viernes, 22 de mayo de 2020

QUÉ SIGNIFICA ESA REFERENCIA A LA ENSEÑANZA




Qué significa actualmente una referencia a la enseñanza cuando los jóvenes están atiborrados de información y, además, es tan fácil de buscar y localizar la misma. La enseñanza en este momento es un acto distinto a lo que era veinte años atrás, apenas una generación. De allí que debe pensarse qué es el enseñante y con él la enseñanza.
La enseñanza, en general, se caracteriza por tres aspectos: Primero, como un oficio de coyuntura, de ocasión y de conjetura, que a través de los signos mostrados se trataba de reconocer si el oyente comprendía o no, se preveían los cambios y se escogía la forma adecuada de abordar la entrega de información. Un oficio de coyuntura y conjetura que se apoya en una teoría educativa, la cual puede considerar las condiciones particulares y poner en juego la práctica del desciframiento.
En segundo lugar, la enseñanza es un arte de persuasión, el buen enseñante debe ser capaz de persuadir a sus oyentes. La enseñanza para esclavos, que es practicada por estos, es una enseñanza que se conforma con dar preceptos y fórmulas, dice lo que hay que hacer. Opuesta a ésta, existe la enseñanza libre para personas libres, y ejercida por sujetos libres; esta se caracteriza porque el enseñante y el aprendiz hablan el uno con el otro. El aprendiz muestra al enseñante cuáles son sus necesidades de aprendizaje y cuál es su régimen para aprender. A cambio, el enseñante le explica por qué su régimen no es productivo, por qué se le dificulta el aprendizaje y lo que tiene que hacer para aprovechar sus potencialidades; lo persuade para que sea más eficiente y eficaz. La buena enseñanza, la enseñanza de sujetos libres es el arte del diálogo y la persuasión.
La tercera característica que determina la enseñanza es el hecho de que ésta no concierne a tal o cual sujeto que desea aprender o a tal tema que se desea enseñar; sino que es un arte que considera la vida entera del alumno, su enseñanza y se hace cargo de ella. Es cierto, hay que dar información para que el aprendiz se informe. No obstante, lo importante es hacer ver a este que lo que requiere en verdad es la formación de sus potencialidades.
Con respecto a la formación de las potencialidades es que la tarea de la persuasión es importante y decisiva, para que el aprendiz realmente se forme y sepa cómo abordar cualquier dificultad. Para ello es menester que acepte evaluar sus potencialidades. La enseñanza, en este sentido, se refiere en igual medida a las potencialidades y a las circunstancias en que nos encontramos.
Si tomamos estos tres aspectos señalados de la enseñanza, sus diferentes notaciones y las relacionamos con la tarea del enseñante, advertimos que el papel del enseñante no es ejercer la función de un autócrata, ya que no asume las decisiones que le corresponden al alumno. El enseñante solo interviene cuando el alumno requiere cierta orientación para encauzar su potencial. En este caso, es necesario diagnosticar en qué consiste tal perturbación y, a la vez, ayudar a que a la persona restablezca el orden de las cosas.
El enseñante, en este sentido, asume un papel crítico en el orden de una crisis y de la conciencia que la otra persona tiene de las cosas que no funcionan adecuadamente. El papel del enseñante libre no es el papel del enseñante de esclavos que se conforma con decir: hay que hacer esto, no hay que hacer aquello, hay que tomar esto, no hay que tomar aquello. Por el contrario, el papel del enseñante libre es prescribir y al mismo tiempo persuadir, debe explicar por qué hay que hacer algo para que se entienda porque hay que hacerlo. En esta medida, el enseñante libre no es el autócrata que indica a la otra persona cómo debe gobernarse y qué tiene que obedecer.
El enseñante, actualmente, tiene que pensar bajo una forma persuasiva qué es el régimen de enseñanza con el fin de cuestionar el mismo. Porque el asunto es entender, comprender y saber cuál es la voz propia de cada enseñanza; entender cuál es la voz que corresponde a cada alumno y a cada situación. El problema del enseñante es que debe resolver en qué consiste es voz que se ajusta cada individuo particular, y repensarla. Le es necesario intuir las contradicciones de las potencialidades de los demás y respetar las mismas, para determinar la manera adecuada en cómo se le puede ayudar; a esto hay que agregar que la persuasión se debe traducir en acciones productivas.
El enseñante libre es alguien que no le impone al otro lo que éste tiene que hacer ni pensar, solo se dirige a la voluntad de la otra persona. Porque la idea es ayudar a la formación de esa otra voluntad. Es menester comprender que solo es posible dirigirse a ella si esa persona es ética y tiene la voluntad concreta de escuchar. Porque si no desea escuchar, entonces lo que se diga son solo palabras arrogadas al aire.
El enseñante que habla sin ser escuchado, habla al aire y al vacío. Para que el discurso del enseñante sea un discurso real es necesario que el mismo sea escuchado y entendido por aquellos a quienes se dirige. La existencia del enseñante tiene por condición que sea escuchado y que su discurso responda a las expectativas de quien lo escucha.
La enseñanza, como apreciamos, se fundamenta en la escucha. El enseñante se dirige a quienes quieren escucharlo, solo así puede ser persuasivo. El enseñante no puede hablar consigo mismo, eso no tiene sentido. Lo real del enseñante radica en que se dirige a la voluntad de otra persona, de uno que realmente desea aprender.
La escucha forma la realidad del enseñante, en eso consiste el papel del enseñante, en ser escuchado. En que él tiene una promesa de escucha. Si el discurso son solo palabras al aire es porque la escucha no se produjo y la promesa fue incumplida.
El enseñante tradicional, como lo vemos en la actualidad, ya no tiene quien lo escuche, por eso su inexistencia. De allí la pregunta inicial ¿qué significa esa referencia a la enseñanza?

Obed Delfín Consultoría y Asesoría Filosófica

viernes, 8 de mayo de 2020

COLABORACIÓN EFECTIVA




La importancia de la cooperación siempre ha sido considerada relevante. Pues, quienes han salido victoriosos ha sido porque han sabido cooperar de manera eficiente en los diferentes conflictos en que se han visto envuelto.
Tener mejores técnicas y herramientas es adecuado, pero a éstas se debe agregar ser capaces de colaborar de manera más eficaz. Los sujetos más disciplinados superan, a la larga, a los desorganizados y los equipos mejor cohesionados prevalecen sobre los desorganizados.
Equipos minoritarios señorean sobre las masas porque están mejor organizados y saben cómo cooperar eficazmente en defensa de sus intereses. Por el contrario, las masas son desorganizadas e incapaces de llevar a cabo una colaboración efectiva. En las relaciones de poder, los equipos minoritarios se aseguran de que las masas no aprendan a cooperar. Los mismos se mantienen en el poder gracias a una organización eficaz, solo caen cuando se convierten en una organización deficiente.
Los cambios en una sociedad los hacen pequeñas redes de cooperación y no las grandes masas. Para producir algún cambio debemos preguntarnos: ¿cuántos de los que nos apoyan son capaces de colaborar eficazmente con nosotros? Además, los cambios se producen cuando un equipo se sitúa en el lugar y momento adecuado.
La cantidad importa, pero es con la cooperación efectiva con la que podemos asumir el control de algo. Por tanto, es fundamental tener una organización eficiente en nuestro hacer, de resto podemos naufragar y no alcanzar el éxito.
Obed Delfín Consultoría y Asesoría Filosófica

sábado, 2 de mayo de 2020

FORZADOS AL PLACER




Hemos llegados, sin saberlo, a estar forzados a realizarnos en el placer y, paradójicamente, éste se ha convertido en un instrumento de tortura. Si no lo buscamos somos considerados sujetos raros. Nadie pregunta: ¿Cuál es el placer que en verdad necesitamos? Ninguna respuesta nos hará llegar ni a un mediano consenso.
La búsqueda del placer parece más una maldición que una bendición, y esto nos pasa por delante de manera inadvertida, quiero decir la maldición del placer. Éste se hace una maldición cuando estamos condenados a buscar el placer por obligación y, lo que es más desquiciante, por imitación.
No nos damos cuenta que estamos condenados a esta situación, porque esto nos sucede de manera sutil y sofisticada, hasta tal punto que creemos que buscar el placer es una idea nuestra, una idea propia. Como eso de ser originales. Nos han sugestionado hasta convencernos que estamos obligados a buscarlo. Pero cuidado, buscar el placer no es lo mismo que tenerlo.
La tiranía y la condena del placer es parte de una fórmula interesada en un placer sentimental, emocional y ligero. Además, de algo instantáneo y fácil de adquirir sin ningún esfuerzo de formación.
Con esta fórmula nos han convertido en dependientes emocionales y castigados a buscar dosis de placer, probablemente postizo. Sin darnos cuenta hemos caído en la búsqueda incesante de placer, en cualquiera de sus variantes. La cual se enmarcan dentro de las actuales tendencias de moda.
Estas tendencias se enfocan en el consumo de nuestras experiencias emocionales, en las sensaciones que nos perturban, que nos trastornan, que nos excitan y que son capaces de alterar nuestro estado de ánimo. Eso sí enfocadas exclusivamente en las llamadas emociones positivas, porque son las que mejor se venden y comercializan.
Por otra parte, cada día se diseñan nuevas dosis de placer, cada vez más apetecible y con ofertas más estimulantes. Son tantas que resulta imposible probarlas todas y en esto consiste, realmente, la maldición. Pues queremos saborear todas esas dosis y así caemos en la trampa de la hiperactividad del placer. La cual es muy tentadora.
Si por alguna razón no conseguimos alguna de estas dosis caemos el síndrome de abstinencia, ya que buscamos consumir el mayor número de porciones de placer. Para eso elaboramos listas para chequear si conseguimos las dosis de consumo nos proponen, por ejemplo: asuntos que están de moda, viajes que no nos podemos perder, el último gadget en el mercado, las clases de zumba-yoga-boxing, las sesiones de mindfulness o celebrar muchos brunch. En nuestra lista tachamos cada dosis consumida después de compartirlas en las redes sociales, porque esto último también forma parte del placer.
Como la oferta de placeres es bastante amplia logramos estar ocupados y enganchados a tal hiperactividad. Pero muchas de estas dosis tienen fecha de caducidad, por lo que el tiempo nos apremia y no queremos quedarnos rezagados o quedar fuera de la tendencia actual. En este apresuramiento hace su aparición la ansiedad, que nos castiga si nos quedamos rezagados o nos detenemos.
Vivimos obsesionados con ese placer encapsulado en pequeñas raciones, prefabricado con la idea popular de lo instantáneo y asociado al hiperconsumo emocional. En el cual, no hay cabida para detenerse a reflexionar.
En la sociedad del culto al instante, a lo inmediato se nos ha impuesto la dictadura del placer solo como acción, que desplaza la reflexión serena y pausada al olvido. Por lo cual, en este olvido del pensamiento analítico que agoniza ante la desmesura del placer prefabricado se hace necesario avivarlo.
Reflexionar sobre esa clase de placer es importante. Porque toda acción es un valor y necesitamos saber si la misma es cierta o no. No es el rechazo al placer, sino a ese placer mercantilizado, a esa apariencia que nos empuja a accionar sin pensar reflexivamente.
Hay que pensar el placer de un modo sutil y sin apuros, de manera elegante. Con un pensamiento analítico para ser más eficaces en nuestro pensar-hacer, sin cortinas de humo que desvíen nuestra atención hacia asuntos banales.
Poner el foco de atención solo en el placer porque es placer es conformar un sujeto anestesiado y adulterado, bajo el yugo de la hiperactividad del ímpetu, de la pasión, de la vocación y el entusiasmo, con la intención de convertir a ésta en un hábito sano. Mientras se debilita el pensamiento crítico, se crean situaciones necesarias para que éste no tenga cabida, por lo cual abundan sujetos desequilibrados y disfuncionales.
En estas circunstancias, debemos atender aquella recomendación de Seneca, que decía: “Trabaja sólo en aquello que puede hacerte feliz. Arroja y pisotea esos objetos que brillan por fuera, que te prometen otros o por otro motivo; atiende al auténtico bien y goza de lo tuyo”.
Obed Delfín Consultoría y Asesoría Filosófica

martes, 21 de abril de 2020

DISTANCIAMIENTO O COOPERACIÓN SOCIAL


El amigo Antonio Volpicelli planteaba en estos días la siguiente pregunta: ¿Distancia o distanciamiento social? A tal interrogante, él hacia el siguiente planteamiento: “A propósito de las reglas para disminuir las posibilidades del contagio de la peste, considero inapropiado el uso del término "DISTANCIA SOCIAL" o "DISTANCIAMIENTO SOCIAL", entendiendo que van más hacia la separación o segregación de individuos dentro de un colectivo, grupo, etnia, raza o creencia, como forma histórica ya desaprobada por los criterios universales de igualdad estrictamente "SOCIAL". Quizás esos términos van en contra de mantener y preservar de por sí, ese acercamiento tradicional, muy necesario, de carácter familiar, de amistad y de contactos o relacionados, que antes disfrutábamos a plenitud y que tendríamos el derecho y el deber de preservar después de pasar esta gran contingencia pandémica. Es probable que términos más cónsonos y coherentes sean "DISTANCIA FÍSICA", "DISTANCIA SANITARIA" o "DISTANCIA PROFILÁCTICA", porque precisamente el rigor que se nos impone hoy está dirigido hacia esa "separación" de al menos seis pies (1,8 metros) que todos debemos respetar para cuidar nuestra integridad física, para salvaguardar nuestra salud, o para evitar el contagio de enfermedades, como lo queramos ver, para enfrentarnos en este momento al terrible virus MADE IN CHINA”.
El planteamiento del Volpi es correcto y muy acertado. Además debemos agregar que si haber vamos, en realidad, nosotros vivimos en un permanente distanciamiento social, sea por las razones que sean. Nos mantenemos distanciados de los demás y no queremos o nos negamos a interactuar con ellos. No queremos ser polites, solo queremos ser bestias o dioses como diría Aristóteles.
En el distanciamiento en que vivimos, por ejemplo, desconocemos a nuestros vecinos y no nos interesan, ellos igual para con  nosotros. Cualquier intento de conversación trivial se asume como una agresión a nuestra intimidad o espacio vital. Somos, por lo general, sujetos asociales e indiferentes al mundo y así queremos preservarnos, incluso nos glorificamos de ello. Con la imposición del distanciamiento social, por motivo de la peste, posiblemente no estaremos convirtiendo en sujetos más abandonados de nuestro entorno, y al terminar la misma nos estaremos viendo unos a otros como enemigos potenciales a los cuales tenemos que temer. Ante cualquier futuro estornudo o tos pensaremos en la exclusión social de tal persona.
A cuento de qué viene ahora a plantearse el llamado “distanciamiento social”, si éste ya existe y es practicado de hecho; además, lo aupamos en nuestras relaciones interpersonales. Este “distanciamiento social” nos propone, soterradamente, la permanencia de tensiones entre nosotros, en las cuales debemos convertirnos en sujetos armados y, por tanto, autosuficiente como una bestia o un dios, en aquel sentido aristotélico. La misma procura que tengamos muy poca necesidad de los demás, muy pocos motivos para tratar a los demás amablemente; pues las interacciones amables exigen que no hallan las asperezas defensivas propias de la propuesta del distanciamiento social en la actual peste.
La exclusión y el alejamiento social en vez de mostrarnos el  sentimiento de nuestra imperfección, más bien nos procura el intento de protegernos contra amenazas y heridas que nos pueden infligir los demás, los demás son nuestros enemigos. Y esto entraña competición que conduce a un comportamiento colérico y agresivo contra los demás, a los cuales consideramos amenas por su sola presencia. Los cuales ya pueden estar teñidos por el resentimiento y la envidia, tales sentimientos llevan al deseo de dañar a los otros que podemos ver como obstáculos a nuestra supervivencia. Tal vez, el término “distanciamiento” sea un anglicismo mal empleado en la lengua española en este momento, el cual hay que corregir como recomienda Volpicelli.
La experiencia del distanciamiento social que hemos estado viviendo desde hace años tiene muchas deficiencias y vulnerabilidades, las cuales nos llevan a montar rebuscadas estratagemas de autoprotección, con las que creemos apuntalar los límites de nuestro vivir. Tales estratagemas no tienen éxito, pues nuestra finitud no puede ser derrotada. Por lo cual, hacemos intentos cada vez más frenéticos de asegurar nuestra mala individualidad, por lo que somos arrastrados a conductas cada vez más agresivas contra los demás y, a la vez, propiciamos otras formas de vulnerabilidad.
En vez de abogar por la cooperación o la sinergia social, lo que se nos pide es que nos distanciemos, que nos separemos más de lo que estamos. Alguien puede decir que no es esa la intención, que lo que se busca es el resguardo sanitario que debemos tener unos con otros. En este caso, es correcta la apreciación del amigo Volpicelli cuando recomienda el uso del término español de “distancia sanitaria”. Y en verdad, en el caso de la peste, lo que hay que mantener es una distancia sanitaria como bien lo apunta el amigo.
Pensar que la confusión entre “distanciamiento” y “distancia” es inocente cuesta creerlo, porque después de Auschwitz, como dice Umberto Eco, el mundo perdió su inocencia y no creo que la misma haya renacido de pronto. La semiología oculta del mensaje de tal distanciamiento nos puede estar diciendo por debajo de cuerda: «sepárate de todo el mundo porque no los necesitas» promoviendo y ahondando así en ese mal individualismo que nos acogota desde hace tiempo; un distanciamiento social donde los otros son nuestros enemigos, ya que atentan contra nuestra vida. Por lo cual, no es extraño que la misma, en alguno casos, haya desembocado en agresiones de unos contra otros.
En esta peste lo que necesitamos es cooperación y solidaridad. Lo que debemos es estar al tanto de cómo están los amigos, los familiares, los vecinos, los conocidos. Tener la mano tendida hasta donde podamos. Recordemos que somos sujetos débiles y menesterosos, no seres autosuficientes. En la cooperación reforzamos nuestro apego a la vida como algo valioso.
Toda peste requiere de cuarentena, tal medida no es nada extraordinaria. Se ha aplicado desde hace milenios. La misma debe ser la práctica médica por excelencia y tal vez la única que ha perdurado. Pero eso no conduce a que ahondemos en nuestro distanciamiento social, que cada día es más abismal. Y ahora virtual o digital.
La cooperación y la solidaridad no quieren decir que estemos uno encima de otros, sino atentos de los otros. La distancia o proxemia profiláctica es parte de la cooperación social. La cooperación en este caso radica en que hay que debemos cuidarnos unos a otros, con el fin de evitar que la peste entre a nuestras ciudades y casas. Que ha sido el mayor terror de la humanidad.
Por otra parte, en la presente peste estamos confiando más en la ciencia que en nuestra prudencia. La primera trabaja con ahínco, pero nada puede hacer sino nos convertimos en sujetos imprudentes y con poca cooperación. La peste, en tal caso, desbordará a la ciencia. La prudencia la contendrá.
Obed Delfín Consultoría y Asesoría Filosófica


domingo, 19 de abril de 2020

ENCARGARNOS DE NOSOTROS MISMOS


Para encargarnos de nosotros mismos debemos considerar dos elementos. El primero, consiste en dirigir permanentemente la mirada sobre nosotros mismos, con el fin de conocer cuáles son nuestras capacidades y cuáles los asuntos que debemos hacernos cargo en nuestro diario vivir.
Cuánto más nos demoramos en reconocer éstos, más tardamos en realizar una interpretación y una toma de decisiones adecuadas, más tardamos en generar alternativas de solución y horizontes de acción.
Al encarar nuestras circunstancias con efectividad producimos acciones acertadas y productivas. Lo contrario, son acciones desacertadas e improductivas. Por ello, en los momentos de crisis de sentido es necesario actuar con phronesis, pues por medio de ésta definimos las acciones adecuadas a tomar con respecto a nuestras creencias y estados de ánimo.
Con una capacidad adecuada de pensar y una toma de decisiones efectiva podemos enfrentar nuestras circunstancias y llevar a cabo nuestras ideas. Además, debemos conseguir herramientas y formas de organizarnos para desenvolvernos eficientemente en nuestro entorno. De lo contrario, solo seremos una abstracción.
Vivimos en medio de actividades, circunstancias y desempeños no estructurados; en éstas encontramos nuestras certezas, la tranquilidad de la costumbre y la solidez de lo evidente. Nuestro hacer es, en este sentido, precario. Por lo cual, es necesario sostenernos en nuestra voluntad de poder, esto requiere capacidad de aprendizaje, de diseño y adaptación. Aprendizaje para incluir nuevas prácticas y visiones en nuestro vivir. Adaptación para vivir en un mundo inicialmente ajeno o incómodo. Diseño para abordar nuevas prácticas, tecnologías y formas de relaciones.
El segundo elemento en este encargarnos de nosotros mismos, consiste en entender cómo se configura el lenguaje en el mundo cotidiano. Ya que por y en él se consolidan las creencias que la tradición nos provee. En nuestro lenguaje conviven nuestras concepciones de lo bueno y lo malo, de lo bello y lo feo; a través de él organizamos la visión de lo que somos y de nuestras relaciones interpersonales. Por otra parte, por medio del lenguaje preguntamos y cuestionamos, con lo cual podemos abrir nuevas posibilidades de acción.
El lenguaje, en su cotidianidad, es la mejor expresión del mundo en que estamos inmersos y de las posibilidades que tenemos en él. Por lo cual, al desafiar nuestros relatos podemos transformarnos y desarrollarnos. Al desafiar nuestras erradas interpretaciones les restamos a éstas su capacidad de acción sobre nosotros.
Desafiar y movilizar los relatos que nos encapsulan en el resentimiento y en la mediocridad es necesario. Porque debemos abrir otros vínculos, otros relatos que nos conecten racionalmente con el entusiasmo, nos coloquen en el camino del protagonismo y nos saquen de la cuneta de la victimización.
En el lenguaje hay una relación de costo-beneficio, seductora por su capacidad de acción; la misma nos liga con la actividad humana y nos pone en riesgo si no la sabemos manejar. En esa relación debemos concebirnos tanto como usuarios de un universo de recursos, como responsables del cuidado y mantenimiento de los mismos. En otros términos, lo que nos dice Heidegger, es que somos nosotros los que cuidamos y dotamos de sentido al mundo.
Nuestra crisis como sujetos, nuestra fractura como personas, está en la acumulación de información como mera tecnificación y su vínculo para convertirnos en fuerza laboral capacitada para el trabajo. En ello hemos aplicado sobre nuestro hacer la lógica del uso y de la relación instrumental, que solo nos permite la función de trabajar, proveer, arreglar y conseguir. De este modo, hemos perdido todos los momentos de sentido y de conexión con lo profundamente humanos que hay en nosotros mismos y en los demás.
Nuestra pérdida de sentido se expresa en el auto-aburrimiento; el cual nos asalta y domina cuando nos quedamos solos con nosotros mismos y no sabemos qué hacer. No sabemos estar con nosotros mismos. Somos extraños y ajenos a nosotros mismos, a nuestro pensar-hacer. Nos desconocemos.
Por el contrario, en la vida pública nos sentimos bien en la medida en que ésta nos distrae nuestro vivir. En la medida en que nos distrae del aburrimiento personal y nos lleva del hogar a la desidia del trabajo; del trabajo sin sentido al “hoy es viernes y el cuerpo lo sabe”. Convencidos de que nuestra trascendencia radica solo en alcanzar bienes de consumo, que nunca nos alcanzan para vivir.
Aunque los bienes de consumo son necesarios, la responsabilidad sobre el cuidado de nosotros mismos  y la construcción de sentido son fundamentales para llegar a convertirnos en sujetos plenos. Para convertirnos en personas en todo el sentido de la palabra. Esto es, para encargarnos de nosotros mismos.
Obed Delfín Consultoría y Asesoría Filosófica


martes, 31 de marzo de 2020

HACER EN EL MUNDO


¿Qué cultura revela nuestros haceres cotidianos? ¿Cuáles son las creencias que constituyen nuestra realidad? ¿Qué capacidad de aprendizaje y de adaptación tenemos? ¿Somos capaces de construir interpretaciones que entreguen sentido a los demás? Las respuestas a estas preguntas las abordaremos desde la perspectiva de Heidegger.
Nos relacionamos con el mundo a través de nuestro hacer. Por lo general, al caminar, al trabajar, al conversar e incluso al amar no pensamos en lo que hacemos, simplemente estamos haciendo ese hacer. Pues nosotros —sujetos arrojados en el mundo— estamos viviendo, no pensando. Esta disposición nuestra, tan cotidiana, de hacer es anterior a la reflexión, porque cuando ya reflexionamos lo hacemos a partir de la experiencia que previamente hemos vivido.
Este mundo que permanentemente estamos viviendo es construido por nosotros, al cual hemos dotado de significado a través de nuestras tradiciones y creencias, a través del conjunto de nuestras prácticas y haceres, por medio de los valores con que sopesamos la realidad, por los estados de ánimo con que vivimos los diversos eventos que nos acontecen, por las herramientas que disponemos para hacer uso de ellas. Todas estas son formas con las cuales encaramos nuestro presente y proyectamos nuestro futuro, esto es, nuestro hacer.
Nuestro hacer es la realidad misma, no un mero conjunto de ideas o valores. Nosotros, que somos un yo individual, y vivimos en forma prerreflexiva al momento de pensarnos y evaluarnos lo hacemos con las categorías, las formas y las creencias propias de nuestra época, porque ésta es la construcción de nuestro hacer individual y colectivo. Por lo cual, experimentamos ese yo que somos como la manifestación de una cultura particular que nos contiene y que, a la vez, nosotros contenemos.
El ser-en-el-mundo, expresión de Heidegger, expresa la realidad de lo que somos como hombres y mujeres, porque nuestro yo es inseparable del mundo en que vivimos. Nosotros —en tanto yo— somos nuestra propia historia y nuestro mundo, somos inseparables de las creencias que conforman la época que vivimos. Somos la indisoluble relación entre sujeto, mundo y cultura.
Al reflexionar sobre nuestro hacer debemos hacer un registro cultural, que nos permita entender cómo es el mundo en que vivimos y en el cual simultáneamente nos comprendemos. Debemos conocer, cómo experimentamos los valores en nuestra vida práctica; cómo percibimos la influencia de la tradición en la forma que enfrentamos nuestros problemas y relaciones; cómo es el modo en que encaramos las tareas presentes; cómo pensamos sobre nosotros mismos y cuál es nuestra proyección al futuro. Lo que estamos planteando es pensar nuestra cultura vivencial en su cotidianidad, y no como una formalidad reflexiva.
Estamos en el mundo, esa es la realidad. Y no vivimos al descampado, pues poseemos interpretaciones de lo que nos rodea y de nosotros mismos. Esto nos permite abrir perspectivas para entendernos, encararnos y proyectarnos; para dar horizontes de sentido y capacidades a nuestras acciones. Asimismo, nos permite determinar nuestras posibilidades dentro de la perspectiva de un marco real, condicionado por las creencias sobre las cuales vivimos.
La misma construcción que hacemos del mundo nos permite la posibilidad de desafiar nuestras interpretaciones y formas de vida cotidiana. Pues, como dice Heidegger, estamos destinados a vivir en mundos interpretados que podemos transformar. ¿Por qué cambiar? Si el mundo al que llegamos ha sido previamente construido por nuestra tradición, que nos aportan identidad, valores, posibilidades y seguridades. Cambiamos porque el devenir personal y colectivo nos presenta nuevos desafíos, nuevos problemas, donde nuestras creencias y prácticas comunes ya no logran dar respuestas a esas nuevas situaciones. De allí, que tengamos que reconstruir el mundo nuevamente, lo cual incluye reconstruir nuestras creencias, interpretaciones y haceres.  
En esta reconstrucción surgen las fracturas, los malestares y los desacomodos con respecto a nuestra forma de encarar la vida cotidiana. Por ejemplo, la pandemia o la crisis económica muestran que nuestros procesos y sistemas de actuar son obsoletos, que nuestros requerimientos para vivir han cambiado, que lo que hemos considerado bueno tiene ahora otra perspectiva. Esto nos obliga a replantear la forma en que hemos estado haciendo las cosas, por lo que debemos reordenar nuestras prioridades y las relaciones interpersonales, entre otras muchas cosas.
Cuando el mundo conocido pierde su efectividad y decae en su valor de verdad, es cuando nos enfrentamos a la obligación de dotarlo de un nuevo sentido, para así encajar nuestro hacer en él. Para ello, reformulamos o reinventamos nuestras estrategias, con el fin de proyectar nuestro hacer con un nuevo sentido. Lo propiamente humano es la urgencia y la obligación de darle constantemente sentido a nuestro hacer; en particular cuando todo lo que conocíamos, creíamos y vivíamos ya no es efectivo. Debemos, entonces, encarar un hacer diferente en lo cotidiano.

Obed Delfín Consultoría y Asesoría Filosófica


domingo, 22 de marzo de 2020

EL MIEDO A MI MUERTE


En todos los mensajes altruistas, empáticos, cooperativos y solidarios, que oímos y vemos en medio de la pandemia del Covid-19, se esconde el miedo a mi propia muerte. A la muerte de mi yo. La muerte no como un asunto ni ontológico ni metafísico, sino como la simple ausencia de mi yo en este mundo. Miedo a perderme lo que acá está pasando, como si me fueran a echar de este lugar.
Cada mensaje se fundamenta en esta idea tan sencilla como aterradora. El médico que suplica que se queden en sus casas, tiene miedo de morir porque no sabe cuál es el infectado que lo infectará a él y, además, se quiere ir a su casa a descansar, porque es su derecho también. Todo se fundamenta en la emoción más básica de las emociones básicas, y tal vez la más ancestral de ellas: el miedo a morir.
Si hay algo, por demás interesante, con la declaración de la pandemia del Covid-19 es que por primera vez en la historia se ha cumplido el sueño de reyes, emperadores, sátrapas que es dominar el mundo. Que Alejandro Magno dominó al mundo es un mero discurso retórico, solo fue una pequeña parte por demás; lo mismo pasó con Darío y Jerjes, los déspotas persas; el Imperio Romano solo gobernó sobre una pequeña porción del planeta.
Por el contrario, con el Covid-19 el dominio ha sido planetario, ni Microsoft ni Facebook estuvieron de lograr esto. Solo a través del Covid-19 se ha podido lograr el sueño de todo villano de comic: dominar el mundo. Esto gracias a la intercomunicación que ha usado, repito, la más básica emoción: el miedo ancestral a morirme.
Este miedo elemental que hoy compartimos con la alta tecnología en televisores, computadores, teléfonos móviles para mencionar lo que el común mortal puede tener a mano. Sin contar los laboratorios de alta investigación médica, biológica y el arsenal de la industria farmacéutica abocada a producir la vacuna que detenga la pandemia.  
El humano que por millones de años vivió sin antibióticos, sin penicilina, con una medicina elemental y rústica ha sobrevivido, como especie, múltiples pestes, pandemias, enfermedades, infecciones y así ha llegado al siglo XXI de la era cristiana. Sin embargo, hoy al igual que ayer teme a la muerte no de la especie, sino a su muerte individual. Temo a mi muerte, a esa que como dicen los filósofos no puedo experimentar porque me está negado.
Es a mi muerte individual, a la muerte de mi yo a lo que temo y por eso me cuido de morir. El miedo es individual aunque se tiñe de colectivo, y en esto la ingeniería social ha hecho un buen trabajo en estos tiempos de internet. Trabajo que deja mucho que pensar para los psicólogos, sociólogos y, tal vez, para los filósofos post-Covid-19.
Si vemos el fenómeno Covid-19 desde el punto de vista cuantitativo, las cifras de muertos e infectados es marginal o despreciable con respecto a la población mundial. La cifra de la población mundial alcanza los 8.500 millones de personas, los muertos por el virus son entre 10 mil personas y los infectados son 250 mil. En un programa económico o un presupuesto nacional esta minoría no contaría. No son las cifras ni el avance del virus lo que me alarma, lo que me alarma es que mí vivir está en riesgo, porque yo soy el 100% de cualquier estadística.
La cifra de 45 millones de muertos en la Segunda Guerra Mundial, otros 45 millones por gripe durante el mismo periodo, 50 millones por los progromo soviéticos, los muertos directos e indirectos por las bombas atómicas, y las otras muchas muertes más por hambre, guerras no nos alarman ni asustan porque ahí nuestro vivir no está comprometido.
En cambio, ahora ante la noticia de este virus mi vivir como ser biológico está amenazado, y es a eso a lo que tememos. Si el virus fue producto de un acontecimiento natural, en algún momento éste ha servido para experimentar con nuestro viejo miedo a morir, a ser apartados de nuestros haceres. No hay Dios ni redención que pueda aplacar ese miedo, porque el mismo es tan nuestro como el yo que somos.
Ya llegará la noticia de que el virus ha sido sometido y encadenado a las mazmorras más oscuras, y saldremos aliviados y victoriosos a festejar el triunfo de la vida. Esta vez no haremos monumentos, ni sacrificios a ningún Dios porque el mundo carece de eso, sin darnos cuenta de nuestra soledad en el universo seguiremos festejando que hemos dominado a la bestia infernal.
¿Alguna mente perversa guardará ese registro conductual, puesto a prueba a escala planetaria? No lo sabemos. Tampoco hace mucha falta, pues el miedo siempre ha sido motivo de manipulación. Lo que ha cambiado en esta oportunidad es la dimensión y su aplicación. Igual lo hace la madre con el niño para que éste se someta a sus dictados, o una empresa lo hace con sus empleados.
Aunque nuestro vivir sea miserable u opulento es lo único que poseemos, por eso el rico y el pobre siempre cuidan de él, cada uno a su manera por supuesto. No tenemos otra cosa que esta desnudez que es vivir palmariamente y el miedo a perderla. Por eso, como canta Serrat, muchos macarras de la moral “te acosan por la vida azuzando el miedo”.

Consultoría y Asesoría Filosófica Obed Delfín