martes, 4 de diciembre de 2012

PSEUDO LONGINO: LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA


NATURALEZA DE LO SUBLIME

Es propio de lo sublime expresar el conflicto entre la posesión de sentimientos elevados, las desgracias e infortunios que sufren hombres y dioses. Por ello tal sentimiento es máximamente padecido. Así, “cuando Homero nos presenta las heridas de los dioses, sus discordias, sus venganzas, sus lagrimas, sus cautiverios y sus pasiones de todo tipo, me parece que hace cuanto está en su poder para convertir a los hombres de la guerra de Troya en dioses y a los dioses, en cambio, en hombres”[1].

Lo que conduce a lo sublime es la desgracia del hombre moral. Pues al ser éste poseedor de pensamientos nobles y elevados cayendo en la desgracia es arrastrado sin misericordia por el infortunio. Cuanto más elevadas son las penas y los avatares del hombre virtuoso más sublime se expresa el sentimiento en la obra poética.

El poeta alcanza lo sublime al representar en toda su magnitud la pasión del hombre enfrentado a las circunstancias de su existencia. Para pseudo Longino, la Odisea no es sublime, pues Homero realiza en ésta una descripción de la vida familiar, más acorde con la comedia de costumbres[2].

Lo sublime, por otra parte, no es propio de espíritus envejecidos. Porque falta en éstos el calor y el ímpetu de la pasión; tales espíritus son más propensos a la reflexión pausada que a la pasión desbordada. La Ilíada, en la que se advierte la escasez de episodios y digresiones, es sublime porque está dominada por la pasión. La acción está en constante movimiento sobrecogiendo a mortales y dioses.

La adversidad y el infortunio, en la Ilíada, se ciernen permanentemente sobre los personajes y las secuencias arrebatadas no permiten el reposo del alma. El poeta:

No pone límite al terror en ningún momento, sino que él describe más bien hombres que siempre y casi en cada ola están continuamente a punto de perecer. Y, por otra parte, al obligar a reunirse a preposiciones separadas por naturaleza y forzándolas a combinarse entre ellas, […] atormenta el verso de la misma forma que el terror que cae sobre ellos[3]


Lo sublime explora las pasiones hasta conmover lo irracional que hay en el alma. La expresión sublime nace en el alma irracional, y a ésta se dirige porque en ella se asienta la pasión. Por ello el poeta elige lo inesperado, lo inexplicable, lo inaprensible por medio de la libre configuración de imágenes arrebatadoras, que hacen que lo sublime irrumpa y remueva las emociones que anidan en el alma.

El sentimiento sublime se apodera del poeta, y éste lo encarna en el espectador transformando el alma en pasión vital. De este modo, se adueña del alma la alegría, el orgullo, el temor y es arrebatada por la narración poética. Lo sublime se apodera del alma pulverizando “como el rayo todas las cosas y muestra en un abrir y cerrar de ojos y en su totalidad los poderes del orador”[4].

Señala el pseudo Longino, “lo sublime es como una elevación y una excelencia en el lenguaje… Pues el lenguaje sublime conduce a los que escuchan no a la persuasión sino al éxtasis”[5]. Es lo sublime expresión elevada que tiene su grandeza en la pasión del poeta.

Es pasión lo sublime que seduce y arrebata el espíritu y no es indiferente a éste. Tal arrebato seduce al alma y la remonta hasta el centro mismo de la acción haciéndola participe de la narración poética.

Sólo es sublime la pasión que conduce al alma hacia sentimientos elevados siendo su recuerdo duradero e indeleble[6]. Lo sublime es la elevación del espíritu que puede alcanzar el éxtasis a través del lenguaje excelso del poeta apasionado.

Lo sublime es “un pensamiento desnudo y sin voz, por sí solo, a causa de esta naturaleza de contenido, causa admiración; así el silencio de Ayante en la Nekyia es grandioso y más sublime que cualquier palabra”[7] Interioridad e intensidad del alma consigo misma, el recogimiento del alma en sí es propio de lo sublime. El recogimiento del alma es producto de la fuerza poética, no un movimiento de ella que deviene de un objeto externo.

El poeta trata apasionadamente lo sublime, de allí la preeminencia de la grandeza del alma; ya que el sentimiento sublime se establece entre las almas, en la que el poeta pone su espíritu a modo de impronta. Esta interioridad sienta las bases de la concepción moderna y contemporánea de lo sublime, en la que prevalece el factor del recogimiento anímico.

La naturaleza pasional de lo sublime convierte la estética del pseudo Longino en una estética de la pasión, una estética pasional o emocional. Pues de ella emerge y hacia ella está dirigida. Por ello precipita y antepone aprehensiones y temores en el alma pasional o volitiva. Es movimiento pasional, es un estado velado del alma opuesto a la razón, es la pura libertad emocional.

La pasión de lo sublime reúne en sí emociones encontradas que producen, al mismo tiempo, frío y calor, irracionalidad y sensatez, miedo y temor. Lo sublime produce una multiplicidad de emociones[8], un sentimiento confuso por el cual el alma se encuentra arrebatada en sí misma.

Lo sublime es un arrebato perecedero. En el alma se manifiesta la brevedad de la pasión a través de la superposición de imágenes que la seducen.  El poeta arrebatado por lo sublime se eleva hasta participar de lo divino y “de la grandeza espiritual de la divinidad”[9].

Conmueve las pasiones más excelsas y los sentimientos más admirables. Él tiene su fin en la emoción, puesto que busca conmover. Lo sublime es una emoción inaprehensible e inexpresable que conduce al éxtasis[10].

Es una emoción, una pasión desconcertada. El sentimiento sublime es una pasión arrebatada y encontrada en sí misma, que se funda en lo volitivo. Lo sublime apela a la pasión que reside en el alma volitiva, y a ésta está dirigido todo el esfuerzo del poeta. En conmover y arrebatar toda emoción que en esta alma habita. Lo sublime se asienta en lo volitivo, su incomprehensibilidad radica en que es pura pasión.

Es indeterminado, perplejidad emocional, lenguaje pasional. Lo sublime agrada siempre y a todos[11]. La estética de lo sublime está fundada en la pasión. Lo sublime no pretende trascender la pasión, pues ésta es su fundamento. La expresión y la participación estética se fundan en el alma.

Es arrebatamiento del alma, conmoción que arropa toda la plenitud del alma. Ésta es llevada fuera de sí por la pasión, por el temor, la ira, el desaliento y recogida nuevamente en sí por la pasión desbordada. En lo sublime el éxtasis es intensidad, privación y arrebato. El éxtasis sublime es conmoción absoluta.

Lo sublime es temporal. El poeta debe considerar el momento justo para producir el efecto arrebatador, si éste no actúa en el momento adecuado lo sublime no es alcanzado, y la expresión poética se convierte en algo fatuo y fútil. Lo sublime necesita del tiempo, es perecedero.

Lo sublime corresponde al reino de lo mudable, No es permanente ni en el poeta ni en el oyente. Es provocado. Pertenece al reino del lenguaje, es expresión poética que arrebata. Es nobleza de espíritu y técnica retórica. Es expresión del alma.

Carece de causa inmutable y eterna. Es azaroso. Lo sublime siempre es un acto único, sin divisiones ni grados. Es un sentimiento pleno, que se inicia y concluye en sí mismo.

El sentimiento de caída es fundamental para lo sublime. En la representación trágica, en el conflicto de las pasiones, en la vivencia del drama tiene su asidero la expresión sublime. Éste revive y reclama los apremios de la vida, en ellos encuentra su fuente.  Lo sublime es arrebato que libera estéticamente al espíritu.

El mito, para pseudo Longino, es necesario porque es fuente permanente para la retórica. Es esencial para lograr el sentimiento sublime. La función del mito es emocional.  Lo estética de lo sublime busca conmover. No pretende ni la verdad ni persuadir.

Lo sublime permanece en lo sensible. No pretende ninguna trascendencia metafísica. Es simultáneamente afirmación y negación. No es autonómico, no es en sí mismo. Es interdependencia entre poeta y oyente, es una relación necesaria.





[1] Pseudo Longino. Sobre lo sublime 9, 7. Madrid, Editorial Gredos, 1979, p.162.
[2] Cfr. Pseudo Longino. Sobre lo sublime 9, 20. Madrid, Editorial Gredos, 1979,  p. 166.
[3] Pseudo Longino. Sobre lo sublime 10, 6. Madrid, Editorial Gredos, 1979, p. 168.
[4] Pseudo Longino. Sobre lo sublime 1, 4. Madrid, Editorial Gredos, 1979, p. 149.
[5] Pseudo Longino. Sobre lo sublime 1, 3-4. Madrid, Editorial Gredos, 1979, pp. 148-149.
[6] Cfr. Pseudo Longino. Sobre lo sublime 7, 3-4. Madrid, Editorial Gredos, 1979, pp. 157-158.
[7] Pseudo Longino. Sobre lo sublime 9, 2. Madrid, Editorial Gredos, 1979, p.160.
[8] Cfr. Pseudo Longino. Sobre lo sublime 10, 3, Madrid, Editorial Gredos, 1979, p. 167.
[9] Pseudo Longino. Sobre lo sublime 36, 1, p. 203.
[10] Cfr. Pseudo Longino. Sobre lo sublime 1, pp. 148-149.
[11] Cfr. Pseudo Longino. Sobre lo sublime 7, 3-4, pp. 157-158.

domingo, 2 de diciembre de 2012

PLATÓN: LO SIMBÓLICO


El símbolo es el signo transmutado, que asciende a lo simbólico y es apresado en una red de relaciones entre significantes y significados. Lo simbólico sólo da cuenta de lo que representa, éste aparece como categoría desde el momento en que el signo adquiere la dimensión suplementaria de símbolo. Lo simbólico asegura el acceso a una comprensión abierta de la relación entre el signo y el sujeto[1].

El valor simbólico representa un papel en la representación urbana porque establece las referencias simbólicas de la ciudad. El simbolismo del espacio incluye la cualidad, cantidad y ubicación de éste en el ámbito urbano. La ciudad, desde este punto de vista, es un conjunto de mensajes simbólicos que son comprendidos por los individuos[2].

Las cualidades emocionales y morales atribuidas a la vida urbana son una demostración del significado simbólico de la ciudad. Ésta puede ser considerada la encarnación del bien o del mal, representante del progreso o la decadencia, lugar de perdición o salvación. Esto significa que el hombre no es neutral frente a la ciudad, puesto que ésta está significada de valores y creencias. La ciudad es convertida en símbolo[3].

La ciudad es producto de la convivencia, del tejido que realizan los individuos en la medida que la habitan, la recorren y la representan. La ciudad es creación estética y tejido simbólico permanente[4].

El simbolismo supone la capacidad de colocar entre dos signos un vínculo permanente. La relación simbólica está determinada por la función imaginaria y el dominio de la función racional; que establece el vínculo identificador entre el significante y el significado, entre el símbolo y la cosa, esto es, entre lo imaginario efectivo[5]. En este sentido, la ciudad forma una red simbólica.

Lo simbólico nombra la experiencia, la organiza y la constituye el hacerla comunicable[6], en estructuras de contenido a las cuales corresponden un conjunto de expresión. Hay símbolo cada vez que una determinada secuencia de signos sugiere la existencia de un significado indirecto[7]. En este aspecto, el hombre se envuelve en formas lingüísticas, en imágenes artísticas, en símbolos míticos o ritos religiosos, de tal forma que ver y conocer a través de la interposición de estas manifestaciones expresivas[8].

La ciudad está ligada a un orden imaginario con distintas transcripciones simbólicas. La ciudad pasa por distintas acciones de representación, las cuales permiten ciertos niveles de certeza y autoafirmación de lo simbólico. Ésta es un lugar simbólico, ya que la morfología urbana está impregnada de significaciones, por ejemplo, las características de las calles utilizadas en las procesiones, la forma de los templos y su situación en la ciudad, la geometría del plano. En este sentido, la ciudad transmite los actos de la sociedad, porque es expresión simbólica de ésta.

            La relación entre simbolismo y ritualidad, entre valor y función explica la forma arquitectónica como iconografía urbana. En los casos en los cuales el contenido simbólico está ligado a una tradición formal éste constituye un factor esencial desde el punto de vista histórico y estético de la formalización de la ciudad; ya que la constitución urbana está determinada por exigencias ideológicas, religiosas y prácticas[9], entre otras. Platón al iniciar la ordenación formal de la ciudad señala: “estableciendo primeramente un lugar sagrado a Hestia, a Zeus y a Atenea que será llamado ciudadela (acrópolis)”[10]

En el momento de la formación de la ciudad, lo religioso, marcada por su carácter aristocrático, define como elemento simbólico en centro de la nueva ciudad. En ella se determina la Acrópolis como centro del espacio urbano.  El lugar sagrado identifica el símbolo aristocrático de la polis platónica. El espacio sacro es símbolo del cosmos terrenal. 

La ciudad símbolo es expresión del poder político, religioso, económico o de cualquier otro poder. En este sentido, la ciudad es una arquitectónica del símbolo. Una construcción es simbólica cuando expresa en su forma y figura lo sagrado, lo que en sí y para sí unifica a los hombres[11]. Tal significado queda manifiesto a través del espacio, de los volúmenes y de las formas urbanas.

En Critias, Platón cuenta que Poseidón, a quién ha correspondido la Atlántida, cavó al derredor del monte un foso circular formando “Cinturones de mar y tierra, alternados y circundantes unos a otros; unos más pequeños, otro más grandes, dos de tierra, tres de mar, cual si los torneara a partir del medio de la isla, igual por todas partes, intransitable para los hombres”[12].

La configuración de la Atlántida en anillos concéntricos simboliza la constitución tripartita del alma expuesta en República[13]. El alma esférica, la Atlántida circular. El alma una constituida por tres partes anímicas; la Atlántida una conformada por tres anillos alternos de tierra y agua. República y Critias se entrecruzan simbólicamente en lo mítico-urbano.

En Timeo, al exponer el ordenamiento del todo distingue dos mundos. El eterno que siempre es y no deviene, el mundo de las Ideas; y el que deviene siempre y nunca es, mundo sensible[14]. El primero sirve de modelo al segundo, que imita al primero.

            Dado que el cosmos es un ser vivo éste posee un alma que da movimiento a todo, y que se identifica con el cielo[15]. El cosmos tiene una figura perfecta, es esférico. Tiene a la tierra en el centro, alrededor están los planetas, y todo está rodeado por las estrellas fijas. El Todo, en conjunto, responde a proporciones numéricas y armonías musicales.

            Platón le otorga al cosmos la figura esférica. Porque esta forma en tanto ser vivo le permite contener a todos los seres vivos, esto es, la esfera incluye todas las otras. “Lo construyó esférico, con la misma distancia del centro a los extremos en todas partes, circular, la más perfecta y semejante a sí misma de todas las figuras, porque consideró muchísimo más bello lo semejante que lo disímil”[16]. La perfección de la esfera simboliza que el logos gobierna el universo entero.

            Por otra parte, Platón hace una interpretación matemática de los cuatro elementos de Empédocles. Al fuego le corresponde un tetraedro; a la tierra, el cubo; el octaedro equivale al aire; y el icosaedro al agua. Platón equipara el dodecaedro a la esfera haciendo coincidir a ésta con la totalidad del cosmos[17].

En Leyes, presenta una ciudad de forma circular y centralizada, semejante a la Atlántida. La ciudad de Magnesia se organiza a partir del centro de la ciudad, en éste se encuentra la Acrópolis, lugar consagrado a los dioses, que está rodeada por una periferia circular; desde este centro la ciudad y todo el territorio se dividen en doce partes[18]. La división en doce lotes y en doce tribus es, según Platón, división connatural a toda ciudad[19], ya que corresponde al número de meses y a los periodos del todo.

Por otra parte, la forma de la ciudad de Magnesia se configura según un dodecágono con organización centralizada[20]. Esta forma urbana supone el “quinto elemento” del cual el dios, en Timeo, se sirvió para disponer el todo[21].

            El simbolismo de las figuras geométricas puras nos muestra que sus significados están imbricados con las nociones cosmológicas de Platón; ya que ésta está vinculada con su interpretación del cosmos. En tal sentido, el cosmos platónico configura la forma de la ciudad asociada al culto de lo sagrado.

La geometría con la cual el Demiurgo configuró el cosmos es la materia con la cual Platón organiza la ciudad. Por tanto, ésta explica las cualidades formales de la ciudad, ubicada en el espacio, en tanto estructura matemática. Platón entiende la ciudad como un cuerpo geométrico.

La simbólica de la ciudad platónica es la completitud. La ciudad es el todo terrenal, la representación sensible del cosmos eterno. Por tanto, en primer término, la ciudad es circular porque el universo es circular o esférico. Segundo, la ciudad es un sistema armónico a semejanza del universo, porque si ésta estuviese en desarmonía no sería un todo. La ciudad circular propuesta por Platón es símbolo de lo total y de lo justo.
             




[1] Cfr. Guy Rosolato. Ensayo sobre lo simbólico, Barcelona, Editorial Anagrama, 1974, pp. 128-130.
[2] Cfr. Amos Rapoport. Aspectos humanos de la forma urbana, Barcelona, Ediciones Gustavo Gili, 1978, pp. 285–286.
[3] Cfr. Noel Gist. Sociedad urbana, Barcelona, Ediciones Omega, 1973, p. 683.
[4] Cfr. Armando Silva. “La ciudad en sus símbolos: una propuesta metodológica para la comprensión de lo urbano en América Latina”, Grandes metrópolis de América Latina, México, F. C. E., 1993, p. 100.
[5] Cfr. Cornelius Castoriadis. La institución imaginaria de la sociedad, Vol. I, Barcelona, Tusquets Editores, 1983, p. 221.
[6] Cfr. Umberto Eco. Semiótica y filosofía del lenguaje, Barcelona, Editorial Lumen, 2000, pp. 236-237.
[7] Cfr. Umberto Eco. Semiótica y filosofía del lenguaje, Barcelona, Editorial Lumen, 2000, p. 244.
[8] Ernst Cassirer. Antropología filosófica, México, F. C. E., 1945, pp. 58-59.
[9] Cfr. Giulio Carlo Argan. Proyecto y Destino, Caracas, U. C. V, 1969, p. 58.
[10] Platón. Leyes 745 b. Paréntesis nuestro.
[11] Cfr. G. W. F. Hegel. Lecciones sobre la estética, Madrid, Ediciones Akal, 1989, p. 469.
[12] Platón. Critias 113 c–e; y  114 a –119 b. Además,  Leyes 713 c–e
[13] Platón. República 435 b. También Rep. 580 d
[14] Platón. Timeo 28 a-c.
[15] Platón. Timeo 30 d – 31 a
[16] Platón. Timeo 33 b. Asimismo, Timeo 62 d.
[17] Platón. Timeo 53 b – 56 b.
[18] Platón Leyes 745 b – 745 e.
[19] Platón. Leyes 771 b – 771 e. Asimismo, Leyes 848 a849 a.
[20] Esta forma se inscribe en un círculo, si sus ángulos se curvan dará como resultado la forma de un circulo.
[21] Platón. Timeo 55 c. Para los matemáticos místicos, ésta es la forma geométrica no nombrada por Platón, la cual contiene todos los demás cuerpos. Véase Luca Pacioli, La divina proporción, Madrid, Ediciones Akal, 1991. Matila Ghyka, El número de oro, Buenos Aires, Editorial Poseidón, 1978.  

PLOTINO: LA ESTRUCTURA DE LA REALIDAD


La estructura de la realidad, según Plotino, está organizada por dos movimientos. A saber:
§  Movimiento de emanación
§  Movimiento de conversión

A través de la emanación, que parte de Lo Uno, se generan todas las cosas. Ésta va, en sentido cualitativo, de lo superior a lo inferior. En este sentido, el ser se aleja de la unidad hasta arribar a la multiplicidad del mundo. Además, ordena el cosmos jerárquicamente en cosmos superior e inferior.
Tenemos:
§  Cosmos superior
§  Cosmos inferior.

Con respecto al cosmos superior, éste está constituido por las hipóstasis divinas[1]. Primero, Lo Uno (To Hen), que se contempla a sí mismo, es la unidad absoluta, permanece inmóvil y está más allá de todas las cosas. Segundo, la Inteligencia  (Nous), segunda hipóstasis, contempla Lo Uno y a sí misma; ya en ésta por la contemplación no se da la unidad absoluta. Tercero, el Alma universal (Psyqué), tercera hipóstasis; ésta, a su vez, se divide en alma superior y alma inferior. La superior contempla Lo Uno y a la Inteligencia; la inferior a la naturaleza o cosmos inferior, al cual le da vida[2]

Siendo perfecto (lo Uno) es igualmente sobreabundante y su misma sobreabundancia le hace producir algo diferente a Él. Lo que Él produce retorna necesariamente hacia Él y, saciado de Él y de su contemplación, se convierte entonces en Inteligencia… Pero la Inteligencia, semejante como es a lo Uno, produce lo mismo que Él esparciendo su múltiple poder. Lo que produce es una imagen de sí misma, al desbordarse de sí igual que lo ha hecho el Uno, que es anterior a ella. Este acto que procede del ser es lo que llamamos el Alma… Pero el Alma, en cambio, no permanece inmóvil en su acto de producción, sino que se mueve verdaderamente para engendrar una imagen de ella… y al avanzar con un movimiento diferente y contrario, engendra esa imagen de sí misma que es la sensación, no sólo en la naturaleza sino también en las plantas… He aquí, pues, que la marcha hacia adelante se realiza del primero al último término, pero permaneciendo siempre cada cosa en el lugar que le corresponde[3]


A saber:
§  Estructura de la realidad
§  Cosmos Superior
§  Hipóstasis divinas
§  Lo Uno
§  La Inteligencia
§  El Alma
§  El alma superior
§  El alma inferior
§  Cosmos inferior

El cosmos inferior está constituido por seres animados e inanimados; posee una estructura cualitativamente jerárquica. Primero, están los dioses, que son almas puras. Segundo, el hombre, compuesto dual conformado por la triple dimensionalidad del alma[4] y el cuerpo. En orden descendente están los seres irracionales, los vegetativos y los inanimados. La Materia ocupa el último lugar, es un sustrato amorfo, es el no-ser, sinónimo del mal[5].
Como apreciamos a través del proceso de la emanación se despliega el cosmos todo. Es el alejamiento del ser hasta el no-ser. El  distanciamiento de la unidad absoluta hasta la ausencia de ser. Va de la unidad a la multiplicidad.

La estructura de la realidad está conformada del siguiente modo:
§  Estructura de la realidad
§  Cosmos Superior
§  Hipóstasis divinas
§  Lo Uno
§  La Inteligencia
§  El Alma
§  El alma superior
§  El alma inferior
§  Cosmos inferior
§  Seres animados
§  Los dioses
§  Animados racionales
§  Compuesto alma-cuerpo
§  Triple dimensión del alma
§  Alma intelectiva
§  Alma irascible
§  Alma apetitiva
§  Cuerpo
§  Animados irracionales
§  Compuesto alma-cuerpo
§  Doble dimensión del alma
§  Alma irascible
§  Alma apetitiva
§  Cuerpo
§  Animados vegetativos
§  Compuesto alma-cuerpo
§  Uni dimensionalidad del alma
§  Alma vegetativa
§  Cuerpo
§  Seres inanimados
§  La materia (sustrato último)

El movimiento de conversión, por su parte, es movimiento del alma. A través de éste, el alma retorna a la unidad, y máximamente a lo Uno, causa-principio de todas las cosas. La conversión se realiza sólo en la medida que el alma se purifica. Es introspección del la dimensión intelectiva del alma[6]. Es renuncia a la multiplicidad. Búsqueda de la libertad y lo bello.
A través de la conversión la triple dimensionalidad del alma se hace una en el Alma, ésta  a su vez Inteligencia, y la Inteligencia se une a lo Uno. El alma retorna a la unidad originaria.
Emanación y conversión determinan los grados cualitativos de la realidad. Constituyen la vía espiritual que fundamenta la filosofía plotiniana.
Este doble movimiento expresa la doble preocupación de Plotino. La primera consiste en determinar la estructura de la realidad, que ya hemos expuesto, considerando la particular sustancia de cada ser a partir de lo Uno.

Todas las cosas son y no son el Primero. Lo son, en verdad, porque provienen de Él, y no lo son porque éste subsiste en sí mismo y lo que hace es darles la existencia. Todas las cosas son como una larga vida que se extiende en línea recta. En esta línea todos los puntos son diferentes, pero la línea misma no deja por ello de ser continua. Y la diferencia que mantiene cada punto entre sí no implica la consunción del anterior en el siguiente[7]


La segunda preocupación, es la necesidad de superar la condición múltiple del alma por medio de la actividad racional hacia el retorno a lo Uno[8].



[1] Las hipóstasis son las tres sustancias principales de toda la realidad plotiniana. Éstas son: lo Uno, la Inteligencia y el Alma. Véase al respecto, Enéada III 4, 1 y Enéada V 1.
[2] Cfr. Plotino. Enéada V 1, 6, pp. 59-61, edición Aguilar. Con respecto a las Enéadas V y VI indicaré el número de página del texto, ya que esta la edición Aguilar no tiene la numeración de las líneas.
[3] Plotino. Enéada V 2, 1-2, pp. 72-73.
[4] Cfr. Plotino indica como alma tripartita, está conformada por: el alma racional, irascible y apetitiva. Cfr. Plotino. Enéada I 1. Ver, además, Jesús Igal. “Introducción general”, Enéadas, Madrid, Editorial Gredos, 1985, p.84. María I. Santa Cruz. “Filosofía y Dialéctica en Plotino”, Cuadernos de Filosofía, Nº 39, Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires, 1993, p. 6.
[5] Cfr. Plotino. Enéada II 4, passim.
[6] Cfr. Plotino. Enéada I 1, 8, 1-10.
[7] Plotino. Enéada V 2, 2, p.75.
[8] Cfr. María I. Santa Cruz. “Plotino y el Neoplatonismo”, Historia de la Filosofía Antigua, Madrid, Editorial Trotta, 1997, p. 356.