viernes, 11 de enero de 2013

LYOTARD J. F.: LA INADECUACIÓN DE LA REPRESENTACIÓN

Auschwitz[1] es el acto oculto que abre el sendero de la posmodernidad, y hace enmudecer a la poesía, tal como dijo Adorno. Es preciso, nos dice Lyotard “dejar en claro que no nos toca de realidad sino inventar alusiones a lo concebible que no puede ser presentado… Los siglos XIX y XX nos han proporcionado terror hasta el hartazgo. Ya hemos pagado suficientemente la nostalgia del todo y de lo uno, de la reconciliación del concepto y de lo sensible, de la experiencia transparente y comunicable”[2]

Para Lyotard lo posmoderno es aquello que alega lo impresentable en lo moderno y en la representación misma. Lo que niega la  consolación de las formas bellas, e indaga presentaciones nuevas no para gozar de éstas, sino para hacer sentir lo que es impresentable[3], es decir, lo sublime. Lo cual es lo impresentable, por ser en sí un contenido ausente que escapa a la claridad conceptual de la razón.

Podremos decir que esta  «representación prohibida» intercepta la imposibilidad que ha sellado Auschwitz, sobre la posibilidad de mostrar incluso lo que mata toda posibilidad de imagen, para ubicarse por fuera de la pretensión de ser una representación.

El sentimiento de lo sublime con lleva, a la vez, a la dualidad entre el placer y la pena. El placer, en lo sublime, es provocado por la percepción de ese peligro que conlleva a la destrucción de sí mismo. Peligro que es terror y dolor, que en su ocultamiento se muestra presente sin poder llegar a ser expresado.

Para Lyotard, esta contradicción del sentimiento sublime es el conflicto que se presenta entre las facultades del sujeto, la facultad de concebir una cosa y la facultad de «presentar» una cosa[4]. Tal vez, de no poder representar lo que se concibe, pues lo sublime contiene la imposibilidad de no poder ser representado.

Toda representación es tan imposible como posible. No hay una interdicción expresa ante tal o cual tema, pues ese desconcierto es inherente a la representación, y no es una prohibición externa que la aniquila. Tal interdicción prohíbe tanto como permite, y es en este doble juego en el que se instala la idea de la imposibilidad como condición de posibilidad. 

En el siglo XX se ha mostrado que la experiencia transparente y comunicable es inexistente. Pues, la experiencia estética de lo sublime nos muestra que tal experiencia no es transparente, sino oculta. Asimismo, la experiencia en vez de ser comunicable, es el silencio; que al intentar comunicarse se detiene en lo que no puede expresar, se detiene en el silencio que acecha en lo oculto.

En lo sublime la imaginación fracasa, ya que no consigue presentar el objeto de representación. En este sentimiento se tiene la idea del mundo, pero no se tiene la capacidad de mostrar una representación de ella[5]. Mostrar las imágenes más terribles siempre es posible, pero mostrar lo que mata toda posibilidad de imagen es imposible.
 
Lo que prohíbe, en este sentido, la representación es el impresentable. Ante tal escenario no es posible ni la representación ni la finitud que se abre al infinito. Sólo es posible una finitud equívoca que muestra la imposibilidad de la imagen, que sólo permite percibir las imágenes del displacer.

Es posible concebir lo oculto, el silencio, la aprehensión de lo absolutamente grande, de lo absolutamente poderoso. Sin embargo, toda representación destinada a hacer ver esta potencia se muestra como dolorosamente insuficiente. Por cuanto lo sublime se inscribe dentro de las ideas que no tienen presentación[6].

De allí, la imposibilidad de expresión, la impotencia del lenguaje, y el silencio se convierte, entonces, en la posibilidad de lo posible. Por lo cual, se hace preciso inventar alusiones a lo concebible que no puede ser presentado[7]. La dualidad del displacer y el placer se hace patente.

Entonces, nada puede ser representado, pues el significado de la representación misma falla. En el representar se aniquila toda posibilidad representativa, lo que implica que no se puede mostrar la posibilidad de la imagen. Lo inexpresable no reside en un allá lejos, en un otro mundo, en otra dimensión, éste reside en que suceda algo, en que se exprese algo. Así, el terror se convierte en una manera de dar cuenta de la indeterminación de lo que ocurre en lo oculto[8].

Lo que está retraído, en lo que no quiere ser público, es desconocido para la conciencia, ya que no puede constituirlo. Lo oculto, el que suceda algo es lo que desampara la conciencia, lo que la destituye, lo que ésta no logra pensar e incluso lo que ella quiere olvidar para constituirse a sí misma[9].

La impresentabilidad intercepta la imposibilidad que ha determinado Auschwitz, acerca de la posibilidad de mostrar incluso lo que posibilita la imagen ubicándose fuera de la  pretensión de ser una representación. Pone en juego, en cambio, la  posibilidad de toda representabilidad, que se dice  de sí misma.

Las imperfecciones, las infracciones al gusto, la fealdad, lo retorcido tengan su parte en el efecto de lo aprehensivo. Lo sublime no imita la naturaleza, más bien crea un mundo paralelo, donde lo monstruoso y lo informe tienen su derecho porque pueden ser sublimes. Por ser informe, oscuro, el sentimiento de lo sublime es indeterminado, éste es un placer mezclado con lo doloroso, un placer que proviene del pesar[10].

Cuando se alude a la imposibilidad de representación, se alude al intento fallido de restablecer la realidad por medio de presencia significante. Pero la alusión a tal imposibilidad de representación, en términos de imposibilidad afecta toda representación en tanto tal; pues ésta se configura en un sentido de encuentro palpable con algo como la realidad representada.

La afirmación que alude a la imposibilidad de la representación no desnuda en modo alguno la especificidad tan representable y tan irrepresentable como cualquier otra, y mucho menos la verdadera sentencia supuso a la representación. La especificidad de la no-representación habrá que indagarla en una interdicción  que pueda sujetarla en todo su ser, y que emana, como consecuencia, de algo como el tenor del terror. La representación en Auschwitz ha sido aplastada, porque pone a prueba la representación de que no puede representar nada.

El alma, en lo sublime, está petrificada por el estupor, está inmovilizada, como si estuviera viva, pero, a la vez, muerta. El arte al intentar alejar esta amenaza del terror procura el placer del alivio, del deleite, el conjuro de lo encubierto. Gracias al arte, el alma se entrega a la agitación entre la vida y la muerte[11]. Lo sublime es cuestión de intensificación. Es la ausencia del aliento, el estar en vilo.

Lo que está en juego es el orden de una verdad que ha sido dejada abierta, inacabada, para que sea verdad. La posibilidad de representación sólo se puede encontrar en semejante abertura no mostrada como un objeto, sino inscrita directamente en la no-representación.

El arte empujado por la estética de lo sublime va tras la búsqueda de efectos intensos, intenta realizar combinaciones sorprendentes, insólitas, chocantes. El intento del arte es, por excelencia, que suceda algo, en lugar de que no suceda nada, que no se produzca la privación suspendida[12]. Pero en esta pena está el placer, que es condición de lo sublime.

Si la representación no puede tener lugar, debe encontrar en lo impresentable su modo de existencia. El arte debe ensayar el intento de restituir la posibilidad de esa opacidad que le es propia. En la dualidad placer-pena es la manifestación del arte, pues éste no consigue expresar lo que quiere expresar. La realidad del mundo, el terror incoado, lo sobre pasa, no obstante no abandona el intento de decirlo, he allí su placer la expresión que intenta decir, he allí su carencia no poder decir. En la pretensión del querer ronda la frustración.

En este sentido, a través de lo sublime se intentado un planteamiento que el arte moderno quiebra con la representación, que es por esencia un arte de lo irrepresentable. Al desvanecerse lo sublime en el instante, en el ahora, como un signo que interroga y al cual no hay respuesta, es el enmudecimiento ante lo ominoso. Ante el acontecimiento, ante el pensamiento desarmado. No hay disciplina sólo contacto directo.

No se puede entender Auschwitz a partir de una reflexión, sólo se mira estupefacto el horror de lo ocurrido. En lo sublime la reflexión queda apartada, velada ante el acontecimiento que sobreviene. Por ello, la eventualidad se asocia a menudo a la sensación de angustia, a una espera cargada de contradicción. Este sentimiento contradictorio de alegría y angustia es lo sublime.

Aún cuando cualquier aproximación artística a la cuestión del horror está signada por la dificultad de representarlo, ésta concibe tal imposibilidad frente al silencio como el inicio de un lenguaje nuevo en la imposibilidad. Estos intentos permiten la aparición del sinsentido, del acontecimiento; ponen a prueba el propio mecanismo de la representación del ver que no puede ser visto.

La inconmensurabilidad entre el sentimiento y el mundo real da testimonio de lo desligado que está lo sublime de las reglas preestablecidas, sólo existe lo que se siente inmediatamente. Lo sublime desarregla la armonía de lo bello. Armonía que ha sido expulsada por el hombre. Pues, lo sublime en el siglo XX, con antes he indicado, no está referida a la naturaleza, sino a los actos llevados a cabo por éste.

Lo sublime está en relación al horror absolutamente grande, con el terror absolutamente poderoso. La estética de lo sublime convierte al arte en testigo de lo que hay de indeterminado en el siglo XX, en la destrucción oculta. Por lo cual, lo que está en juego en el arte ya no es lo bello, sino algo que compete a lo sublime[13].

Tales obras desnudan la imposibilidad de mostrar imágenes en el horizonte de imposibilidad, ya que trabajan en la aproximación estética del sentimiento del horror.  “La paradoja del arte «después de lo sublime» es que se vuelve hacia una cosa que no se vuelve hacia el espíritu, que quiere una cosa o tiene algo contra una cosa que no quiere nada para él. Después de lo sublime, nos encontramos después del querer”[14]. El terror de que ya nada acontezca es el terror de la privación del lenguaje, del silencio, de la vida; pero también alivio por la privación de esta miseria.





[1] Señala Lyotard: “Siguiendo a Adorno, empleé el nombre de “Auschwitz” para significar hasta qué punto la materia de la historia occidental reciente parece inconsistente a la luz del proyecto “moderno” de emancipación de la humanidad”. En, La posmodernidad (explicada a los niños), Barcelona, Gedisa editorial, 1996, p. 91.
[2] Jean-François Lyotard. La posmodernidad (explicada a los niños), Barcelona, Gedisa editorial, 1996, p. 26.
[3] Jean-François Lyotard. La posmodernidad (explicada a los niños), Barcelona, Gedisa editorial, 1996, p. 25.
[4] Cfr. J. F. Lyotard. La posmodernidad explicada a los niños, Barcelona, Editorial Gedisa, 1996, p. 20.
[5] Cfr. J. F. Lyotard. La posmodernidad explicada a los niños, Barcelona, Editorial Gedisa, 1996, p. 21.
[6] Cfr. J. F. Lyotard. La posmodernidad explicada a los niños, Barcelona, Editorial Gedisa, 1996, p. 21.
[7] Cfr. J. F. Lyotard. La posmodernidad explicada a los niños, Barcelona, Editorial Gedisa, 1996, p. 26.
[8] Cfr. J. F. Lyotard. La posmodernidad explicada a los niños, Barcelona, Editorial Gedisa, 1996, p. 66.
[9] Cfr. J F. Lyotard. Lo inhumano (charlas sobre el tiempo), Buenos Aires, Editorial Manantial, 1998, p. 96.
[10] Cfr. J F. Lyotard. Lo inhumano (charlas sobre el tiempo), Buenos Aires, Editorial Manantial, 1998, p. 102.
[11] Cfr. J F. Lyotard. Lo inhumano (charlas sobre el tiempo), Buenos Aires, Editorial Manantial, 1998, p. 104.
[12] Cfr. J F. Lyotard. Lo inhumano (charlas sobre el tiempo), Buenos Aires, Editorial Manantial, 1998, p. 105.
[13] Cfr. J F. Lyotard. Lo inhumano (charlas sobre el tiempo), Buenos Aires, Editorial Manantial, 1998, p. 139.
[14] J. F. Lyotard. Lo inhumano (charlas sobre el tiempo), Buenos Aires, Editorial Manantial, 1998, p. 146.

jueves, 20 de diciembre de 2012

PLOTINO: DE LAS COSAS Y DE LAS CAUSAS


Con respecto a la problemática de la libertad, es necesario determinar la naturaleza de las cosas y las causas que sobre éstas imperan. En primer término,

Las cosas que devienen y las que son, devienen todas las que devienen y son todas las  que son o en virtud de alguna causa o ambas sin causa; o unas sin causa y otras con causa en ambas clases de cosas; o bien, todas las que devienen, devienen con causa y, de las que son, unas son con causa y otras sin causa o ninguna con causa; o, a la inversa, las que son, todas con causa y, de la que devienen unas con causa y otras sin causa o ninguna de ellas con causa[1].


Plotino establece el dualismo de las cosas. Por una parte, los seres en seres que son; por otra los seres que devienen. Los primeros son los seres eternos, esto es, Lo Uno, La Inteligencia y El Alma del universo. Los segundos son aquellos seres que devienen y son mortales, entre éstos el hombre.
A partir este dualismo, Plotino propone sus cinco hipótesis de estudio. Para indicar esquematizar las hipótesis de estudio determino:
(A): Los seres que son
(B): los seres que devienen
                 
§  Primera hipótesis:   (A) y (B) son con causa.
§  Segunda hipótesis: (A) y (B) son sin causa.
§  Tercera hipótesis:   (A) o (B) unas son con causa y otras sin causa.
§  Cuarta hipótesis:     (A) unas son  con causa y otras sin causa
                                                            (B)  todas son  con causa.                     
§  Quinta hipótesis:     (A)  todas son con causa.
                                                            (B)  unas con causa y otras sin causa.
                 
La cuarta hipótesis es, para Plotino, la hipótesis verdadera.
Rechaza la  primera y segunda hipótesis por ser omniabarcantes, excluyentes entre sí y porque no diferencian cualitativamente los seres y las causas. La tercera hipótesis posee el mismo defecto de las dos anteriores. La con respecto a la quinta hipótesis ésta es rechazada por ser opuesta a la cuarta hipótesis, y al ser opuesta es falsa.
A partir de la cuarta hipótesis el filósofo asume:

§  Primero, todos los seres que devienen son con causa o causados. Con lo cual se establece una estricta relación causa-efecto, a la cual están sometidos todos los seres de esta naturaleza y no pueden escapar de ella. En este sentido, tenemos un estricto determinismo por parte de Plotino, en lo que respecta a estos seres que habitan en el cosmos inferior.
§  Segundo, entre los seres que son, Plotino establece la existencia de un único ser sin causa,  éste es lo Uno ( Hén) Ser Primerísimo e incausado, por ser  lo Uno causa sui. Entre los seres que son con causa, tenemos: la Inteligencia (Noús) y el Alma del universo (Psykhé), que son causados por la emanación  de Lo Uno (Tó Hén).

Plotino determina una causalidad de carácter cualitativo, que determina la naturaleza de los seres. Por una parte, una causa primera y divina que es generadora de los seres eternos; por otra, la causa que genera la naturaleza de los seres que devienen, que son cualitativamente diferentes. Porque aun cuando el Noús y la Psykhé son causados no devienen, pues éstos son divinos, inmutables y eternos. Los seres que acontecen  son, en por el contrario, contingentes y perecederos. Se da una dualidad causal y de seres.
Plotino establece la división causal para determinar que no es posible asignarle la misma causa a un ser eterno que a un ser que deviene, pues entre ambos media la naturaleza y esencia de cada uno. Tal división cualitativa responde a la cosmovisión del filósofo.
A partir de esta cualificación, la problemática de la libertad de la voluntad tiene un campo particular de causas opuestas y complementarias en el cual ésta se manifiesta. Por cuanto Plotino parte de una visión dual entre naturaleza y esencia de los seres, la cual con respecto a los seres no divinos la dualidad es más compleja. Ya que en éstos la constitución causal no es única sino divergente y dual.
Lo anterior nos ubica ante una metafísica de libertad que está más allá y determina la libertad de la voluntad. Una libertad del cosmos superior y una libertad del cosmos inferior. Una libertad divina y una antropológica, esta última es la que acá indagamos.



[1] Plotino. Enéada III 1, 1, 1-8.

PLOTINO: LA ETIOLOGÍA PLOTINIANA


Cuáles causas generan las cosas, y cómo se clasifican las cosas según las causas que las generan, permite comprender la etiología plotiniana de las causas y las cosas. Por cosas se designa cualquier objeto o término, real o irreal, mental o físico, con el cual se tiene referencia de alguna manera. En este sentido, el término cosas es análogo a seres, y puede ser usado indistintamente.
Las causas, por su parte, se dividen en dos tipos razones causales. Por una parte las divinas que corresponde a los seres que son; por la otra las que atañen a los seres que devienen. Pues la naturaleza de los seres divinos y los seres que devienen es cualitativamente distinta. El hombre es un ser que deviene y es causado.


tipos de seres

Trascendencia


tipo naturaleza

tipo actividad


seres eternos

simple

Específica

seres que devienen

naturaleza

no específica


martes, 18 de diciembre de 2012

LYOTARD J. F.: LO IMPRESENTABLE EN EL ARTE


La obra de arte moderna encuentra en lo sublime un modo que está enfrentado al miedo del vacío, al lienzo en blanco, a la hoja en blanco, que abarca y desborda el momento creativo en un sentimiento sublime igual al de la terminación de la obra. “Con la estética de lo sublime, lo que está en juego en las artes en los siglos XIX y XX es convertirse en testigos de lo que hay de indeterminado”[1].

Lo sublime anuncia el carácter complejo, inestable y paradójico del trabajo del artista. En este intento de hacer ver algo que no puede ser visto. Con relación a lo sublime, Lyotard llama «moderno» a aquel arte que consagra su «pequeña técnica» “a presentar qué hay de impresentable. Hacer ver que hay algo que se puede concebir y que no se puede ver ni hacer ver”[2].

Lo sublime en la estética moderna es nostálgico; pues alega lo impresentable como contenido ausente, donde la forma ofrece consuelo y placer, sin procurar un auténtico sentimiento sublime. Lo posmoderno, por el contrario, alega lo impresentable en la presentación misma, que niega las formas bellas, es decir, de un gusto que niega la nostalgia de lo imposible; indaga presentaciones nuevas con el objeto de hacer sentir lo impresentable[3]. En esto consiste el diferendo entre ambas estéticas.

En lo sublime esta contradicción se desarrolla como un conflicto entre la facultad de concebir una cosa y la facultad de presentarla. Así la estética de lo sublime “encuentra en el arte moderno (incluyendo la literatura) su fuente, y la lógica de las vanguardias sus axiomas”[4]. La contradicción de hacer alusión a lo impresentable por medios de presentaciones visibles.

De allí la pregunta: ¿Cómo hacer ver que hay algo que no puede ser visto? La actividad artística consistirá en producir paradojas cromáticas, de formas, sonidos, volúmenes, que pueden ser consideradas frases de articulaciones de elementos diferenciados.

La estética de la pintura sublime: como pintura, esta estética «presentará» sin duda algo, pero lo hará negativamente, evitará pues la figuración o la representación, será «blanca» como un cuadro de Malevitch, hará ver en la medida en que prohíbe ver, procurará placer dando pena[5].   

Las vanguardias tienen rasgos de lo sublime; no obstante contienen un diferendo, un matiz entre ellas. Son obras interrogativas, porque buscan las reglas y las categorías de la obra, la invención de otras reglas, el sondeo y la experimentación, presentaciones nuevas. “El artista intenta combinaciones que permiten el acontecimiento”[6], lo que afecta la actividad artística.

El intento vanguardista inscribe la ocurrencia de un now sensible como lo que no puede presentarse y queda por presentar en la declinación de la gran pintura representativa. Como la micrología, la vanguardia no se aferra a lo que sucede al «tema» sino a: ¿sucede?, a la indigencia. Es de esta manera como pertenece a la estética de lo sublime[7]

En qué consiste la micrología que señala Lyotard. Ésta “inscribe la ocurrencia de un pensamiento como lo impensado que queda por pensar en la declinación del gran pensamiento filosófico”[8]

La obra de arte hace alusión a algo que se hace presente. “La obra no se somete a modelos, trata de presentar lo que hay de impresentable; no imita la naturaleza, es un artefacto, un simulacro”[9].

La actividad del artista consiste precisamente en encontrar condiciones capaces de producir imágenes inéditas, por definición no comunicables. Lo informe, la ausencia de forma, un índice posible de lo impresentable; “de la abstracción vacía que experimenta la imaginación en busca de una presentación del infinito… su presentación negativa[10].

Se realiza la representación de lo impresentable, en un intento de presentaciones visible. Tales intentos son explicables en la medida que se tiene en consideración la inconmensurabilidad de la realidad.

“En el cinismo de la innovación se oculta seguramente la desesperación de que ya nada suceda… Con la ocurrencia, la voluntad se deshace. La tarea vanguardista sigue siendo deshacer la presunción del espíritu con respecto al tiempo. El sentimiento sublime es el nombre de ese despojamiento”[11]

En Cézanne, la representación y la significación son reemplazadas por transmisiones afectivas que no dicen, que callan, ya que pierde todo tipo de significación exenta de mensaje, de cualquier elemento anecdótico o narrativo y de cualquier alusión simbólica. Cézanne es, según Lyotard:

Un intento de respuesta a la pregunta: ¿qué es un cuadro? La apuesta de su trabajo es no inscribir en el soporte más que las sensaciones «sensaciones colorantes», las «pequeñas sensaciones» que en la hipótesis de Cézanne, constituyen por sí sola toda la existencia pictórica de un objeto… sin consideración por la historia o por el «tema», por la línea, por el espacio, y ni siquiera por la luz[12]

El cuadro deja de ser símbolo y adquiere valor por sí mismo; ya no importa el mensaje o la moraleja. Que vale como un objeto absoluto. Pues actúa en la obra un principio de des-representación.

Estas sensaciones elementales están ocultas en la percepción corriente que se mantiene bajo la hegemonía de la manera de mirar habitual o clásica. No son accesibles al pintor, y por lo susceptibles de que él las restituya, sino al precio de una ascesis interior que libera al campo perceptivo y mental de los prejuicios inscriptos incluso en la visión misma… lo que verdaderamente está en juego: hacer ver lo hace ver, y no lo que es visible[13].


De lo concebible se pueden distinguir dos modos. A saber, “se puede poner el acento en la impotencia de la facultad de presentación, en la nostalgia de la presencia que afecta al sujeto humano, en la oscura y vana voluntad que lo anima a pesar de todo. O si no, se puede poner el acento en la potencia de la facultad de concebir, en su «inhumanidad»”[14]. Que, sin embargo, surgen de la estética de lo sublime, que hace que se distinga lo impresentable.

Lo sublime apunta a una aporía de la razón, la cual indica el límite de la capacidad conceptual y revela la multiplicidad e inestabilidad del mundo postmoderno. Lo posmoderno, señala Lyotard:
                                              
Sería aquello que alega lo impresentable en lo moderno y en la presentación misma; aquello que se niega a la consolidación de las formas bellas, al consenso de un gusto que permitiría experimentar en común la nostalgia de lo imposible; aquello que indaga por presentaciones nuevas, no para gozar de ellas sino para hacer sentir mejor que hay algo que es impresentable[15]

Con respecto al significado de la obra artística, ésta no está gobernada por reglas ya determinadas, de allí que no pueda ser juzgada por medio de categorías determinantes.
       
No se puede, pues, considerar la existencia ni el valor de lo narrativo a partir de lo científico, ni tampoco a la inversa: los criterios pertinentes no son los mismos en lo uno que en lo otro. Bastaría, en definitiva, con maravillarse ante esta variedad de clases discursivas como se hace ante la de las especies vegetales o animales. Lamentarse de «la pérdida del sentido» en la postmodernidad consiste en dolerse porque el saber ya no sea principalmente narrativo. Se trata de una inconsecuencia. Hay otra que no es menor, la de querer derivar o engendrar (por medio de operadores tales como el desarrollo, etc.) el saber científico a partir del saber narrativo, como si éste contuviera a aquél en estado embrionario.[16]


Referente al sentido, que es la interrogación sobre el lenguaje, se plantea si éste es efectivamente un medio, y si es un medio para comunicar. Según Lyotard, la hipótesis que subyace al trabajo del artista es que no lo es. El lenguaje debe ser autónomo y el artista debe decodificarle sus secretos: el ejemplo lo encuentra en Duchamp.

En Duchamp, por ejemplo, está claro que no es otro el problema: tomar elementos plásticos, pero a veces también lingüísticos; transformarlos por medio de operadores muy precisos y dar el resultado de la operación, sin revelar la naturaleza del operador. El receptor queda sorprendido, descontento: Ríe o protesta porque el mensaje es incomprensible. La tarea de los físicos de finales del último siglo no era diferente: se suponía que la masa era una cosa y la velocidad otra, hasta que se vio que la masa está en función de la velocidad”[17].

Por otra parte, “el ready made duchampiano no hace sino significar activa y paródicamente este proceso constante de disolu-ción del oficio del pintor, incluso del oficio del artista”[18]. La obra se transfigura en el pensar lo impresentable. Donde “la misión de prestar testimonio de lo indeterminado arrastra uno tras otro los diques opuestos a la oleada de interrogantes presentados por los escritos de los teóricos y los manifiestos de los pintores mismos”[19].

El artista busca en su obra un aspecto de estas reglas que no había sido cuestionado. La percepción en su ocurrencia, de que suceda algo. “Las mismas imperfecciones, las infracciones al gusto, la fealdad, tienen su parte en el efecto del choque. El arte no imita la naturaleza, crea un mundo paralelo, eine Zwischenwelt, dirá Paul Klee, eine Nebenwelt, podríamos decir, donde lo monstruoso y lo informe tienen su derecho porque pueden ser sublimes”[20].



[1] J. F. Lyotard. Lo inhumano (charlas sobre el tiempo), Buenos Aires, Editorial Manantial, 1998, p. 106.
[2] Jean-François Lyotard. La posmodernidad (explicada a los niños), Barcelona, Gedisa editorial, 1996, p. 21.
[3] Cfr. Jean-François Lyotard. La posmodernidad (explicada a los niños), Barcelona, Gedisa editorial, 1996, p. 25.
[4] Jean-François Lyotard. La posmodernidad (explicada a los niños), Barcelona, Gedisa editorial, 1996, p. 20.
[5] Jean-François Lyotard. La posmodernidad (explicada a los niños), Barcelona, Gedisa editorial, 1996, p. 21.
[6] J. F. Lyotard. Lo inhumano (charlas sobre el tiempo), Buenos Aires, Editorial Manantial, 1998, p. 105.
[7] J. F. Lyotard. Lo inhumano (charlas sobre el tiempo), Buenos Aires, Editorial Manantial, 1998, p. 107.
[8] J. F. Lyotard. Lo inhumano (charlas sobre el tiempo), Buenos Aires, Editorial Manantial, 1998, p. 107.
[9] J. F. Lyotard. Lo inhumano (charlas sobre el tiempo), Buenos Aires, Editorial Manantial, 1998, p. 105.
[10] Jean-François Lyotard. La posmodernidad (explicada a los niños), Barcelona, Gedisa editorial, 1996, p. 21.
[11] J. F. Lyotard. Lo inhumano (charlas sobre el tiempo), Buenos Aires, Editorial Manantial, 1998, p. 110.
[12] J. F. Lyotard. Lo inhumano (charlas sobre el tiempo), Buenos Aires, Editorial Manantial, 1998, p. 106.
[13] J. F. Lyotard. Lo inhumano (charlas sobre el tiempo), Buenos Aires, Editorial Manantial, 1998, p. 106.
[14] Jean-François Lyotard. La posmodernidad (explicada a los niños), Barcelona, Gedisa editorial, 1996, p. 24.
[15] Jean-François Lyotard. La posmodernidad (explicada a los niños), Barcelona, Gedisa editorial, 1996, p. 25.
[16] Jean-François Lyotard. La condición posmoderna, Barcelona, Editorial Cátedra, 1987, p. 25.
[17] Jean-François Lyotard. “Qué es lo posmoderno”, Zona Erógena, nº 12, 1992, p. 3.
[18] Jean-François Lyotard. La posmodernidad (explicada a los niños), Barcelona, Gedisa editorial, 1996, p. 16.
[19] J. F. Lyotard. Lo inhumano (charlas sobre el tiempo), Buenos Aires, Editorial Manantial, 1998, p. 107.
[20] J. F. Lyotard. Lo inhumano (charlas sobre el tiempo), Buenos Aires, Editorial Manantial, 1998, p. 102.