia tiene significados para nosotros y para los demás, de allí que no sea propaganda.

Al vivir nuestra propia experiencia podemos desapegarnos de esa tendencia propagandística. ¿Por qué nos desligamos de ésta? Porque ya no es un relato que alguien nos cuenta, porque no ha surgido de instructores políticos, religiosos o de cualquier otro tipo, que nos han hablan de ella. Nadie nos dice lo que tenemos que encontrar, o renunciar o hallar la realidad que a ellos les conviene.

Al desligarnos de la propaganda no aceptamos la idea de convivencia, de desapego que otros nos quieren imponer.  Nosotros elegimos otras opciones, no tienen que ser originales ni nacer propiamente de nosotros; pero abrimos el abanico de opciones posibles. La propaganda nos quiere enredar y atrapar en su capa melosa. Por el contrario, la experiencia existencial es una experiencia de primera mano, un pensar-hacer-sentir directo sin intermediarios.  

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sábado, 27 de octubre de 2018

SIN CONOCERNOS QUE POCO QUEDA: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA


Sin conocernos a nosotros mismos, sin conocer nuestro pensar-hacer-sentir, sin conocer el trasfondo de nuestros condicionamientos; sin conocer porque tenemos ciertas creencias acerca de la vida, acerca de nuestros vecinos y acerca de nosotros mismos, nos preguntamos ¿cómo podemos pensar verdaderamente sobre cosa alguna?

Si no conocemos nuestros trasfondos, si no conocemos ni el ser ni el origen de nuestro pensamiento, cualquier búsqueda que emprendamos resultará del todo vana y nuestras acciones carecerán de sentido o ¿será esto de otra manera? Tampoco tendrá sentido que seamos médicos, mecánicos, peluqueros o que pertenezcamos a alguna organización.

¿Cuál es el propósito de nuestra vida cotidiana? ¿Qué significa todo eso? ¿Qué significan nuestros conflictos existenciales? Nuestras guerras, nuestros antagonismos internos y externos. Debemos empezar por saber qué somos nosotros mismos o ¿piensas qué es de otra manera? Decir debemos conocernos a nosotros mismos suena tan sencillo, pero es extremadamente difícil aunque no imposible. Y es algo que no se hace con una receta o de manera instantánea.   

Para seguirnos nosotros mismos, para ver cómo opera nuestro propio pensar-hacer-sentir, hay que estar alertas y es necesario estar prestos. A medida que comenzamos a estar más alertas ante los enredos de nuestro propio pensar-hacer-sentir, ante nuestras respuestas y a los propios sentimientos, empezamos a ser más consciente, no sólo de nosotros mismos sino de las personas con las que estamos en relación. Conocernos es estudiarnos en acción, en la convivencia. Sin embargo, la dificultad está en que somos muy impacientes, queremos seguir adelante y alcanzar una meta. Porque vivimos en una sociedad del apresuramiento.

A causa de tal prontitud nos decimos que no tenemos tiempo ni ocasión de brindarnos una oportunidad, de estudiar y de observarnos detenidamente. Pues, nos hemos comprometido en diversas actividades, por ejemplo, ganarnos el sustento, criar niños, o nos hemos asumido en ciertas responsabilidades en diversas organizaciones. Nos hemos comprometido exteriormente de distintas maneras, que casi no tenemos tiempo para reflexionar sobre nosotros mismos, para observarnos, para estudiarnos. Nos hemos olvidado de nosotros.

La responsabilidad de reflexionarnos depende de nosotros mismos, no de los demás. Por eso seguir a gurús o solo leer los últimos libros sobre esto o aquello, es algo vano, una vacuidad más. Aunque recorramos la tierra entera siempre tendremos que volver a nosotros mismos. Debido a que casi todos somos totalmente inconscientes de nosotros mismos, nos resulta por ello muy difícil empezar a ver el proceso de nuestro pensar-sentir-actuar.

Cuanto más nos conocemos a nosotros mismos más claridad tenemos de nuestro pensar-sentir-actuar. Ahora bien, el conocimiento propio no tiene fin, es decir, no lo alcanzamos en una realización y no llegamos a una conclusión. Siempre se está reconstruyendo. A medida que nos estudiamos nos ahondamos más y más, encontramos sentidos y significados.

Podemos llegar a una mente tranquila mediante el conocimiento propio, o una paz de espíritu dirían algunos. En esta quietud adviene nuestra propia realidad y hay una acción creadora. Si carecemos de nuestra comprensión y de nuestra experiencia propia toda búsqueda personal es una mera actividad sin significado. Si logramos comprendernos llegamos a realizar una acción creadora, una vivencia inmediata en la convivencia alrededor nuestro y del entorno en que vivimos.

Para comprendernos ¿qué se requiere? ¿Qué necesitamos para entendernos? ¿Para comprender a nuestro amigo, cónyuge, el paisaje, nuestro entorno?  Creo, que requerimos verdadera atención o ¿crees que puede ser otra cosa? Porque para entender algo tenemos que dedicarle todo nuestro ser, toda nuestra atención plena profunda. ¿Cómo podemos tener plena atención si estamos distraídos? Por ejemplo, con las cosas del trabajo, o del estudio, o con las noticias sobre lo que sucede en el mundo.

¿Cómo podemos tener plena atención cuando nos interesa más lo externo? Estamos concentrados en otras muchas cosas y no en nosotros mismos. Por lo cual, somos incapaces de mirarnos atentamente, aunque sea solo por un momento. No somos capaces de prestarnos atención a nosotros mismos, de estudiarnos, de hacernos preguntas, de interrogarnos placenteramente para disfrutar de nuestro propio diálogo. Si no tenemos plena atención, no hay un recto entendimiento de nuestro pensar-hacer-sentir.

Escucharnos para entendernos y escuchar para entender. Debemos prestar plena atención y eso es posible cuando estamos atentos, no cuando estamos distraídos. Cuando estamos luchando en medio de un estado de necesidad por nuestra vida material es difícil atendernos, debemos estar atentos a este condicionamiento exterior que nos aleja de nosotros.

Si algo nos interesa, por lo general, ponemos toda nuestra atención en eso. ¿Será acaso que no nosotros interesamos por nosotros mismos? Al estar interesados en algo no hacemos ningún esfuerzo, no erigimos ningún muro de resistencia; incluso no ponemos ningún «pero». Si algo nos interesa prestamos plena atención con espontaneidad.

Sin embargo, para la mayoría de nosotros nos resulta muy difícil esa atención; porque, tal vez, en lo íntimo hay resistencia de nuestra parte a descubrirnos, o creemos que debemos hacer un sacrificio que desgarrará nuestro falso deseo de bienestar. Pues comprender es algo profundo, y nosotros mostramos resistencia ante eso.

Decimos que queremos prestar plena atención a alguna cosa. No obstante, es posible que tengamos miedo a saber que tal conocimiento signifique desilusión, y que nos haga cambiar la visión de nuestra vida. Hay una contienda interior, una lucha íntima de la que quizá no nos damos cuenta. Aunque creemos que prestamos atención, lo que hay en realidad es una continúa distracción de lo interior y exterior, y sea esa nuestra mayor dificultad.

Debemos prestarnos plena atención, no atención a retazos. Debemos tratar de aminorar la inquietud de nuestra mente, de nuestro pensar-sentir-hacer. Jamás consideramos alguna cosa con tranquilidad, con ánimo receptivo. Atendemos a lo nos dicen que debemos hacer y lo que no debemos hacer; estamos pendientes de lo otro, no de nosotros.

No podemos tener entendimiento de nosotros mientras nuestra mente esté perturbada, mientras estemos inquietos. Mientras no nos callemos, no estemos tranquilos ni receptivos no será posible comprender. Para llegar a entendernos tiene que haber tranquilidad en todo nuestro ser. Por ejemplo, si nos topamos con un paisaje hermoso nos silenciamos, porque deseamos captar todos sus elementos, sus significados; en el momento que estamos quietos nos alcanza toda su belleza.

La comprensión y la calma irán llegando si deseamos en verdad entendernos, tanto física como mentalmente. Aunque parezca contradictorio el estar alerta y en calma esto es posible, pues es una alerta pasividad. Que no se logra por compulsión. Escucharnos, estar alertas y en clama es un arte, un hacer. Por ello, es preciso que dediquemos tiempo y pensar-sentir-hacer a aquello que deseamos comprender.

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sábado, 20 de octubre de 2018

TRAS LA BÚSQUEDA DE ALGO: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA


¿La mayoría de nosotros estamos tras la búsqueda de algo? ¿Deseamos algo? Particularmente, deseamos algo cuando nuestro mundo se vuelve un desasosiego; entonces procuramos hallar cierta felicidad, algún tipo de paz que nos tranquilice. Por lo menos deseamos algo semejante a eso.

En estas condiciones resulta importante averiguar ¿qué es, en verdad, lo que intentamos encontrar? La mayoría de nosotros decimos que buscamos la felicidad o la paz, por ejemplo. Aunque no determinamos de qué tipo serán éstas. Tal cosa se da porque vivimos en un mundo, exterior e interior, sacudido por disturbios, guerras, contiendas, luchas. Por lo cual, deseamos un refugio seguro donde podamos tener algo de tranquilidad.

Casi todos deseamos algo así, eso es cierto. Para encontrarlo, muchas veces, vamos de un dirigente a otro, de una organización a otra, de un instructor a otro. Vamos buscando algo afuera. Antes señalé que buscamos la felicidad, o tal vez simplemente buscamos alguna clase de satisfacción, la cual llamamos felicidad. Entre felicidad y satisfacción hay diferencias como todos sabemos, pero eso será asunto de otro artículo.

Lo que me interesa acá es la pregunta sobre ¿qué es lo que buscamos? Porque muchas veces no sabemos lo que buscamos, aunque escudriñamos insistentemente algo. Por lo general, nosotros pretendemos buscar satisfacción o lo que deseamos es estar satisfechos; tener esa sensación de plenitud que da al final una búsqueda exitosa, de una tarea bien realizada... Con eso nos es suficiente.

Lo importante es que buscamos algo. Por eso vamos a reuniones, nos sentamos a oír una charla, una conferencia. Estamos interesados en alguien que nos parece dice algo interesante. De allí, que es interesante preguntarnos: ¿Por qué escuchamos a un orador determinado? ¿Por qué nos tomamos la molestia de ir a algún sitio para ver  y oír? Y además, ¿Qué es lo que escuchamos?

En muchas ocasiones, vamos de un conferenciante a otro, porque procuramos hallar solución a nuestras dificultades, o tratamos de hallar la causa de nuestra perturbación, de nuestra miseria. En este ir y venir de un lugar a otro, de un conferencista a otro, debemos exigirnos a nosotros mismos la claridad de nuestra indagación.

Podemos consagrarnos en cuerpo y alma a alguna causa, a una idea y hallar en ella un refugio. O podemos apartarnos del mundo, procurar el aislamiento que nos libere de los conflictos de la gente que nos rodea. Sin embargo, ¿resuelve esto nuestro problema? O debemos ciertamente descubrir ¿qué es lo que realmente queremos? Tanto en lo íntimo como en lo externo.

Si llegamos a ver esto de manera clara, tal vez no necesitemos ir ninguna parte o recurrir a ningún instructor. Porque lo más probable es que nuestra dificultad inicial estriba, en primer lugar, en que tenemos que aclararnos a nosotros mismos ¿Qué es lo que buscamos? Y ¿Para qué lo buscamos?

Porque sin esa claridad, nuestra indagación intentará averiguar lo que otros dicen, sea el más elevado instructor o la más excelente organización, sobre algún remedio a nuestro conflicto o a la miseria de nuestra vida, esto será un esfuerzo un tanto perdido. Porque solo creeremos que hemos encontrado algo que nos satisface o que hemos hallado lo que deseamos. Y podemos permanecer cristalizados y encerrados en tal creencia.

Debemos preguntarnos, de un modo realmente serio y profundo, si alguien puede darnos la paz, la felicidad o lo que sea que buscamos. Ahora bien, esta búsqueda incesante en lo exterior ¿puede brindarnos ese sentido de realidad que anhelamos? O ¿necesitamos comprendernos a nosotros mismos? El conocimiento propio nos llega mediante una búsqueda, pero se da ¿siguiendo a alguien? ¿Perteneciendo a una determinada organización?

Tal vez, nuestro problema es que no buscamos entendernos a nosotros mismos; y, entonces, toda nuestra búsqueda es en vano. Podemos refugiarnos en ilusiones, podemos huir de la contienda, de la lucha, de la brega; podemos adorar a otro ser; podemos esperar nuestra salvación de otra persona. No obstante, mientras seamos ignorantes de nosotros mismos, mientras no nos demos cuenta del proceso total de nosotros mismos, no tendremos fundamentos para nuestro pensamiento, para nuestro afecto, para la acción que se genera por nosotros.

De allí, que lo primero que debemos desear es conocernos a nosotros mismos. Pues, este parece ser el único fundamento sobre el cual podemos construirnos y construir nuestras relaciones. Así antes de poder construir, de poder transformar, antes de poder condenar o destruir, tenemos que saber lo que somos.

De modo, que si buscamos afuera al emprender la búsqueda y contactar instructores u organizaciones es cosa inútil. Pues carece de sentido, aun cuando a quienes seguimos nos digan: «debes conocerte a ti mismo». Porque nuestro mundo, nuestras experiencias, nuestras vivencias son lo que somos nosotros. Si somos mezquinos, vanos, codiciosos esa es la personalidad que construimos, ese es el entorno que recreamos; esa es la casa en la cual habitamos.

Antes de emprender la comprensión de la realidad del mundo, antes de actuar, antes de tener relación con otros, resulta esencial que empecemos por entendernos a nosotros mismos. Porque esto es asunto serio y necesario. Si no nos entendemos a nosotros mismos, ¿cómo podemos actuar con nosotros mismos? O ¿cómo podemos construir una convivencia productiva? Pues nuestro propio conocimiento es parte de la convivencia.

Es necesario estudiarnos, estar atentos a toda palabra nuestra y a las respuestas que ellas provocan, vigilar todo movimiento de nuestro pensar-hacer y del sentir; observar conscientemente nuestras respuestas corporales, sea que actuemos movidos por nuestros centros corporales o por alguna idea.

Observar cómo respondemos a las situaciones cotidianas, a esas cosas que nos parecen intrascendentes, pero que nos conforman. Debemos ahondar seriamente en esta cuestión. No de forma esporádica o cuando todo lo demás ha fracasado y nos hemos fastidiados. La búsqueda de nosotros mismos es algo fundamental para llegar a comprender nuestra totalidad y la totalidad con los otros.

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sábado, 13 de octubre de 2018

NUESTROS MIEDOS LOS ALIADOS DE CADA DÍA: CONSULTORÍA Y ASESORÍA FILOSÓFICA


“Las emociones son inseparables de la idea de premio y castigo, placer y dolor, acercamiento o huida, ventaja o desventaja personal. Es inevitable que sean inseparables de la idea del bien y del mal” Antonio Damasio

Cuando el sentimiento de miedo nos invade, por lo menos tenemos dos alternativas: hacerle frente y actuar; o no hacerle caso y permanecer inactivos. Si decidimos enfrentar al miedo, lo hacemos sintiendo una aprensión relativa al mismo temor que estamos sintiendo. Actuamos asustados.

Enfrentar al miedo, por otra parte, lo podemos interpretar como tener al mismo como un adversario, y debemos considerar que esta palabra significa «Lo que siempre está delante de sí». ¿Es recomendable tener al miedo como adversario? Considero que no. Es mejor tenerlo de aliado o socio. Un adversario debe ser algo fastidioso, pues uno no puede pasar la vida teniendo al miedo todo el tiempo delante de uno como a alguien a quien enfrentar.

Enfrentarlo o hacerlo socio nuestro es una decisión que tiene un impacto determinante a lo largo de nuestra vida de asustados. Porque siempre vamos a sentir miedo por una u otra causa. No podemos expulsar el miedo de nuestra vida, siempre va a estar allí. Por el contrario, lo que hagamos con él es un asunto nuestro y corresponde a nuestra elección y responsabilidad.

Si decidimos hacerlo nuestro socio, que me parece la decisión más acertada, esto nos dará más valentía para arriesgarnos a hacer cosas y asumir acciones productivas. Dedicarnos a vencer el miedo es absurdo, porque nunca lo vamos a lograr; es una emoción básica y siempre nos va a acompañar. Tener seguridad y ser fuertes no excluye la emoción del temor. Vencer el miedo se ha convertido en un slogan de nuestro patrón y de creencia cultural; no se vence se maneja de manera adecuada o no.

En la vida no podremos apartarnos del temor, porque no podemos hacerlo. Lo que podemos hacer, porque está en nosotros, es decidir si éste me motiva o me paraliza. Alguien puede objetar que hay miedos patológicos, lo concedemos; pero en ese caso estaríamos hablando de otro nivel de miedo o fobia, que no es de lo que trato acá.

La emoción del miedo nos debe promover un impacto emocional, que nos permita un proceso de reflexión a través de los sentimientos. Al considerar el temor desde este punto de vista tenemos un nuevo concepto sobre nosotros mismos. Podemos generar más confianza y respeto propio, y considerar el hecho de correr riesgos al actuar o al tomar decisiones.

Podemos ser capaces de darnos cuenta de que los temores son parte nuestra. No son algo ajeno, ni que nos llega desde afuera. Desde la perspectiva del éxito tenemos, por lo menos, dos opciones entre las que podemos elegir. Primero, actuar adecuadamente con vista a una meta; lo cual significa que tomamos la postura de ser activo para gobernar nuestra vida y ser el productor de nuestras experiencias. De este modo, damos validez a nuestro pensar-hacer como sujeto exitoso y prospero.

Al no rechazar el miedo como algo nefasto podemos considerar que desarrollamos el amor por nosotros mismos, que es el punto de partida del cuidado de nosotros mismos y para realizar una inversión en nuestros esfuerzos para alcanza resultados favorables. Al decidir a actuar con vista a fin loable, esta conducta nos lleva un estado de aprecio por nosotros.

Por el contrario, si somos arrastrados por el miedo asumimos una actitud inadecuada o carente de metas; decidimos no actuar o nos sentimos indignos de nuestro pensar-hacer. Por lo cual, no nos planteamos en nuestro horizonte el propósito de ser un sujeto exitoso.

Lo que debemos hacer es posesionarnos de nuestro proceso de crecimiento y desarrollo personal, que incluye nuestras emociones. Debemos proponernos a actuar de manera favorable para con nosotros mismos. El sujeto exitoso se plantea acciones y reacciones, responde adecuadamente ante un acontecimiento y obtiene resultados favorables.

Arriesgarnos en medio del miedo nos da seguridad, aumenta nuestra voluntad de actuar, porque nos damos cuenta del valor de nuestra toma decisiones y de llevar a cabo nuestros compromisos. Las experiencias de nuestra vida, sean agradables o no, son responsabilidad nuestra y en esta participan nuestros temores de cada día.

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