lunes, 14 de enero de 2013

PLATÓN: EL CENTRO GEOMÉTRICO


La génesis del espacio, en tanto se expande e irradia desde un punto, está reflejada en el concepto de centro. Las seis direcciones de la extensión espacial —delante, detrás, izquierda, derecha, arriba y abajo— y las tres divisiones del tiempo —pasado, presente y futuro— están contenidas en la momentaneidad no dimensional del centro. Todos los fenómenos, todos los seres y todos los acontecimientos del espacio-tiempo están contenidos en un centro atemporal, que es siempre un aquí y ahora.

En efecto, al ser el universo esférico, están todos los extremos a la misma distancia del centro, por lo que por naturaleza deben ser extremos de manera semejante. Además, hay que considerar que el centro, como se encuentra a la misma distancia de los extremos, se halla frente a todos[1].

Lo cosmogónico es expresado simbólicamente como la figura radial expandida en seis direcciones desde un punto central. El proceso cosmos–genético está constituido por líneas que se irradian desde un centro común, estas líneas representan las coordenadas del mundo sensible, e indican como el espacio-tiempo se despliega desde un centro y como transcurre desde este punto central. El centro simboliza el principio que genera al universo, el origen de todas las cosas, ausente de dimensiones y atemporal. Es el principio de la extensión y la duración.

El Demiurgo ordenó el universo siguiendo el modelo de las ideas eternas. El cosmos es un gigantesco ser vivo, divino, que envuelve y encierra a todos los seres vivos visibles. Es bueno, bello y perfecto.

 El centro de la isla estaba ocupado por una llanura en dirección al mar, de la que se dice era la más bella de todas, y de buena calidad, y en cuyo centro, a su vez, había una montaña baja por todas partes[2]

En este sentido, en la ciudad determinada por un punto central. Al cual asciende el movimiento que busca la perfección, está configurada por medio de las elevaciones naturales, las cuales se reservan a los templos y palacios que ocupan la posición dominante de la ciudad[3].

El centro por estar más allá de toda limitación espacio-temporal engendra la integridad de la Totalidad, que es la manifestación universal depende del centro–principio. La estructura circular revela la concepción del lenguaje mítico-religioso. En cuanto se presenta como logo-centrismo filosófico en complicidad con lo religioso y expresión del espacio sacro. La metafísica platónica define la acrópolis como primer principio; como centro universal de una proposición que configura el logos-topos sacro.

El palacio dentro de la acrópolis estaba dispuesto de la siguiente manera. En el centro, habían consagrado un templo inaccesible a Clito y Poseidón, rodeado de una valla de oro; ese era el lugar en el que al principio concibieron y engendraron la estirpe de las diez familias reales[4]

La forma centralizada está constituida por un número de formas secundarias que se agrupan en torno a una forma–origen central y dominante. La composición centralizada se asienta en una forma geométrica regular que determina el dominio visual de ésta. Tal es el caso de la ciudad platónica que posee un centro aislado de su contexto, el cual constituye el punto dominante y ocupa el centro del campo visual delimitado. El centro simbólico es el núcleo de la organización de la ciudad de los Magnetos y de la Atlántida. La posición central se articula por medio de una forma visualmente dominante, el Templo de Poseidón y los templos dedicados a Zeus y Hestia[5].

La representación discursiva configura la noción fenomenológica del lenguaje urbano-filosófico. En este contexto el discurso muestra la presencia del centro como un enunciado imperativo que designa específicamente la presencia del logos.

Establecer la ciudad en lo más céntrico posible del territorio (khora)… Después de esto dividirla en doce partes, pero estableciendo primeramente un lugar consagrado a Hestia, a Zeus y Atenea, que será llamado acrópolis y rodeado de cerca circular, a partir de la cual se divida en doce partes la ciudad misma y con ella el territorio entero[6].

La forma centralizada da cuerpo a lugares sagrados o nobles, que sirven para conmemorar acontecimientos importantes u honrar a personajes relevantes[7]. El punto central no tiene forma ni dimensión ni duración, es el símbolo de la unidad primordial. El principio de la manifestación primigenia.

La configuración radial del mundo es la realización existente de los aspectos virtuales que dormitan dentro de la unidad. El Demiurgo “hizo totalmente circular a la que como un campo fértil iba a albergar la simiente divina y llamó a esta parte de la médula cerebro, porque el recipiente alrededor de ella sería la cabeza de todo ser viviente una vez terminado”[8].

La configuración radial representa una procesión, que parte de la unidad hacia la multiplicidad, desde el Uno imperecedero hacia la pluralidad perecedera; esto es, la desintegración y división del Uno en lo múltiple. De esta manera, el centro, análogo a lo Uno, esparce y dispersa su luz en la opacidad.

El centro geométrico en la concepción político-social de Platón señala que:

A la ley no le interesa nada que haya en la ciudad una clase que goce de particular felicidad, sino que se esfuerza porque ello le suceda a la ciudad entera, y por ello introduce armonía entre los ciudadanos… no para dejarles que cada uno se vuelva hacia donde quiera, sino para usar ella misma de ellos con miras a la unificación del Estado[9]

La ciudad circular de Platón permanece libre en su contexto, con la finalidad de mostrar su forma perfecta. El punto central produce todas las cosas permaneciendo inalterado; semejante a la Unidad produce lo múltiple, sin ser modificada o afectada en su esencia. El centro es la unidad, el número primero y prístino, lo Uno; éste es el punto de origen del cual emanan todas las cosas y a la cual retornan todas las cosas.

El centro en el círculo divide cada sección en partes iguales, éste es el punto en el que los extremos se reconcilian y juntan en perfecto equilibrio; es el lugar en el que todos los contrarios se unifican y todas las oposiciones se resuelven. El centro representa la génesis y creación de una dialéctica cósmica, que establece la formulación arquetípica del despliegue de los contrarios. Así “la revolución del universo al incluir a los elementos es circular y por naturaleza tiende a retornar sobre sí misma, los mantiene juntos y no permite nunca que quede un espacio vacío”[10]. Este es el lugar en el cual quedan subsumidas las oposiciones, ya que se combinan en una fusión coincidente y concurrente.

El centro geométrico contiene en sí el concepto de emanación y conversión de toda acción urbana. Los individuos dependen del centro urbano en todo lo que ellos son, por lo cual están sometidos a retornar a él. La forma centrípeta es representada, en la ciudad platónica, por medio de la orientación ritual, la cual dirige a la ciudad hacia un centro, hacia la imagen terrestre y sensible del verdadero centro del cosmos. La ubicación del templo en Critias y Leyes significa el devenir de la existencia desde y hacia el centro, materializa el propósito de un retorno al centro primigenio. 

El centro es concebido como la morada de tranquilidad, en el cual las antinomias se trascienden y las dualidades inherentes a la existencia se resumen en la unidad; es el lugar en el que todo mal, sufrimiento, angustias e inquietudes desaparecen dentro del reposo de la fusión central. Además, el centro es un foco de intensidad dinámica, en el cual todas las energías y fuerzas se concentran, en el que todas las oposiciones inherentes al cosmos coexisten. 

Esta es la ordenación que a tales conviene: ha de haber doce aldeas, una en medio de cada una de las doce partes, en cada aldea han de erigirse primero templos y ágora para los dioses y para los genios que les son inmediatos. Ya sean dioses locales de los Magnetos, ya haya monumentos de otras divinidades antiguas guardadas en el recuerdo, hay que otorgarles los mismos honores que les otorgaron los antiguos hombres; además, construir templos en todas partes a Hestia, a Zeus, a Atenea, y al que de los otros dioses sea patrono de cada uno de los dozavos. La construcción ha de empezarse en torno de estos templos, donde el lugar sea más elevado, lo mejor cercado posible para refugio de la guarnición[11].       

El centro se erige en un espacio compuesto revelando toda la similitud y simetría de la ciudad. El centro de la polis expresa la igualdad, la homogeneidad e igualdad de los ciudadanos. No obstante, en la ciudad teocrática el centro revela la diferencia y la jerarquía. En el centro se instalan las actividades más nobles y decisivas, en él se levantan los edificios más representativos[12].

Los templos han de disponerse en torno al ágora y de la ciudad entera en círculos, en los lugares más altos, para que estén bien guardados y puros. Juntos a ellos las sedes de las autoridades y juzgados, en que, cual lugar sagrado, se reciba y de justicia; algunos de éstos por lo sagrado, otros por ser domicilio de los dioses; y en estos estén los juzgados en que se haga justicia por asesinato y por cuantos crímenes sean merecedores de muerte[13].

El modelo concéntrico de la ciudad platónica es establecido como un paradigma, que describe un proceso de la estructura de un todo, como las ondas expansivas que se producen al arrojar una piedra al agua. El movimiento que “se produce en un solo lugar es fuerza que se mueva en derredor de un centro, a la manera de las ruedas labradas a torno, y que sea al mismo tiempo el que se acomode y asemeje todo o cuanto es posible al giro de la inteligencia”[14]. Este movimiento conforme a una proporción y un orden único es comparable “a la rotación de una esfera hecha a torno”[15].


[1] Platón. Timeo 62 d.
[2] Platón. Critias 113 c.
[3] Cfr. Paulo Novaes. Ciudad y Recursos humanos, Montevideo, Cinterfor, 1976, p. 15.
[4] Platón. Critias 116 c.
[5] Platón. Leyes 745 b.
[6] Platón. Leyes 745 b. Paréntesis nuestro.
[7] Cfr. Francis Ching. Arquitectura: forma, espacio y orden, México, Editorial Gustavo Gili, 1998, p. 59.
[8] Platón. Timeo 73 c.
[9] Platón. República 519 e – 520 a.
[10] Platón. Timeo 58 a.
[11] Platón. Leyes 848 d – 849 a.
[12] Cfr. Jean Remy y Liliane Voyé. La ciudad y la urbanización, Madrid, Instituto de Estudios de Administración Local, 1976, pp. 48-49.
[13] Platón. Leyes 778 c-d.
[14] Platón. Leyes 898 a.
[15] Platón. Leyes 898 a.

BURKE EDMUND: PRESERVACIÓN DE SÍ MISMO


El sentimiento de lo sublime, ante la naturaleza turbulenta y abrumadora, se manifiesta en el placer-displacer al avizorar objetos muy violentos y destructivos que amenazan con dañar y destruir al espectador. En este aspecto, Burke identifica continuamente la relación Eros-Tánatos con el sentimiento de lo sublime.

            El miedo desbanca cualquier otro pensamiento, ya que el individuo busca afanosamente salvarse. Atrapado entre el placer de la pena y la remoción que produce en el alma la idea de la muerte y el placer estético que remite al terror y lo desconocido.  “La mayoría de las ideas que son capaces de hacer una poderosa impresión en la mente, ya sea simplemente de dolor o placer, o de las modificaciones de éstos, se pueden reducir a estos dos aspectos, el instinto de conservación y de la sociedad; a los fines de uno u otro de los que todas nuestras pasiones se calculan para responder”[1].

Burke señala que lo sublime se genera del instinto de auto-conservación y es causa de un error placentero, le atribuye a éste fuerza y poder ilimitados. “Las pasiones que se refieren a la autopreservación están estimuladas principalmente por el dolor o el peligro… Las pasiones, por tanto, que están familiarizadas con la preservación de lo individual, principalmente el dolor y el peligro, son los más poderosas de todas las pasiones”[2].

            Lo sublime se presenta como una amenaza relativa a la conservación del individuo; y no hay nada que ponga más en peligro la supervivencia de éste que la muerte, fuente directa o velada de todos los terrores. “Lo sublime es una idea que pertenece a la autopreservación; es, por tanto, la idea que más afecta a la mayoría de los sentidos; la emoción más fuerte es un padecer esta emoción; y ningún placer causa positiva pertenece a ella”[3].

            Lo sublime es terror porque estima por la presencia de la libertad, que es no es casi nada frente a lo que podría y debería ser. El interés en pensar la libertad resiste la presentación de lo sensible. Lo sublime es placer de pena y placer de alivio.
           
            Los peligros que acechan la supervivencia producen la suspensión de los movimientos en el espíritu, lo que induce a una especie de éxtasis emocional. Estos sentimientos producen una catarsis.

            Sin embargo, cuando la aflicción de esta amenaza es atroz hace imposible cualquier tipo de goce. Lo sublime desaparece en el momento en que el individuo es directamente afectado por la violencia de tal circunstancia, ya que se pierde la condición de espectador y se convierte a la condición de mero superviviente.


[1] Edmund Burke. Of the Sublime and Beautiful, New York, The Harvard Classics, 1956, p. 35.
[2] Edmund Burke. Of the Sublime and Beautiful, New York, The Harvard Classics, 1956, p. 35.
[3] Edmund Burke. Of the Sublime and Beautiful, New York, The Harvard Classics, 1956, p. 73.

KANT IMMANUEL: LA EMOCIÓN DE LO SUBLIME

Lo sublime es pensando con relación a la naturaleza, de allí que lo colosal sea el criterio de lo sublime visto desde la perspectiva de la magnitud. Así que:


La vista de una montaña, cuyas nevadas cimas se alzan sobre las nubes; la descripción de una tempestad furiosa o la pintura del infierno por Milton producen agrado, pero unido a terror… altas encinas y sombrías soledades en el bosque sagrado son sublimes… La noche es sublime… En la calma de la noche estival, cuando la luz temblorosa de las estrellas atraviesa las sombras pardas y la luna solitaria se halla en el horizonte, las naturalezas que posean un sentimiento de lo sublime serán poco a poco arrastradas a sensaciones de amistad, de desprecio del mundo y la eternidad[1].


Para que lo sublime se manifieste, en toda su impresión con la fuerza apropiada, es necesario que el individuo posea en sí el sentimiento de lo sublime.  El sentimiento de lo sublime es un sentir indeterminado; ya que es un placer mezclado con el pesar, un placer que proviene del placer.

La relación conforme a la cual se juzga lo sensible en la naturaleza se denomina sublime. “Lo sublime consiste solamente en la relación en que lo sensible en la representación de la naturaleza es juzgado idóneo para un posible uso suprasensible de aquel”[2]. En agrada inmediatamente por oposición a los sentidos. “Lo sublime es lo que place inmediatamente por su resistencia al interés de los sentidos”[3].

En este sentido, lo sublime, como lo describe Kant, despierta la idea de un absoluto, que sólo puede ser pensado como una idea de la razón, el cual queda sin intuición sensible; ya que la facultad de presentación, la imaginación, no logra suministrar una representación conveniente de esta Idea[4]. Aun cuando el sentimiento de lo sublime pertenece a la reflexión, nos dice Kant.

La naturaleza de lo sublime conmueve, y “la expresión del hombre dominado por el sentimiento de lo sublime es seria; a veces fija y asombrada… Lo sublime presenta a su vez diferentes caracteres. A veces le acompaña cierto terror o también melancolía; en algunos casos, meramente un asombro tranquilo, y en otros, un sentimiento de belleza extendido sobre una disposición general sublime[5].


Al primero lo denomina Kant, lo sublime terrorífico; al segundo, lo sublime noble; y a lo tercero, lo sublime magnifico. “La cólera de un hombre terrible es sublime… y por ilícito que pueda ser, produce, al ser referido, una emoción al mismo tiempo terrorífica y placentera”[6].

La visión de Kant de lo sublime se remite a lo absolutamente grandioso, y esta connotación abarca un sentido de tamaño. “Una soledad profunda es sublime, pero de naturaleza terrorífica… Lo sublime ha de ser siempre grande… Lo sublime ha de ser sencillo… Un largo espacio de tiempo, es sublime. Si corresponde al pasado, resulta noble; si se le considera en un porvenir incalculable, contiene algo de terrorífico”[7].

Para Kant, lo sublime es un exceso, un desbordamiento; éste desborda la forma, se dirige al infinito. “Una gran altura es tan sublime como una profundidad; pero a ésta acompaña una sensación de estremecimiento y a aquella una de asombro; la primera sensación es sublime, terrorífica, y la segunda, noble”[8].

En este sentido, lo sublime es el punto donde se pierden las formas; es aquello absolutamente grande, aquello que es capaz de imaginar el infinito. Es lo que inmediatamente atrapa por la resistencia que opone al interés de los sentidos.
Lo sublime kantiano rebasa la capacidad del entendimiento. Lo sublime sobrepasa al espectador causándole una sensación de displacer, y puede darse únicamente en la naturaleza, ante la contemplación acongojante de algo cuya mesura sobrepasa nuestras capacidades.

Lo sublime es algo súbito y sin porvenir; lo sublime se encuentra en las vecindades de la demencia. La tragedia excita el sentimiento de lo sublime,

Se nos muestra el magnánimo sacrificio en aras del bien ajeno, la decisión audaz y la fidelidad probada. El amor es en ella melancólico, delicado y lleno de respeto; la desdicha de los demás despierta en el espectador sentimientos compasivos y hace latir su corazón con desdichas extrañas. Nos sentimos dulcemente conmovidos y vemos íntimamente la dignidad de nuestra propia naturaleza”[9].


Las ideas de la razón, en lo sublime, reinan por encima del caos del fracaso de la imaginación. “La inteligencia es sublime… la audacia es grande y sublime… La solicitud desinteresada es noble… Las cualidades sublimes infunden respeto… Aquellos en quienes se dan unidos ambos sentimientos, hallarán que la emoción de lo sublime es más poderosa que la de lo bello”[10]. Lo sublime se halla en un objeto sin forma, en cuanto en él es representado lo ilimitado.

Lo sublime es una proyección del sujeto, un estado del espíritu que se da cuando la forma sensible sobrepasa la capacidad de aprehensión de la imaginación. La razón funciona como soporte y extensión de aquélla hasta fusionarse con ella. En este aspecto, el espíritu excede a las representaciones y se quiebra con los límites sensibles.       

            Para Kant, lo sublime no se halla propiamente en la naturaleza. La sublimidad se encuentra en el espíritu del hombre, que no puede aprehender ciertos aspectos de la realidad sensible. La infinitud que experimenta el sujeto en sí mismo capta la potencialidad de expandir la imaginación; la sensación de desbordamiento, hacia lo infinito, tiene lugar en su interior, y no en la naturaleza. “Aquello que llamamos sublime en la naturaleza fuera de nosotros (por ejemplo, ciertos afectos), es representado sólo como un poder del ánimo para sobreponerse a obstáculos de la sensibilidad mediante principio humanos, y así llega a ser interesante”[11].

Esta experiencia, de perplejidad, de pena, de absoluta conmoción nos ubica en la traducción del sentimiento que surge al concebir lo infinito del mundo suprasensible. Es la experiencia dada por la potencia de la razón. En el pensamiento de Lyotard, lo sublime, tanto en su momento moderno (como el germen de lo posmoderno) como en su momento posmoderno, representa una aporía de la razón.



[1] I. Kant. Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime, México, Editorial Porrúa, 1991, p. 134.
[2] I. Kant. Crítica de la facultad de juzgar, Caracas, Monte Ávila Editores, 2006, p. 202.
[3] I. Kant. Crítica de la facultad de juzgar, Caracas, Monte Ávila Editores, 2006, p. 203.
[4] Cfr. J. F. Lyotard. Lo inhumano (charlas sobre el tiempo), Buenos Aires, Editorial Manantial, 1998, pp. 102-103.
[5] I. Kant. Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime, México, Editorial Porrúa, 1991, p. 134.
[6] I. Kant. Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime, México, Editorial Porrúa, 1991, p. 137.
[7] I. Kant. Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime, México, Editorial Porrúa, 1991, p. 135.
[8] I. Kant. Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime, México, Editorial Porrúa, 1991, p. 135.
[9] I. Kant. Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime, México, Editorial Porrúa, 1991, p. 136.
[10] I. Kant. Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime, México, Editorial Porrúa, 1991, p. 136.
[11] I. Kant. Crítica de la facultad de juzgar, Caracas, Monte Ávila Editores, 2006, p. 208.

viernes, 11 de enero de 2013

LYOTARD J. F.: LA INADECUACIÓN DE LA REPRESENTACIÓN

Auschwitz[1] es el acto oculto que abre el sendero de la posmodernidad, y hace enmudecer a la poesía, tal como dijo Adorno. Es preciso, nos dice Lyotard “dejar en claro que no nos toca de realidad sino inventar alusiones a lo concebible que no puede ser presentado… Los siglos XIX y XX nos han proporcionado terror hasta el hartazgo. Ya hemos pagado suficientemente la nostalgia del todo y de lo uno, de la reconciliación del concepto y de lo sensible, de la experiencia transparente y comunicable”[2]

Para Lyotard lo posmoderno es aquello que alega lo impresentable en lo moderno y en la representación misma. Lo que niega la  consolación de las formas bellas, e indaga presentaciones nuevas no para gozar de éstas, sino para hacer sentir lo que es impresentable[3], es decir, lo sublime. Lo cual es lo impresentable, por ser en sí un contenido ausente que escapa a la claridad conceptual de la razón.

Podremos decir que esta  «representación prohibida» intercepta la imposibilidad que ha sellado Auschwitz, sobre la posibilidad de mostrar incluso lo que mata toda posibilidad de imagen, para ubicarse por fuera de la pretensión de ser una representación.

El sentimiento de lo sublime con lleva, a la vez, a la dualidad entre el placer y la pena. El placer, en lo sublime, es provocado por la percepción de ese peligro que conlleva a la destrucción de sí mismo. Peligro que es terror y dolor, que en su ocultamiento se muestra presente sin poder llegar a ser expresado.

Para Lyotard, esta contradicción del sentimiento sublime es el conflicto que se presenta entre las facultades del sujeto, la facultad de concebir una cosa y la facultad de «presentar» una cosa[4]. Tal vez, de no poder representar lo que se concibe, pues lo sublime contiene la imposibilidad de no poder ser representado.

Toda representación es tan imposible como posible. No hay una interdicción expresa ante tal o cual tema, pues ese desconcierto es inherente a la representación, y no es una prohibición externa que la aniquila. Tal interdicción prohíbe tanto como permite, y es en este doble juego en el que se instala la idea de la imposibilidad como condición de posibilidad. 

En el siglo XX se ha mostrado que la experiencia transparente y comunicable es inexistente. Pues, la experiencia estética de lo sublime nos muestra que tal experiencia no es transparente, sino oculta. Asimismo, la experiencia en vez de ser comunicable, es el silencio; que al intentar comunicarse se detiene en lo que no puede expresar, se detiene en el silencio que acecha en lo oculto.

En lo sublime la imaginación fracasa, ya que no consigue presentar el objeto de representación. En este sentimiento se tiene la idea del mundo, pero no se tiene la capacidad de mostrar una representación de ella[5]. Mostrar las imágenes más terribles siempre es posible, pero mostrar lo que mata toda posibilidad de imagen es imposible.
 
Lo que prohíbe, en este sentido, la representación es el impresentable. Ante tal escenario no es posible ni la representación ni la finitud que se abre al infinito. Sólo es posible una finitud equívoca que muestra la imposibilidad de la imagen, que sólo permite percibir las imágenes del displacer.

Es posible concebir lo oculto, el silencio, la aprehensión de lo absolutamente grande, de lo absolutamente poderoso. Sin embargo, toda representación destinada a hacer ver esta potencia se muestra como dolorosamente insuficiente. Por cuanto lo sublime se inscribe dentro de las ideas que no tienen presentación[6].

De allí, la imposibilidad de expresión, la impotencia del lenguaje, y el silencio se convierte, entonces, en la posibilidad de lo posible. Por lo cual, se hace preciso inventar alusiones a lo concebible que no puede ser presentado[7]. La dualidad del displacer y el placer se hace patente.

Entonces, nada puede ser representado, pues el significado de la representación misma falla. En el representar se aniquila toda posibilidad representativa, lo que implica que no se puede mostrar la posibilidad de la imagen. Lo inexpresable no reside en un allá lejos, en un otro mundo, en otra dimensión, éste reside en que suceda algo, en que se exprese algo. Así, el terror se convierte en una manera de dar cuenta de la indeterminación de lo que ocurre en lo oculto[8].

Lo que está retraído, en lo que no quiere ser público, es desconocido para la conciencia, ya que no puede constituirlo. Lo oculto, el que suceda algo es lo que desampara la conciencia, lo que la destituye, lo que ésta no logra pensar e incluso lo que ella quiere olvidar para constituirse a sí misma[9].

La impresentabilidad intercepta la imposibilidad que ha determinado Auschwitz, acerca de la posibilidad de mostrar incluso lo que posibilita la imagen ubicándose fuera de la  pretensión de ser una representación. Pone en juego, en cambio, la  posibilidad de toda representabilidad, que se dice  de sí misma.

Las imperfecciones, las infracciones al gusto, la fealdad, lo retorcido tengan su parte en el efecto de lo aprehensivo. Lo sublime no imita la naturaleza, más bien crea un mundo paralelo, donde lo monstruoso y lo informe tienen su derecho porque pueden ser sublimes. Por ser informe, oscuro, el sentimiento de lo sublime es indeterminado, éste es un placer mezclado con lo doloroso, un placer que proviene del pesar[10].

Cuando se alude a la imposibilidad de representación, se alude al intento fallido de restablecer la realidad por medio de presencia significante. Pero la alusión a tal imposibilidad de representación, en términos de imposibilidad afecta toda representación en tanto tal; pues ésta se configura en un sentido de encuentro palpable con algo como la realidad representada.

La afirmación que alude a la imposibilidad de la representación no desnuda en modo alguno la especificidad tan representable y tan irrepresentable como cualquier otra, y mucho menos la verdadera sentencia supuso a la representación. La especificidad de la no-representación habrá que indagarla en una interdicción  que pueda sujetarla en todo su ser, y que emana, como consecuencia, de algo como el tenor del terror. La representación en Auschwitz ha sido aplastada, porque pone a prueba la representación de que no puede representar nada.

El alma, en lo sublime, está petrificada por el estupor, está inmovilizada, como si estuviera viva, pero, a la vez, muerta. El arte al intentar alejar esta amenaza del terror procura el placer del alivio, del deleite, el conjuro de lo encubierto. Gracias al arte, el alma se entrega a la agitación entre la vida y la muerte[11]. Lo sublime es cuestión de intensificación. Es la ausencia del aliento, el estar en vilo.

Lo que está en juego es el orden de una verdad que ha sido dejada abierta, inacabada, para que sea verdad. La posibilidad de representación sólo se puede encontrar en semejante abertura no mostrada como un objeto, sino inscrita directamente en la no-representación.

El arte empujado por la estética de lo sublime va tras la búsqueda de efectos intensos, intenta realizar combinaciones sorprendentes, insólitas, chocantes. El intento del arte es, por excelencia, que suceda algo, en lugar de que no suceda nada, que no se produzca la privación suspendida[12]. Pero en esta pena está el placer, que es condición de lo sublime.

Si la representación no puede tener lugar, debe encontrar en lo impresentable su modo de existencia. El arte debe ensayar el intento de restituir la posibilidad de esa opacidad que le es propia. En la dualidad placer-pena es la manifestación del arte, pues éste no consigue expresar lo que quiere expresar. La realidad del mundo, el terror incoado, lo sobre pasa, no obstante no abandona el intento de decirlo, he allí su placer la expresión que intenta decir, he allí su carencia no poder decir. En la pretensión del querer ronda la frustración.

En este sentido, a través de lo sublime se intentado un planteamiento que el arte moderno quiebra con la representación, que es por esencia un arte de lo irrepresentable. Al desvanecerse lo sublime en el instante, en el ahora, como un signo que interroga y al cual no hay respuesta, es el enmudecimiento ante lo ominoso. Ante el acontecimiento, ante el pensamiento desarmado. No hay disciplina sólo contacto directo.

No se puede entender Auschwitz a partir de una reflexión, sólo se mira estupefacto el horror de lo ocurrido. En lo sublime la reflexión queda apartada, velada ante el acontecimiento que sobreviene. Por ello, la eventualidad se asocia a menudo a la sensación de angustia, a una espera cargada de contradicción. Este sentimiento contradictorio de alegría y angustia es lo sublime.

Aún cuando cualquier aproximación artística a la cuestión del horror está signada por la dificultad de representarlo, ésta concibe tal imposibilidad frente al silencio como el inicio de un lenguaje nuevo en la imposibilidad. Estos intentos permiten la aparición del sinsentido, del acontecimiento; ponen a prueba el propio mecanismo de la representación del ver que no puede ser visto.

La inconmensurabilidad entre el sentimiento y el mundo real da testimonio de lo desligado que está lo sublime de las reglas preestablecidas, sólo existe lo que se siente inmediatamente. Lo sublime desarregla la armonía de lo bello. Armonía que ha sido expulsada por el hombre. Pues, lo sublime en el siglo XX, con antes he indicado, no está referida a la naturaleza, sino a los actos llevados a cabo por éste.

Lo sublime está en relación al horror absolutamente grande, con el terror absolutamente poderoso. La estética de lo sublime convierte al arte en testigo de lo que hay de indeterminado en el siglo XX, en la destrucción oculta. Por lo cual, lo que está en juego en el arte ya no es lo bello, sino algo que compete a lo sublime[13].

Tales obras desnudan la imposibilidad de mostrar imágenes en el horizonte de imposibilidad, ya que trabajan en la aproximación estética del sentimiento del horror.  “La paradoja del arte «después de lo sublime» es que se vuelve hacia una cosa que no se vuelve hacia el espíritu, que quiere una cosa o tiene algo contra una cosa que no quiere nada para él. Después de lo sublime, nos encontramos después del querer”[14]. El terror de que ya nada acontezca es el terror de la privación del lenguaje, del silencio, de la vida; pero también alivio por la privación de esta miseria.





[1] Señala Lyotard: “Siguiendo a Adorno, empleé el nombre de “Auschwitz” para significar hasta qué punto la materia de la historia occidental reciente parece inconsistente a la luz del proyecto “moderno” de emancipación de la humanidad”. En, La posmodernidad (explicada a los niños), Barcelona, Gedisa editorial, 1996, p. 91.
[2] Jean-François Lyotard. La posmodernidad (explicada a los niños), Barcelona, Gedisa editorial, 1996, p. 26.
[3] Jean-François Lyotard. La posmodernidad (explicada a los niños), Barcelona, Gedisa editorial, 1996, p. 25.
[4] Cfr. J. F. Lyotard. La posmodernidad explicada a los niños, Barcelona, Editorial Gedisa, 1996, p. 20.
[5] Cfr. J. F. Lyotard. La posmodernidad explicada a los niños, Barcelona, Editorial Gedisa, 1996, p. 21.
[6] Cfr. J. F. Lyotard. La posmodernidad explicada a los niños, Barcelona, Editorial Gedisa, 1996, p. 21.
[7] Cfr. J. F. Lyotard. La posmodernidad explicada a los niños, Barcelona, Editorial Gedisa, 1996, p. 26.
[8] Cfr. J. F. Lyotard. La posmodernidad explicada a los niños, Barcelona, Editorial Gedisa, 1996, p. 66.
[9] Cfr. J F. Lyotard. Lo inhumano (charlas sobre el tiempo), Buenos Aires, Editorial Manantial, 1998, p. 96.
[10] Cfr. J F. Lyotard. Lo inhumano (charlas sobre el tiempo), Buenos Aires, Editorial Manantial, 1998, p. 102.
[11] Cfr. J F. Lyotard. Lo inhumano (charlas sobre el tiempo), Buenos Aires, Editorial Manantial, 1998, p. 104.
[12] Cfr. J F. Lyotard. Lo inhumano (charlas sobre el tiempo), Buenos Aires, Editorial Manantial, 1998, p. 105.
[13] Cfr. J F. Lyotard. Lo inhumano (charlas sobre el tiempo), Buenos Aires, Editorial Manantial, 1998, p. 139.
[14] J. F. Lyotard. Lo inhumano (charlas sobre el tiempo), Buenos Aires, Editorial Manantial, 1998, p. 146.